Capítulo 30
Antes de volverse a León, Eider subió sola a Corullón a primera hora. Había un recado que dar, y no era de los que se dan por teléfono ni se delegan en un subinspector.
La casa grande de los Cándano tenía las contraventanas a medio abrir y olía a café recién hecho y a luto reciente, esa mezcla de la vida que sigue y la que se paró.
Le abrió Sonia. Tenía mejor cara que la primera vez, la del lunes en el hospital, pero era una mejoría engañosa, la del que ha llorado tanto que ya le sale la calma por agotamiento.
Se sentaron en la cocina. Digna estaba allí también, en su silla de siempre junto a la ventana, con las manos en el regazo. Eider no anduvo con rodeos, porque a las mujeres que aguantan lo peor no se les hace el favor de andarse con rodeos.
— Vengo a traerles un recado de Eladio — dijo—. Me lo pidió él, el miércoles por la noche, antes de que se lo llevaran. Y le dije que se lo daría.
Sonia se puso tensa. Digna, en cambio, giró la cabeza despacio hacia Eider, atenta.
— Me pidió que les dijera dos cosas. La primera, que Damián no supo nada.
Que no le dio tiempo a tener miedo, ni a saber quién fue.
— Eider midió las palabras—. La forense lo confirma, por si les vale.
Fue rápido. Su marido no sufrió, Sonia. No tuvo un mal rato largo.
Eso es verdad, no es un consuelo que me invente.
Sonia bajó la vista a la mesa. Le temblaron las manos alrededor de la taza, pero no lloró. Asintió una vez.
— ¿Y la segunda?
— La segunda me la pidió con mucho cuidado.
Me dijo: dígales que Damián murió sabiendo que yo lo quería.
— Eider miró a una y a otra—. Que hasta el último momento Damián estuvo seguro de que Eladio lo quería como a un hijo.
Que eso, pasara lo que pasara después, fue verdad mientras él vivió.
Y que quería que ustedes se lo llevaran puesto.
En la silla de la ventana, la vieja Digna cerró los ojos. Cuando los abrió, los tenía húmedos, pero la voz le salió firme, de matriarca de otro siglo.
— Ese hombre entró en esta casa con doce años — dijo—. Enterró a su mujer y a su hijo. Y ahora ha matado al mío. — Se paró, buscó aire—. Y sigo sin poder odiarlo, Dios me perdone. Dígale, cuando lo vea, que Digna Balboa no lo odia. Que no puede. Que lo ha intentado toda la semana y no le sale.
Sonia habló entonces, por primera vez desde que Eider entró, y lo hizo mirando la taza, no a nadie.
— Yo sí lo intento — dijo—. Odiarlo. Sería más fácil llevar todo esto si lo odiara.
Pero es que Eladio le enseñó a Damián a andar por la viña.
Le enseñó a la niña los nombres de los pájaros.
Cuarenta años en esta casa. — Levantó la vista—.
¿Cómo se odia a eso? Dígamelo usted, que de estas cosas sabe. ¿Cómo se odia a cuarenta años?
Eider no tenía la respuesta. En veintiún años de oficio había aprendido que a esa clase de preguntas no se les responde: se aguantan.
— No lo sé, Sonia — dijo—. La gente se cree que en mi trabajo todo es blanco o negro, culpable o inocente, bueno o malo. Y casi nunca lo es. Casi siempre es esto. Un hombre que quería a otro y lo mató.
Eider guardó eso también. Formaba parte del oficio, ser el correo entre gente que ya no podía mirarse.
———
Antes de irse, en el pasillo, se cruzó con la niña.
Sabela estaba sentada en el primer escalón de la escalera, con un cuaderno grande sobre las rodillas y una caja de lápices de colores abierta a su lado.
Dibujaba. Eider se paró sin querer, y la niña levantó la vista y no se asustó, porque los niños de nueve años todavía no saben del todo lo que es una inspectora de homicidios.
— ¿Qué dibujas? — le preguntó Eider.
— La bodega. — Sabela giró el cuaderno para enseñárselo, con la naturalidad de los críos—. Esta es la nave, y estos los depósitos, y esto de aquí arriba son las viñas de mi padre. Y esta es la crucecita.
En el papel, con lápiz azul y verde y marrón, estaba la bodega entera vista desde abajo, torcida y perfecta como la ven los niños, con la ladera subiendo y, arriba del todo, una cruz pequeña dibujada con esmero, más grande de lo que era en la realidad, porque Sabela sabía que aquello importaba aunque no supiera por qué.
— Está muy bien — dijo Eider, y lo decía en serio—. Se nota que conoces bien tu bodega.
— Me la enseñó Eladio — dijo la niña, sin doblez ninguna—. Él sabe cómo se llama cada viña. ¿Va a volver pronto? Se fue y no se ha despedido.
Eider aguantó el golpe sin que se le notara. Detrás, en el hueco de la puerta de la cocina, Sonia se había quedado quieta.
— Está de viaje, cariño — dijo Eider—. Uno largo.
— Vale. — Sabela volvió a su dibujo, ya en otra cosa, como los niños—. Cuando vuelva le enseño esto.
Eider salió al patio con el dibujo metido en la cabeza.
