Derechos y Sangre XV #2
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XV #2

Me di la vuelta lentamente, tratando de averiguar dónde podría estar, a juzgar por el reflejo que había mirado por un instante.

No sirvió de nada. En esa fracción de segundo, la multitud se había desplazado y, como una vela zarandeada por un mar revuelto, el hombre había desaparecido.

Pero estaba seguro de que era el hombre que había visto detrás de mí unos minutos antes.

Renuncié al gofre y regresé a paso ligero a mi hotel, de nuevo con la inquietante sensación de que sabía menos sobre este juego que cualquiera de los demás jugadores, incluidos los que no habían sido invitados.

A las seis aún no había decidido hasta qué punto confiaba en Anna Olin ni cuánto debía contarle.

Alguien seguía cada uno de mis movimientos —¿seguía?

y una mierda, más bien se anticipaba a ellos—; parecía tener una idea más clara que yo de lo que tenía que hacer a continuación.

No tenía sentido que Olin hubiera enviado a otra persona para asegurarse de que estaba haciendo el trabajo, sobre todo porque esa persona parecía saber cosas que Olin no sabía en el momento en que me contrató.

Decidí contarle que me estaban siguiendo, pero sin revelarle todavía que parecía haber alguien más tras lo mismo que ella buscaba.

Estaba bastante seguro de que, de entrada, no me había contado todo lo que sabía, y ya no me gustaba ser el único que no estaba al tanto de nada.

— ¿…sigue en Madrid?

—No, ya estoy de vuelta en Barcelona. El viaje a Madrid salió bien, eso sí.

Escuche, esto es lo que tengo hasta ahora: he averiguado más sobre la carrera militar de su padre, que resumiré en mi informe escrito.

Pero parece que tengo que ir a Francia. Su padre abandonó el ejército español, ella nació en Francia, así que, aunque la carta se enviara a Barcelona, creo que cualquier familia que tenga —o tuviera— estaría allí. Me voy en coche mañana por la mañana.

—Vale.

—Ahora bien, tengo un problema: me están siguiendo.

—¿Qué?

—No hay duda. Parece un tipo corpulento, con barba y gafas. ¿Alguien que conozca?

—¿Y por qué iba yo a hacer que le siguieran?

—Bueno, ¿por qué iba a intentar alguien más localizar a la familia de Colette? ¿Puede ser que la Fundación Blackwood sabe lo que está tramando?

—No a menos que usted se haya ido de la lengua—espetó ella.

—Vale, eso sobraba. Mire, solo necesitaba asegurarme de que...

—Señor Rudolph, le pago para que haga preguntas a otras personas, no a mí. De momento lo está haciendo bastante bien. Ahora cálmese, tenga cuidado y llámeme cuando haya tenido tiempo de mirar la conexión francesa.

Olin me parecía tan seca que probablemente ni siquiera había pretendido hacer una gracieta. Como de costumbre, colgó sin decir nada más. Como de costumbre, la conversación me dejó con la sensación de saber aún menos de lo que sabía antes de llamarla.

Un par de horas más tarde oí unos golpecitos rítmicos en mi puerta.

Revisé el bolsillo izquierdo de mi abrigo antes de asomarme a la mirilla y abrir la puerta.

Txell estaba de pie en el pasillo, con una versión rosa de ese top ajustado sin tirantes que le había visto llevar en nuestra primera cita.

Llevaba el mismo bolso extragrande, que le colgaba casi hasta los tobillos por las correas que se había enrollado alrededor de la muñeca.

Detrás de ella había un botones con mi maleta en un carrito.

Txell y yo nos besamos en la mejilla; dejé mi maleta sobre el atril portaequipajes junto a la cama, y salimos.

—¿Adónde te gustaría ir?

—Bueno, eso depende, Joaquim . ¿Cómo vas de hambre?

Pensé en el gofre que no había llegado a comer. —La verdad es que tengo bastante.

—Entonces vamos a La Masía d’en Josep . Está en una calle que sale de La Rambla al final… Quizá deberíamos coger un autobús.

