Derechos y Sangre XXIV
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Chez Saïd estaba al oeste del Arco del Triunfo, no muy lejos de donde vivía Kimberly.

Me costaba mucho acostumbrarme al tamaño de París en comparación con mi entorno habitual, y para cuando había ido dando tumbos de una línea de metro a otra y luego al traqueteante tren RER, el trayecto me había tardado casi una hora.

Pero eso me dio tiempo de sobra para asimilar a fondo el artículo del periódico parisino de esa tarde sobre el aumento de los atracos a extranjeros, así que no me preocupé en absoluto cuando tomé la salida equivocada en la estación de Porte Maillot y me encontré saliendo por un acceso al metro sin iluminación a una acera también sin iluminación.

Volví sobre mis pasos y encontré el camino de vuelta a la salida correcta, la que me llevaba cerca del restaurante, donde, a esas alturas, mi hora de llegada ya había superado con creces lo que se considera un retraso «elegante».

—¡Cari, por aquí !

Kimberly me saludó con la mano y soltó un gritito al mismo tiempo, de una intensidad que seguramente disiparía cualquier prejuicio de los comensales franceses en cuanto a estadounidenses sin saber estar.

Nos abrazamos entre dos otras mesas e intenté evitar hacer cualquier gesto con las manos que pudiera poner celoso a Ahmed.

—¡Mírate! Te ves genial.

—Tú también, querida. Ser madre te sienta muy bien.

—¿Tú crees? Cari, parece que Ahmed está de acuerdo contigo—bajó la voz y se inclinó hacia mi oído—puede que el cuarto esté en camino—. Se enderezó, tirándome de la manga. —Ven. Chicos, este es mi amigo Jack. Voici mon ami Jacques ...

Respondí a la masticación multilingüe de todos saludando cortésmente con la mano sin dirigirme a nadie en concreto, y luego me alisé el pelo donde Kimberly me había despeinado.

Para el grupo de Kimberly habían juntado dos mesas de extremo a extremo, ocho comensales a cada lado.

—Cari, me temo que tu ingenio se va a echar a perder durante la cena.

El único sitio que queda libre es el que está entre los sobrinitos de Ahmed, ¿ves?

Pero primero déjame presentarte a alguien…

por aquí. ¿Shada? Disculpa. Este es mi amigo Jack, del que te hablé.

La mujer detuvo el tenedor a medio camino entre el plato y su boca, y empezó a levantarse.

—No pasa nada, no te levantes— le dije. Así que se limitó a girarse de lado hacia mí, y eso fue aún peor: ahora yo intentaba no quedarme mirando por el generoso escote de su blusa mientras nos presentábamos.

Intenté fijarme mejor en el pequeño y encantador punto justo encima de su brillante sonrisa.

—Hola. Encantado de conocerte.

—Segura que lo estás—dijo, traviesa, en un inglés impecable mientras me estrechaba la mano. Obviamente, mis ojos habían rebotado como una pelota de tenis cuando se giró. Kimberly me agarró del brazo. —Jack, Shada es una anticuaria especializada en libros.

—¿En serio?

—Bueno, solo accidentalmente. Mi abuelo lo era, pero como falleció y ninguno de mis hermanos mostró interés alguno… Ahora mismo solo intento evitar que la tienda quiebre, conservar a sus clientes habituales y no vender nada por menos de lo que vale, hasta que me aprenda mejor las reglas del juego.

Kimberly volvió a meter baza. —Verás, Jack está en la ciudad por un proyecto…

—Sí, quizá puedas echar una mano—la interrumpí, sin querer que Kimberly difundiera mi encargo por todo el restaurante. —Oye, ¿tienes una tarjeta?

—Claro. Espera un momento—se limpió los labios con una servilleta y luego rebuscó en su bolso. Unos gruesos rizos negros cubrieron por un instante su cara, al inclinarse hacia delante. —Toma—. Cogí la tarjeta.

Georges Abadji et Fils

Livres râres

Shada Abadji

—Supongo que en realidad debería poner Abadji et Petit-fille —dijo pensativa—pero desde que murió mi abuelo no he tenido tiempo de encargar otras nuevas. Ni dinero.

Le entregué mi tarjeta de California y ella le echó un vistazo antes de guardársela en el bolso. Hablaba inglés con un acento extrañamente neutro, pero con ligero toque británico. —¿Te pasas mañana?

—Ahí estaré— respondí, y luego me senté a disfrutar de una estimulante cena entre dos niños de guardería.

Sin embargo, tenía que reconocer que Kimberly sabía dónde comer: el cuscús estaba magnífico.

Al igual que el té, el baklava que tomamos de postre e incluso los Kir Royales que tomamos después.

Shada se retiró temprano, mientras que yo acabé llegando por los pelos al metro antes de que cerrara.