La bodega de una niña de nueve años, con la cruz más grande de lo que era.
Eladio había matado, entre otras cosas, para que esa niña no dibujara nunca a su padre borracho en un depósito.
Le había salido. La cría dibujaba viñas y crucecitas y preguntaba cuándo volvía el viejo.
Ese era el resultado del teatro del capataz: una niña que todavía no sabía nada. De momento.
Se paró un instante en el patio antes de irse.
Los depósitos de la nave nueva seguían fermentando al otro lado de la pared, con su borboteo sordo, indiferentes a todo.
Olía a mosto, a tierra, a otoño. En un rincón se apilaban las cajas de vendimia vacías, y de un clavo colgaba una boina que no era la de Eladio pero se le parecía.
Todo seguía en su sitio. Las cosas de una casa no saben cuándo se ha ido alguien: se quedan quietas, esperando unas manos que ya no van a volver.
Eider había visto muchas casas así, y no se acostumbraba a ellas más que a lo demás.
———
Reguera la esperaba junto a los coches, en la explanada de la comisaría de Ponferrada, con dos cafés de máquina, que a esas alturas de la semana ya era un idioma entre ellos.
— El de la izquierda es solo, sin azúcar — dijo—. Ya me he fijado.
— Vas a llegar lejos, subinspector.
Se lo tomaron de pie, apoyados en el Mégane. El recelo del primer día se había gastado del todo por el camino, y lo que quedaba era esa camaradería seca de los que han pasado una semana mala juntos.
— Ha sido raro trabajar con vosotros — dijo Reguera—. Al principio me tocabais las narices. El grupo de la capital que baja a enseñarnos a los de pueblo.
— Y al final resultó que los de pueblo os sabíais la comarca mejor que nadie — dijo Eider—. Sin ti no situamos a Eladio ni a tiros. Gracias, Aníbal.
— Cuando queráis. — Reguera apuró el café—. Aunque preferiría que fuese por algo más alegre. Un robo de jamones. Yo qué sé.
— Los homicidios nunca vienen por algo alegre. Es lo que tienen.
Se dieron la mano. Eider subió al coche.
———
El equipo la esperaba dentro, con las bolsas en el maletero y ganas de casa.
Cardeñosa al volante, que conducía él la vuelta porque a Eider le había tocado la ida.
Quintanilla detrás con el portátil ya cerrado por fin.
Folgueras de copiloto con una bolsa de la gasolinera llena de embutido del Bierzo para llevar a Astorga.
Salieron de Ponferrada por la A-6, hacia el este, hacia León, dejando el Sil atrás y subiendo hacia el puerto de Manzanal con la mañana clara. El Bierzo se fue cerrando en el retrovisor, la ladera, las viñas, la comarca entera, y delante se abría la meseta parda de siempre.
Folgueras repartió lacón y cecina de la bolsa de la gasolinera, sin que nadie se lo pidiera, cortando lonchas con una navaja pequeña sobre una servilleta apoyada en la guantera.
— Esto es lo único bueno que me llevo del Bierzo — dijo—. Con perdón del paisaje.
— Te vas a poner el coche de la jefa de grasa hasta las cejas — dijo Quintanilla desde atrás.
— El coche de la jefa ha visto cosas peores que un poco de lacón.
Eider los dejó picarse. Era el ruido de después, el que hace un equipo cuando cierra un caso y vuelve a casa, y ella lo prefería mil veces al silencio. El silencio ya lo tendría luego, en el piso de León, de sobra.
El móvil de Eider vibró en el salpicadero. Un mensaje de Ane.
"Ama, para el puente del Pilar subo yo a León. Ya se lo he dicho a papá. Llego el viernes. No hagas planes."
Eider lo leyó dos veces. Su hija, dieciséis años, cuatro horas de distancia, que por primera vez en mucho tiempo no esperaba a que fuera su madre quien organizara el verse, sino que lo decidía ella.
Subo yo. No hagas planes. Escribió una respuesta corta, "aquí te espero, cielo", y se guardó el teléfono con algo caliente en el pecho que no tenía nada que ver con el caso.
Le vino a la cabeza su madre. Lo último que se te va es de quién te acuerdas.
Carmen olvidaba los nombres de las vecinas y veía el cubo del esparto de hacía sesenta años.
Eladio olvidaría un día muchas cosas en la cárcel, pero subiría la ladera del Vello en la cabeza hasta el final, terraza a terraza.
Y su hija, que a los dieciséis empezaba a decidir a quién quería ver, estaba construyendo ahora, sin saberlo, los recuerdos que le quedarían cuando ya no le quedara nada más.
Todos guardaban un majuelo. Cada uno el suyo.
— ¿En qué piensas, jefa? — preguntó Cardeñosa, con los ojos en la carretera.
Eider miró por la ventanilla los montes que se quedaban atrás.
— En que hemos metido en la cárcel a un hombre por querer demasiado a un muerto — dijo—. Y en que a mi hija la veo cuatro días al mes y me parecen pocos.
Cardeñosa no contestó. Puso el intermitente, adelantó a un camión, y siguió conduciendo hacia León, hacia casa, con el Bierzo desapareciendo del todo por la luna trasera.