Derechos y Sangre XX
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—¿El qué?

—El barón que se voló los sesos con su pistola de duelo. Fernand de Cassols. ¿Se refiere a él?

Se me aceleró el pulso. —Pues sí, ese mismo. ¿Cómo sabe de él?

—¡Ah! Tal vez no pueda ayudarle mucho con la historia, pero ha dado con un tema en el que sí soy experta—dijo, sonriendo con picardía. —¡Cotilleos de pueblo!

Se dirigió hacia una estantería de madera cerrada con llave situada junto a una de las vitrinas, tan deprisa como se lo permitían su bastón y su cojera, y giró con firmeza una llave para descubrir varias pilas de tomos similares encuadernados en cuero; los revisó antes de sacar aquel cuya cubierta llevaba la fecha de 1878.

—Los diarios de mi abuela— dijo triunfalmente —de cuando era joven.

Me los he leído todos al menos una vez, y el escándalo de los Cassols fue probablemente lo más emocionante que ha pasado nunca en este pueblo.

Danielle empezó a hojear las páginas y luego frunció el ceño.

—Merde , me he dejado las gafas de lectura arriba.

Todo está aquí en alguna parte. Pero recuerdo la mayor parte de ello — .

Cerró los ojos y comenzó, como una niña recitando un poema.

—La esposa del barón Cassols era inválida, él estaba fuera…

haciendo política , y sus hijos mayores eran soldados y también estaban fuera, así que los más pequeños se quedaban solos y se portaban muy mal.

Luego, en 1878, el rey finalmente le hizo a Cassols el honor de visitarlo aquí en su finca del campo…

Recordé de repente la clase de historia que me había dado George en Barcelona la semana anterior. Ya parecía que había pasado toda una vida. —Un momento, ¿qué rey? ¿No era Francia una república por entonces?

—Sí, sí — dijo Danielle con impaciencia —pero mucha gente quería restaurar la monarquía, estuvo a punto de suceder, y Cassols era un gran partidario del pretendiente legitimista, Henri V.

En fin, trae al rey aquí y, justo cuando este se apea de su carruaje, la hija soltera de Cassols sale de la casa, en avanzado estado de gestación.

Nadie le había escrito a papá para contárselo.

No pudo soportar que lo humillaran de esa manera delante de su monarca.

Al día siguiente, tan pronto como el rey se marchó, salió al campo detrás de su casa, se sentó bajo un árbol y se voló la cabeza con una pistola anticuada.

Danielle hizo una pausa para recuperar el aliento. Antes incluso de que tuviera tiempo de hacerle una pregunta, continuó.

—Así que el suicidio fue un escándalo aún peor que el hecho de que la hija del barón fuera una, una…

salope … ¿cómo se dice?… una guarra — Danielle se encogió de hombros.

—En definitiva, por lo que he leído en el diario y por lo que he oído, tengo la impresión de que la familia no caía bien por aquí, eran un poco hautaine , ¿entiende?

¿Altivos, prepotentes? Había gente a la que quizá no les molestaba que les bajaban los humos, ¡quizás incluida mi abuela!

El cura del pueblo en aquella época era muy estricto y decía que la doctrina católica era clara: el suicidio era un pecado, el pecador iría al infierno y bajo ninguna circunstancia podría ser enterrado en suelo consagrado.

Al parecer, sus hijos volvieron aquí en cuanto recibieron el telegrama, pero era imposible hacer entrar en razón al cura, así que aquí dice —dio un golpecito en el borde del diario— que acabaron enterrando ellos mismos a Fernand de Cassols, en una tumba sin inscripción a la sombra del mismo árbol bajo el que se había pegado un tiro.

Mi mente iba a mil por hora. —¿Qué le pasó a la chica?

—Nadie lo sabe—Danielle hizo una mueca de tristeza.

—Al parecer, cuando dio a luz unos meses después, insistió en que no estaba segura de quién era el padre o, en cualquier caso, no quiso decirlo.

El bebé murió siendo aún un lactante y, finalmente, a causa del escándalo, toda la familia se largó, pero ella fue la primera en marcharse, para no volver jamás.

Estaba bastante seguro de saber por qué.

Un asesino había acabado con cualquier sueño que Colette Cassols pudiera haber albergado de volver a casa.

De repente me di cuenta de que era la primera persona que sabía realmente quién había sido aquella chica muerta en una oscura calle de Cincinnati una lejana madrugada más de un siglo antes, y me estremecí a pesar del calor veraniego que hacía en la habitación.