Pensé en coger un taxi, pero, tontamente, me había dejado todas las tarjetas en el hotel al cambiarme de camisa, y me preocupaba que un trayecto en taxi por todo París pudiera superar lo que llevaba en efectivo.

Desperté pronto, mi almohada una húmeda esponja de sudor, y una vez más pregunté qué tenían tantos europeos contra el aire acondicionado; en el Holiday Inn más barato de alguna carretera secundaria americana, habría podido dormir fresquito.

Me dirigí al Arco de Triunfo, que contemplé con reverencia antes de rendir un tributo inesperado a París en forma de una taza de espresso de siete dólares .

Vale, quizás fui ingenuo al sentarme en la primera mesa de esa terraza de los Campos Elíseos, pero aun así…

Por un momento pensé en hacer un sinpa , cuando el camarero dejó la cuenta sobre mi pequeña y delicada mesita, pero temí que no pagar en los cafés para turistas conllevara la pena capital en París.

Decidí que, aunque podía seguir haciendo turismo tanto como el tiempo me lo permitiera, no me comportaría como turista, y eso incluía no tomar nada donde los precios no estuvieran a la vista.

Poco después de las 10, me subí al metro en Charles de Gaulle-Étoile rumbo al sur de la ciudad, a la librería de Shada.

Cuando el tren salió a toda velocidad del túnel hacia la luz, me encontré sobrevolando el Sena, donde la línea elevada del metro giraba hacia la Torre Eiffel.

Me imaginé viviendo en uno de los edificios a orillas del río que tenía a mis espaldas, despertándome con esas vistas cada mañana; a veces todavía lo hago, sin ningún pudor, ya que París es uno de los pocos sueños que comparte gente en todos los países del mundo.

Pasamos junto a la Torre Eiffel y la línea elevada se desvió por encima de los tejados de un barrio parisino que parecía sacado de un plató de cine, que cobraba vida poco a poco bajo el calor de agosto que se extendía por la ciudad.

Me resultaba extraño poder estar tan cerca de las hordas de turistas que deambulaban de un sitio turístico a otro, todos ellos carísimos, por los bulevares del centro, y, sin embargo, encontrarme en un barrio tan tranquilo y auténticamente francés.

Al final volvimos a un túnel y cambié a otra línea que me llevó más al sur, tan lejos que casi podían considerarse las afueras.

Al salir de la estación Convention me perdí, pero el dueño de un quiosco, de aspecto bastante marcial, me indicó amablemente la dirección correcta y, de paso, me dio una lección de modales.

A pesar de todo lo que siempre había oído sobre la grosería parisina, un solo día en la ciudad me había hecho sospechar que, en la medida en que existe esa grosería, probablemente era una respuesta a lo que ellos percibían como nuestra grosería.

En París, no te molestes en preguntar cómo llegar a algo si no tienes el sentido común de empezar con —Disculpe, Buenos días y Por favor.

Si no lo haces, no te darán indicaciones, pero aun así te dirán adónde puedes ir.

El sol brillaba de lleno sobre la fachada de madera verde de la tienda de Shada cuando la encontré, proyectando sobre los libros amarillentos que había detrás del escaparate la sombra de las palabras Abadji et Fils , pintadas en dorado sobre el cristal.

Una campanilla sobre la puerta anunció mi llegada.

—Hola, Jack.

Miré a mi alrededor, sin poder ver de dónde procedía la voz… —Eh, hola.

Vi una mata de rizos y, a continuación, dos ojos oscuros que asomaban desde detrás de una pila de libros al fondo de la tienda. Después, el resto de una figura muy bien proporcionada. Shada agachó para cerrar una trampilla.

—Lo siento. Estaba abajo, en el almacén.

—No pasa nada. Pero, ¿cómo sabías que era yo?

—Por un lado, aquí no estamos precisamente como en Marks and Spencer en navidades, como habrás podido deducir por el polvo. Así que lo más probable es que o eras tú, o el gato del vecino—sonrió. —Por otro lado, dado cómo me mirabas anoche, era poco probable que fuera el gato.

Me sonrojé profundamente, pero busqué a la desesperada una respuesta ingeniosa. —Ah, pero ¿te habrías llevado una decepción si hubiera sido el gato?

—¿Por qué estás tan seguro de que no estoy decepcionada?

—Touché —hice una pequeña reverencia en broma. —Pero en serio, dejando de un lado agudezas y mininos, sí que necesito ayuda. No sé si Kimberly te ha contado algo sobre por qué estoy en París…

Se sentó en un taburete detrás de la caja registradora. —No antes de que la interrumpieras. ¿Es Top Secret ? Quiero decir, en ese caso, lo entiendo perfectamente: adoro a Kim, pero contarle cosas a ella puede ser como anunciarlas en la CNN—. Me reí con amargura, asintiendo.

—Pero ahora solo estamos nosotros—dijo— así que suéltalo.

