XV
De repente me entró una duda preocupante. ¿Y si esto no era un intento de robo al azar? ¿Y si mi viejo amigo del cementerio de la Vila Olímpica había venido a ver qué tal me iba?
Aunque aún sudaba por el calor veraniego bajo el que había cruzado la plaza, sentí un escalofrío.
Por suerte tengo muy buena memoria: no me parecía necesario volver a la biblioteca y rehacer toda la investigación.
Encontré en el escritorio unas cuartillas que llevaban el membrete del hotel, y me senté e intenté reescribir de memoria todo lo que había averiguado ese día.
Al terminar, doblé las hojas con cuidado y las guardé en el bolsillo de la camisa.
No iba a arriesgarme a perder los datos otra vez.
La sensación de que me perseguían era sumamente desagradable.
Salí del hotel en dirección a la calle Serrano, una de las calles comerciales más elegantes de Madrid.
Entré en la primera agencia de viajes que vi y me senté a esperar mi turno detrás de unos turistas estadounidenses que reservaban excursiones de un día.
Aproveché parte del tiempo para hojear las páginas amarillas de Madrid.
Para cuando volví a salir a la calle, con un billete para uno de los primeros vuelos a Barcelona al día siguiente, la cálida sombra del verano se cernía sobre las fachadas de los edificios a ambos lados de la calle Serrano.
Encontré la tienda que había buscado en las páginas amarillas, una tienda de artículos deportivos en la que normalmente me habría entretenido contemplando el tentador material de golf; hoy, en cambio, simplemente cogí una bolsa de viaje que estaba en oferta y me dirigí directamente al mostrador de armas de aire comprimido.
La imitación de la Luger era tentadora, pero al final me decidí por un revólver de cañón corto, una réplica totalmente metálica de una .
38 que parecía que, con solo tenerla, mejoraría al instante mis habilidades de detective.
Mientras pagaba en efectivo, la dependienta me sonrió amablemente y me recordó que tendría que registrar mi compra en la comisaría más cercana, utilizando la pequeña tarjeta amarilla que me entregó.
Le di las gracias y metí con cuidado la caja del arma y los balines de repuesto en mi bolsa de viaje.
Tiré la pequeña tarjeta amarilla de registro a una papelera situada en la acera de enfrente mientras me alejaba de la tienda.
Comprar un arma en cualquier lugar de Europa me habría resultado imposible, como turista estadounidense; y carecía de los contactos necesarios para comprar una pistola en el mercado negro.
La pistola de aire comprimido no es que iba a parar en seco a un rinoceronte.
Pero alguien se estaba acercando mucho más de lo que me gustaría, por varias posibles razones que se me ocurrían, ninguna buena.
Si esto seguía así, podría acercarse lo suficiente como para que yo apuntara a un ojo.
En otras circunstancias habría disfrutado de una tarde de verano sin compromisos, sentado al aire libre en alguna cafetería pintoresca de una capital europea, compartiendo mis pensamientos con un buen vino mientras este los borraba uno a uno.
Pero esta noche no: tenía que mantenerme alerta.
Tras una cena olvidable, pensada para turistas y a precios de turista, volví a mi habitación con una cautela que resultó ser innecesaria y, una vez que hubiera verificado que nadie se escondía ni detrás ni debajo de ningún elemento del mobiliario, apoyé una silla contra la puerta y me acosté.
Llegué al aeropuerto a primera hora la mañana siguiente y, mientras el avión despegaba de Barajas, se me ocurrió que no le había dicho a nadie que iba a volver: ni a George, ni a Txell, ni siquiera a Anna Olin.
Quizá fuera solo por lo repentino que había sido el cambio de planes, pero creo que la sensación de que me seguían ya había empezado a hacerme desconfiar de todos los que tenían algo que ver con este caso.
Esperé pacientemente junto a la cinta de recogida de equipajes a que apareciera la abultada bolsa de viaje en la que había disimulado mi pistola de aire comprimido tras desmontarla parcialmente.
Cogí un taxi de vuelta al Best Western y cogí una habitación, volviendo sobre mis pasos de principios de aquella semana.
Ver a Txell era lo primero en mi lista, así que crucé la ciudad hasta la comisaría donde trabajaba y la encontré sentada en el mismo escritorio, a la entrada de aquellas oficinas de un gris monótono, dirigiendo a quienes se acercaban como si fuera un semáforo humano.
En cuanto me vio, se levantó con cuidado y me dio un beso en cada mejilla —un saludo típico español, aunque me parecía una violación implícita de alguna norma no escrita cuando lo hacía una mujer uniformada que llevaba una pistola en el cinturón.