Ahora sabía cómo y por qué una joven que diríamos de clase media-alta había acabado trabajando como sirvienta al otro lado del mundo.

Era difícil decir qué habría sido más fuerte: el deseo de Colette de escapar del escándalo que había marcado a toda una generación en el pueblo donde había nacido o —quizás— el deseo de sus hermanos de no volver a verla nunca jamás.

Estaba a punto de saborear la sensación de contarle a Danielle cómo terminaba la historia, cuando ella chasqueó sus dedos huesudos con sorprendente vigor, como si acabara de recordar algo importante.

—¿Sabe? Ahora que lo pienso, quizá sí que regresó.

Una vez oí a mi padre contar una historia muy extraña al respecto.

¿Se ha fijado por casualidad en la estatua de la plaza de fuera?

—¿La del hombre que sostiene una llave?

—Sí, esa monstruosidad de mal gusto. La plaza tendría un aspecto mucho más acogedor sin ella.

Pero, cuando era joven, mi padre fue alcalde durante unos años, y recuerdo que me contó una curiosa historia sobre la estatua.

El ayuntamiento celebró una reunión porque iban a sacar esa maldita cosa de ahí, y papá y los concejales se quedaron totalmente indignados cuando el abogado del ayuntamiento les dijo que no podían hacerlo.

Al parecer, unos diez años después del suicidio de los Cassols, un benefactor misterioso donó una suma muy cuantiosa de dinero al pueblo, bajo la condición de que la estatua se colocara en la plaza, siguiendo exactamente las especificaciones del benefactor.

Tenía que señalar en una dirección concreta —por eso, como habrá notado, el cuerpo está orientado en un ángulo chocante respecto a los edificios de la plaza— y debía permanecer allí para siempre.

La escritura de donación era muy clara: si alguna vez se derribaba la estatua, el ayuntamiento tendría que devolver el dinero invertido, con intereses.

El benefactor designó a un prestigioso bufete de abogados de París, Coudert Frères, para que verificara cada pocos años que la estatua seguía en su sitio; papá dijo que el ayuntamiento esperaba que el bufete se hubiera disuelto durante la ocupación alemana, pero, lamentablemente, no fue así.

Seguían supervisando el cumplimiento de las condiciones, sin duda con la esperanza de reclamar dinero al erario del pueblo.

Danielle ya me había perdido. —Pero, ¿qué tiene esto que ver con la familia Cassols?

—¡Ah! Bueno, me preguntó usted si la hija volvió alguna vez por aquí.

Creo que no lo hizo, pero después de que papá me contara esta extraordinaria historia sobre cómo se llegó a construir la estatua, recuerdo haber consultado el diario de la abuela para ver si mencionaba su inauguración.

Resulta que, cuando se erigió, el abogado de París que vino aquí a firmar los documentos metió la pata un par de veces y se refirió a la bienfaitrice ; ya ve, nuestro idioma es menos neutro en cuanto al género que el inglés.

Quedó claro que el misterioso donante era una mujer, y la gente empezó a cotillear que la estatua era un acto de expiación por parte de la hija de los Cassols.

—¿Por qué? ¿Es una estatua de Fernand de Cassols?

—No, Jack, es del rey que visitó este lugar durante unas horas hace más de cien años, el rey ante el cual ella deshonró a su padre.

Es una estatua de Henri V, erigida en 1888, en el quinto aniversario de su fallecimiento, y un topógrafo tuvo que supervisar su colocación de tal manera que la mano con la que sostiene la llave apuntara directamente hacia París.

Mi momentánea euforia al descubrir toda la historia se desvaneció en confusión.

Colette no podría haber financiado una estatua en su lugar de nacimiento en 1888 si la habían asesinado en Estados Unidos dos años antes.

Antes de que tuviera tiempo de asimilarlo, Danielle golpeó el suelo con su bastón al ocurrírsele algo más.

—¿Sabes qué? Si miramos en las vitrinas, creo que Bertrand tenía una foto de la familia por aquí en alguna parte.

Empecé a echar un vistazo a los objetos de las vitrinas, todos ellos cubiertos por una fina capa de polvo.

Se notaba que se habían preparado hacía mucho tiempo, por el aspecto anticuado de las fichas mecanografiadas que explicaban cada objeto; las fichas en sí ya eran recuerdos de otra época.

Las vitrinas estaban tan repletas de pequeñas curiosidades que parecía que el Musée se había quedado sin espacio casi nada más abrir: afortunadamente, el estado del pueblo sugería que no había pasado gran cosa en los 40 o 50 años transcurridos desde entonces, por lo que no iba a hacer falta más espacio a corto plazo.

