VI
—Me alegro de verte, tío.
—Igualmente, Jack.
Sonrió y se dio una palmadita en el chaleco. —El peso me aporta solemnidad, amigo mío. Cuanto más grande es un profesor, más respeto le tienen los estudiantes. De todos modos, la comida aquí es adictiva.
Brindamos con alegría después de que el camarero nos hubiera tomado la comanda. —Tío, ¿qué te ha pasado en la mano?
Flexioné los dedos, doloridos y sangrando. —Me di un golpe al subir por la calle. Un tipo en bici me arrebató la mochila del portátil.
—No jodas. Has sido víctima de Sleazy Rider .
—¿Quién?
— Sleazy Rider —repitió, riéndose de su gracieta sobre la clásica película de moteros.
—Una leyenda del crimen urbano, amigo mío.
Ah, tenemos aquí a unas auténticas joyas, que se dedican a desplumar a los turistas.
Tenemos una banda de marroquíes que merodean por las discotecas de la Plaça Reial, fingen estar borrachos y alegres, y abrazan a turistas demasiado borrachos como para darse cuenta de que les meten mano en los bolsillos; tenemos gitanos españoles que intentan venderte flores y luego te arrebatan lo que haya en la cartera cuando la abres para pagarles; tenemos chicas rumanas monísimas que te distraen con sus encantos mientras te quitan la cartera…
Sleazy Rider suele actuar contra la gente que sale de las discotecas cerca del mar al amanecer, les agarra los bolsos con una mano y se da a la fuga en bici—hizo una pausa para beber un sorbo de vino —.
Aunque me sorprende un poco verlo tan al norte de la ciudad.
Suele actuar por donde vive mi cuñada, en…
la Vila Olímpica—frunció el ceño y yo inmediatamente intenté cambiar de tema.
—Bueno, ¿qué tal está Teresa?
George rebuscó en su cartera y sacó una foto de una mujer atractiva y sonriente junto a una bicicleta de montaña.
George se alzaba detrás de ella, con pinta de turista en su propia vida.
—Eso fue en los Pirineos, la primavera del año pasado.
Teresa está en muy buena forma. Yo, bueno, intento seguirle el ritmo. Más o menos—volvió a guardar la foto.
—¿Tenéis hijos?
—No. Estuvimos a punto de tener uno, pero… Teresa sufrió un aborto espontáneo. Ya no podemos tenerlos.
Joder, esta charla se convertía en un campo de minas. Temí que sacara a relucir el embarazo de Nuria, pero, por suerte, no lo hizo. De hecho, no parecía tener muchas ganas de recordar el pasado; por lo menos no el nuestro, compartido. —He estado investigando lo que me pediste…
Se recostó en la silla, y su codo estuvo a punto de chocar con la bandeja del camarero que se acercaba.
Tras probar los entremeses —una exquisita ensalada de queso de cabra templado para mí, y un cuenco humeante de sopa de marisco para él—, George se puso en plan profesor, el mismo tono con el que me lo imaginaba ahora cuando impartía clases.
Enseñaba filología inglesa en un instituto privado angloparlante en Pedralbes, pero yo sabía que su pasión por la historia iba mucho más allá de la literatura.
—En fin, he estado investigando las preguntas que me hiciste. En primer lugar, a juzgar por el contexto de la nota, diría que tu chica...
—Colette.
—Exacto, Colette, dijo con la boca llena de sopa de pescado.
—No estoy de acuerdo con ese otro tipo, el que te dijo que su familia estaba vinculada a los monárquicos franceses.
Quiero decir que, claro, si hubieran vivido en Francia y su familia se inclinara por esos ideales, sin duda también podrían haber simpatizado con un tipo que se hacía llamar Enrique V y afirmaba ser el último rey de Francia.
Pero el lema que escribió en la postal ——Déu, Pàtria, Rei— apunta sin duda a una implicación con un movimiento afín aquí, en Cataluña.
—Vale, pero solo es una postal, ¿no significa eso simplemente que visitó Frohsdorf antes de irse a Estados Unidos? ¿Quizás guardaba recuerdos particularmente bonitos de ese viaje?
—No, para nada tenemos que pensar que se limita a eso, a una excursión—George se limpió un poco de sopa de la mejilla.
—Hay que recordar que estos aspirantes al trono siempre han tenido a su alrededor a un gran número de personas desplazadas: nativos del reino que reclamaban, una corte real en el exilio, por así decirlo.
Desde creyentes un tanto frikis que iban allí en peregrinación para besar el anillo real, hasta oportunistas astutos que adulaban al pretendiente con la esperanza de ganarse el favor real si su candidato llegaba a ocupar el trono.
No, creo que he encontrado tu conexión española con esa postal: si su familia era española y utilizaba ese lema en sus comunicaciones, entonces apoyaban a un miembro de la realeza española que se hacía llamar Carlos VII.
Quien, por cierto, apenas unos años antes de que tu chica apareciera en California, lideró una ofensiva militar en el norte de España para proclamarse rey.
—¿Funcionó?
George negó con la cabeza mientras engullía una rebanada de pan.
