XXVI
Me costaba descifrar la dirección del restaurante que Shada había garabateado en un trozo de papel justo antes de que saliera de su librería, así que me preocupaba un poco encontrarlo.
No tenía por qué haberme preocupado: mientras andaba dudando hacia la terraza de un restaurante, preguntándome si aquel sería el lugar, un brazo se alzó de repente desde entre los setos.
—¡Cari! ¡Por aquííí!
Miré aturdido a Kimberly, luego a Shada, y luego eché un vistazo al resto de la gente de la mesa: prácticamente el mismo grupo que en la cena anterior, niño pequeño más o menos. Tras dar la mano o dar un beso a los comensales, según el caso, me senté en la silla que me ofrecieron junto a Shada.
—Lo siento mucho —me susurró—. En realidad, fue Kimberly quien me llevó por primera vez a este sitio, pero no pensé que nos toparíamos aquí con ella esta noche .
Me encogí de hombros. Siempre podríamos hablar del caso más tarde.
Shada se excusó para ir al baño. El bullicio multilingüe alrededor de la mesa era como una orquesta tocando a partir de varias partituras diferentes al mismo tiempo: tres o cuatro conversaciones inconexas en tres o cuatro idiomas.
Cogí un trozo de pan de ajo y lo mordisqueé, al margen de toda la charla, con una sonrisa que pretendía parecer cautivadora pero que probablemente solo parecía desquiciada.
Kimberly debió de darse cuenta de que estaba un poco ido, porque se inclinó sobre la mesa e intentó entablar conversación, desde tres puestos de distancia.
—Por cierto, cari, es la semana de las sorpresas.
¿A que no adivinas qué pasó esta tarde? Me llamo George y...
—dijo, pero justo en ese instante nuestro camarero nos pidió que levantáramos todos la mesa y la desplazáramos un poco hacia un lado, para dejar espacio para colocar otra mesa detrás de nosotros.
—Pues mira por donde— dije con fingida seriedad, mientras nuestra cena se desplazaba unas pulgadas —era cierto, París sí es una fiesta movible.
Nadie reaccionó. Maldita sea, pensé, Shada habría pillado la referencia a Hemingway. Menudo desperdicio de gracejo literario. Justo cuando iba a volver a sentarme, Shada regresó y se coló a mi lado para ocupar su silla.
La comida estaba rica, aunque cara, pero cenar bajo el cielo parisino en una despejada noche de verano realmente no tiene precio.
En cuanto la mesa empezó a disolverse, Shada y yo nos excusamos discretamente y empezamos a andar de vuelta hacia los Campos Elíseos.
Aunque eran casi las 11, el calor acumulado seguía emanando de las aceras y las paredes de ladrillo que nos rodeaban.
—¿Adónde te gustaría ir? —me preguntó.
—A algún sitio que tenga aire acondicionado.
—¿Por aquí? Vale, entonces solo nos queda colarnos en los grandes almacenes Galeries Lafayette o quizá en un cine. O…, dijo, señalando unas mesas vacías a la puerta de un bar en la acera de al lado —podríamos conformarnos con esto….
En cuanto el camarero trajo los cócteles exóticos que Shada nos había pedido, ella quitó la sombrilla de la suya y empezó a removerlo con la pajita. —Bueno, ¿has tenido alguna inspiración desde ayer?
—Muchas, pero solo en cuanto a cosas sencillas como la paz mundial. Nada que ayude en un caso tan complicado como este.
—No sé. ¿Sabes lo que pienso? Que cuando encuentres la respuesta, te sorprenderá lo sencilla que parece.
—¿De verdad?
—Sí, porque la sencillez funcional es una de las cosas que distinguen al genio, y creo que tu Nanette estaba muy cerca de serlo. Al menos en lo que respecta a trazar un camino que permaneciera abierto durante años… incluso décadas. Mira, ha durado más de cien años.
—¿Pero era esa su intención? Y lo que es más importante, ¿lo construyó con ese fin?
Shada levantó la vista de su bebida. —Por tu bien, más te vale esperar que sí. Pero en cuanto a eso, no me preocuparía demasiado. No creo que hubieras llegado tan lejos si el sendero no se hubiera construido para durar. Y creo que ella sabía que iba a ser una larga espera.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, tenía que ser paciente porque ella misma corría peligro.
Esa idea otra vez. Me sequé un poco de sudor de la frente antes de responder.
—Debo admitir que quizás tengas razón. Hasta ahora, daba por hecho que el padre era el patrono de Colette en Estados Unidos.
Pero el tema es que él y toda su familia ya habían muerto cuando Nanette regresó aquí.
Colette era niñera, así que es razonable pensar que su jefe, su esposa, su hija, sin duda podrían haber sabido algo sobre su familia, saber que tenía una gemela.
Pero ¿John Kane, el primer presidente de la Fundación Blackwood?
¿Cómo demonios podría haber sabido algo sobre la vida de las hermanas Cassols aquí?
—Quizás tuvieran un pasado del que huir en ambos sitios.
Reflexioné sobre ello mientras ella intentaba despachar a un chico que lustraba zapatos, educado pero insistente. Cuando se marchó, Shada retomó la palabra.
