IV
Vaya, vaya , pensé. Le di la vuelta al sobre; la carta original era correspondencia comercial y la habían abierto chuscamente antes de que el dorso del sobre se reutilizara.
Supuse que Blackwood había regresado del viaje que mencionaba y había utilizado lo primero que encontró en su escritorio para lanzar esta nota de reproche.
Pero, ¿a quién se dirigía? ¿A su mujer? ¿A su ama de llaves?
El cuándo , al menos, probablemente podría averiguarlo; miré la fecha del matasellos.
Si el sobre había estado en el escritorio de Blackwood como correo recién llegado cuando él regresó, entonces esta nota se había escrito, calculé, cuando Colette Cassols estaba embarazada de unos cinco meses de su niño.
¿Acaso la esposa de Blackwood había descubierto su secreto mientras él estaba fuera unos días y había reaccionado con despecho, echando a la chica de su casa antes de que él regresara?
Golpeé ausentemente la mesa con las yemas de los dedos, la mirada perdida en el techo de la sala de consulta. Entonces cogí una de las carpetas de anillas, recordando algo que había visto antes pero que a primera vista me había parecido irrelevante.
Y no era para menos. Cuando por fin regresó media hora más tarde, la caja que traía en su carrito estaba tan polvorienta que me pregunté si alguien la habría abierto alguna vez desde que se estableció la Fundación.
Cuando lo había dejado, gruñido mediante, a mi lado en la mesa, abrí la tapa y pasé un dedo por los bordes de los gruesos libros de contabilidad de tapa dura que había dentro, estampados en letra dorada con fechas, antes de seleccionar uno que debiera cubrir el periodo que me interesaba.
Hojeé varias páginas, luego encontré más o menos la semana correcta y empecé a repasar cada línea.
Algún empleado del banco había introducido cuidadosamente fila tras fila de datos con la caligrafía segura de un profesional, y mi dedo recorrió verticalmente la tercera columna antes de detenerse finalmente, a unas cuantas páginas de donde había empezado.
Estoy seguro de que sonreí en la penumbra que me abrazaba.
Manteniendo un dedo sobre esa página, ojeé varias páginas más, tanto anteriores como posteriores a aquella, hasta que, satisfecho, volví a dejar el libro de contabilidad abierto por la página que me interesaba y me recosté en mi silla.
El pesado tomo que tenía delante de mí era un registro de todas las cartas certificadas salientes enviada por el Banco Blackwood a sus agentes y corresponsales en Estados Unidos y en determinadas ciudades de todo el mundo: Londres, Yokohama, Berlín…
Yo había buscado los días posteriores a cuando suponía que Clay Blackwood había escrito su airada nota sobre el despido de Colette.
A pesar de no haber enviado ninguna otra carta a la misma ciudad, ni siquiera al mismo país, en todo el año documentado por ese libro mayor, a los pocos días del exabrupto de Blackwood su banco había enviado una carta por correo certificado a un tal M. C. de Cassols en Barcelona, España.
Cuando volví al coche, no tenía sentido regresar a mi oficina: era tarde, de todos modos, no tenía cita con ningún cliente, y me dolían los ojos después de tantas horas mirando papel amarillento en el rectángulo cálido que la lámpara de banquero proyectaba sobre esa brillante mesa de caoba.
Anna Olin me había dado su número de móvil particular, lo cual me sorprendió un poco: sabía que alguien en su posición en la jerarquía corporativa tendría un sinfín de lacayos trajeados para ocuparse de subcontratas como yo.
Pero por otra parte, quedaba claro que quería mantener en el más estricto secreto, incluso para sus allegados, su intento de hacerse con el control de la Fundación Blackwood por vía hereditaria.
Marqué su número y me quedé de pie en mi salón, mirando hacia la luz menguante, poniendo los ojos en blanco y cerrándolos con fuerza, tratando de aliviar la sequedad. Ella contestó, pero al principio lo único que oí fue el eco de sus tacones altos por el pasillo, seguido del portazo de una puerta.
—Vale, ahora estamos a solas —dijo—. ¿Qué pasa?
Le conté mis descubrimientos, de la forma más resumida posible. Se hizo cargo de todo a la primera, y yo no había esperado otra cosa.
—Así que lo que está sugiriendo, señor Rudolph, es que la mujer de Clay Blackwood se enteró de que Colette estaba embarazada y la echó de casa mientras él estaba de viaje; y cosa de una semana después, por primera y, al parecer, única vez en la historia del Banco Blackwood, alguien de la sede central envió una carta certificada a Barcelona.
—En pocas palabras, sí.
En la penumbra la oí decir: —Bueno, supongo que ya sabemos a dónde irá ahora, ¿no?
—A ver, fue hace ciento veinte años… las cartas acaban en la basura.
—No siempre. No si pudieran suponer dinero.
¿Y si él reconoció la paternidad por escrito?
¿Si ofreció dinero para el niño? Podría haber muchas formas en las que él se vinculara al bebé a través de esa carta, y es muy posible que su familia la hubiera conservado, sobre todo porque probablemente nunca supieron qué le pasó a Colette: solo que un día las cartas de su hija dejaron de llegar.
—Vale, pero si pensaban que podían entrar en contacto con ella a través de él, ¿por qué no lo hicieron?
—Pero vamos a ver… Blackwood también estaba muerto para entonces.
Suponiendo que John Kane fue quien envió a los matones que, según Colette, la perseguían, si le hubiera llegado una carta desde Barcelona preguntando por ella y por su hijo, ¿qué crees que habría hecho con ella?
¿Convocar una reunión del patronato para disolver la Fundación y transferir sus activos a ese misterioso bebé? O…
—... se habría deshecho de la carta. Sí, tiene razón. Entiendo lo que quiere decir. Pero si su familia intentó ponerse en contacto con ella y nunca más les contestaron, sigo sin creer que se hubieran quedado con esa carta inicial de él, por prometedora que hubiera parecido…
—¡Por el amor de Dios! Un banquero estadounidense rico le escribe a la familia de una chacha española, señor Rudolph. ¿Qué cree que les envía, una postal de Navidad? Vaya a Barcelona y trate de averiguar qué hicieron después.
Interpreté el clic en mi oído como una señal de que la discusión había terminado.
Me senté de golpe en mi sofá, desinflado, pero ya sabía que por la mañana iría a renovar mi pasaporte.
Anna Olin se pasaba de grosera, pero en ese momento, literalmente, los modales eran un lujo que yo no me podía permitir exigir.