Casi treinta minutos después, por fin dejó el bolígrafo con el que había estado jugueteando mientras yo hablaba. —Vale, a ver si lo he entendido todo bien. Dices que esta mujer huyó de Estados Unidos en circunstancias misteriosas, dejando atrás a su hija y a su hermana…

—Exacto.

—…luego volvió a Europa, al parecer visitó el pueblo donde creció…

—dejando una pista de su paso por ahí...

—…dejando, según tú, un rastro que apunta a París.

—Y por eso estoy aquí.

—Y por eso estás aquí.

Shada ladeó su cabeza hacia su hombro izquierdo, levantando los ojos hacia las cejas como si buscara a tientas, con dificultad, una inspiración inalcanzable. —Algo no cuadra. A toda tu teoría le falta algo.

—No crees que viniera a París.

—No me refiero a eso. Quiero decir que… a ver, tú crees que dejó pistas para su sobrino, ¿verdad?

—Sí, pienso que ella creía que algún día él vendría a reclamar lo que le correspondía por nacimiento. A buscarla a ella.

—Entonces, ¿por qué hacerse la escurridiza?

Si su única preocupación fuera dejar pistas duraderas para su sobrino, no estaría dejando migas de pan, sino colocando vallas publicitarias.

Quiero decir que, según tu cronología, ha pasado por al menos cuatro ciudades diferentes, sin quedarse nunca mucho tiempo en ninguna de ellas, y tampoco sabes dónde había estado durante los años anteriores.

—Bueno, pero… claro, ahora parece así simplemente porque, de hecho, no sabemos dónde estaba, pero no estoy seguro de que eso signifique que realmente se estuviera escondiendo . Quiero decir, cuando se fue a Estados Unidos no parecía estar esforzándose demasiado por ocultar su paradero a su hermana…

—Cuyo diario demuestra que ella también se estaba escondiendo.

—Bueno, sí, de John W. Kane, después de fallecer Blackwood …

—¡No! Mira, ahí es donde veo un fallo en tu teoría. Has dado por hecho que Colette era la única que se escondía, y solo de Kane. Yo creo que ambas se escondían de una cuarta persona.

—¿Por qué? ¿De quién?

—Alguien aquí en Francia tenía al menos tanto interés en Nanette como, al parecer, alguien en Estados Unidos lo tenía por Colette.

—Pero ¿por qué iba a interesarse alguien tanto por Nanette?

—¿Por qué ocultó su identidad? Y no solo aquella vez que volvió a Sainte-Odile.

Eso podría deberse a todo el cotilleo en el pueblo sobre su hermana y su padre, vale, pero estamos hablando de una mujer joven, que ni siquiera había cumplido los treinta, y aparentemente con buena situación económica, si fue capaz de pagarse ella sola toda esa estatua.

Entonces, ¿por qué no has encontrado nunca rastro alguno de ella después de 1888?

—¡Venga ya! Ni siquiera sabía que Nanette existía hasta hace un par de días.

—Bueno, creo que más te vale dar por hecho que alguien más sí lo sabía.

O bien ambas se escondían de la misma persona, o bien cada una tenía sus propios enemigos, pero el hecho es que ambas parecen haber pasado a la clandestinidad y, al menos una de ellas no sobrevivió.

Si Kane fue capaz de seguirle la pista a Colette en Estados Unidos y eliminarla, entonces tienes que averiguar de quién y de qué se escondía Nanette aquí.

Incorporándose, se estiró. —Supongamos que sí sabía lo del asesinato.

La hermana sobreviviente debería haber pensado que obtendría la custodia del niño que se quedó en Estados Unidos, o al menos que podría mantenerse en contacto con él mientras crecía.

En cambio, parece que dio por hecho que no sería así y empezó a dejar un rastro que el niño pudiera seguir algún día por su cuenta.

¿Por qué tan pronto? Él solo tenía cuatro años cuando murió su madre, ella rondaba los treinta, así que ¿por qué ya dio por hecho que tendría que ser un diálogo tardío y secreto?

¿Por qué pensó que tenía que comunicarse con él de una forma que nadie más entendería?

—Dios mío. ¿Quería dejar pistas duraderas que solo tuvieran sentido para él, sin llevar a los matones directamente hasta ella?

—Exacto. Y por eso Sainte-Odile era un lugar lógico para esconder una pista enorme a plena vista; por lo que me has contado, probablemente odiaba aquel sitio, sobre todo tras el escándalo y los chismes, pero antes de que existieran los documentos de identidad oficiales, un lugar de nacimiento concreto era un detalle tan íntimo que probablemente solo alguien muy cercano a ella sabría buscarlo allí.

La estatua era una señal cara y duradera…

—Eso pienso yo también.

—…pero estaba en clave. Un mensaje cifrado .

Respiré hondo. —¿Y ahora qué hago?

Shada levantó las manos en señal bromista de rendición. —Oye, Sherlock eres tú. Yo solo soy Watson.