III
El lunes siguiente por la mañana, sentado en mi coche, revisé algunos apuntes que había hecho durante mi reunión con Anna Olin, tras un primer examen superficial del material que ella había dejado sobre mi escritorio.
Aún conservo esa hoja: apenas legible, datos garabateados sin orden aparente en ambas caras.
Nunca habría imaginado hasta dónde me llevaría ese trozo de papel.
Estaba aparcado frente a la Fundación Blackwood.
Bueno, más bien cerca que enfrente; en realidad no se podía aparcar delante de su edificio, una elegante obra neo-palladiana de principios de siglo, que habría encajado mejor en algún lugar cerca de Washington D.C.
que aquí en la costa oeste. Se alzaba en lo alto de una colina de suave pendiente, con un camino de grava, más bien decorativo, trazando un semicírculo a través de su impecable césped
Hoy en día, la Fundación era todo un referente en el condado, incluso su voz se hacía oír en la capital del estado, gracias a su generoso patrocinio de iniciativas sociales y su apoyo a exposiciones y eventos culturales.
Para los que mandaban en California, la Fundación Blackwood era un estamento venerable del tejido social del estado; pero, como había descubierto ese fin de semana en la hemeroteca, no siempre había sido así.
El testamento de Clay Blackwood nombró primer presidente de la Fundación a su abogado personal y albacea, John W.
Kane, y la naturaleza despiadada con la que había ayudado a Blackwood a amasar fortunas en los ferrocarriles y la banca había demostrado ser poco adecuada para dirigir una organización benéfica.
Hubo repetidas denuncias de prácticas abusivas durante aquellos primeros años, especialmente por parte de familias californios , hispanos que poseían terrenos en esta zona desde antes de que nuestra bandera del oso ondeara por primera vez.
Hojeé los recortes de prensa que había impreso del microfilm en la biblioteca; desde una vieja foto de archivo John W.
Kane me miraba con implacabilidad, con un ojo claro ligeramente más grande que el otro, rematando su austero traje con un cuello blanco almidonado que parecía aún más incómodo que su mirada.
Desde luego, no parecía alguien a quien uno quisiera tener en su contra.
Reflexioné un momento sobre su postura respecto al testamento de su difunto jefe.
Kane era sin duda lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que, si existía algún heredero de Blackwood —como el testamento parecía insinuar vagamente—, ese heredero era lo único que se interponía entre él y el control —aunque no la posesión— de una fortuna lo bastante extensa como para convertirlo en un hombre influyente para el resto de su vida.
No parecía un hombre que tendría reparo alguno en quitar de en medio a tales herederos.
Ni a sus madres , pensé, recordando cómo habían asesinado a Colette Cassols en una calle desierta de la lejana ciudad de Cincinnati
Me daba que todo este asunto acabaría reduciéndose a polémicas de legitimidad muy discutidas y que, aunque yo alcanzara un éxito rotundo, probablemente sería otro abogado litigante quien, en alguna vista futura, acabaría exponiendo su tesis acerca de cuál había sido la intención de Blackwood.
Aunque hubiera querido dejar claro que su patrimonio debía pasar a su heredero biológico —es decir, ilegítimo o nacido fuera del matrimonio—, era imposible que el testamento en sí mismo pudiera interpretarse como una referencia específica al niño que más tarde se conocería como Henry Olin.
Es cierto que, cuando lo redactó, la esposa y la hija de Blackwood aún vivían, y si ellas no sabían nada del niño, probablemente él quiso ahorrarles la vergüenza —y ahorrarse también alguna escena desagradable en casa.
No pude evitar el pensar que, si su intención realmente había sido como heredero suplente designar a su hijo ilegítimo con la criada francesa, había hecho un trabajo pésimo a la hora de organizarlo.
Faltaban todavía unos minutos para mi cita.
Quien hubiera dicho, pensé, que mi afición por la genealogía me traería el mayor anticipo que había visto en…
joder, en toda mi carrera, desde la quiebra de Etherteq.
Mi interés poco convencional por los muertos había sido uno de los muchos puntos de fricción en mi relación con Stacey.
Recordé aquel fin de semana en el que, al no encontrar ningún programa informático que hiciera lo que yo quería, dibujé mi árbol genealógico —en realidad, solo el de mi madre— en una hoja gigante de cartulina blanca que podía colgar en la pared.
