Derechos y Sangre XIII
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XIII

El teniente quedó de pie a mi lado mientras yo empezaba a pasar las páginas con cuidado, preparando el cuaderno que había comprado la noche anterior.

—Tradición militar familiar—comenté.

—Sin duda.

Me alegraba haber conseguido tantos detalles para Olin, pero también estaba un poco desconcertado. —¿Es normal que haya tanta información familiar en el expediente de un militar?

Como si fuera una señal, levantó el siguiente manojo de páginas, un grueso fajo de papeles cubiertos de caligrafía minúscula.

—Es normal si también se halla uno de estos.

Es una ejecutoría de nobleza. Estos documentos determinan en qué regimiento ingresa un cadete.

Y fíjese… los siguientes documentos confirman que el 4 de marzo de 1830, un cadete de quince años llamado Fernando de Cassols comenzó su carrera en la Guardia Real, los guardias personales del rey.

Verá —su rostro se iluminó con autoridad— unidades compuestas únicamente por jóvenes nobles; algo nada inusual en aquella época, con la separación de estamentos sociales… .

Hojeó varias páginas de evaluaciones de personal sin importancia para mí y papeleo interno del ejército.

Mientras yo me esforzaba por seguir el ritmo con mis apuntes, el teniente echó un vistazo al siguiente documento y luego chasqueó la lengua.

—Ajá, ya ve… En 1833 había estallado la guerra civil en España, y este chaval se puso del lado de los rebeldes…

Aquí se le declara en rebelión contra el Gobierno de Su Majestad la Reina.

El teniente arqueó una ceja. —En la actualidad, lo que llamamos traición, o algo peor, pero en aquellos tiempos la política lo cambiaba todo…

Ya lo verá. Esa guerra duró siete años y terminó cuando los generales al mando de ambos bandos se reunieron y acordaron un armisticio: entonces, el aspirante a rey, junto con muchos oficiales y soldados rebeldes que querían seguir luchando, huyeron a Francia.

Sospecho que este entre ellos… Ya lo comprobaremos…

Siguió leyendo los documentos con ojo experto, deteniéndose al llegar a una carta escrita con trazos gruesos y enérgicos de tinta.

Miré la firma: F. DE CASSOLS, sobre un gran adorno caligráfico en espiral.

El teniente soltó un —¡ajá! a pleno pulmón, salpicado de matices de te lo dije.

— Ya ve, aquí está —. Carraspeó y, en mi opinión, resumió el documento de forma admirable:

—Burdeos, 7 de julio de 1841. DE RODILLAS A LOS PIES REALES DE SU MAJESTAD.

Fernando de Cassols y Montelarreina, natural de Lérida, noble, militar de profesión, anteriormente adscrito al 14 .

º regimiento de Caballería de Su Majestad, DECLARA: que en la reciente guerra de 1833 a 1839, que asoló de forma tan devastadora nuestra amada nación — bla , bla, bla —lamenta haberse levantado en armas contra el Gobierno de Su Majestad —bla, bla, bla — y solicita humildemente acogerse a la Amnistía General proclamada por Su Majestad mediante el Tratado de Vergara.

Que Dios proteja a Su Majestad muchos años; su humilde servidor, arrodillado a los pies reales de Su Majestad, F. de Cassols.

Me miró de reojo. —El comienzo de la década de 1840 era un buen momento para estar fuera de España.

La guerra se prolongó durante cuatro o cinco años, no con combates, sino con hostilidades, caídas de gobiernos, alianzas cambiantes…

La reina a cuyos pies Cassols se pone respetuosamente era una niña de once años, los generales ejercían de gobierno…

los espadones , les decían, a ver quién la tenía más grande…

y los militares tenían que elegir bando una y otra vez.

Si te rebelabas, o pronunciabas , con el bando correcto, te ascendían; con el bando equivocado, paredón y fusilamiento.

El siguiente documento era una hoja tipografiada bastante sencilla con el encabezamiento LA REINA . El primer párrafo era jerga jurídica:

—Mire esto, señor Rudolph. La reina —y en su nombre quienquiera que estuviera al mando en Madrid aquella semana— indulta al teniente Fernando de Cassols y ordena que sea readmitido en su regimiento con su anterior rango y sueldo.

Y así es… más hojas de servicio, de su nuevo destino en Gracia, cerca de Barcelona… Y a continuación… Oh, oh. ¿Qué es esto?

El teniente sacó otro documento escrito con los trazos de tinta que yo ya reconocía.

