XIV
Las dos señoras que estaban detrás del mostrador eran las guardianas de esta puerta a la sabiduría, y la convivencia diaria les había inculcado la peculiar costumbre de poder terminar las frases la una a la otra.
Me acerqué a la mujer de la izquierda y empecé a recitar la última mentira: investigación, guerras civiles, revista…
Me respondieron con la misma lista que habían utilizado los que trabajaban en la puerta de entrada.
—Para utilizar la Biblioteca Nacional hay que cumplir uno de varios criterios…
—…por ejemplo, ¿es usted profesor visitante?
No.
—¿O está escribiendo aquí una tesis doctoral?
No.
—¿Imparte clases aquí?
No.
—¿Es autor de algún libro publicado?
—¿En España?
—¿En España o en su propio país…?
—…si sabe el número ISBN…
Oh, mierda. —Eh… no sé el número ISBN.
—No pasa nada—dijo la menos amargada de las dos. —Apunte su nombre y el título de su libro en esta ficha.
Cogí un lápiz y rellené la ficha con letra apenas legible, por los nervios. Cuando la devolví, la mujer miró lo escrito y dijo: —¿Qué es esto?
—El título de mi libro.
—Sí, pero ¿qué significa?
Tragué hondo mientras me sonrojaba.
—1001 Chistes del Tiro con Arco .
Vale, no estoy muy orgulloso de mi primer —y, de momento, único— aporte literario a la humanidad.
Lo recopilé en el verano del 91; era uno de esos libritos que ponen en los estantes junto a las cajas en el super y las tiendas de 24 horas.
Me ganó unos cuantos dólares e impresionó a algunos de mis amigos menos exigentes, antes de caer felizmente en el olvido.
Pero en ese momento me estaba sirviendo para conseguir un carné de investigador en la Biblioteca Nacional de España, y eso era, sin duda, lo más útil que aquel estúpido librito jamás haría por mí.
La mujer que estaba frente al ordenador introdujo el título en un buscador y apareció inmediatamente en los listados de varias librerías online. Por desgracia, estaba descatalogado.
Con mi carné de investigador recién expedido en la mano, me senté ante el ordenador más cercano e inicié sesión. La búsqueda se reanudaba.
Mientras recordaba todas las historias de unidades y relatos de batallas con los que me había topado al investigar la participación —no muy destacable— de mi propia familia en la Guerra Civil Americana, volví a oír las palabras de El Teniente sobre la carrera militar de Fernando: «Fernando de Cassols nunca fue mariscal de campo del Ejército español».
Quizá debería haber hecho énfasis en la última palabra .
Me senté en un escritorio bajo el techo elegantemente decorado del cavernoso y tenuemente iluminado Salón General de Lectura de la biblioteca.
Veinte minutos más tarde empezó a parpadear la lucecita roja incrustada en la parte superior del pupitre, y en el mostrador un bibliotecario me entregó los cuatro libros que había solicitado.
El primero: Baronías del Reino de Navarra y las Vascongadas .
Lo abrí. Genial, no tenía índice. La portada me saludaba desde 1921.
Hojeé la enumeración tipografiada de oscuras distinciones, con la mirada saltando de izquierda a derecha como si estuviera viendo un partido de tenis en aquellas viejas páginas arrugadas.
Entonces lo vi, y me esforcé por entender el español un tanto atildado sin mover los labios:
Baronía de Ugaldeche. Título concedido en 1838 por el pretendiente al trono Carlos V al general Louis de Salaverry, un francés que combatía bajo el estandarte del pretendiente en la Primera Guerra Carlista.
Salaverry planeó y dirigió las maniobras de caballería que expulsaron a las fuerzas del Gobierno central del valle de Ugaldeche.
Salaverry sufrió heridas graves en la primera carga, pero, improvisando un torniquete con su propia faja, permaneció en la silla de montar hasta el final del combate de aquel día. Escudo: En un campo…
Rebusqué en mi bolsillo y saqué mis apuntes del cementerio en Barcelona.
La esposa de Cassols había sido María Cristina Salaverry.
Debía de haber nacido mientras su padre luchaba bajo la bandera del espejismo monárquico que él apoyaba.
El título de baronesa de Ugaldeche que figuraba en su lápida debía de ser suyo por derecho propio, no de su marido.