Cuando se lo mostré orgulloso a Stacey aquella noche, ella dio un sorbo a su vino antes de echar la cabeza hacia atrás, reírse y decir: —¿En serio?
¿Te pasas todo el domingo haciendo un gráfico de quinientos años de «quién folló a quien»?
Sí, señor, eso debería haber sido toda una bandera roja , me dije con resignación.
Al cerrar de un golpe mi carpeta, recordé mis últimas palabras a Anna Olin.
No me caía bien, pero a los abogados no se nos exige que nos caigan bien nuestros clientes —gracias a Dios— y no me arrepentía ni por un instante de haber aceptado el encargo; no solo porque las agencias de cobros ya no me estaban pisando los talones, sino también porque el caso parecía un cambio bienvenido respecto a otros posibles clientes que me habían estado rondando en las últimas semanas.
Había uno que quería demandar a una cadena de comida rápida porque se había quemado la boca con su pizza, o aquel otro tipo que insistía en que era el legítimo rey de Egipto y que había sido introducido de contrabando en Estados Unidos en el maletero de un coche desde Ciudad Juárez...
no digamos ya el tío que quería demandar a su comunidad de vecinos por echar a la piscina un compuesto que volvía verde el agua si uno de meaba dentro. Violación de mi intimidad, decía. Ya.
Pero para poder aceptar el caso de Olin de buena fe, me sentí obligado a hacerle unas últimas advertencias.
Había carraspeado con aire profesional. Había puesto la tapa a mi bolígrafo, dejándolo pausadamente sobre el escritorio.
Y había apoyado ambas manos sobre la misma, señal inequívoca de autoridad.
—Señora Olin, parece que este es un caso que puedo aceptar.
Pero hay algunas cosas de las que debo advertirle antes de seguir adelante.
En primer lugar, supongamos que encuentro a la familia de Henry, pero que la historia resulta no ser lo que usted cree.
Puede que no le guste lo que descubra. Créame, todo el mundo tiene un esqueleto en el armario, si se indaga lo suficiente.
He visto registros en los que chicas solteras hacían pasar a sus hijos por hermanos menores en el censo, viudas que daban a luz a hijos que seguían inscritos a nombre de su marido fallecido…
un montón de cosas curiosas. Es increíble lo que la gente cree que nunca se descubrirá.
En el peor de los casos, debería estar preparada para una sorpresa desagradable. ¿De acuerdo?
—Lo segundo, hay que tener en cuenta que puede que algunas personas nunca se encuentren.
A veces ya es bastante difícil encontrar antepasados que no intentaran esconderse.
Una vez una amiga que me pidió que investigara su ascendencia.
Descubrí que dos de sus bisabuelos eran adolescentes fugados de casa que se conocieron actuando juntos en un circo ambulante.
Sobra decir que nunca pude encontrar ni un solo dato fiable sobre el origen de ninguno de los dos.
Anna Olin había empezado a dar golpecitos con los dedos en el reposabrazos de su sillón. No le gustaba que la hicieran esperar mucho tiempo, y ya habían pasado 120 años.
—Señor Rudolph, si fuera fácil, lo haría yo misma. Estoy dispuesta a pagarle ese anticipo ahora mismo, y a seguir financiando su investigación a su tarifa habitual por horas, hasta que o me diga que lo tiene, o me diga que ya ha tenido suficiente. ¿Tenemos un trato?
Y así fue como acabé sentado fuera la Fundación Blackwood, apurando un café para llevar hasta que llegara la hora de mi cita con su archivero.
No había sido fácil convencerles que me dejaran entrar, y me daba que había tenido mucha suerte al poder mover algunos hilos gracias a unos colegas de mi padre, que aún no se habían jubilado del mundo académico.
Me había inventado una historia, contándoles que era mi intención de terminar un libro —un libro sobre historia local de esa parte de California— que mi padre había dejado sin terminar, junto con tantos otros proyectos, al fallecer súbitamente.
Uno de sus amigos de la facultad me había enviado por FedEx una carta de presentación, y ahí estaba, a punto de entrar.
A diferencia de los fondos de archivos públicos —municipales, estatales, nacionales—, los documentos de la Fundación Blackwood eran estrictamente privados, a menos que uno tuviera una razón de peso.
Sólo me quedaba esperar que mi coartada aguantara el tiempo suficiente para o bien encontrar algo útil, o para decidir que Clay Blackwood no nos había dejado allí ninguna pista.