—No. La cosa tardó unos años, pero ese tío nunca llegó a controlar más que un puñado de pueblos.
Sin embargo, lo importante en cuanto a él, en lo que respecta a tu postal, es que la boda «real» de Carlos VII tuvo lugar en Frohsdorf, donde se había instalado su compañero en el paro coronado, un aristócrata francés.
Tu postal no tiene fecha, pero ese eslogan y el texto en catalán escrito encima…
—«Para que siempre pueda recordar un viaje que no deseo nunca olvidar»— recité de memoria.
—Sí. Apuesto a que lo que tienes ahí es un souvenir de la boda real de 1867.
Quizás ella sujetó la cola del vestido de la novia o algo así.
Es un recuerdo menos llamativo que esos platos horteras de cerámica de Charles y Diana fabricados por la Franklin Mint, pero mucho más fácil de llevar consigo.
Es interesante, pero no resulta muy relevante para averiguar dónde estaba su familia en la década de 1880 o posteriormente.
—¿Entonces estás de acuerdo en que es aquí donde debería buscar?
—Sí. Verás, a este tal Carlos lo expulsaron de Francia en 1880.
No paraba de causar problemas e intentar organizar otra invasión de España, lo que se convirtió en un quebradero de cabeza para ambos gobiernos, así que se fue a Inglaterra y, desde allí, pasó varios años viajando por el mundo.
En ese momento, la mayoría de sus seguidores ya habrían regresado a España.
En el caso de tu chica, probablemente fue entonces cuando su familia llegó a Barcelona.
George dio un largo sorbo de vino y luego se limpió los labios.
Ya se había zampado todo el cuenco de sopa, mientras yo todavía estaba con la ensalada.
Me daba un poco de vergüenza que estuviera allí callado mirándome comer, así que, para darle tema de conversación le pregunté: —¿Y qué hay de ese otro tipo?
¿Ese miembro de la realeza francesa que vivió en Frohsdorf?
—Sí, otro ilustre fracasado. Nunca recuperó su trono y murió sin hijos en el exilio.
Dicen que no empalmaba, jeje. En fin, Henri era un rey de verdad, o lo habría sido: era el nieto del último rey Borbón de Francia, que había nombrado expresamente a Enrique como su heredero.
Pero lo curioso de los miembros de la realeza en paro es que parece que nunca se ponen de acuerdo entre ellos.
Incluso durante su propia vida, este Henri V tenía un primo que también reclamaba ser el rey de Francia, con el nombre de Felipe VIII… .
Puse los ojos en blanco. —El quinto, el séptimo… ¡es más difícil seguirles la pista a estos tipos que recordar la secuencia de las películas de Rocky ! —
—Venga ya, Jack. No es tan complicado. Una corona es como cualquier otra herencia.
Pero, como dijo una vez mi admirado señor Thoreau: «Simplifica, simplifica, simplifica».
A ver… Enrique y Felipe, o para que nos entendamos, Hank y Phil.
¿ Así te resulta más sencillo? Bien. Pues Hank y Phil están peleándose por la empresa de su abuelo, Francia S.A.
Malgastando la pasta en minutas de abogados y demás.
Pasa el tiempo, Phil tiene hijos, Hank no…
De hecho, Hank no tiene hermanos, ni sobrinos, ni familia cercana de ningún tipo, más que Phil.
Así que Phil acude a él y le dice: «Te propongo un trato.
Dejemos de pelearnos por ahora. Tú, dirige la empresa a partir de este momento, y cuando mueras, déjamela a mí». Y eso es más o menos lo que hicieron.
Raspé lo que quedaba de mi ensalada del plato. —¿Y funcionó?
—Sí y no. Hank —Henri— cumplió con su parte del trato. Trató a Philippe como su heredero, el próximo rey de Francia. Sin trono, claro está. Pero… ¿qué es una herencia sin una disputa familiar? Quiero decir, los abogados tenéis que ganaros la vida de alguna forma…
Sonreí ante la pulla.
—Así que, tras la muerte de Hank, un grupo de socios de Hank le dicen a Phil: —Bueno, lo sentimos, pero no estamos de acuerdo con lo que Hank prometió. Por eso no te reconocemos como rey. Vamos a reconocer como rey a otro primo en tercer grado vuestro—.
Puse otra vez los ojos en blanco. —¿Cómo se las apañaban para recordar quién era quién?
—Se lo apuntaban en los puños de la camisa, supongo.
En fin, se parecía mucho a la disputa entre los Hatfield y los McCoy, solo que con mejor vestuario y alojamiento.
La pandilla de Hank odiaba a los de Phil porque, allá por la Revolución Francesa, el bisabuelo de Phil votó a favor de que le cortaran la cabeza al tío-bisabuelo de Hank.
Así que, ya sabes, ese tema era un poco delicado.
Un camarero le sirvió a George un poco más de vino —yo me quedé con el agua mineral —, y luego otro colocó una lasaña de carne de cangrejo delante de mí y una terrina de cuscús delante de George. Este cogió el tenedor y me hizo un gesto con la mano mientras hablaba, antes de empezar a comer.