—Claro, claro—. Evité mirar la pierna de Txell. Nos alejamos del hotel, cruzamos la calle y ella me cogió de la mano. —¡Mira, el nuestro es este!

Probablemente Txell debería haberse sentado, pero disfrutaba mostrándome los lugares de interés que nos pasaron delante mientras quedamos de pie junto al lado acristalado del autobús.

Una iglesia antigua, un mercado público cuyos pasillos, brillantemente iluminados, seguían abarrotados, el legendario teatro del Liceu…

Nos bajamos cerca del final de la calle, con vistas al imponente monumento a Cristóbal Colón, situado en el extremo de La Rambla que da al paseo marítimo.

Prostitutas africanas con atuendos casi inexistentes acechaban en las entradas de los callejones mal iluminados que partían del lado sur de la calle.

Txell me cogió de la mano y me llevó en la otra dirección, hacia un restaurante con una cálida iluminación en la esquina de otro callejón cavernoso que partía de La Rambla.

—Ah, tenemos suerte, ¿ves? Los viernes y sábados por la noche hay cola fuera para entrar.

Dejé que Txell pidiera por nosotros, y aunque la ensalada era bastante anodina, el Arros Negre era un triunfo. —Es un plato muy típico de aquí—explicó mientras servía generosas cucharadas humeantes—está hecho con tinta de calamar, marisco, guisantes, arroz, cebolla….

Después de cenar, paseamos por un laberinto de calles estrechas, todas cruzándose en ángulos descabellados, todas pareciendo menos vías de paso intencionadas que meros apaños, espacios que acabaron siendo calles por haber quedado sin edificar cuando se levantaron los edificios aquí en los siglos XIX, XVIII e incluso —según un pórtico que me señaló Txell— en 1562.

Me preguntaba si alguno de esos rincones tenuemente iluminados no sería ideal para mover ficha e intentar un beso cuando Txell señaló hacia arriba, llamando mi atención a una batería de cámaras de seguridad.

—La policía está instalando estas cámaras por plaza. Es un lugar peligroso de madrugada, así que toda la plaza estará bajo vigilancia continua por cámara, las veinticuatro horas del día. ¿Sabes cómo se llama este sitio?

—Eh, no.

—Plaça George Orwell.

Todavía me reía de la ironía cuando me fijé en el hombre barbudo, el mismo de antes, reflejado en un escaparate detrás de Txell, manteniendo una distancia prudencial.

Txell estaba disfrutando tanto de hacer de guía accidental de turismo que lo único que tuve que hacer durante los siguientes dos o tres minutos fue asentir o reírme de vez en cuando, hasta que eché un vistazo a un escaparate lleno de espejos y en la penumbra reflejada lo volví a ver, metiéndose en el extremo de un pasaje justo cuando salíamos por el otro extremo.

Las tiendas llevaban horas cerradas, no había un alma por ahí y yo no sabía muy bien cómo volver a la seguridad y el bullicio de La Rambla desde el laberinto de callejuelas en el que nos encontrábamos.

Salir corriendo habría sido lo más inteligente, pero con una compañera al que le faltaba media pierna, esa era una opción arriesgada.

Podía oír los pasos de nuestro perseguidor mientras se apresuraba para volver a tenernos a la vista después de que diéramos la vuelta a una esquina.

Más vale acabar de una vez con esto, decidí.

—Txell, quédate detrás de mí—le dije. El hombre dobló la esquina y apenas tuve tiempo de ver su sorpresa al encontrarnos encarándolo antes de apuntarle con la pistola de balines, esperando que el lugar donde me había plantado era lo bastante oscuro como para que no pudiera ver qué era.

Pude ver el cigarrillo colgando de su boca mientras metía la mano en su chaqueta.

Contaba con apenas un instante en que, o esperar y ver qué iba a sacar, o apuntar al círculo naranja de ceniza que tenía debajo de la boca y, al menos, esperar que un disparo en la garganta le doliera lo suficiente como para ganarnos algo de tiempo.

Y entonces Txell levantó su bolso, girándolo en un perfecto círculo con el cual ganó ímpetu antes de golpearme en la mano, haciendo que saliera despedido mi arma.