Derechos y Sangre VIII
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VIII

Cuando volví en mí, estaba tumbado sobre algo de césped. Al darme cuenta de dónde estaba, tuve que reprimir las ganas de reírme. Alguien me había llevado de vuelta al patio exterior frente a la entrada. No se puede dejar que alguien se muera en un cementerio.

El enfermero de urgencias que me sujetaba un brazo dijo algo a tres hombres que estaban cerca, un hombre alto con bigote y otro más bajito con gafas que hablaban con un policía.

Cuando se dieron cuenta de que estaba despierto, los tres se acercaron a mí.

El Bigotes se dirigió a mí en un inglés meticulosamente correcto, aunque con acento.

—Señor, ¿se encuentra lo suficientemente bien como para hablar ahora?

—Sí, creo que sí.

—Le encontró uno de los cuidadores que hacía una ronda rutinaria al terminar su turno. ¿Pudo ver a las personas que le atacaron?

Me esforcé por recordar. Lo único que había visto era su puño y un casco de moto. De alguna manera sabía que había captado algún detalle más, pero aún estaba aturdido y se me quedaba en la punta de la lengua.

—No, la verdad es que no. Lo único que vi fue su puño. Me tendió una emboscada y me golpeó cuando di la vuelta a una esquina.

El enfermero me ayudó con delicadeza a sentarme. Empecé a palparme los bolsillos. El Bigotes cruzó los brazos y observaba con interés.

—¿Le falta algo?

—No, por lo que veo no— revisé mi cartera, palpé el bolsillo donde anidaba mi cuaderno. —Está todo aquí.

—Muy bien— se volvió hacia el de las gafas y le soltó algo que no entendí, luego volvió a mirarme. —Caballero, soy el subinspector Josep Capdevila. Si se siente con fuerzas para ello, le agradeceríamos que respondiera a algunas preguntas. Para ayudarnos a identificar a la persona que le atacó.

—Bueno, claro, supongo… pero apenas vi la mano del tipo…

Capdevila ya estaba hablando con su compañero.

El enfermero me frotó el cuero cabelludo con alcohol isopropílico, pero el tipo que me había golpeado no me había abierto ninguna herida.

Antes de que me diera cuenta, Capdevila sostenía abierta la puerta para que me subiera a su coche sin distintivos.

Solo me di cuenta tras entrar de que aquel Citroën azul oscuro era un auténtico coche patrulla: una mampara de cristal me separaba de Capdevila y del conductor, y las manillas de las puertas y las ventanillas, desconectadas, traqueteaban inútilmente cada vez que el coche pasaba encima de un bache.

Capdevila sacó una mano por la ventanilla y fijó una sirena en el techo.

El tráfico de última hora de la tarde era escaso en Barcelona, aunque el peculiar ulular de las sirenas de las ambulancias de la ciudad parecía sonar de fondo las 24 horas del día.

Desnortado, quizás todavía por el golpe, ignoraba adónde nos dirigíamos, pero solo unos minutos después Capdevila me estaba abriendo la puerta frente a una discreta comisaría.

La oficina de Capdevila se merecía un premio por su monotonía burocrática minimalista.

Escritorios y archivadores de metal gris se apiñaban entre sus cuatro paredes de un pálido verde mar, adornadas únicamente con un cartel que advertía a los conductores de que tuvieran cuidado con los peatones, un calendario de hojas ajadas y una foto oficial del rey de España, algo descolorada ya por los muchos años que llevaría ahí.

Un uniformado estaba sentado escribiendo a máquina cerca de la puerta mientras Capdevila me conducía hasta el escritorio de la esquina más alejada; los otros dos estaban vacíos.

Capdevila encendió su ordenador y comenzó a tomarme declaración.

Lejos de pedirme que le contara la historia, me lanzó una serie de preguntas precisas, tratando de condensar mi relato a un mínimo burocráticamente aceptable de sustantivos y verbos: como decía el mítico sargento Friday en Dragnet , «solo los hechos, señor».

Cuando terminé, imprimió dos ejemplares del informe, lo miró como si le hubiera decepcionado de forma imperdonable y luego me pidió que leyera y firmara uno.

Aunque estaba en español, sentí que entendía la mayor parte y firmé en la línea punteada.

Capdevila me entregó el otro ejemplar y se marchó.

Cuando regresó, me entregó una hoja de papel. En ella aparecían fotos de carné de nueve hombres.

—Señor, ¿reconoce a alguno de estos?

Miré por encima las fotos. Podrían haber sido tanto mi agresor como el camarero que me había servido el desayuno.

—No, ninguno.

—¿Por qué está usted en Barcelona, exactamente?

—Ya se lo he dicho, estoy investigando la genealogía de un cliente…

—Ya. ¿Ha estado alguna vez en España?

—Sí, en 1992. Durante los Juegos Olímpicos.

—¿En ninguna otra ocasión?

—No.

—¿A qué lugares ha ido en esos viajes?

—Solo a Barcelona. Ah, y a Sitges, por la costa.

—¿Y a qué otros lugares de España se dirige ahora?

—Bueno, por lo que parece, a Madrid. Creo que es allí donde tengo que investigar a continuación.

—¿Cuándo se va?

