Derechos y Sangre XVI
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XVI

El celador terminó de vendarme la mano más o menos al mismo tiempo que Capdevila terminaba su relato.

Con ese tono un tanto artificial de quien se esfuerza demasiado por imitar el acento de su profesor de idiomas, el subinspector Capdevila apenas había dejado de hablar desde que nos había recogido a Txell y a mí en el extremo sur de La Rambla.

Cogí con la mano izquierda el café que me ofrecía Txell.

Ella se sentó a mi lado en la camilla. Capdevila daba vueltas, envuelto en su propia nube de humo, haciendo caso omiso de los carteles de Prohibido Fumar en la pequeña sala de atención en que nos hallábamos.

Supuse que teníamos suerte de que fuera un día entre semana.

Seguramente en Barcelona, como en la mayoría de las grandes ciudades, si hubiera entrado en urgencias con una lesión leve, como un corte resultado de un bolsazo, un sábado por la noche, quizá habría tenido que esperar allí durante horas a que me hicieran radiografías y me vendaran.

Por otra parte, hacerlo con escolta policial probablemente ayudaba.

La puntería inesperadamente certera de Txell había logrado que el bolso me golpeara de lleno en el puño, haciendo que mis dedos se abrieran de golpe y que la pistola de balines saliera disparada girando como un molinillo.

Mientras me sacudía la mano, seguro de que me había roto algo, me alejé de Txell mirándola con rabia.

El hombre barbudo corrió hacia nosotros y yo intentaba agarrar el bolso de Txell para evitar que me volviera a golpear, cuando el tipo metió la mano en el bolsillo y sacó una placa. Txell gritó: —¡Jack, para! ¡Es policía!

Miré de ella a él, a su placa y de nuevo a ella. —¿Qué? ¿Tú… nos has hecho seguir en una cita?

—No, yo no. Mi jefe.

—¿Capdevila? Joder, ¿cómo sabía que teníamos una cita? ¿Y por qué le importa tanto como para mandar a un policía de paisano para hacerte de canguro?

Txell se dio cuenta de que mi enfado iba en aumento y me puso una mano en cada hombro para calmarme.

—Te equivocas. No es a mí a quien está haciendo seguir. Es a ti—me miró alterada, dejando escapar un suspiro. —Venga, creo que será mejor que le llame y que te lo explique él mismo.

Diez minutos después de que Txell guardara el móvil en su inusitadamente peligroso bolso, Capdevila llegó a todo trapo por el lado par de la Rambla en un viejo coche, un Talbot Tagora que había visto mejores tiempos, con una sirena de quita y pon centelleando en el techo.

Bajó del coche, los miró a ella y al poli barbudo, y soltó un chorro de palabras que, aunque no los entendí, claramente no eran elogios por un trabajo bien hecho.

A mí me hizo un gesto seco con la cabeza y dijo: —Señor Rudolph.

Creo que es hora de que charlemos un poco. Suba, nos vamos al Hospital del Mar.

Apenas me había sentado cuando Capdevila viró el volante a la izquierda y pisó el gas, cambiando de sentido por encima de la mediana de La Rambla, lo que provocó el pánico entre los peatones, que se apresuraron a salir de su camino mientras él aceleraba hacia el bordillo para salir hacia el mar.

Su sirena, al igual que las de las ambulancias que había notado en Barcelona, emitía un estribillo mosqueado de tres notas, distinto de cualquier otro que hubiera oído antes en otra ciudad.

Le pegaba mucho a Capdevila, la verdad. Una vez que rodeamos la columna de Colón y nos alejamos de la multitud, la apagó.

—Lamento de verdad este desgraciado incidente. Creo que la agente Valls—asintió con la cabeza hacia Txell— ya le ha dicho que le seguían por orden oficial…

—Mire, subinspector, si se trata de aquel accidente de tráfico de 1992, quedé libre sin cargos...

—Señor Rudolph, ¿de qué conoce usted al doctor Francis Bengoechea?

—¿Quién? — era una pregunta tan inesperada que de momento me quedé en blanco—.

Ah, espere. Si es el tipo en el que estoy pensando, es catedrático de historia en el País Vasco, ¿no?

Un colega de mi padre en una universidad de California me dio su contacto para una consulta sobre historia española…

Le escribí antes de venir aquí. Habla inglés, y el colega de mi padre pensó que podría ser la persona adecuada para aclararme puntos específicos de la época en que se centra mi investigación.

