Derechos y Sangre XVIII
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XVIII

Fui hasta la esquina más cercana al hotel y paré un taxi. El conductor me miró un poco desconcertado en el retrovisor una vez que le expliqué exactamente adónde quería ir, pero pareció hacerse a la idea en cuanto se dio cuenta de cuántas pesetas iba a marcar el taxímetro.

En poco tiempo dejamos atrás Barcelona por la carretera de la costa yendo hacia el sur.

El cielo perfecto, de un azul mediterráneo superior al que coronaba la mayoría de las grandes ciudades en las que había estado, quedaba cortado bruscamente por el escarpado acantilado a mi derecha: Montjuïc.

Un cementerio diferente a cualquiera que hubiera visto, donde generaciones de barceloneses descansaban en hileras de nichos construidos o excavados en la ladera, disfrutando de una vivienda en las alturas con vistas al mar, para toda la eternidad si les dejaban.

Por el camino divisé la futurista aguja espacial blanca que se alzaba hacia el cielo desde el Estadio Olímpico, escenario de algunos de los muchos recuerdos que volvería a revivir aquella mañana.

Pronto pasamos cerca del lago artificial rectangular de Castelldefels, donde nueve años antes se habían celebrado las pruebas olímpicas de piragüismo.

Curiosamente, teniendo en cuenta todo lo que pasó después, Nuria había provocado sin querer una breve discusión entre George y yo al día siguiente de conocernos todos.

Aquella noche me había ido de vuelta a nuestro alojamiento con su número y con los de algunas otras personas.

A la mañana siguiente, al salir de la ducha, entré en mi habitación y me encontré a George copiando el número de ella, tras haber sacado los trocitos de papel del bolsillo de mi camisa.

—¡Oye! Eso no mola, tío—le dije, arrebatándole los papeles.

A la defensiva, me dijo que Nuria había estado coqueteando con él toda la noche y también le había dado a él su número, pero que él lo había perdido.

A tantos años vista, rebuscar así en mi camisa seguía pareciéndome una auténtica gilipollez por parte de un amigo en el que creía poder confiar, pero faltó poco tiempo para que la viera salir de su habitación una mañana, así que en aquel momento pensé que debía de haber estado diciendo la verdad.

Y poco después de eso, ocurrió algo que hizo que lo de rebuscar en mi camisa a hurtadillas pareciera totalmente insignificante.

Los JJOO tocaban a su fin cuando llegó aquel fin de semana en el que George y un par de chicos más alquilaron un coche para ir a Benidorm, un lugar que, según nos habían contado unos deportistas británicos que habíamos conocido, sonaba como una mezcla perfecta de Tijuana, Sodoma y Gomorra.

George se marchó, Nuria y yo nos quedamos solos en Barcelona durante el fin de semana, y pasó lo que tenía que pasar...

No cabía duda de que George se proponía ir de ligoteo en Benidorm; quizás eso, más que el aburrimiento —o simplemente el alcohol—, fue lo que llevó a Nuria a mis brazos aquel fin de semana.

Y, sin embargo, cuando se le pasó la resaca, se le notaba que seguía estando colgada por él, y que yo había sido un pasatiempo.

No quería que él lo supiera, aunque, sinceramente, yo no creía que eso le fuera a doler de verdad: en todo caso, su actitud hacia ella parecía más bien posesiva que enamoradizo.

Yo pensaba que, si se enteraba, en lugar de dolerle, se sentiría ofendido, como cuando tu compañero de piso coge tus cosas sin preguntar. O te revisa los bolsillos.

El taxista me interrumpió para preguntarme si podía fumar.

Asentí con la cabeza. Ahora serpenteábamos por la costa catalana, subiendo y bajando por una serie de curvas y pendientes increíblemente empinadas, una carretera antigua tan obsoleta como la maquinaria con la que se había construido.

El día fatídico también habíamos ido en coche a la playa de Sitges por esa carretera: George y Nuria en el coche de ella, y yo y la vecina de Nuria —esa chica insoportable cuyo nombre ya nunca conseguía recordar— siguiéndolos en una especie de jeep.

Había sido idea de Nuria hacer de ello una salida en pareja, un gesto de reconciliación que sirviera tanto para volver a estrechar sus lazos como para hacer de celestina; también, una forma no demasiado sutil por parte de Nuria de decirme que todavía le gustaba George y que yo debería plantearme otras opciones.

Delante de nosotros, el coche de Nuria brillaba bajo el sol de verano; era nuevo a estrenar, un regalo de sus padres, y esa chica cuyo nombre no recuerdo me explicó, con un tono un poco burlón, que la L de la luneta trasera servía para advertir a los demás conductores de que Nuria todavía estaba aprendiendo a conducir.

Nuria había guiado a nuestro grupo más allá del centro de Sitges hasta un tramo de arena más apartado, detrás del cual vi una serie de lujosas casas de verano construidas en la década de los 1920, con una arquitectura de la Belle Époque frente al mar que hacía que toda la zona pareciera sacada de otro tiempo: casi esperaba oír el sonido de una bocina y ver a algún conductor con gafas y guantes que nos adelantara al volante de un Ford Modelo A.

Habíamos quedado con algunos conocidos ahí.

Aparcamos, George y Nuria hicieron lo mismo, y a última hora de la tarde todos estábamos lidiando con quemaduras nivel «langosta radioactiva» y cogorzas incipientes.

Yo no era de beber mucho — al menos, no entonces, todavía no— pero todo el día habíamos estado echando mano de las neveras portátiles, pasándonos cervezas heladas de mano en mano.

