XIX
El tren de alta velocidad se dirigía hacia el sol naciente como una flecha, subiendo rumbo al este por la costa catalana.
Mi última noche en Barcelona había estado marcada por una sensación de vacío y por recuerdos de Nuria que pedían a gritos ser ahogados en cerveza.
Al final, me había conformado con acostarme temprano.
Dos llamadas tensas: una a Anna Olin, que parecía tan poco impresionada con mis esfuerzos hasta ese momento que, a pesar de la orden de Capdevila de mantener el secreto, estuve tentado de decirle que me perseguía un terrorista, sólo por marcar un tanto; y otra llamada, menos estresante eso sí, a Txell, que seguía disculpándose y me hizo prometer que la llamaría si alguna vez volvía a Barcelona.
—Mi mano se pondrá bien, solo duele. No te preocupes. Pero sigo sin poder creer lo duro que me has dado. ¿Qué llevas ahí dentro, el cadáver de tu ex?
Se echó a reír. —Bueno… la verdad es que en los bolsillos laterales metí unas bolitas de metal… estos, cómo se llaman … ¿rodamientos de bolas?
—Me estás tomando el pelo.
—No, no, lo digo muy en serio— su tono cambió. —Hay gente que intenta cosas bastante desagradables cuando ven que una chica sólo tiene una pierna. De esta forma, siempre estoy preparada.
Antes de cruzar la frontera francesa, revisé mis mensajes en el móvil español por última vez y lo apagué.
Había un mensaje, de George, en el que decía que aterrizaría antes de lo previsto desde Madrid y que si podíamos quedar para tomar un café antes de que fuera.
Me encogí de hombros mientras apagaba el teléfono.
Decepción para todos, ese soy yo. Intentaría llamar a George algún día de la semana siguiente para ponerme en contacto con él.
No tenía ni idea de cuánto tiempo estaría en Francia, así que aún no sabía si comprar una tarjeta SIM local para el móvil o simplemente enviarle noticias puntuales a Olin desde hoteles y cabinas telefónicas.
Había intentado disimular con Txell las secuelas de su bolsazo, pero el dolor en la mano hacía que conducir fuera una tortura, así que había cogido el tren hasta lo más cerca posible de mi destino, reservando un coche de alquiler en la estación.
No se me daba muy bien conducir con cambio manual ni en el mejor de los casos, y ahora hacía una mueca de dolor cada vez que tenía que cambiar de marcha.
El paisaje irregular al acercarme a Sainte-Odile-au-Pré hablaba claramente del declive industrial, igual que el Steel Belt había pasado a ser el Rust Belt en mí país.
Fábricas abandonadas salpicaban ambos lados de la carretera, como monumentos aislados a la atrofia económica.
La tarde anterior, en Barcelona, había buscado información en Internet desde un cibercafé, y lo poco que había podido averiguar —o entender— indicaba que Sainte-Odile y sus alrededores habían prosperado como centro textil durante la revolución industrial, para luego iniciar su largo declive a principios de la década de 1900 y no recuperarse nunca del todo.
Dejé atrás la carretera regional que me había alejado de la autoroute y llegué a la plaza principal, a la que las señales que seguí denominaban ambiciosamente Centre Ville .
La plaza estaba dominada por una estatua desproporcionadamente grande rodeada de maleza; los edificios achaparrados de una o dos plantas que la rodeaban habían sobrevivido al no quedar nunca obsoletos, en una localidad que nunca se había vuelto demasiado grande para ellos.
En el calor infernal reinaba un silencio inquietante, como si todos los que aún vivían en la ciudad hubieran decidido aprovechar el buen tiempo para escaparse a la costa más cercana.
Divisé un cartel que decía Habitaciones en alquiler medio escondido en una calle que salía de la plaza y, cuando pregunté, me dijeron que, efectivamente, tenían una habitación libre.
Probablemente podría haber tenido diez si las hubiera querido.
Puse mi bolsa de viaje sobre la colcha roja raída y saqué mi carpeta de investigación y una camisa limpia para cambiarme.
La habitación, mal ventilada, apestaba a tabaco rancio.
Dejé la ropa sucia en remojo en el lavabo del baño y volví a la plaza del pueblo.
Como había comprobado que la familia de Colette había tenido propiedades aquí al menos hasta 1926, mi tarea parecía bastante sencilla.
Tenía que examinar los registros de la propiedad, tenía que averiguar si el plan de su hermano de crear una fundación benéfica se había materializado…
y de ser así, necesitaba que hubieran conservado los documentos del fundador, o que supieran quién los tenía.
Raymond de Cassols no dejó hijos, pero yo albergaba una tenue esperanza de que pudiera tener sobrinas o sobrinos nietos que aún vivieran en la zona, y para ello tendría que echar un vistazo al libro de bautizados del pueblo.
El ayuntamiento me pareció el lugar ideal para empezar, y después la iglesia, si conseguía encontrar al sacerdote.