Me envió un correo electrónico larguísimo, pero que en realidad no me aportaba nada útil…

Al fin y al cabo, eso no me sorprendió tanto, no destacan por su brevedad los docentes.

Capdevila resopló. —¿Docente? ¡Bah! Francis Bengoechea es mitad irlandés, mitad vasco y todo un hijo de puta.

Se ha pasado la mayor parte de su vida ayudando a terroristas irlandeses y vascos pero sin que nunca se le haya pillado con las manos en la masa.

Solía repartir sus putadas más o menos a partes iguales, pero desde que el Acuerdo del Viernes Santo calmó un poco las cosas en Irlanda, se ha centrado más en su faceta vasca.

¡Qué suerte la nuestra! Ahora se le estaba investigando por desviar fondos de subvenciones académicas legítimas hacia organizaciones tapadera del terrorismo vasco.

La policía estaba a punto de detenerle, y entonces, ¿sabe qué pasó?

Al día siguiente de que ustedes dos intercambiasen correos electrónicos, pasó a la clandestinidad. Desapareció.

Me quedé perplejo. —¿Cómo sabía que habíamos intercambiado correos electrónicos?

—Señor Rudolph, por favor… con alguien así, ¿de verdad cree que la policía no lee su correo electrónico?

Leemos su cuenta de la universidad —a la que usted escribió— y, por supuesto, él lo sabe; y leemos otra que no creemos que se haya dado cuenta todavía de que la hemos relacionado con él.

Hallamos poco de interés en ambas cuentas, hasta que llegó su correo desde California y—chasqueó los dedos—se largó antes de que nos diéramos cuenta.

—¿Bengoechea es un terrorista?

—Sí, señor Rudolph. Eso es. Y quiero saber por qué se ha interesado tanto por usted.

Capdevila empezó a acelerar al ver un semáforo en ámbar, pero frenó cuando se puso en rojo. Yo tenía muchísimas preguntas, pero la primera fue casi un reflejo.

—¿Un catedrático terrorista ?

Capdevila sacudió un poco de ceniza por la ventanilla.

—No se sorprenda tanto. En estas organizaciones, los cerebros suelen ser de edad madura, mientras que los que hacen el trabajo sucio son bastante jóvenes.

Las universidades, los institutos… son terrenos ideales para el reclutamiento, donde los canallas pueden abusar de sus puestos para averiguar qué estudiantes son los más impresionables y, a continuación, radicalizarlos.

Por eso muchos de los aspirantes a terrorista que detiene la policía tienen 20, 19…

incluso 16 años. Empiezan con disturbios organizados, Kale Borroka, en las calles, incendios provocados en propiedades del Estado; los que ascienden de grado pasan al asesinato… .

El semáforo cambió y el coche avanzó, mientras las farolas amarillentas de la calle resaltaban de vez en cuando los rasgos amargados de Capdevila. Llevaba el volante con una mano, en la otra el cigarro con el que gesticulaba al hablar.

—El doctor Bengoechea fue durante años lo que se dice un miembro legal; en lugar de un terrorista en activo, lo que en vuestras películas se llamaría un agente durmiente.

Empezamos a estrecharle el cerco hace unas semanas.

Podríamos haberlo puesto entre rejas el 3 de junio tras pillar a dos terroristas que intentaban salir del País Vasco con una gran cantidad de dinero en efectivo, el tipo de suma que suele recaudarse mediante la extorsión a empresarios locales, el impuesto revolucionario .

Pero al parecer, este dinero procedía de la trama que le mencioné, aquella en la que desviaba fondos de becas académicas hacia el terrorismo.

Sin embargo, decidimos vigilarlo un poco más para ver si nos llevaba hasta un pez más gordo.

Entonces llegó su correo electrónico. Él le contestó —por cierto, estoy de acuerdo con usted, menuda verborrea infumable escribió— y desapareció.

El doctor Bengoechea impartía un seminario de verano más tarde ese mismo día.

Al ver que no acudía a clase, la policía entró en su despacho y encontró restos de un incendio en la taza del wáter.

Junto al inodoro yacían dos carpetas vacías.

Capdevila giró a la derecha y enfilamos el paseo marítimo, atravesando La Barceloneta, un barrio poco iluminado de calles paralelas llamativamente rectas y estrechas, donde reinaba un ambiente tranquilo que chocaba con el de juerga nocturna imperante en el resto de la ciudad.

El coche se detuvo frente al hospital. Capdevila buscó una plaza libre entre las que llevaban aviso de prohibido aparcar, y dejó ahí su coche.

