Derechos y Sangre X #2
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X #2

Sujetaba con el pulgar izquierdo las páginas que ya había pasado.

Cuando llegué a mediados de marzo y las volví a hojear con frustración, una de ellas salió disparada y se deslizó sigilosamente hasta el suelo.

Qué horror , pensé, si Gafotas lo ha visto, me va a echar .

Eché un vistazo por encima del hombro hacia el mostrador, no vi a nadie y rápidamente recogí la página.

Era la primera página de un testamento, el de un tal Fernando Figueras Casadevall: En la ciudad de Barcelona, el 27 de enero de 1882...

El borde izquierdo de la página estaba recto. Yo no la había arrancado: se había caído, seguramente solo la habían sujetado dos diminutos trocitos de papel cerca de la parte inferior.

Trocitos de papel colgando del lomo de un legajo encuadernado nunca son una buena señal. De repente, me asoló una sospecha horrible.

Encontré el resto del testamento y volví a colocar la página suelta en el libro. El borde izquierdo de la página, recortado con pulcritud, seguía allí, aun firmemente pegado a la encuadernación. Y junto a él, me di cuenta: —Oh, no, no, NO….

Rocé con el pulgar los fragmentos de página que sobresalían de la encuadernación.

Tres trocitos, así que faltaban seis páginas.

Alguien había recortado con cuidado un testamento de seis páginas del libro de testamentos de enero de 1882.

Y a juzgar por lo afilados de esos cabos sueltos, eran cortes recientes.

De repente, los Cassols parecían ser unos difuntos muy solicitados.

Hizo falta todo mi autocontrol para cerrar con cuidado el tomo mutilado y devolver los tres a la encargada, guardar mi documento en el bolsillo de la camisa y salir l-e-n-t-a-m-e-n-t-e del edificio.

Me hubiera encantado preguntarle a Gafotas quién había consultado esos tomos recientemente, pero eso podría haberla llevado a descubrir que faltaban hojas, y no podía permitir que me nada retuviera en Barcelona ni una hora más.

El archivo notarial estaba a un paso de mi hotel, y bajé a paso ligero por la estrecha callejuela que llevaba de vuelta a La Rambla, subiendo por su arbolada acera central, ya abarrotada de turistas, mi mente aún más acelerada que mis pies, calculando mi siguiente jugada.

La entrada en liza de una inesperada concurrencia había disuelto mi resaca mejor de lo que jamás lo habría hecho cualquier cantidad de café.

Ya no había duda alguna. Alguien seguía la misma pista que yo y hasta me llevaba un paso de ventaja.

Entré corriendo en el lobby del hotel, parando apenas para decirle a la recepcionista que preparara mi factura, y subí corriendo las escaleras para hacer la maleta.

Tenía que llegar al Archivo Histórico Militar de Segovia y comprobar si había algún expediente militar o de pensión del padre de Colette, el mariscal de campo, antes de que mi misterioso rival tuviera la oportunidad de destruir cualquier pista que pudiera hallarse allí.

De vuelta a mi habitación, eche todas mis cosas a la maleta, sin importarme si se arrugaban.

Tenía que ir a una agencia de viajes y conseguir un billete a Madrid cuanto antes.

Lamentaba tener que dejar plantado a George y aún más a Txell.

Les llamaría a los dos, pero con un poco de suerte, si me marchaba ahora, quizá llegaría a Segovia antes de que cerraran los archivos.

Y entonces caí en la cuenta. ¿Y si simplemente estuviera guiando al otro tipo —fuera quien fuera— hacia las pistas?

Supuse que debía de haber ido directamente del cementerio al archivo de testamentos, así que hasta ayer probablemente no sabía exactamente a quién buscar…

hasta que me vio tomando apuntes. Si me lo llevaba a Segovia ahora mismo, podría estar echando por tierra mi última oportunidad de encontrar ese Santo Grial epistolar que anhelaba Anna Olin.

Rebusqué en mi maleta hasta que encontré algo que recordaba haber visto al deshacerla, y lo metí de forma llamativa en uno de los bolsillos laterales de mi americana.

Saqué los apuntes de la investigación, doblé las hojas y las guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta.

Luego volví a meter todo lo demás en la maleta, la llevé abajo y, tras pagar la factura, le pedí al recepcionista que, por favor, guardara la maleta un rato, que un amigo vendría por la tarde a recogerla.

No parecía hacerle mucha gracia, pero yo ya había salido por la puerta.

Caminé tranquilamente hasta la Plaza Cataluña y giré a la derecha, llevando llaves sueltas en la mano, dejándolas colgar de mis dedos mientras caminaba.

De mi bolsillo sobresalía una carpeta de cartón naranja de Budget Rent-a-Car, vestigio de un viaje que Stacey y yo habíamos hecho a Florida el invierno anterior —típico desecho de viaje de esos que tan a menudo dejamos en el fondo de la maleta al volver a casa.

Me detuve en un quiosco y compré un mapa de carreteras, desplegándolo y doblándolo de forma llamativa, como para asegurarme de que era lo que quería.

Luego, dirigiéndome nuevamente hacia el Hard Rock, bajé al aparcamiento que hay debajo de la plaza.

Una vez bajo tierra, crucé a todo trapo el parking hasta un hueco en la pared que había notado el día que llegué.

El aparcamiento tenía otra entrada: una estrecha puerta que daba a un pasadizo hacia la estación situada bajo la plaza, una estación por la que pasan dos líneas de metro…

y los trenes al aeropuerto. Me mantuve pegado al lateral del pasillo, caminé lo suficientemente despacio como para no parecer que corría, metí 325 pesetas en una máquina expendedora de billetes e introduje el billete en el torniquete.

Estaba tan seguro como podía estarlo de que había despistado a quienquiera me estuviera siguiendo.

Pronto sabría si mi teatrillo había merecido la pena, si en mi destino lograba encontrar una pista antes de que me la quitaran de las manos.