Derechos y Sangre XVII
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XVII

El celador abrió la puerta para marcharse y le dijo a Capdevila que no podía fumar allí. —Lo sé—replicó el policía en español, dando una larga calada a su cigarrillo antes de mirarme con curiosidad a través del humo. —¿Y ahora adónde irá, señor Rudolph?

Capdevila se rió, una risa un tanto burlona con ribetes de desprecio.

—Como dicen en su país, creo que podemos hacer negocios, señor Rudolph.

Permítame proponerle una colaboración. Está claro que Bengoechea le está siguiendo —o, a decir verdad, usted está en su retrovisor.

Él está observando sus pasos, pero a la vez dejando que estos guíen los suyos.

No sabemos por qué, pero quizá haya malentendido su investigación y espere que usted le lleve a algo o alguien que él está buscando.

De hecho, le está resultando muy fácil rondarle— dijo Capdevila con una sonrisa entre el humo; ignoré su reproche implícito a mis habilidades en operaciones encubiertas —pero, a estas alturas, probablemente aún no se da cuenta de lo mucho que usted sabe ahora sobre él.

Quizás piense que su interés por los asuntos policiales se debe únicamente a lo obvio—dijo, señalando con los ojos a Txell.

Ella le lanzó a su jefe una mirada fulminante.

—Así que, básicamente, quiere que me juegue el pellejo y que sirva de señuelo para un terrorista.

—Venga ya, señor Rudolph, qué negativo es usted. ¿Cómo era esa frase de Julia Roberts en aquella película del año pasado, la de Erin Brockovich ? «Se llaman tetas, Ed». Pues mírelo de esa manera. Usted será nuestras tetas.

Esbozó una sonrisa socarrona. Si a Capdevila le iban tanto las pelis, más que Erin Brockovich lo que me proponía me hacía pensar en Una Propuesta Indecente. Pero me encogí de hombros y luego asentí. Solo esperaba que no quisiera sellar el trato con un apretón de manos.

Me incorporé y Txell hizo lo mismo. Capdevila señaló con la cabeza hacia la puerta.

—Venga, señor Rudolph. Le llevaré de vuelta a su hotel.

Incluso cuando esté allí, tenga cuidado.

Manténgase a la vista, pero no vulnerable.

En la medida de lo posible, uno de nuestros hombres velará por su seguridad en todo momento.

Pero, como seguramente ha comprobado, hay límites a lo que podemos hacer.

Bengoechea ya ha ido a por usted tres veces: primero para robarle el portátil, luego cuando se encaró con él en el cementerio, y después en habitación de hotel en Madrid.

Todavía no sé por qué usted le interesa tanto...

—¡Joder, ni siquiera yo por qué se interesa por mí!

—… pero estoy seguro de que ese interés no ha disminuido. Y el muy hijoputa no es de los que se dejan intimidar por una pistola de aire comprimido.

Capdevila nos llevó por La Rambla hasta la Plaza de Cataluña, describiendo un amplio arco alrededor de tres lados de la plaza, para poder dar la vuelta y entrar en la pequeña calle de sentido único en la que estaba mi hotel, y dejarme justo delante de la puerta.

Ya lo único que me apetecía era estar a solas.

Capdevila me abrió la puerta trasera; le deseé buenas noches secamente, luego saludé con la cabeza a Txell y me alejé.

Al acercarme a la puerta del hotel, oí a Txell gritar: —¡Espera!

Me di la vuelta y la vi salir del coche tan rápido como pudo. Vi como tensaron los músculos de sus brazos al agarrarse a ambos lados de la puerta para levantarse, y luego prácticamente saltó hacia mí.

—Jack, solo quiero decirte… Siento muchísimo lo de tu mano, pero solo tenía un instante para decidir y pensaba que habría sido mucho peor para ti si realmente hubieras llegado a dispararle a un policía.

—Lo sé. Mira— dije, encogiéndome de hombros—es tarde, estoy cansado y no estoy enfadado contigo, es solo que…

todo esto, es mucho para asimilar de golpe, ¿vale?

Cuídate—dije, dándole un besito en la mejilla.

Ella me apretó el brazo con fuerza antes de bajar lentamente la mano, darse la vuelta y retroceder con cuidado hacia el coche de Capdevila.

Había pensado estar en la cama hace horas, incluso si la cita hubiera ido bien.

Necesitaba un sueño reparador, pero cuando miré el reloj por enésima vez a las 4:11, ya estaba por tirar la toalla.

La luz del sol se colaba tímidamente por encima de los tejados cuando, un par de horas más tarde, salí del hotel.

El camarero de la cafetería que daba a la plaza silbaba una versión desafinada de Wind of Change , un estribillo que chocaba con el traqueteo de las cadenas sobre el aluminio mientras desenganchaba y colocaba el mobiliario en que los foráneos—yo incluido—nos tomaríamos luego bebidas a precios desorbitados.

Cogí un periódico local y el International Herald Tribune en el quiosco, luego volví a mi hotel para un desayuno desangelado con extra de café.

La plaza estaba irreconocible por más concurrida cuando volví a salir un par de horas más tarde; ya hacía calor, aunque aún faltaba bastante para el mediodía, y empecé a sudar mientras me sentaba degustando una limonada e intentando seguir el hilo de algún artículo.