—A los investigadores les intrigaba, como es lógico, por qué responderle a usted parecía ser una de las últimas cosas que él consideraba lo suficientemente importante como para hacer antes de huir, cuando su bandeja de entrada estaba llena de otras cartas triviales de estudiantes y académicos.

Además, los técnicos que examinaron su ordenador pudieron recuperar el disco duro que había intentado destruir, y determinaron que había estado accediendo a bases de datos de agencias de viajes y compañías aéreas.

Concretamente, al parecer había utilizado las credenciales de acceso que le había facilitado un agente de viajes simpatizante de ETA, para estar al tanto de sus reservas.

Solo podemos suponer que quería saber cuándo llegaría, porque tenía la intención de esperarle.

Por lo tanto, nosotros también lo hicimos.

—¿Quiere decir que...?

—Sí, señor Rudolph, ha estado bajo vigilancia desde que salió del control de pasaportes en El Prat.

Y por eso se encontró tan bien atendido al despertar tras ser atacado en el cementerio.

Confieso que mis hombres no le siguieron al interior por la puerta principal aquel día, ya que vigilaban la entrada principal.

Pero él debe de haber accedido por la entrada por la que suelen pasar los ataúdes.

Txell me había puesto una mano en el hombro mientras entrábamos en el hospital. Me eché hacia adelante para librarme de ella.

—¿Así que cenar juntos no fue más que una excusa para vigilarme?

Ella me lanzó una mirada dolida. Capdevila negó con la cabeza.

—Señor Rudolph, la agente Valls desconocía los pormenores de mi interés por usted hasta ayer, cuando la interrogué sobre la cena que había tenido con usted la otra noche.

Nuestros agentes de paisano la reconocieron, por supuesto, y me informaron de la cena.

A partir de entonces, tenía órdenes mías de avisarme si volvía a ponerse en contacto con usted.

No podía, por supuesto, ordenarle que cenara con usted.

En el mostrador de urgencias, Capdevila mostró su placa, señalándome con el dedo mientras apremiaba al personal en catalán; se acercó un celador y nos acompañó a través de varias puertas hasta el pequeño consultorio donde ahora estábamos sentados.

Tras haberse cerciorado de que no tenía nada roto en la mano, el médico de guardia ordenó que me la vendaran y se marchó en busca de desastres más merecedores de su pericia.

Entre revisión y cura, Capdevila me había puesto al tanto de todo.

—Así que, señor Rudolph, como puede ver, sus sospechas eran totalmente acertadas: le estaban siguiendo. Por partida doble: un policía, un criminal. Ahora, debo preguntarle de nuevo: ¿qué le dijo exactamente a Bengoechea que estaba haciendo aquí?

—Nada que yo creyera que resultara especialmente interesante. Le dije que venía a España para investigar la genealogía de una cliente y le pedí consejo sobre ciertos aspectos históricos y regionales de mi investigación.

—¿Por qué se puso en contacto con Bengoechea y no otro estudioso?

—Ya le dije: mi padre, que falleció, también era profesor universitario. Sigo en contacto con antiguos amigos y colegas suyos. Le pregunté a uno de ellos si conocía a algún experto en historia española y me dio la tarjeta de Bengoechea.

—¿Sabe cómo se conocieron?

—No estoy seguro. Puede que fuera en Londres; creo que este amigo —el doctor Warren— acababa de regresar de un congreso de historiadores celebrado allí.

Capdevila ladeó la cabeza. —Es posible, asintió al fin. —Hemos comprobado todos los movimientos recientes de Bengoechea y ha visitado Londres este año. ¿Se ha puesto en contacto con él desde que llegó a España?

—No, pero… quizá él se haya puesto en contacto conmigo—de repente me entró una duda. —El policía que me seguía esta noche… ¿también me siguió hasta Madrid?

Capdevila negó con la cabeza con tristeza. —No hubo tiempo de coordinarlo entre agencias. Se largó tan repentinamente. ¿Por qué lo pregunta?

Le conté a Capdevila el allanamiento en mi hotel de Madrid con robo de apuntes, el temor de que me seguían y la compra de la pistola de aire comprimido que había utilizado esta noche.

—Ah, así que por eso decidió hacer de cowboy —dijo—. Al final, es una lástima que no haya sido Bengoechea quien le siguió esta noche. Al menos le habría sacado un ojo. En todo caso, no fuimos nosotros en Madrid, señor Rudolph. Así que tengo que suponer que probablemente fue Bengoechea… otra vez.