—Ajá… 9 de noviembre de 1845, A los reales pies de Su Majestad, bla, bla, bla …

el teniente solicita una licencia indefinida de las Fuerzas Armadas, ya que, al haber fallecido su hermano mayor sin descendencia, ha heredado las tierras familiares y, por lo tanto, debe ir a hacerse cargo de ellas.

A continuación, tenemos una orden del Ministerio de Guerra que le concede licencia absoluta.

El teniente tamborileó con los dedos sobre la mesa. —Y eso es todo. No hay más documentos de la breve y, debo decir, no muy brillante carrera militar del teniente Fernando de Cassols.

—¿Eso es todo? Pero… ¿Y la lápida?

Se encogió de hombros. —¿Quién sabe? Quizá…

Bueno, por ejemplo, una cosa que su expediente no incluye, es la solicitud de permiso para casarse, un permiso que tenía que pedir a su comandante directo.

Así que no debió de casarse hasta después de dejar el ejército, y tal vez entonces le contó a su prometida una mentira gorda para impresionarla.

—Vale, pero ¿mentir hasta ascenderse de teniente a mariscal de campo ?

—Mire, los papeles están aquí y puede verlo escrito de puño y letra por el propio Cassols: dejó el ejército siendo teniente con veintiséis años en mil ochocientos cuarenta y cinco.

Puede comprobarlo en la guía publicada de militares de aquella época, pero conozco los nombres de los militares de alto rango casi tan bien como a mis propios compañeros de trabajo y le aseguro que Fernando de Cassols nunca fue mariscal de campo del Ejército español.

—¿Dice dónde estaba la propiedad que heredó?

Hojeó rápidamente ambas caras de la hoja. —No, no lo dice.

Genial. Otro misterio. Recordé la lápida desgastada por el tiempo y cubierta de musgo que había visto en Barcelona: era imposible que se tratara de una pista falsa preparada a toda prisa y colocada especialmente para mí.

Así que, al parecer, acababa de toparme con otro giro extraño en la historia de los Cassols.

Pasé buena parte de aquella tarde en la bañera con una toalla húmeda sobre los ojos.

Me dolían muchísimo la rodilla y la cadera derechas después de la semana que había tenido: me había derribado un ladrón, me habían dejado inconsciente en un cementerio, había salido a escondidas de Barcelona, había corrido hasta Segovia y luego había ido a trompicones por el casco antiguo a pie, entre tantos turistas que, literalmente, te podían arrastrar si parabas de andar.

A ruego mío, el teniente había pedido a un asistente que hiciera fotocopias de todos los documentos relevante la historia familiar que habíamos encontrado. Justo antes de marcharme, se me ocurrió otra cosa que preguntarle:

—Dígame una cosa. La redacción de las dos peticiones autógrafas que escribió Fernando de Cassols, ¿es lo que se calificaría de español correcto?

Me miró con curiosidad. —Hombre, no diría que la redacción era perfecta. Más bien diría que… a ver, es un poco como si la persona que lo escribió estuviera pensando en otro idioma, quizás en francés…

—¿O catalán?

—O catalán, podría ser— dijo, asintiendo con la cabeza.

Mientras repasaba mentalmente esta conversación, el sonido de la alarma de mi reloj llegó hasta la bañera.

Era hora de llamar a Anna Olin y darle mi informe.

Todavía me estaba secando con la toalla en la penumbra que creaba la cortina cuando ella descolgó.

Por lo general, era imposible saber si consideraba mi trabajo satisfactorio o simplemente suficiente; hoy la escuché impaciente, pero le solté mis descubrimientos de todos modos.

—Así que ahora que sabemos que Fernando de Cassols sí tenía una conexión con Francia, eso encaja con el asiento en el censo estadounidense de Colette, y al menos me da una dirección general en la que avanzar…

—Señor Rudolph, estoy un poco perdida… o quizá sea usted quien lo está. Se suponía que debía averiguar quién podría tener esa carta certificada que Clay Blackwood envió a su familia, no desenterrar los viejos cuentos de batallas de su padre.

—Bueno, señora Olin, Europa es un lugar bastante grande.

La mejor oportunidad que tengo de encontrar a la familia de Colette es situarla en su contexto…

Necesito saber dónde creció, a qué se dedicaban sus padres…

Ese tipo de cosas. Cuanto más clara sea la imagen que obtenga, mayores serán mis posibilidades de averiguar dónde buscarla a continuación.

—Entonces, ¿dónde va a buscar ahora?

—A la Biblioteca Nacional de España, en Madrid.

Como no he tenido suerte con el testamento en Barcelona, creo que lo siguiente que debo intentar son los periódicos.