Probablemente ni siquiera lo reconocía el actual Gobierno español.
Esto resultaba alentador porque, si mi corazonada era correcta, sabía exactamente cómo Ferdinand de Cassols había pasado de teniente a mariscal de campo sin llegar nunca a capitán.
A continuación, abrí un libro que analizaba los fundamentos ideológicos del llamado carlismo , responsable de tres guerras civiles en España en el siglo XIX, ensayos preliminares para la gran conflagración de 1936.
El doctor Bengoechea, el historiador vasco con el que me había puesto en contacto antes de volar a España, lo había mencionado en su respuesta, pero George lo había descartado por irrelevante durante nuestro almuerzo en Barcelona.
El vínculo con Salaverry me hizo pensar que debería haber prestado más atención a Bengoechea.
Me costó un poco leer este libro, pero la conclusión esencial fue que el carlismo era extremista incluso para mediados del siglo XIX: una mezcla patriarcal de catolicismo combativo y fe en el derecho divino de los reyes, una visión del mundo que pretendía dar marcha atrás al reloj, al menos en España, hasta una época anterior a las revoluciones francesa y estadounidense, por la fuerza de las armas si fuera necesario.
Entre 1833 y 1877, tres miembros de la familia real española llamados Carlos, habían liderado sucesivamente rebeliones contra la monarquía «liberal» asentada sobre la constitución, de ahí el nombre de carlismo.
El siguiente libro de mi lista se componía, realmente, de dos pesados tomos, típica recopilación de actos oficiales de un bando perdedor: actos oficiales registrados en arenas movedizas, la breve existencia en papel de un Estado embrionario que pronto se vio abortado.
Mi tarea era más o menos como si hubiera encontrado la tumba de un oficial retirado enterrado en Misisipi en 1878 y, con nada más que los datos de su lápida, intentara buscarlo a mano en toda la historia publicada del Ejército Confederado.
Esto se debía a que, ante la ausencia de un archivo que conservara expedientes de servicio de los soldados y oficiales carlistas, yo había tenido que apostar por el Compendio de órdenes diarias del general Fulgencio Dorregaray, comandante de las fuerzas de Su Majestad Católica Carlos VII en la guerra de 1872-1876: recopilado por su antiguo ayudante de campo, el coronel Eugenio Ibarreche.
Un libro esotérico sobre un tema olvidado, escrito por un autor desconocido: ¡justo lo que más me gusta! Empecé a hojear página tras página de directivas resumidas, viendo cómo se trasladaban caballos por aquí, soldados por allá… y entonces, muchos minutos y páginas más tarde, lo vi:
0553 . 2 de mayo de 1872: Cuartel general: Su Majestad el Rey (que Dios guarde) nombra comandantes de las tres divisiones que operan en Cataluña a los generales Tristany, Cassols y Savalls…
Parpadeé y lo volví a leer, tan sorprendido como alguien que ve la cara de un conocido que se mueve entre una multitud bulliciosa.
…los generales Tristany, Cassols y Savalls…
Ahí estaba. En medio de un mar de palabras superfluas, había vuelto a encontrar el rastro de mi hombre.
El nombre de Fernando de Cassols apareció con cada vez más frecuencia en las páginas siguientes; luego, las Órdenes Generales de Dorregaray se fueron espaciando hasta desaparecer bruscamente a principios de 1876.
Una nota al pie, por el autor, explicaba que el colapso de las fuerzas carlistas había provocado tal desorganización que ya no era posible para el Cuartel General mantener un control efectivo sobre las unidades sobre el terreno.
Ahora que sabía dónde buscar, solo me llevó unos minutos más encontrar una última mención a Cassols en el último libro que había solicitado.
Pasé directamente a la última parte del libro, que ofrecía detalles exhaustivos sobre el final de un conflicto que a pocos importaba hoy: la Tercera Guerra Carlista de España.
En este libro descubrí que al general Fernando de Cassols se le había confiado el mando de las fuerzas rebeldes en Cataluña después de que su predecesor traicionara la causa y se pasara al bando liberal.
El nombramiento de Cassols había llegado demasiado tarde como para que cualquier talento bélico que hubiera podido tener influenciara el desenlace de la guerra.
Su único logro real fue librar acciones de retaguardia, manteniendo abierto un estrecho corredor a través de las montañas por el tiempo suficiente para que las fuerzas rebeldes derrotadas en esa zona pudieran huir a principios de 1876, tras fracasar su última ofensiva.