—Puede ser que tenga buenas noticias. Esta mañana me he dado cuenta de que quizás conozca al hombre perfecto para ayudarte.
Es bastante mayor —ya se dedicaba a esto cuando mi abuelo llegó aquí desde Orán— y no solo se dedica a los libros, sino a todo tipo de artículos antiguos de papel: material efímero, documentos y postales de colección, revistas antiguas…
Le dije que estabas intentando localizar a alguien que pasó por París en 1888 y que quizá intentó dejar un rastro difícil de seguir que solo su familia pudiera encontrar.
Me dijo que deberíamos pasar por su tienda mañana a la hora de comer y que tendría algunas cosas para ti.
Después del día que había tenido, recurrir a un experto me pareció una idea genial. —¡Qué bien! ¿Habla inglés?
Shada se rió. —¿Por qué es esa siempre la primera pregunta que hacen los americanos sobre cualquier extranjero? No, tendrás que conformarte conmigo como traductora. Se llama Louis-Marie, pero todo el mundo lo llama por el nombre de su tienda.
—¿Y cuál es?
—Le Connoisseur du Temps . El Conocedor del Tiempo.
Asentí con aprobación. La disposición de este tipo a ayudarme era probablemente lo mejor que me iba a pasar en todo el día.
A menos que… Justo en ese momento, Shada se dio cuenta de que la estaba mirando mientras fruncía los labios al chupar por la pajita.
Me sonrojé como si estuviera de nuevo en el instituto y aparté la mirada.
Shada se limpió los labios con la servilleta y cambió rápidamente de tema.
—Entonces, Jack, ¿qué tipo de pista crees que habrá dejado Nanette aquí en París?
Me eché a reír. —Bueno, ¡podemos descartar las estatuas! No, mi corazonada me dice que este será el final del camino y que ella habrá dejado el premio en sí, sea lo que sea. Lo que quedara después de pagar esa estatua y cualquier otro gasto relacionado con dejar pistas. Quizá oro o joyas...
—¿En serio?
—Mira, este tipo era dueño de un banco y, a juzgar por el presupuesto del que ella parece haber dispuesto en 1888, empiezo a pensar que al menos parte de su fortuna acabó en manos de ella, a pesar del testamento que utilizó John Kane para reclamar la herencia y crear la Fundación Blackwood.
Para que Nanette se tomara tantas molestias, creo que lo que fuera que estuviera guardando para el niño tiene que ser algo muy, muy bueno.
Así que sí, algún activo líquido y —con suerte, para mi cliente— quizás un segundo testamento redactado por Blackwood, en el que nombra al hijo pequeño de Colette como su heredero.
Espero que lo guardara en algo impermeable… ignífugo…
—O tallado en piedra, para satisfacción tuya...
—¡Sí, ojalá! —dije entre carcajadas.
Al final, nuestra conversación derivó hacia otros temas, como la familia, las relaciones, nuestras metas y nuestros deseos.
Le conté que mi última novia había roto conmigo y se había marchado de casa; me dijo que la suya, también.
Busqué brevemente en su rostro algún atisbo de humor, pero me di cuenta de que no bromeaba, removí mi bebida y no dije nada, sintiéndome avergonzado y un poco lento de entendimiento.
No fue hasta que nuestro camarero trajo tras la segunda copa la cuenta, tan absurdamente cara como es típico de París, que me di cuenta de que tenía un grave problema.
Metí la mano en el bolsillo para sacar la cartera…
y me quedé paralizado. Había desaparecido.
Registré todos mis bolsillos, miré debajo de mi silla e incluso debajo de la silla de Shada, antes de que ella señalara lo obvio:
—Deben de haber sido los niños limpiabotas. Los dos estábamos mirando al más pequeño, y cuando te tiró del pie y te inclinaste hacia adelante…
—…el otro estaba a mi lado y se llevó la cartera. ¡Mierda! Bueno, aún puedo coger el metro para volver al hotel, pero…
Shada miró su reloj. —No por mucho tiempo. ¡Vamos! —Dejó algo de dinero de golpe sobre la mesa, se incorporó de un salto, ante la mirada perpleja del camarero, y salimos corriendo hacia la boca del metro.
Me percaté justo antes de bajar las escaleras a la carrera de que estábamos en la estación que lleva el nombre poco parisino de Franklin D. Roosevelt. La taquilla ya estaba cerrada y empezamos a rebuscar monedas delante de la máquina expendedora.
Nuestras miradas se cruzaron. Ninguno de los dos tenía 7 francos en monedas.
—Joder. ¿Y ahora qué hacemos?
Justo en ese momento pasó por allí un empleado del metro, que se disponía a cerrar la estación hasta el día siguiente.
Shada lo detuvo y le explicó rápidamente y con vigor galo nuestro aprieto.
Él rebuscó en sus bolsillos y descubrió, con cierta diversión, que tampoco podía reunir 7 francos en monedas.
Oímos cómo un tren entraba en la estación.
El hombre echo mano de un llavero que llevaba en el cinturón.