Derechos y Sangre XII
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XII

Toqué a una pesada puerta de madera y, tras entrar, le expliqué a una tercera guardia lo que buscaba.

Anotó los datos de mi pasaporte en un portapapeles antes de guiarme por un pasillo flanqueado a ambos lados por polvorientos cuadros del siglo XIX que representaban a hombres severos con uniformes oscuros, que podrían haber sido tanto archiveros como generales, en una época en la que incluso los burócratas de menor rango reforzaban su ego con indumentaria elegante.

El oficial de guardia, alto y bronceado, parecía tener más o menos mi edad, quizá tres o cuatro años más: nos dimos la mano y se presentó como teniente tal, no lo oí bien.

Apoyó las manos en su pequeño pero abarrotado escritorio mientras yo le explicaba la versión Apta Para Todos Los Públicos de mi encargo: había venido desde California para investigar la ascendencia de una mujer que descendía de un oficial del ejército español del siglo XIX.

Le pregunté si el Archivo disponía de una base de datos informatizada, y el teniente señaló unos libros de color burdeos, ligeramente estropeados, que había en una estantería cercana.

—Esos son los índices de los expedientes de personal que tenemos aquí.

Pero debo insistir, como dice el dicho: ni son todos los que están, ni están todos los que son—.

Sacó el tomo que recogía a la mayoría de los apellidos que empezaban por B y C, y cotejó los nombres con la ficha en la que yo había escrito el nombre del mariscal de campo Fernando Cassols y Montelarreina.

El teniente ya me había dicho al ver la ficha que estaba bastante seguro de que no había habido ningún mariscal de campo con ese nombre en el ejército español a finales del siglo XIX.

Un general, uno poco conocido en un puesto burocrático, bueno, quizá; las familias en duelo —dijo con una sonrisa cómplice— a veces «ascienden» al difunto a la hora de encargar su lápida.

Al levantar la vista del índice publicado, sus siguientes palabras fueron para mí una decepción:

—Lo siento. No está aquí.

Me pareció una explicación terriblemente breve. Ante mi silencio inquisitivo, continuó:

— Si Cassols era general —recalcó la palabra— y había fallecido en 1878, es imposible que naciera después de 1848. Pero no encuentro a ningún Cassols entre esta generación de oficiales generales del Ejército español.

Me quedé en blanco. Por supuesto, el expediente de Cassols podría haber sido destruido por la misma mano invisible que había manipulado el protocolo notarial en Barcelona.

Pero los daños al protocolo parecían recientes; pensé que era poco probable que su expediente pudiera haber sido eliminado de forma maliciosa antes de que se publicaran los índices en 1952, y el Alcázar no parecía un edificio del que fuera fácil sacar algo a hurtadillas.

—¿Ha habido algún incendio aquí que haya destruido documentos?

—¿Incendios? A ver, incendio, no. Empezamos a custodiar los registros militares en 1898. Pero durante la Guerra Civil hubo muchos bombardeos en Madrid, antes de que algunas cosas se trajeran aquí, y los documentos, mientras estaban allí, cambiaron de lugar una y otra vez… —se encogió de hombros—.

Solo me ocurría una cosa. —¿Podría intentar buscar bajo su segundo apellido, Montelarreina?

El teniente hizo un gesto algo condescendiente. —Señor Rudolph, en España el primer apellido es el apellido de familia. Los expedientes se archivan según ese…

—Vale, sí, pero… ya sabe, el personal a veces comete errores.

No me gustaría tener que volver con las manos vacías ante mi cliente—puse lo que esperaba que fuera cara de buena gente.

Volví a evocar a la joven profesional latina —¿había dicho que era fundadora de una startup o concejala?

— de California , que se sentiría terriblemente decepcionada por una poda tan desafortunada de su árbol genealógico.

Como todo abogado, supongo, no me importa mentir para mi cliente, pero a veces me costaba recordar con precisión lo mentido.

El teniente levantó una ceja con media sonrisa, percaté otra vez cierta sensación de a ver si le damos al crío lo que pide para que se calle ; pero para complacerme sacó otro tomo, que contenía apellidos que empezaban por la M.

Apenas había empezado a comprobar los nombres alistados en cierta página cuando soltó una frase escatológicamente grotesca, de esas que me he dado cuenta que los españoles reservan para las noticias realmente buenas.

Sin siquiera mirarme, dejó el libro sobre la mesa, dándole la vuelta hacia mí para que pudiera ver el nombre junto a su dedo, unos renglones más abajo en la columna de la izquierda:

Montejo Zacaguini , Joaquín. Infantería, 1895.

Montel Bemando , Cristóbal. Infantería, 1889.

Montel Martínez , Arturo. Ingenieros, 1898.

Montelareina , Fernando Carlos de. Caballería, 1830. Noble.

—Tiene que ser él. Alguien leyó Cassols como Carlos. No puede ser casualidad. Y estas anotaciones indican que el hombre tenía más o menos la edad adecuada para ser la persona que busca. Entró en servicio en 1830 y era noble.

El teniente volvió a su escritorio e hizo una corta llamada al depósito. Al volver a sentarme frente a él, colgó y dijo: —Ahora esperamos a que nos traigan el expediente. Aquí, en el Alcázar, tenemos veinte salas llenas de papel. Si se colocaran una tras otra, medirían catorce kilómetros.

Esperamos. Me imaginé estantería tras estantería de expedientes personales ordenados con esmero, verdaderamente el último pase de revista de los ejércitos de Su Majestad Católica, en posición de «firmes» para toda una eternidad archivística.

El teniente respondió a un par de llamadas telefónicas, y yo ya me había memorizado hasta el más mínimo detalle de las escenas bélicas grabadas en las paredes cuando la puerta se abrió de nuevo y una señora mayor con bata de laboratorio le entregó al teniente un enorme fajo de papeles atado con una cinta blanca.

La pila debía de medir siete pulgadas de alto.

—¿Todo eso es de un solo soldado? —pregunté.

—De un oficial —me corrigió, con educación pero con firmeza.

Moví el fajo para poder abrir el tocho. Pesaba más de lo que esperaba, como si contuviera piedras antiguas o huesos.

En la parte delantera había una tarjeta rosa descolorida con una anotación relativamente moderna: Fernando Carlos de Montelarreina.

El teniente levantó con cuidado la tarjeta y dio la vuelta a la página en blanco que había en la parte superior del fajo.

Debajo encontramos un trozo de papel mucho más antiguo:

Fernando Cassols de Montelarreina

El teniente cabeceó para sí —Bueno, señor Rudolph, parece que uno de mis predecesores era un poco descuidado. Y no sabía leer la letra antigua.

Negué con la cabeza, restándole importancia al asunto. —No tan descuidado. Mejor extraviado que perdido.