Depósito Capítulo 29
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Capítulo 29

Ponferrada / Corullón. Jueves-viernes.

La jueza Cañedo decretó la prisión el jueves a mediodía, después de la comparecencia.

Prisión provisional, comunicada y sin fianza, por un delito de homicidio.

En el auto pesaron la gravedad del hecho y la alarma que había levantado en la comarca, más que ningún riesgo de fuga: nadie con dos dedos de frente pensaba que Eladio Sorribas fuera a escaparse a ninguna parte, y menos a los sesenta y ocho años y con medio pueblo mirándolo.

Pero un hombre había muerto con la cabeza partida, y eso, confesión o no, edad o no, no se despacha con una firma en libertad.

La comparecencia había sido breve y sin sorpresas.

El abogado de oficio, el mismo chico del traje demasiado nuevo, cumplió con su papel y pidió la libertad provisional: un hombre de sesenta y ocho años, sin antecedentes, arraigado hasta las cejas en la comarca, que había confesado y colaborado desde el primer minuto.

No hay riesgo de fuga, señoría, dijo, y tenía razón en cada palabra.

El fiscal, un hombre cansado que había subido de la sede con la carpeta bajo el brazo, pidió prisión: homicidio, alarma social, un cadáver con la cabeza partida por una barra de hierro.

Cañedo escuchó a los dos sin mover un músculo.

Eladio, entre ambos, no dijo nada. Cuando la jueza le preguntó si quería añadir algo, negó con la cabeza.

Solo al final, cuando Cañedo dictó la prisión, el viejo asintió como quien recibe el parte del tiempo, sin sorpresa, y preguntó una única cosa: si desde donde lo llevaran se vería campo.

La letrada no supo qué anotar en el acta.

Cañedo le respondió que no lo sabía, que lo sentía.

Y eso fue todo lo que Eladio Sorribas dijo aquella mañana ante la justicia.

Se lo llevaron el jueves por la tarde al centro penitenciario de Villahierro, cerca de León, en un furgón de conducciones.

Eider no bajó a despedirlo. Ya se habían dicho lo que había que decirse la noche antes, a los dos lados de un hierro, con dos cafés malos.

Lo vio salir por la ventana del despacho prestado, esposado ahora sí, porque el traslado tiene sus reglas y ella no mandaba en ellas, muy erguido entre dos agentes, sin buscar a nadie con la mirada.

Un viñador que se iba de su comarca por primera vez en sesenta y ocho años, y se iba camino de una celda.

———

Lo de Nando se separó del homicidio esa misma tarde.

Cañedo dedujo testimonio y mandó las diligencias del fraude a la Fiscalía, para que abrieran procedimiento aparte por apropiación indebida, administración desleal y falsedad en documento mercantil.

Las firmas de Damián imitadas, el dinero desviado a las casas de apuestas, la negociación con el fondo llevada a espaldas de su hermano.

Todo eso iba por su carril, ahora, lejos del muerto.

A Nando lo dejaron en libertad provisional, con retirada de pasaporte y comparecencias apud acta.

Los delitos económicos, salvo que huelan a fuga, se instruyen con el imputado en la calle.

Eider firmó el atestado complementario sin pena ninguna.

Aquel hombre había robado a su familia, había firmado por su hermano, había negociado la ruina a escondidas, y su castigo iba a ser el peor para un tipo como él: que en Corullón, en Cacabelos, en Villafranca, todo el mundo supiera lo que era.

Un pueblo no olvida. Ya se encargaría el pueblo.

La prensa también encontró por fin su sitio.

Begoña Otero publicó en el Diario de León la crónica del cierre, la que Eider le había prometido: detención de un empleado de la bodega, homicidio en el marco de un viejo conflicto por la tierra, sin nombres hasta que la jueza levantara lo que hubiera que levantar.

Sobria, exacta, sin una gota de sangre de más.

La exclusiva pactada, cobrada, con la elegancia de quien lleva veinte años en tribunales.

Xela Barredo, en su digital comarcal, fue por delante con más ruido y menos rigor, y tituló otra vez con la palabra crimen en mayúsculas sobre una foto de la ladera al atardecer.

Las dos contaban lo mismo. Solo que una lo contaba como periodista y la otra como quien vende entradas a una feria.

A esas alturas, a Eider le daba igual: aquel circo se apagaría solo en cuanto la comarca tuviera otra cosa que mirar.

Alesanco llamó desde León esa misma tarde, y por una vez no era para apretar, sino para respirar. La migraña se le había pasado en cuanto la jueza decretó la prisión.

— Buen trabajo, Aristegui — dijo, que en él era casi un discurso—. La Delegación está contenta. La prensa de Madrid ni se ha enterado, que es lo mejor que podía pasar. Un capataz, un lío de tierras, se cierra en once días y a otra cosa. — Una pausa—. ¿Estás bien tú?

— Estoy bien, comisario.

— No hace falta que me mientas, que te conozco desde hace siete años. — Otra pausa, la de un hombre que no sabe consolar y lo intenta igual—. Cuando volváis, os invito a comer a los cuatro. Que conste que lo he dicho, aunque luego se me olvide.

— Constará, comisario.

Hugo la llamó el viernes, breve, para lo justo.

— Nando me pide que siga con lo suyo. Lo del fraude.

— ¿Y vas a seguir?

— Es mi trabajo, Eider. Alguien tiene que llevárselo, y mejor uno que le diga las verdades que uno que le baile el agua. — Una pausa—. No nos cruzamos en esto. Lo mío es lo económico, en otro juzgado. Tu homicidio ya está cerrado.

— Ya está cerrado — repitió ella.

