XI
Despegar de Barcelona sobrevolando el mar, con un viento fuerte en contra, hacía que un viaje de investigación se sintiera un pelín más aventurado que lo habitual.
Supongo que tuve suerte de que el vuelo no se hubiera retrasado o, peor aún, cancelado.
Pero cuando el capitán se dirige a los pasajeros por megafonía para disculparse por el despegue turbulento, sabes que te has ganado el derecho a esos nudillos blancos y los puños firmemente agarrados a los reposabrazos.
Estaba claro que me estaban siguiendo, pero era alguien que no quería acercarse demasiado…
todavía. Ya había tenido dos oportunidades de atacarme: cuando me quitó el portátil y cuando lo vi en el cementerio, así que el hecho de que yo siguiera razonablemente vivo sugería más interés que mala intención.
Sospechaba que Anna Olin sabía más de lo que dejaba entrever: ¿me perseguía algún rival empresarial suyo?
Pero no parecía muy probable que yo fuera una figura lo bastante importante en las actividades corporativas de Olin como para atraer la atención de sus enemigos.
¿Acaso alguien de la Fundación Blackwood temía perder el control de los millones si se demostraba que Clay Blackwood había designado a un heredero?
¿Y si algunos parientes vivos de Colette, cuya familia al parecer tenía posibles, querían evitar que aflorara su pasado como chacha en California con un hijo extramatrimonial?
Eso tenía más sentido; pero si ya sabían lo que estaba buscando, ¿por qué me habían seguido hasta el cementerio?
Sin duda, eran más preguntas de las que podía resolver en un vuelo del Puente Aéreo .
El piloto ya estaba iniciando el descenso y, al asomar la vista por encima de los alerones, pude ver cómo las escarpadas colinas de tonos ocre y musgo del centro de España daban paso a fábricas y almacenes que marcaban el camino hacia su capital.
Dejar mi equipaje en Barcelona había sido una buena jugada, logísticamente hablando, en más de un sentido.
Tras comprar un billete en el primer avión disponible, me había saltado las largas colas de El Prat y había sacado mi tarjeta de embarque en una de las máquinas de facturación rápida para pasajeros que no facturan equipaje; ahora me abría paso entre los pasajeros que desembarcaban en el Aeropuerto Internacional de Barajas y dejaba atrás a la mayoría alrededor de las cintas de equipaje, dirigiéndome directamente a los mostradores de rent-a-car .
Si había conseguido despistar a mi perseguidor, probablemente solo había ganado unas pocas horas de ventaja, como mucho.
Todavía no había tenido tiempo de llamar a George ni a Txell; me sentía mal por haberme marchado sin despedirme, pero las llamadas sociales tendrían que esperar.
Alquilé un coche en la primera agencia que encontré que no tuviera cola en el mostrador; en cuanto vi el precio, entendí por qué.
Menos mal que Anna Olin pagaba mis gastos.
La chica del mostrador me dio un mapa de carreteras y me marcó la ruta a Segovia.
Se acercaba la hora de la comida en España, pero el tráfico en los alrededores de Madrid no era tan feroz como me temía.
Hacía mucho más calor que en Barcelona, pero me dejé puesta la corbata: si quería sacar algo adelante ese día, tenía que parecer lo más digno de confianza posible.
Los barrios que rodeaban Madrid y luego una urbanización tras otra, a los lados de la carretera, resultaban un poco desmoralizantes.
No pintaba la cosa tan mal como la marea de cemento que inunda amplias zonas de California, pero era lo suficientemente amplio como para hacerme pensar que algún día podría llegar a serlo.
Una vez que dejé atrás la ciudad y empecé a subir hacia los montes, el paisaje mejoró y el trayecto me recordaba cada vez más a la carretera que lleva al lago Arrowhead.
No había pensado viajar a Segovia tan pronto, y solo había apuntado al vuelo la ubicación del más importante de los archivos militares de España por si acaso pudiera necesitar algo; como resultado de tanta cuidadosa planificación, no tenía ni idea de su posición en la ciudad, pero supuse que estaría en algún lugar del casco antiguo.
Diez minutos después de salir de la autovía, seguía avanzando por un laberinto de callejuelas sin acueducto a la vista.
Las marquesinas de autobús no tenían planos, y las indicaciones que me dio un peatón —«Pasa la siguiente rotonda, luego otra más, y en la siguiente saldrás al centro de la ciudad»—solo consiguieron que, literalmente, diera vueltas, y seguía sin tener ni idea de cómo encontrar la Plaza Victoria Eugenia, donde se encontraba el Archivo.
Me detuve en un semáforo a la sombra de unos árboles, y al alzar la vista me percaté del rótulo que daba el nombre del lugar: Plaza de Muerte y Vida.
Joder — pensé— sería una dirección estupenda para poner un bufete de abogados defensores .
Tras otros diez minutos conduciendo sin rumbo, bajo el sol abrasador del verano, y estar a punto más de una vez de llevarme por delante a turistas absortos en sus puñeteras cámaras —se paraban de espaldas al tráfico para hacer fotos coche dándome la espalda— por fin desemboqué en una plaza muy concurrida y divisé el santo grial: una oficina de información turística.