Cruzaron la frontera con Francia, los heridos arrastrando a los lisiados, para no volver jamás.
Por un instante imaginé a Fernando de Cassols a lomos de un caballo malnutrido, viendo como los restos de su ejército destrozado huían a través de las montañas, mientras el feroz viento invernal que azotaba las cumbres emitía un sonido semejante al de sus creencias sagradas siendo arrastradas por el desagüe de la historia.
A sus cincuenta y siete años, se encontraba por segunda vez en su vida en el bando perdedor de una guerra civil; esta vez, en un puesto de mando, una altura aún mayor desde la que caer.
Con el único fin de poder demostrarle a Olin que no dejaba piedra sin remover, hice copias de todas las páginas de los libros en las que se mencionaba a Cassols .
Tras devolverlos en el mostrador de la sala de lectura, salí al exterior, al bullicio sofocante del Paseo de la Castellana en una calurosa tarde de verano, y empecé a cruzar la Plaza de Colón rumbo a mi hotel.
Mi búsqueda de la familia de Colette en España me había llevado a dar vueltas en círculo por un camino que no llevaba a ninguna parte.
Al parecer, sus familiares de Barcelona la habían repudiado hasta tal punto que ni siquiera la mencionaban en la lápida de su madre, aunque a otros familiares sí: su padre había pasado la mayor parte de su vida en Francia, había luchado sin éxito en dos ocasiones por su propia concepción de la patria y, al parecer, había muerto tal y como había vivido, en el exilio.
Estaba seguro de que existía una conexión entre sus fracasos militares, la desintegración de su familia y la emigración de su hija, pero, dado que el rastro de los Cassols se había enfriado aquí, en el país al que Clay Blackwood había enviado aquella misteriosa carta, aún no tenía claro adónde ir a continuación.
Había una enorme extensión de territorio entre los Pirineos y la frontera alemana.
Me alegré de no tener que llamar todavía a Olin para darle mi siguiente parte de actividad.
El lobby del hotel estaba abarrotado: según un tablón, se celebraba algún tipo de congreso médico.
Seguía dándole vueltas a mi siguiente paso al bajar del ascensor, andar por el pasillo y empezar a buscar distraídamente la tarjeta-llave en el bolsillo de mi camisa.
No acerté con la ranura de la puerta; la tarjeta se deslizó por la parte superior y cayó al suelo, y solté un taco al agacharme para recogerla.
El pasillo estaba mal iluminado y como apenas había entrado por un instante tras el check-in , había dejado las cortinas de la habitación corridas; cuando el cierrapuertas mecánico enclavado sobre el marco cerró la puerta detrás de mí —la puerta hizo un suave ronroneo al arrastrarse por la moqueta antes de cerrarse con un clic— entré a tientas en la habitación a oscuras, dejé distraídamente mi montón de fotocopias sobre el escritorio y me fui derechito al baño.
Aunque estaba solo, cerré de un talonazo la puerta detrás mío; algunas costumbres son difíciles de dejar.
Entonces oí nuevamente esa sinfonía hotelera ronroneo-clic. La puerta de la habitación se había cerrado de nuevo y me quedé paralizado a mitad de chorro. ¿Una camarera?
—Hola… ¿hola? — dije; no hubo respuesta.
Subí la cremallera, eché un vistazo alrededor del baño, buscando a la desesperada cualquier cosa que pudiera servir de arma, y divisé dos vasos de base pesada sobre el lavabo, junto a los artículos de aseo de cortesía.
Agarré un vaso, le arranqué la funda de plástico transparente y lo levanté por encima de la cabeza, antes de abrir la puerta de un tirón y...
Nada. No había nadie allí. Me quedé un segundo parado en el rectángulo de luz que del baño caía sobre la alfombra, antes de alargar la mano y encender todas las luces de la habitación.
Las puertas del armario estaban abiertas y uno de los cajones, medio fuera de su sitio. Debí de haber interrumpido al ladrón justo cuando estaba empezando. Ja, ja, gilipollas, no tengo equipaje, pensé; luego miré hacia el escritorio y sentí un nudo en el estómago.
Mi manojo de papeles había desaparecido. El ladrón debía de habérselas llevado al salir por la puerta.