Al parecer, Cassols era barón, así que, aunque mintiera sobre su rango militar, debería haber una esquela suya… No va a ser fácil, pero…

—Vale, vale, lo que sea. Tengo una reunión. Solo recuerde, señor Rudolph, que esto no es un examen con preguntas de opción múltiple. Encuentre a sus familiares vivos. Encuentre esa carta. Estaré fuera de la ciudad hasta pasado mañana. Llámeme entonces.

Esa conversación no fue precisamente el espaldarazo que me habría venido bien.

Acto seguido, llamé a George y le expliqué mi repentina partida de Barcelona.

Se sorprendió, y temí que pensara que tenía algo que ver con viejos rencores e historias del pasado.

Le aseguré que simplemente había querido seguir una pista de investigación antes de que nadie más pudiera hacerlo.

Luego llamé a Txell. Le conté toda la historia, empezando por las páginas que faltaban en ese protocolo notarial de Barcelona.

— En fin, siento haber desaparecido así sin más…

—Oye, oye, no pasa nada, es una investigación.

Pero ten mucho cuidado. No quería aguar la cena de la otra noche con cosas serias, pero vamos, está muy claro que alguien sabe por qué estás aquí y te está siguiendo.

Tuviste suerte cuando te quitó el portátil y cuando te dio el empujón en el cementerio.

Puede que la próxima vez no tengas tanta suerte. Cuídate las espaldas, ¿vale?

—Sí, mamá.

—¡Oye! Hablo en serio. Había un tono de auténtica preocupación en su voz. Me pregunté si sabía más de lo que me estaba contando.

—Sé que lo dices en serio. Prometo tener cuidado.

—Bien. Y llámame mañana por la noche desde Madrid, ¿vale?

Txell dijo que recogería encantada mi maleta del hotel donde la había dejado y guardarla hasta que volviera a la ciudad.

Pasé el resto de mi última noche en Segovia inquieto, ajeno a los encantos turísticos de la ciudad.

Me quedé dormido bastante pronto, con el mando a distancia en la mano mientras descansaba en la cama de mi habitación, tratando de decidirme entre un programa de variedades en el que unos niños intentaban imitar a cantantes famosos y un viejo episodio de Frasier doblada al español.

Como para dar sueño a cualquiera, vamos.

Por la mañana, antes de hacer el check-out , llamé por adelantado y reservé una habitación en un pequeño hotel que, a juzgar por mi plano de Madrid, parecía estar cerca de la Biblioteca.

Estaba bastante seguro de que el teniente recibiría pronto la visita de quienquiera que hubiera arrancado las páginas del testamento de aquel libro de cuentas en Barcelona, y ojalá se me hubiera ocurrido una forma de pedirle, con discreción, que me avisara si alguien más se presentaba preguntando por Cassols.

Por muy bonito que fuera el paisaje salpicado de pinos a lo largo de la sinuosa carretera que se alejaba de Segovia —una rápida excursión por los montes montañas, bosque a ambos lados—, parecía que tan pronto llegabas a la cima, ya estabas bajando hacia la meseta, con Madrid en la distancia, envuelta en una niebla de contaminación, mientras iba en aumento el número de centros comerciales, almacenes y urbanizaciones selectas con guardias en la entrada.

Me costaba concentrarme, no dejaba de darle vueltas al asunto y decidir cuál sería mi siguiente paso.

Le había estado diciendo chorradas a Olin durante nuestra última llamada y probablemente ella lo sabía.

En este momento, mi investigación estaba estancada.

¿Revisar miles de páginas de periódicos del siglo XIX, buscando a Cassols entre aquellos españoles lo suficientemente acomodados como para merecer una esquela en una época en la que la mayoría de la gente era analfabeta?

Eso hacía que buscar una aguja en un pajar pareciera un procedimiento eficiente.

Hasta el momento, lo único que había conseguido era descartar prácticamente a España como destino final de mi búsqueda.

El padre de Colette se había exiliado a Francia cuando era joven, había abandonado el ejército español en 1845, ella había nacido en Francia en 1859 y no había formado parte de la migración familiar que llevó a su madre y a sus hermanos de vuelta a Barcelona a finales de la década de 1870.

¿Francia o España? Me encontraba en una encrucijada, buscando en vano una señal que me indicara el camino.

Entonces me di cuenta, y mientras mi mente barajaba a toda velocidad las posibles implicaciones, probablemente tuve suerte de que lo único que me golpeara fuera la inspiración, y no un camión que se acercara.

Cuando por fin encontré el punto de devolución de mi coche de alquiler en el centro de Madrid me fui andando desde allí hasta el hotel.

Paré apenas el tiempo que tardó el registro de entrada antes de cruzar a toda prisa la Plaza de Colón, subiendo los escalones de la Biblioteca Nacional de dos en dos.