— Sube el sábado a León antes de irte, si puedes. Te invito a algo que no sea café de máquina.

— El sábado me vuelvo con el equipo. Otro día, Hugo.

— Otro día — dijo él, sin insistir, que era una de las cosas que a ella le gustaban de aquel hombre. Sabía cuándo un otro día era de verdad y cuándo era un no.

———

El fondo se retiró el viernes por la mañana, con un correo de dos párrafos que Sela mandó a la familia y del que la Policía tuvo copia por vía de la instrucción.

Ébano Wine Estates comunicaba que, "ante las circunstancias sobrevenidas", suspendía la operación de compra de los activos de Bodega Cándano y quedaba a disposición para retomar conversaciones "cuando la situación se normalizase".

Traducido del idioma de los fondos: con el enólogo muerto, el gerente imputado por fraude y el capataz en la cárcel por el crimen, nadie en Madrid iba a firmar la compra de un viñedo que salía todas las semanas en la prensa comarcal atado a un asesinato.

Un fondo compra tierra, no compra escándalo.

Así que el Majuelo Vello se quedaba. De momento. En el aire.

Porque el banco seguía donde estaba. La deuda que dejó Avelino Cándano no se había muerto con nadie; las deudas son de lo poco que sobrevive a todos.

Sin la venta del majuelo, la refinanciación se caía, y sin refinanciación el banco ejecutaría antes o después.

El fondo se había retirado, sí, pero eso no salvaba las cepas viejas: solo las dejaba colgando de un hilo distinto, a la espera de que otro comprador, u otra subasta, o el propio banco, decidiera qué se hacía con una ladera que ya no tenía dueño con fuerzas para pelearla.

Eider pensó, mientras leía el correo de Sela en la pantalla del portátil de Quintanilla, que había cerrado un caso que no arreglaba nada.

Eladio había matado a Damián para salvar el majuelo, y con Damián muerto el majuelo estaba más perdido que antes.

El único Cándano que había peleado por no venderlo era el que estaba en el depósito siete.

Los demás no tenían ni las ganas ni la fuerza.

Digna era muy vieja. Nando iría a lo suyo.

Sonia querría, con toda la razón del mundo, salir de aquella bodega de deudas y muertes y llevarse a su hija lejos.

El crimen no había salvado las cepas. Las había condenado. Ese era el fondo del asunto, y Eider, que había visto muchos, pocas veces había visto uno donde el asesino se hubiera equivocado tan de raíz sobre lo que su propio crimen iba a conseguir.

———

La comarca, entretanto, terminaba de vendimiar.

El viernes por la tarde, antes de cerrar, Eider subió una última vez a Corullón con Cardeñosa, a devolver unas cosas y a firmar la entrega del depósito precintado.

La bodega estaba en pleno descube. La cuadrilla de Joaquim, ya sin él de sospechoso de nada, sacaba el orujo de los depósitos con horcas, entre vapores dulces y el ruido de las bombas, y el patio olía tan fuerte a mosto fermentado que se pegaba a la garganta.

La vida seguía. La uva no espera a los muertos ni a los presos; la uva, una vez cortada, solo sabe hacer una cosa, y la hace.

Joaquim se acercó a Eider, se limpió la mano en el mono y se la tendió.

— Inspectora. — Su castellano portugués era lento y correcto—. Gracias por creerme. Al principio pensaban que era yo.

— Al principio pensábamos de todos, Joaquim. Es el oficio. Usted acabó siendo el que más nos ayudó.

— El señor Eladio. — El portugués miró hacia la ladera, hacia el Vello—. No me entra en la cabeza, sabe usted. Un hombre así. Me enseñó a podar en vaso, que en mi tierra vamos todo en espaldera. Un hombre que enseña a podar no me parece que sea un hombre que mata.

— Y a lo mejor no lo era — dijo Eider—. Hasta el domingo pasado.

Joaquim bajó la cabeza, despacio, y volvió al descube.

Aquel viernes se acababa de encubar lo último.

La cuadrilla metió en los depósitos el mosto de las últimas parcelas cortadas, y con eso la vendimia de Bodega Cándano quedó dentro, a fermentar, ajena a todo lo que había pasado bajo su techo.

El año agrícola no entendía de detenidos ni de jueces.

Había uva, había mosto, había que encubar, y se encubaba.

En una bodega, hasta el duelo se hace entre bombas y horcas y depósitos que borbotean.

Eider se quedó un momento en el patio, mirando cómo la cuadrilla vaciaba los depósitos ya fermentados y llenaba los últimos.

El siete estaba precintado con cinta amarilla, apagado, sin fermentar, el único callado en toda la nave.

A su alrededor los demás borboteaban, remontaban, hacían su vino.

La vida del año entero se decidía en aquellos días, la cosecha se convertía en algo que duraría, y en medio de todo aquel trabajo por lo que perdura, había un depósito muerto y una ladera huérfana.

Cardeñosa se acercó con el papel de la entrega firmado.

— Nos vamos, jefa. Mañana temprano a León.

— Vamos.

Subieron al Mégane. Al arrancar, Eider miró por última vez hacia arriba, hacia el Majuelo Vello recortado contra el cielo de la tarde. Las cepas viejas, en vaso, negras de hoja, aguantándose solas cada una como habían aguantado cien años. Y la cruz, arriba del todo, pequeña.

Alguien tendría que decidir qué se hacía con esas cepas. Arrancarlas o salvarlas, venderlas o hundirse con ellas, replantar en espaldera o dejar que el banco lo resolviera a golpe de subasta. Alguien tendría que pelear por ellas o rendirlas.

Y el único hombre que habría peleado por ellas hasta el final había muerto por su culpa, en un depósito, una noche de vendimia.