Seguí las omnipresentes señales blancas que estoy seguro de que adornan las calles de hasta el pueblo más pequeño de Francia, esas señales con borde triangular a modo de flecha que orientan hacia distintos lugares; tomé la que decía Hôtel de Ville, que, dado el tamaño de la localidad, casi ni hacía falta: el edificio era imposible de pasar por alto.
Personalmente, siempre he pensado que otros países deberían seguir la costumbre francesa de llamar hotel al ayuntamiento; quizá eso evitaría que los cargos electos que padecen durante décadas muchos ayuntamientos se creyeran que efectivamente viven ahí.
Apenas veinte minutos después ya estaba de nuevo fuera, alejándome en el silencio de media tarde.
Por un lado, pensé, había tenido suerte; los funcionarios de me habían ayudado mucho, sobre todo teniendo en cuenta que había aparecido justo a tiempo para demorar su comida.
Pero, si había entendido bien nuestro pequeño intercambio de gestos y francés de instituto, el legado de Raymond de Cassols había sido, efectivamente, suficiente para construir un orfanato en la finca familiar a las afueras del pueblo, al parecer un edificio grande y moderno para los estándares de la época, con la casa familiar de al lado reconvertida en sus oficinas.
Llevaba abierto pocos años cuando, un caluroso día de verano de 1944, los huérfanos fueron evacuados justo antes de que el ejército estadounidense redujera el edificio a escombros con sus obuses, en plena persecución de un pelotón alemán que se había refugiado allí tras ser expulsado del pueblo vecino.
Básicamente, la institución benéfica de Raymond de Cassols, y cualquier documento familiar que pudieran contener sus archivos, habían sido reducidos a cenizas por militares estadounidenses unos 57 años antes de que yo apareciera por allí.
Llegué al final del camino – literal si no figurativamente.
El pueblo terminaba bruscamente en un campo abandonado, la que en su día fue la finca de la familia Cassols, ahora una parcela rural descuidada.
Un hueco incongruente entre dos hileras simétricas de árboles era lo único que insinuaba que en algún momento podría haberse alzado un edificio entre ellas.
Mientras contemplaba la maleza seca del campo, tal vez fuera solo mi imaginación, pero me pareció ver unos cuantos ladrillos asomando entre la tierra amarillenta; todo lo que quedaba, supuse, del legado de Raymond de Cassols.
Al regresar cabizbajo a la plaza del pueblo poco después, volví a fijarme en la estatua oscura y desproporcionada que se alzaba en el centro.
Cuando había llegado, no había sido capaz de identificar qué era lo que me inquietaba del monumento, pero ahora descubrí qué tenía de extraño: su orientación.
La plaza en sí era perfectamente simétrica, pero el hombre representado por la estatua no miraba hacia ninguna de las cuatro calles que conducían a ella; su cuerpo giraba por la cintura y miraba lejos del pueblo, señalando con la llave de tamaño exagerado que empuñaba en su mano derecha.
Di una vuelta por la plaza y vi que la iglesia estaba cerrada; justo cuando iba a probar la puerta, pasó arrastrando los pies una anciana y me informó de que estaría abierta demain, mañana.
Bueno, parecía de las que saben de estas cosas.
Estaba a punto de marcharme en busca de algo más sustancioso que una baguette de jamón cuando me fijé en el cartel escrito a mano en la ventana de una casa antigua cercana, el segundo edificio más grande de la plaza: Musée de la Ville, el museo de la ciudad.
— Quien no arriesga, no gana — pensé. Quizás alguien de la zona había investigado a la familia Cassols debido a su legado caritativo a la ciudad, aunque ahora no fuera más que un campo lleno de maleza y escombros.
La puerta estaba abierta, probablemente con la estéril esperanza de conseguir algo de ventilación en aquella tarde sofocante.
Mis ojos tardaron un segundo en adaptarse a la penumbra del interior y en fijarse en la chica gordita que llevaba una camiseta descolorida de Pearl Jam, sentada detrás de un escritorio junto a la puerta.
Levantó la vista brevemente de la revista musical que estaba leyendo, el tiempo justo para coger la moneda de diez francos que me había pedido, y luego volvió a su revista.
Eché un vistazo a mi alrededor sin adentrarme más en el interior.
El museo era, claramente, el salón de grandes dimensiones y techos altos de una vieja casa; algún particular había colgado vitrinas en las paredes y las había llenado con lo que parecía un batiburrillo desordenado de fotografías antiguas, cartas, carteles publicitarios ( ¡Audibert Lavirotte!
Automóvil… Jabón Le Chat. C. Ferrier et Cie.
, Marsella…) , coches de juguete, naipes y una estantería llena de instrumentos médicos del siglo XIX que probablemente le habrían resultado útiles al doctor Kevorkian.
Me movía de un pie a otro, debatiéndome entre intentar siquiera buscar algo útil entre toda aquella chatarra o no, pero me lo pensé mejor e intenté preguntarle a la chica si había algún libro sobre la historia de la ciudad.