Recorrí la exposición al revés, descubriendo a héroes de guerra oriundos del pueblo fallecidos hacía mucho tiempo; viendo cómo cerraba la última fábrica de la ciudad y, luego, viéndola en épocas anteriores, con las chimeneas alegremente expulsando contaminación al aire.

Cada exposición se había preparado con esmero, pero con el paso del tiempo la seda de las vitrinas se había arrugado, los alfileres que sujetaban algunas de las fotografías se habían aflojado y el barniz de la madera se había rayado y arañado, sin duda por los pelotones de colegiales que obedientemente desfilaban por aquí una vez al año.

En la pared, sobre un grupo de objetos expuestos, apartada del resto, había una fotografía enmarcada en blanco y negro, un primer plano de un hombre apuesto de unos cuarenta años que llevaba gafas y un jersey de cuello alto, con el pelo peinado hacia atrás.

Danielle me miró mientras yo la observaba, y sonrió y asintió con la cabeza en dirección a la foto.

—Ese es mi Bertrand. Él creó el museo.

Al igual que muchos historiadores aficionados cuyo trabajo he visto, las decisiones de Bertrand sobre cómo organizar las cosas habían sido —por decirlo amablemente—un tanto arbitrarias, siguiendo una lógica personal.

Las vitrinas no estaban ordenadas cronológicamente, sino por temas: política local, agricultura, las guerras…

Estaba a punto de concluir que la memoria de Danielle le estaba jugando una mala pasada, cuando lo vi, en la vitrina dedicada a la ciencia.

Escondida en un rincón había una fotografía de estudio de un hombre y una mujer con varios niños.

Él estaba de pie, mientras que ella estaba sentada con una niña pequeña en cada rodilla: los dos niños mayores estaban de pie con impostado aire marcial, flanqueando a su padre, mientras que las dos niñas mayores posaban a cada lado de la silla de su madre, mostrando sus vestidos plisados para admiración de la cámara.

Miré a través del cristal y vi a Colette. Dos veces.

Me quedé boquiabierto mientras abría mi carpeta y empezaba a hurgar entre las hojas, hasta que encontré una fotocopia ampliada de la foto que Olin me había dado. Volví a mirar la foto de la vitrina.

Junto a la foto había un recorte de periódico y, debajo de ambos, una tarjeta sujeta con un alfiler a la tela. Intenté entender el texto infructuosamente y luego busqué con los ojos a Danielle. —Señora, por favor, ¿podría decirme qué pone aquí?

Cruzando la habitación en dos zancadas, tomé con delicadeza la mano izquierda de Danielle, como si le estuviera pidiendo el siguiente baile, y la ayudé a mantener el equilibrio mientras se apoyaba en su bastón, se levantaba y se arrastraba hasta la vitrina.

Entrecerró los ojos para mirar la tarjeta y la foto que le señalé.

—¡Ah! Me temo que sin las gafas no puedo. ¿Quizá si me lo lee en voz alta?

Carraspeé, sintiéndome como si estuviera a punto de leer de una de esas pequeñas guías de idiomas de bolsillo que venden en los aeropuertos, de esas en las que aprendes a pronunciar frases extranjeras fonéticamente sin saber realmente lo que estás diciendo.

Solo había leído unas pocas palabras cuando Danielle me interrumpió.

—¡Ah, ouais! ¡Les Jumelles! Claro, toda una leyenda local en su época.

Eso no hizo más que aumentar la notoriedad de la ruptura familiar.

¡Tres parejas de gemelos en una misma familia!

Por eso Bertrand puso su foto aquí, en la vitrina dedicada a curiosidades científicas en el pueblo.

Tres parejas de gemelos idénticos de la misma madre es una rareza enorme.

Bertrand lo calculó en algo así como, no sé…

Eché un vistazo a las cifras que aparecían al final. —Una entre 12 millones.

La chica a la que estaba mirando era sin duda Colette. O, mejor dicho, una de ellas lo era. Ahora que sabía que fue una gemela, me fascinaba la otra chica, tan parecida y, a la vez, tan diferente.

Agradecí efusivamente a Danielle su tiempo, y quedamos en volver a vernos a la mañana siguiente. Mientras volvía al hotel, deseé haberme traído un libro: en un sitio tan pequeño, donde ya había hecho todo lo que podía en un solo día, mañana parecía muy lejano.