Le pedí a la joven del mostrador un mapa turístico de la ciudad y, mientras lo desplegaba ante mí, le pregunté si podía indicarme cómo llegar a la Plaza Victoria Eugenia. Cogió un bolígrafo y trazó una línea.
—¿Ahí? Debo de haber pasado a solo una manzana.
—Bueno, es difícil no verlo… Vas al Alcázar, ¿verdad?
—No, al Archivo General Militar.
—Sí, eso está en el Alcázar. Pero —señaló un reloj en la pared—, ahora está cerrado. Cierran a la hora de comer, a las dos de la tarde.
—¿A qué hora vuelven a abrir?
—Mañana.
Volví al coche con un puñado de folletos de hoteles.
Tanta prisa, para esperar. Nunca se me había ocurrido que un archivo militar tuviera un horario tan reducido y, como la decisión de venir aquí había sido tan improvisada, no había tenido tiempo de llamar por teléfono antes para comprobar el horario de apertura.
Había venido corriendo desde Barcelona para nada.
Bueno, quizás no para nada. Quienquiera que fuera mi misteriosa sombra, era imposible que supiera dónde estaba yo.
De hecho, nadie en la faz de la Tierra sabía dónde estaba.
Y con ese refrescante pensamiento en mente, me alejé en busca de un hotel donde pudiera disfrutar de un poco de paz y tranquilidad mientras mi mente daba vueltas a las piezas del rompecabezas.
Colgué mi ropa con cuidado antes de tumbarme en una de las camas individuales de la habitación 216 del Hotel El Gato.
Afortunadamente, el aire acondicionado y las ventanas eran lo suficientemente eficaces como para aislarme.
Aquella tarde saboreé la sensación de haber desaparecido de todo lo que conformaba mi vida normal, gozo casi tan marcado como el de haberle dado esquinazo a mi perseguidor.
No sé si otros sienten a veces el deseo de simplemente marcharse y empezar de cero, de aparecer en una nueva ciudad con un nuevo nombre y una nueva historia, ni si lo sienten con tanta frecuencia como yo; sé que era más fácil antes de la era digital.
Mientras aquella tarde honré las costumbres locales con una siesta, dormitando a ratos, pensé en Colette y me pregunté qué consejo me habría dado para ayudarme a empezar de nuevo en Segovia.
Crear una nueva vida, empezar de cero. Seguir el consejo de Txell y hacerme llamar Joaquim Ballester.
La idea de hacer borrón y cuenta nueva resulta a veces tremendamente seductora.
Mi única esperanza era que a Colette no se le hubiera dado muy bien.
A la mañana siguiente me levanté con el sol y desayuné un bollo con una taza de café solo, antes de salir hacia la meta.
El Alcázar resultó ser una parada increíblemente pintoresca en mi búsqueda particular de respuestas.
Se llegaba a él por una sucesión de calles estrechas y angulosas nunca pensadas para vehículos motorizados: finalmente, justo cuando la última estrecha franja de acera había desaparecido, uno bajaba por una pendiente hacia un castillo imponente, erigido sobre un promontorio que domina las llanuras desiertas en un radio de muchas millas alrededor de la ciudad.
Durante el desayuno había leído la descripción que figuraba en el reverso del mapa que había recogido en la oficina de turismo.
El Alcázar, que en su día fue residencia de los reyes de Castilla, ha sido ampliado una y otra vez a lo largo de los siglos.
Al pasar bajo la ornamentada verja de hierro con bordes dorados que daba acceso al recinto (En el reinado de Fernando VII.
Año 1817, decía la inscripción, probablemente la cosa más nueva del lugar) no podía dejar de imaginar cuántas historias anidaban en sus antiguas estancias, a la espera de ser contadas.
Tras pasar frente a un sombrío monumento, crucé el foso, me ajusté las gafas de sol y me acerqué con paso seguro a la caseta de los guardias, preparándome para formular mi solicitud de información en mi mejor español de turista, ese que suele hacer que la gente te dé lo que pidas con tal de que te calles, te vayas, y dejes de maltratar su idioma.
Sin embargo, la sospecha que tuve que disipar fue la idea de que simplemente estuviera intentando librarme de pagar la entrada al castillo: una vez que, logré convencer al primer guardia de mis buenas intenciones, este le pidió al segundo que me acompañara a través de un patio vigilado por bustos de diversos reyes de España.
El guardia me indicó una escalera de piedra al otro lado del patio.
—Suba, gire a la derecha y vaya a la puerta de la esquina.
El Archivo se hallaba en una parte del Alcázar vetada a los turistas, una prohibición reforzada por varios carteles multilingües colocados a lo largo de esa escalera: en inglés me decía DO NOT VISIT.
Por mucho que el inglés del cartel fuera algo chusco, pensé que había muchas atracciones turísticas que, en realidad, deberían estar señalizadas de esa forma: NO LO VISITES.