Por desgracia, no entendió mi francés de instituto y, por la forma en que me miró, me daba la sensación de que si llegaba a hablarme con las manos al estilo galo como había hecho la secretaria del ayuntamiento, sus gestos probablemente serían mucho menos educados.
Al final, se encogió de hombros con una mueca de fastidio.
— Attendez, je cherche ma grand-mère — dijo, y se alejó dando pisotones.
Unos minutos más tarde oí pasos en la escalera que conducía a la parte trasera de la sala, y observé perplejo cómo una señora menuda, de pelo rubio platino y con un vestido de estampado tropical muy llamativo, bajaba con cuidado los escalones, apoyándose en un bastón.
Cuando se acercó a mí, me preparé para volver a destrozar su idioma una vez más:
—Eh… Bon Jour. Busco información sobre, eh… una familia que vivir aquí en el mil ochocientos…
Levantó un dedo. —¡Ajá! ¿Inglis?
—Eh, no, soy estadounidense.
—Ah, debo disculparme por mi nieta—dijo sonriendo—me temo que no prestaba atención en clase de inglés en el colegio, ni en ninguna otra materia, por lo que parece, y por eso sus padres la han dejado aquí para que me ayude mientras ellos están en la playa.
No ha podido entender lo que le ha preguntado.
Sonreí. —Su inglés probablemente no es mucho peor que mi francés.
—Me llamo Danielle—dijo la anciana, con un acento apenas perceptible.
—Soy Jack—dije, estrechando la mano que me tendía. — Su inglés es excelente.
—Gracias. Mi papá insistió en que todos en la familia, incluso las niñas, lo estudiáramos, y luego—se rió un poco—¡me vino muy bien toda esa práctica traduciendo para tantos compatriotas suyos cuando pasaron por aquí!
No le pregunté a qué compatriotas se refería: por su aspecto, podrían haber sido tanto la 3.
ª División Blindada como Scott y Zelda o hasta el general Pershing.
Aun así, tenía que admitir que, hasta el momento, su inglis era mucho mejor que mi fransay.
Mientras observaba su rostro sonriente y arrugado, con esos ojos azules aún penetrantes tras unas gafas vintage «ojo de gato» que los años 90 habían vuelto a poner de moda, pensé que quizá había sido un par de años demasiado joven para ser una novia de guerra, una de tantas europeas que nuestros soldados se trajeron de vuelta en el ’45 a aburridas granjas de Kansas o cuchitriles urbanos de Chicago.
Incluso a su edad, irradiaba una confianza en si misma y lo que sus paisanos llaman joie de vivre, como para que yo tuviera la certeza de que debía de haber sido una auténtica belleza en su día.
Yo no sabía muy bien por dónde empezar. —Supongo que ahora me doy cuenta de que vine aquí sin un plan concreto.
Estoy intentando investigar sobre una familia que vivía aquí, pero en el ayuntamiento me acaban de decir que su casa, con todo lo que había en ella, quedó destruida durante la guerra, y ahora no sé muy bien qué hacer a continuación.
Tenía la esperanza de que alguien de por aquí hubiera publicado una historia del pueblo, una monografía o algo así… .
Ella sonrió con tristeza. —¡Ah! Me temo que era mi difunto marido el historiador en la familia.
Cuando se jubiló, me convenció para que le dejara montar todo esto—dijo señalando con un gesto las vitrinas—.
La casa de mi abuelo se construyó cuando las familias eran mucho más numerosas, y como nosotros solo teníamos una hija, nos sobraba espacio en la planta de arriba para vivir.
Mi familia era dueña del primer comercio al por menor del pueblo, así que, sinceramente —se rió—la mayor parte del fondo del museo procede de nuestro trastero.
Mantengo abierto el museo porque recibimos visitas que pasan por aquí camino a las bodegas vinícolas de esta región.
Por desgracia, aparte de ocuparse de los trastos de mi familia —sonrió— los intereses de mi marido Bertrand eran mucho más lejanos que el siglo XIX.
Se pasó el resto de sus años de jubilado trabajando en un libro que, según él, dejaría boquiabierta a la gente con sus sensacionales descubrimientos sobre el origen de los merovingios. Por desgracia, nunca lo terminó.
Me encogí de hombros. Otro callejón sin salida. —Bueno, vale. Gracias de todos modos. Supongo que lo intentaré con el cura, si consigo encontrarlo. Encantado de conocerla—dije educadamente, inclinando levemente la cabeza para despedirme.
—Esta familia, dijo justo cuando me daba la vuelta, —la familia que está buscando, ¿cómo se llamaba?
—Cassols, respondí distraídamente. —Pero, en realidad, no eran de aquí, aunque creo que su madre sí lo era. El padre era un noble español…
Danielle emitió un grito repentino de sorpresa. —¡El suicida!