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—Por cierto, Jack… ayer te robaron el portátil —algo que ni siquiera denunciaste a la policía, qué vergüenza— y hoy te ha agredido un desconocido. ¿Crees que el trato que recibiste de la policía fue adecuado?
—Bueno, eh… sí, supongo que sí.
—Ah, pero no lo fue. ¿Tienes idea de cuántos turistas denuncian robos en esta ciudad cada mes?
¿No? Pues déjame que te lo cuente. Ve a la playa, a la Platja del Bogatell , y encontrarás policías ahí en una caseta especial que montan cada verano para tomar declaración a las personas a quienes birlan la cartera mientras están en el agua, o a las que les arrebatan el bolso en el parque.
En cambio, en tu caso… Te dejan inconsciente, tu nombre sale por la radio de la policía después de que la primera persona en llegar al lugar revisó tus bolsillos y encontró tu pasaporte, y de repente el subinspector Capdevila en persona sale a ver cómo estás.
¿Trato adecuado? No, estás recibiendo trato especial.
Parece que mis superiores se interesan mucho por ti.
—Y espero que no solo tus superiores.
Ella sonrió. Me alegré de que mi coqueteo hubiera dado en el blanco, pero, la verdad, quería cambiar de tema.
Me preocupaba que ella tuviera razón. Quizás me había metido en algo que alguien pudiera considerar que justificaba medidas aún más agresivas que robar portátiles de un tirón.
Por reflejo, me llevé los dedos al moratón que tenía en la cabeza desde el cementerio; de repente, los generosos honorarios de Olin empezaron a parecerme menos generosos, si se consideraban como una paga por trabajo peligroso.
Acabada la cena, salimos a la noche barcelonesa, en la que soplaba una brisa fresca, y empezamos a pasear lentamente hacia el norte, hasta que nos encontramos casi frente al restaurante donde había quedado con George para comer el día anterior.
Parecía que cualquier paseo por Barcelona te llevaba, tarde o temprano, al Paseo de Gracia.
Cogiéndome de la mano, Txell me llevó a una tapería con el insólito nombre de Ba-ba-reeba y tras sentarnos bajo su cálida iluminación pidió de postre tarta de queso y vino blanco semidulce del Penedés.
Ojalá pudiera recordar más del resto de la noche, pero lo único que me quedó fue un vendaval de vino, risas y coqueteo, y el sabor de la tarta de queso en los labios de ella cuando nos besamos antes de que ella subiera al taxi que la llevaría a casa.
Y luego volví tranquilamente a mi hotel, felicitándome por mi capacidad para recuperar la sobriedad casi a voluntad una vez que la fiesta ha terminado.
O al menos, así había sido, pero a la mañana siguiente no estaba tan satisfecho con el rendimiento de mi cuerpo.
Quizás no hay ninguna traición tan íntima como cuando nuestros cuerpos se vuelven en nuestra contra al traspasar la barrera de los treinta, cuando por primera vez las cosas ya no vuelven a la normalidad con la misma facilidad de antes.
Me hizo falta mucha agua fría para salir siquiera de la habitación: con voz monótona le expliqué al camarero de la cafetería cómo preparar mi remedio casero para la resaca (un vaso alto de leche fría con tres cubitos de hielo y dos cucharadas de café instantáneo removidos), que luego me bebí de un par de tragos.
Desayuno de campeones. Después, las dos napolitanas más chocolatosas que tenían, bomba de calorías para resucitarme a mí antes de pasar otro día resucitando a los muertos.
Estaba a punto de salir por la puerta cuando la recepcionista me hizo señas para que me detuviera y me entregó dos hojas de papel de fax. —Esto acaba de llegar para usted, señor.
Eché un vistazo a la portada. Simplemente decía: —Buena suerte. La vas a necesitar. Con lo que tienes planeado para hoy, también necesitarás esto. Txell.
La segunda hoja llevaba el membrete de la policía y un mensaje de aspecto considerablemente más oficial, además de unos sellos en la parte inferior, bajo una firma que supuse que era la de Txell, aunque parecía que había firmado con su número de placa.
Me emocioné y guardé el fax con cuidado en el bolsillo.
Una especie de carta de recomendación… ¡Qué detalle! , pensé.
Una hora más tarde ya sabía que Txell no me había enviado el fax solo por amabilidad, sino también por el pragmatismo hastiado de alguien que sabe muy bien cómo funcionan las cosas.
O cómo no funcionan. Al bajar del taxi en la plaza del Duque de Medinaceli, pensé que el taxista se había equivocado de camino y que habíamos acabado en Nápoles: las palmeras que brotaban del pequeño parque en su centro, rodeado por majestuosos edificios vetustos en tres lados y con el mar en el cuarto, parecían más el decorado de alguna película italiana que la estampa que yo habría asociado con la España turística de las casas blancas encaladas y plazas de toros polvorientas.
