Derechos y Sangre II
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Derechos y Sangre

Derechos y Sangre

Por Julián Martín

© inepub.com

II

Apoyando sus codos en los reposabrazos del sillón, juntó las yemas de los dedos, haciendo un pequeño campanario.

Negué con la cabeza, y ella continuó.

—Así que, como le decía, mi bisabuelo heredó tres farmacias y se había formado como farmacéutico, pero no de la mano de su padre.

Verá, era adoptado. Nunca supo absolutamente nada de su padre biológico, y tampoco mucho más de su madre biológica.

Al parecer, los Olin lo acogieron después de que un vecino lo encontrara solo y llorando, en una infravivienda de alquiler.

Un policía con buen ojo acabó relacionando una fotografía encontrada en ese cuchitril con el cadáver de una mujer hallada asesinada ahí cerca un par de días antes.

Me entregó una fotografía tamaño Carte de Visite , de las que estaban de moda a finales del siglo XIX: una fotografía pegada a un soporte del tamaño de una tarjeta de visita en cuyo reverso figuraban el nombre y la dirección del fotógrafo.

Una joven menuda de pelo oscuro, que miraba fijamente a la cámara sin sonreír mientras sostenía a un niño rubio y fornido de tres o cuatro años, que señalaba algo a lo lejos.

La madre y el niño no podían ser más diferentes.

Pero la chica guardaba un parecido, ya fuera real o superficial, con la mujer tozuda sentada frente a mí.

Tal vez fueran los ojos oscuros y duros, o el pelo traviesamente ondulado castigado con un severo moño, pero había un aire de familia.

—Cuando ya era un poco más mayor, el señor Olin le entregó los únicos objetos personales encontrados en el cuartucho que su madre había estado alquilando.

En realidad, no había gran cosa: esa foto, algo de bisutería y un diario en el que ni siquiera figuraba su nombre.

El señor Olin contrató a un detective, pero la fallecida y su hijo solo llevaban en Cincinnati un par de meses y todos los vecinos dijeron que ella era muy reservada.

Mi bisabuelo conservó el informe — me entregó una fotocopia de tres hojas escritas con una elegante letra caligráfica, sonriendo con tristeza—.

Pobrecito. El detective anotó en su momento que, cuando la policía encontró solo al niño, él no dejaba de insistir en que su mamá solo estaba de viaje y que volvería por él —se encogió de hombros—.

En fin, lo poco que supo sobre su origen está ahí, y… aquí….

Olin rebuscaba en su bolso mientras yo empezaba a leer las fotocopias.

A estas alturas ya podía leer letra caligráfica del XIX con la misma facilidad que si fuese el periódico.

Eché un vistazo rápido al informe y reconocí el trabajo de un alma gemela: a veces simplemente se nota, incluso un siglo más tarde.

El informe del detective privado era tan meticuloso y detallado como yo mismo habría deseado, de haberle contratado.

Por desgracia, le habían dejado pocas pistas.

La madre del niño había sido asesinada cuando regresaba a casa desde la casa en que trabajaba, en la calle Dayton —un buen barrio, al parecer— pero el cadáver se había encontrado más cerca de la pensión donde ella alquilaba una habitación.

Lo realmente sorprendente era un comentario fortuito de la familia para la que trabajó, cuando el detective los había entrevistado. Levanté la vista del informe.

— Un momento, ¿estoy leyendo bien? A esta familia, según dice aquí, les dio pena así que la contrataron, bajo el nombre de «Mademoiselle Dupont» para dar clases de piano a su hija, a pesar de que…

—Le faltaban dos dedos de la mano izquierda, sí. Eso es lo que pone. A mí también me sorprendió. ¿Qué quiere que le diga? Debió de causar una buena primera impresión. Y ser muy echada para adelante.

Pensé en la mirada firme de aquella foto que acababa de mostrarme. Desde luego que sí.

Puse abajo el informe y Olin sacó el segundo objeto de su bolso: una bolsita transparente, como las que se usan para congelar comida.

Vislumbré una reliquia desgastada por el paso del tiempo, que ella manejaba con evidente reverencia.

La sacó y la colocó con cuidado sobre el escritorio, delante de mí.

Era un viejo diario, un librito diminuto que medía apenas 3 por 5 pulgadas, con un bonito estampado floral en la cubierta.

Abrí la cubierta: 1886. No tenía nada de especial: fabricado por la imprenta Excelsior, era el tipo de diario que se podía comprar en cualquier papelería en la época en que Grover Cleveland residía en la Casa Blanca.

No había ningún nombre en la guarda, pero al principio casi todos los días tenían alguna anotación garabateada.