Excepto Nuria, la Vecinita Antipática y algunas otras personas responsables.

—Párate ahí—le dije al taxista en español. —Busca sitio donde puedas y párate.

Circuló un poco más, asegurándose de aparcar en un lugar donde fuera fácilmente visible para cualquier vehículo que viniera por detrás. Salí del coche y crucé al otro lado, con el viento azotándome la camisa y agitándola como si fuera un paracaídas.

Mis recuerdos del final de aquel día son muy borrosos, pero en algún momento nos enteramos de que George y la Vecinita habían metido las neveras vacías en el coche de Nuria y se habían ido a buscar hielo y cerveza.

Nunca volvieron. Seguí a Nuria hasta una cabina telefónica al final de la playa y todavía, eso sí, recuerdo lo increíblemente sexys que me parecían sus marcas de bronceado, cada vez que su bikini se movía un poco al andar.

Llamó a su compañera de piso, que le transmitió un mensaje de la Vecinita: ella y George se habían quedado tirados, el coche de Nuria se había averiado, la grúa se lo había llevado, y que nosotros por favor cogiéramos el jeep y volviéramos a Barcelona.

Había una llave de repuesto encima de la visera del conductor, nos vemos a la hora de cenar, hasta ahora, chicos.

Pasamos otra hora, o quizá dos, en aquella playa antes de que Nuria me ayudó a meterme en el asiento del copiloto del jeep de su amiga, mientras yo intentaba resistirme, recitando variantes de: —Venga, nena, puedo conducir, déjame conducir, anda—.

Recuerdo (¿de verdad lo recuerdo? ¿O acaso me convencí a mí mismo más tarde, a posteriori, de que lo había notado?) que vi a Nuria dudar un poco, con cara de desconcierto mientras daba marcha atrás e intentaba acostumbrarse a llevar el jeep, antes de salir y dirigirse hacia la antigua carretera de Barcelona.

Y luego supongo que me quedé dormido, o desmayado.

Para cuando me desperté en el hospital, Nuria ya había sido enterrada, y la primera persona que me explicó lo que había pasado fue un policía —más mayor que Capdevila, calvo y aún menos entrañable—.

Parecía sumamente molesto por mi inocencia, legal, si no moral.

Un conductor me había encontrado al borde de la carretera, tumbado boca abajo en un charco de sangre que brotaba de un surco arenoso junto a mi ojo izquierdo.

Tuvieron que utilizar un helicóptero para bajar a alguien y comprobar cómo estaba Nuria, ya que seguía con el cinturón puesto en el asiento del conductor, aparentemente ilesa salvo por la fractura de cuello.

¿Otro coche? ¿Una ráfaga de viento? ¿Simple error de conductora inexperta?

En ese momento aún no estaban seguros, no estaban seguros de casi nada, salvo de que Nuria estaba muerta y de que el hecho de que la habían encontrado todavía al volante demostraba que, a pesar de mi tasa de alcoholemia, legalmente no se me podía culpar de nada.

—Por cierto, chaval, tu tasa de alcohol en sangre era de 1,6— dijo el policía en un tono asqueado.

Y, quizá sintiendo que era el único castigo que podía infligirme, echó encima de mi cama el informe de la autopsia de Nuria, que en realidad solo decía dos cosas interesantes: que el nivel de alcohol en sangre de Nuria había sido nulo y que estaba embarazada cuando murió.

Es cierto que yo nunca había dicho que fuera a ser el conductor designado, o algo por el estilo.

Pero si no hubiera estado tan completamente borracho, quizá al menos habría dicho algo, me habría dado cuenta de que tal vez Nuria con su poca experiencia al volante no debería haber intentado acostumbrarse a un vehículo desconocido en un tramo de carretera tan peligroso.

Cuando salí del hospital me dirigí al piso de alquiler para recoger las pocas cosas que había llevado conmigo a Barcelona, y George apareció delante de mí justo cuando salía del piso.

Me asestó el primer puñetazo antes incluso de que me diera cuenta de lo que había pasado; me volvió a abrir la herida de la cabeza, y probablemente me habría hecho algunas nuevas también, si el portero del edificio no lo hubiera inmovilizado con los brazos manteniéndolo alejado mientras yo recogía mis cosas con la mano que no tenía enyesada y me largaba.

Esa había sido la última vez que había visto a George Rivers hasta nuestra comida en el Passeig de Gràcia.

Me senté en el arcén de la carretera, con las manos aferradas al terreno rocoso y las piernas colgando por el borde.

Mi taxista seguramente temía que su cliente estuviera a punto de saltar.

Habían pasado nueve años —casi a la semana.

Yo había seguido con mi vida, y Nuria solo vivía en el recuerdo.

Sin embargo, mientras que algunas personas marcan tu vida con su presencia, otras lo hacen con su ausencia.

A veces todavía me preguntaba qué estaría haciendo si no hubiera caído por aquel acantilado; no pasaba un año sin que pensara en aquella chica muerta que no cumpliría los 25, ni los 30.

Stacey y yo compramos una casa juntos, viajamos juntos, nos peleamos, rompimos; pero incluso un final complicado cierra algunas heridas.

Otras permanecen abiertas. En definitiva, en mi vida Stacey había sido un episodio. Nuria había sido un acontecimiento.

Cuando el sol empezó a ponerse, crucé la vía hasta donde me esperaba el taxista y le dije que me llevara de vuelta al hotel.