Por un instante me pasó por la cabeza una vieja canción de Marty Robbins que le había gustado a mi padre, pero en vez de su oda a un rudo Texas Ranger, imaginé la cálida voz del cantante canturreando «…
una policía muy sexy con una gran arma en la cadera» .
—Estaba preocupada porque no había tenido noticias tuyas. ¿Qué tal Madrid?
—Sorprendentemente bien, respondí con tono impasible. —De hecho, por eso he vuelto. Mañana por la mañana me voy a Francia, así que necesito mi maleta. Y… si no tienes planes esta noche, pensé que quizá…
Ella sonrió. —Vaya, como si lo das por hecho… Pero es verdad, no tengo planes. ¿A las nueve?
—Estupendo. ¿Delante del Hard Rock , como la última vez?
—No, iré a tu hotel.
Al principio pensé que iba muy lanzada: mi cara debió de delatar mi sorpresa, porque dijo: —Debería dejar tu maleta antes de que vayamos a cenar, ¿no?
—Ah, sí, claro. ¿Sabes qué? Creo que, de todos modos, será mejor que vaya a comprarme algo nuevo para ponerme esta noche. La ropa de la maleta estará arrugada, y llevo tres días con este traje…
—Prueba en Carrer Portaferrissa, la primera a la izquierda bajando por La Rambla. Te pilla cerca y ahí encontrarás de todo.
—Vale, así haré. A las nueve, entonces.
—Adéu.
La acera que bajaba por La Rambla alejándose de la Plaza de Cataluña resultaba físicamente difícil de recorrer, tan abarrotada estaba de turistas: dondequiera que mirara, una masa ondulante de sombreros de paja y mochilas, cámaras, quemazones y mapas plegables se movía al unísono como la piel rugosa de algún animal inquieto.
Un artista callejero vestido de soldado se subió a un taburete y adoptó una pose belicosa, con la esperanza de que su inmovilidad escultural fuera recompensada con una moneda arrojada a la caja de zapatos que tenía a sus pies.
A media manzana de distancia, una joven pareja cubierta de maquillaje dorado intentaba el mismo número, pero vestida como burgueses de la década de 1860; cuando alguien echaba una moneda en su caja de donativos, el hombre, de forma mecánica, hacía una profunda reverencia e inclinaba su sombrero de copa, mientras la mujer hacía girar su sombrilla.
Y en medio del estruendo de un centenar de acentos que flotaban en el cálido aire veraniego, periquitos piaban desde las pequeñas jaulas de los quioscos donde se vendían a ambos lados de la acera abarrotada.
Giré a la izquierda en Portaferrissa, una calle estrecha de origen medieval por la que, sin embargo, resultaba más fácil andar, ya que buena parte de la multitud que rambleaba sin rumbo pasaba de largo al asomarse a una calle donde tendrían, teóricamente, que gastar.
A ambos lados se abrían a esta vía peatonal tiendas de zapatos, relojes, bolsos, ropa, joyería...
Tres adolescentes se acercaban a mí sin mirar por dónde iban, cada una echando un vistazo al contenido del bolso de compra de las demás.
Dos mujeres se dieron un besito en la mejilla al encontrarse en la esquina, sujetando sus respectivas gafas de sol con una mano como si de un paso de baile se tratara.
El reflejo de un hombre barbudo con gafas gruesas brillaba en el escaparate que tenía delante mientras miraba los relojes en la vitrina de una joyería.
Entré en una tienda lo suficientemente concurrida como para que ningún dependiente me molestara mientras compraba: ya estaba bastante nervioso, sin necesidad de que alguien me siguiera a dos pasos con la esperanza de ganar una comisión.
Unos minutos más tarde volví a la calle Portaferrissa con una bolsa que contenía unos pantalones gris claro, una camisa blanca y una chaqueta casual de color beige, ligerita gracias a que no llevaba forro.
Sin embargo, sí tenía bolsillos interiores, que era precisamente por lo que la quería: uno me vendría bien para ocultar mi pistola de aire comprimido, siempre que llenara el otro bolsillo con un contrapeso para que la chaqueta no quedara ajada.
De vuelta al hotel, un par de niños gitanos se cruzaron conmigo al entrar en un restaurante barato para pedir limosna a los clientes.
El punk rock inundó mi alrededor cuando al abrirse la ventana de un local de tatuajes, y seguí mi olfato hasta un pequeño puesto en la calle donde una chica con delantal naranja servía gofres de chocolate.
Demasiado tentador como para dejarlo pasar, decidí.
Mientras esperaba, me miré en el largo espejo que había sobre su cabeza y vi que el hombre barbudo con gafas volvía a asomarse a mi campo de visión.
Me di cuenta de que me estaba mirando la nuca.