—Diría que… pasado mañana, quizá. Podría ser más tarde.

—Mmmm…— Capdevila revolvió unos papeles que tenía sobre la mesa y guardó mi declaración en una carpeta grande.

Sin mirarme, me lanzó una tarjeta y dijo: —Muy bien, no necesitamos nada más de usted por el momento.

Sin embargo, si determinamos la identidad de su agresor, querremos ponernos en contacto con usted.

Por favor, avíseme del hotel en que se aloje cuando llegue a Madrid.

Capdevila se ofreció a organizarme el traslado, pero pensé en la sensación de encarcelamiento que me producía su coche patrulla y le dije que cogería un taxi.

Fuera de su despacho, justo antes de salir, vi una máquina de café.

Metí una moneda de 100 pesetas y pulsé el botón del café solo, pero la máquina gorgoteó burlonamente.

No salió nada. Me estaba agachando para buscar la palanca de devolución de monedas cuando oí una voz femenina ronca a mis espaldas, en un inglés forzado:

—No pierdas el tiempo. Siempre se está tragando el dinero de la gente.

La voz pertenecía a una agente uniformada que revolvía papeles en un escritorio cercano. Ojos oscuros, pelo oscuro de rizos rebeldes, recogido en un moño apretado.

—Vaya. Justo cuando más necesito una taza de café.

—De todos modos, no deberías beber esa porquería de la máquina. Hay un bar frente a la comisaría que tiene un café excelente.

—Gracias. Lo voy a comprobar… agente.

Ella me sonrió y me fui. Una vez en Can Eusebi, al otro lado de la calle, estaba claro que era un lugar predilecto para quienes trabajaban en la comisaría; tres o cuatro agentes uniformados estaban apoyados en la barra, hablando con otros hombres que podrían haber sido policías de paisano como Capdevila.

Pedí un café solo grande con apenas una gota de leche y, sujetándolo por el borde con dos dedos, lo acercaba con cuidado a la boca cuando volví a oír esa voz:

—¿Lo ves? Te dije que estaba bueno.

Alcé la vista. Habían entrado unos cuantos policías más de uniforme, entre ellos era la joven que me había recomendado el local.

Parecía mucho menos severa que en la comisaría, y no acerté en decidir si eso se debía a la fría luz fluorescente de la comisaría o a una personalidad más cálida que ocultaba cuando estaba de servicio.

—¿Vienes aquí a menudo?

Ella sonrió con cierta amargura. —Qué original. Sí, vengo. Pero no a tomar café— dijo, cogiendo un platito sobre el que descansaba una taza con una bolsita de té, que el camarero le había puesto delante.

—Entonces, ¿cómo sabías recomendarme el café?

—Oh, solía tomar mucho café. Pero lo dejé el año pasado, junto con el tabaco, el karaoke y mi exnovio.

—Bueno, espero que no hayas dejado todos tus malos hábitos.

—No, sigo hablando con hombres desconocidos en bares—me dedicó una sonrisa de reojo antes de llevarse el té a los labios—. Por lo que he oído, tu visita a Barcelona ha empezado con mal pie. Primero te roban el portátil y ahora te dan una paliza en un cementerio...

—¿Cómo sabes lo de mi portátil?

—Invítame a cenar y lo descubrirás— removió un poco el té, sin molestarse en mirarme para ver si diría que sí.

Una vez de vuelta en el hotel, llamé a Anna Olin para ponerla al día.

Pensé que haber recibido un golpe en la cabeza serviría al menos como señal de buena fe de que me estaba ganando el sueldo, pero Olin parecía tan interesada en mi salud como lo estaría el contable de una mutua.

Mi hallazgo en la investigación tuvo mejor acogida.

—...a juzgar por la lápida, diría que debe tratarse de la familia de Colette. El que la fecha de nacimiento de la madre coincida con la del diario… es demasiado significativo para ser una coincidencia.

—¿Y cuál es su siguiente paso?

—Bueno, lo primero que debería hacer es acudir al Registro Civil aquí en Barcelona.

Para tener alguna posibilidad de averiguar qué le escribió Clay Blackwood a la señora Cassols, tenemos que intentar localizar a familiares vivos, si los hay, y la mejor manera de hacerlo es averiguar los nombres de los familiares en la siguiente generación que podrían haber heredado sus documentos.

Necesitamos los testamentos, si los hay.

Tenemos las fechas de fallecimiento; si consigo los certificados de defunción, debería poder encontrar los testamentos.

¿No sería genial que en alguno de ellos se mencionara a su joven pariente estadounidense, o a unos derechos prometidos por Blackwood?

Si eso no abre nuevas vías, o incluso si lo hace, probablemente debería acudir a Madrid y buscar los expedientes de guerra de su padre.

Si fue todo un mariscal de campo, su historial podría darnos información sobre los movimientos anteriores de la familia; eso también podría ser útil para averiguar dónde podrían encontrarse hoy en día las personas que conservan documentos familiares.

—De acuerdo. Avíseme cuando haya consultado el testamento.

—Así haré.

Olin colgó. Tomé su tono neutro por aprobación de mi esfuerzo. Era imposible saber si estaba contenta, pero no me cabía duda de que si estuviera insatisfecha me lo dejaría muy claro.