Pero el Registro Civil en sí era mucho menos agradable.
Mi sketch improvisado de extranjero despistado al menos me coló por la puerta, pasando por delante de la interminable cola de gente que esperaba para realizar trámites burocráticos desagradables, como casarse.
Y explicar que era un abogado extranjero me permitió llegar hasta la segunda planta del edificio, un poco destartalado.
Pero parecía que eso era todo lo que iba a conseguir ese día, ya que la funcionaria que salió a atenderme empezó a explicarme que estaban demasiado sobrecargados de trabajo y demasiado escasos de personal como para siquiera plantearse buscar un documento para mí ese mismo día.
Por mucho que tuviera la fecha exacta de fallecimiento, también tenía que saber el distrito exacto.
Y que por aquel entonces la ciudad estaba repartida en diez distritos.
Y que por lo tanto, para encontrar un asiento, alguien tendría que consultar diez libros distintos.
Con ese tono pausado suelen usar los adultos al dirigirse a un niño poco avispado, me explicó que podía apuntar lo que necesitaba en una hoja, y que estarían encantados de enviármelo, en un mes, más o menos.
Antes de que la funcionaria pudiera darme una palmadita en la cabeza, regalarme una piruleta y enseñarme la puerta, le mostré el fax de Txell. La funcionaria empezó a leerlo, su cara delataba un hastío que iba en aumento con cada renglón, y se marchó mascullando —Espere aquí— sin mirarme.
Unos 45 minutos más tarde, la funcionaria regresó y me pasó dos hojas fotocopiadas, tras lo cual cruzó los brazos como diciendo: —¿Contento?
Eran las actas de defunción de la madre de Colette de Cassols y de su hermano Raimundo.
Sonreí, salí y empecé a leerlos en el taxi de camino a mi siguiente parada.
En Estados Unidos todo esto habría sido mucho más fácil, porque solo habría tenido que encontrar el juzgado donde se había validado el testamento; en España, en cambio, tenía que identificar al notario concreto en cuyos registros se había redactado.
Y, según los actas de defunción, ambos fallecidos habían otorgado testamento, ante los notarios Fernando de Moncorp y Sagrera y Baldiri Pujol Plà, respectivamente.
La mujer medio calva con gafas modalidad culo de botella que atendía en el mostrador del archivo notarial parecía un tanto perpleja por tener que tratar con una persona.
Le mostré los actas y le expliqué que necesitaba localizar los testamentos mencionados al final.
Quería empezar por el más reciente, el que había redactado el hermano de Colette hacia 1926, pero, para mi sorpresa, me devolvió el certificado de defunción y negó con la cabeza enfáticamente. —No. No puede ser.
—¿Cómo lo sabe? O sea, aún ni siquiera ha mirado para ver si está ahí...
—No, no lo entiende. Es demasiado reciente. No está abierto al público.
—¿Demasiado reciente? Pero… ¡es de hace setenta y cinco años!
—¡Antes de los 100 años, todo documento público es privado!
— espetó. Menudo salto lógico. Le mostré mi fax, pero lo miró como si le hubiera manchado la mano y dijo con sorna algo que supuse que era el equivalente a la frase de tantas teleseries, «consiga una orden judicial».
Me había dejado casi sin palabras, así que guardé el certificado de defunción de 1926 y acepté de mala gana que solo podría consultar el testamento más antiguo.
Me entregó unos formularios para rellenar, luego se dirigió hacia un almacén como quien no quiere la cosa y, por fin, volvió con tres gruesos tomos encuadernados en cuero, que llevaban el año 1882 estampado en letras doradas en el lomo.
Firmé el recibo y me llevé los libros a una mesa de consulta.
Veinte minutos más tarde, fruncía el ceño, frustrado.
Sabía que María Cristina había fallecido aquí.
Sabía que había un testamento; el certificado de defunción indicaba el nombre del notario que lo había formalizado.
Pero los tomos contenían no sólo testamentos sino todas las otras actas otorgadas ante ese notario ese año.
Volví a empezar desde cero, revisando página por página a partir del primero de enero de 1882, examinando minuciosamente la caligrafía sepia sobre gruesas y amarillentas hojas con marca de agua, cada acta cosida en un folleto, los manojos de folletos encuadernados en un voluminoso tomo con lomo de cuero.
Cuanto mayor era el valor nominal del sello fiscal en la parte superior, mejor era la caligrafía (y, por lo tanto, más acaudalado era el difunto).
Testamento de Salvador Bonaplata. En nombre de Dios…
Venta de Domingo Font a Manuel Albarrán Quiroga.
Testamento de Ignasi Subias. El dieciocho de enero de mil ochocientos ochenta y dos…
Apoca de María Reixach…Testamento de José Puig.
En la ciudad de Barcelona, a 25 de enero de 1882…