Capdevila no me había dado ninguna indicación de cuándo se pondría en contacto conmigo, y la espera ponía de los nervios.

Media hora más tarde, al subirme al ascensor de mi hotel rumbo a mi habitación, apenas me había fijado en el tipo alto y fornido que estaba a mi lado, hasta que habló después de que se cerraran las puertas y nos quedamos solos.

—Señor Rudolph—no era una pregunta, solo una afirmación. Cuando le miré, sacó de su bolsillo una placa. Luego me entregó un sobre, pulsó con el dedo el botón de la siguiente planta y, tan pronto se abrieron las puertas, se largó.

En mi habitación, un par de plantas más arriba, abrí el sobre con impaciencia.

Seguramente sonreí al comprobar que Capdevila había cumplido su palabra: el sobre contenía copias del testamento de Raymundo de Cassols.

Por primera vez desde que había aterrizado en España, quizá ahora por fin llevaba un paso de ventaja al doctor Francis Bengoechea.

Al hojear las páginas, quedó claro que yo había interpretado correctamente la lápida: la familia se había extinguido.

Como era de esperar, Raymundo no mencionaba a su hermana, de quien sabía que llevaba muerta cuarenta años para entonces; pero sí se refería a su única hija, la que le había precedido en la muerte: la niña mencionada en la lápida.

Quizá por eso, tras garantizar el sustento de su esposa durante su viudez, había legado la mayor parte de su patrimonio a la Iglesia, especificando que se destinara a financiar un hogar para huérfanos.

En el cuarto párrafo del testamento, por fin encontré lo que necesitaba: —4.

La finca rústica en Sainte-Odile-au-Pré, Francia, donde crecí, y que me pertenece en virtud del testamento de mi madre de enero de 1882, habiendo pertenecido originalmente a mi padre, quien la heredó de su padre en 1845.

Dicha granja limita al norte con las tierras de Hilaire Desmoulins…

Mi mente iba a mil. En realidad, esto podría ser una buena noticia.

Los recursos de Raymond de Cassols habían sido, evidentemente, mucho más modestos que los de Clay Blackwood, pero pensé en el esmero con que la Fundación Blackwood había conservado todos los documentos de su fundador.

Si Raymond de Cassols había poseído un legado lo suficientemente cuantioso como para dotar a una entidad benéfica duradera, quizá hubieran conservado sus documentos —incluida, esperaba yo, aquella misteriosa carta enviada a su familia por Clay Blackwood en 1881.

Después de comer, corrí las cortinas de mi habitación y me eché una regeneradora siesta: podría acostumbrarme a la costumbre española de la siesta, pensé, pero por muy agotado que estuviera tras los acontecimientos de la noche anterior y el insomnio que les había seguido, creo que solo la sensación de que el viento empezaba a soplar a mi favor fue lo que me permitió descansar por fin.

Al despertarme y estirarme, me di cuenta de que la batería de mi móvil español se había agotado.

Enchufé el cargador y lo volví a encender, y casi de inmediato vibró indicando llamadas perdidas.

Pulsé el botón: George. Dos veces. Antes incluso de que tuviera tiempo de volver a colgarlo, sonó. Miré la pantalla: George otra vez.

—Hola tío. ¿Qué tal?

—Bien, Jack, bien. Oye, ¿tienes planes para esta noche? Se me han ocurrido algunas ideas sobre tu investigación y pensé que quizá podríamos cenar juntos y comentarlas…

Enseguida me puse en alerta. —¿Cómo sabías que había vuelto a Barcelona?

Un largo silencio.

—¿Estás en Barcelona ? Vaya, tío… Yo estoy en Madrid. Este fin de semana hay aquí un congreso de docencia al que, en un principio, no pensaba asistir, pero cuando me dijiste que vendrías aquí, decidí venir, que quizás podría echarte una mano. Es que conozco a algunos investigadores por aquí.

Me froté la sien. Pobre George, intentando limar asperezas, y yo enseguida sospechando de él. Me estaba volviendo paranoico.

—Joder. Lo siento, tenía que haberte llamado antes de volver…

—No, no, claro que no, entiendo que vas justo de tiempo. Escucha, volveré mañana por la tarde, así que quizá entonces…

—Tío… no sabes la vergüenza que me da, pero… me voy mañana por la mañana. Tengo una nueva pista en Francia y…

—¿En serio? ¿Has averiguado algo?

—Aún no lo sé, solo es un pueblecito donde podría haber algo...

—¿Cómo se llama?

—Sainte-Marie de no sé qué… En fin, mañana me voy para allí y…

—¿Está cerca de París?

—Bueno, en realidad no, está en el suroeste. Aunque probablemente acabaré yendo a París tarde o temprano; es decir, si mi experiencia aquí sirve de muestra, parece que en los archivos todos los caminos llevan a la capital del país…

—París. Vale. Bueno, escucha, Jack, ¿seguimos en contacto? Si se me ocurre algo que pueda ayudarte, te aviso tan pronto se me pase por la cabeza.

—Te lo agradezco.

—Pues nada, que tengas buen viaje y cuéntame cómo te va.

—Lo haré.

Me quedaba una última cosa por hacer en Barcelona. Un asunto pendiente que sabía que tendría que atender, lo había sabido desde el instante en que Anna Olin decidió enviarme ahí.