Olin esperó mientras le eché un vistazo.

Eran cosas bastante ordinarias: gastos diarios y compras, menciones ocasionales a cosas como una noche en el teatro y sus citas para las clases de piano.

Pero había alguna que otra rareza. El 3 de enero escribió: Este año tengo que escribir siempre en inglés para practicar.

Lo que pasó el día 16 debe servir para recordarme que sigo en peligro de que me descubran .

Otra anotación me llamó especialmente la atención: otra vez esa terrible pesadilla en la que esos hombres nos persiguen.

No he vuelto a dormir hasta el amanecer .

Siguió apuntando cosas anodinas, su inglés mejorando a ratos, y de repente dejó de escribir.

3 de febrero. Unas cuantas páginas tenían las esquinas dobladas aquí y allá, con pequeñas inscripciones escritas con calma de antemano, en una letra menos agitada que la de las entradas cotidianas: Este fue el cumpleaños de papá.

Cumpleaños de mamá . Cumpleaños de Henri ; y, el 16 de mayo, ¡Hoy cumplo 24 años!

Solo que los apuntes diarios se habían interrumpido antes de eso; se había quedado corta.

En el diario había una vieja postal, doblada verticalmente por la mitad para que cupiera en el librito, con una pintura bastante cursi del siglo XIX, una idílica mansión de tres plantas al final de un camino bordeado de arbustos —Frohsdorf , decía la leyenda.

Al dorso no había matasellos, pero sí un corto texto, aparentemente escrita con la misma letra que el resto del libro, pero en tinta:

Que sempre pugui recordar el viatge que mai vull oblidar. Déu, Pàtria, Rei!

La frasecilla estaba escrita en un idioma que a primera vista no lograba identificar. Hablaba bastante bien el español, pero no era eso. Tampoco parecía italiano. Entonces mi estómago dio un vuelco, y por un instante me sentí de nuevo en el verano de 1992.

Catalán. Estaba escrito en catalán. Con algo de dificultad, entendí el significado: Para siempre recordar un viaje que no quiero nunca olvidar. ¡Dios, Patria, Rey!

La voz de Olin me sacudió de mi ensimismamiento. —Eso debe de haber sido de su madre.

La miré de reojo. —Pero usted me acaba de decir que nadie sabía quién era su madre...

Ella sonrió. —Ahora sí lo sabemos. Mandé radiografiar el libro, y que lo examinaran con una lámpara ultravioleta. Qué quiere que le diga, me gusta ver CSI. Encontramos esto, enrollado en forma de cilindro y metido entre las páginas y la encuadernación.

Sacó de la bolsita de marras otro trozo de papel antiguo, que aún tendía a curvarse tras haber estado enrollado durante más de un siglo.

Era ligeramente más grande que un billete de un dólar, un formulario impreso con espacios en blanco rellenados con la letra indiferente de un funcionario con prisas:

CONDADO DE SAN MATEO

REGISTRO CIVIL

Yo, el registrador abajo firmante, certifico por la presente que en el día de hoy se ha inscrito en el Registro de nacimientos del condado el nacimiento de un niño de nombre __Henry Castle____ _ , hijo d e _____________________ y __Nalette Castl e _______________.

San Mateo, California , 21 de octubre de 1881

Dejé con cuidado el documento sobre mi escritorio. —¿Quiere decir que, durante todo este tiempo...?

—Mi bisabuelo tenía su acta de nacimiento y nunca lo supo.

Tampoco lo sabía nadie más de mi familia, hasta ahora—Olin se encogió de hombros—.

Por cierto, este acta en sí es hasta cierto punto un misterio.

Tras encontrarlo, contraté a un investigador que me dijo que apenas se conservan originales de nacimientos de 1881 en el condado de San Mateo.

Hay declaraciones fuera de plazo—inscripciones tardías realizadas por adultos décadas más tarde, ese tipo de cosas— pero o bien se han perdido libros, o bien nunca existió de manera completa y sostenida en aquella jurisdicción.

No era obligatorio el registro civil, y mi investigador me dijo que la mayoría de la gente en Estados Unidos en aquella época simplemente no se molestaba en inscribir nacimientos.

Así que el mero hecho de que ella lo hiciera es algo llamativo, aunque la inscripción original —del que esto es solo un resguardo— se haya perdido.

Olin sacó otro papel de su bolso. —A base de esos nombres, pagué a mi investigador para que revisara todo el censo de Estados Unidos de 188 0 correspondiente al condado de San Mateo, y encontró exactamente una coincidencia.

Esto una copia impresa del asiento para un hogar en ese condado, extraída del microfilm.