Depósito Capítulo 28
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Capítulo 28

El calabozo tenía una luz que no se apagaba nunca, metida en el techo detrás de un cristal reforzado, blanca y fija, la clase de luz que en el campo no existe.

En la ladera, a esas horas, había estrellas o no las había, y una era libre de mirar la oscuridad hasta que los ojos se hacían a ella.

Aquí la oscuridad estaba prohibida. Eladio pensó que la echaría de menos antes que ninguna otra cosa. Antes incluso que el aire.

Estaba sentado en el camastro, con la espalda contra la pared fría, las manos abiertas sobre las rodillas.

Le habían quitado los cordones de las botas, el cinturón, la boina.

Las manos eran lo que peor llevaba. Unas manos que llevaban cincuenta años agarrando la navaja, el sacho, el injerto, el saco, la barra, no sabían estarse quietas.

Se le movían solas sobre la tela del pantalón, buscando trabajo.

Un hombre de campo con las manos vacías es medio hombre.

Cerró los puños para que pararan.

Tino nació en enero, con una helada negra que se llevó la mitad de las yemas del año.

Amparo pasó el parto en casa porque no dio tiempo a bajar a Ponferrada, y a él le tocó ayudar, con las manos de podar metidas donde nunca pensó que las metería, y el rapaz salió berreando y morado y vivo.

Lo primero que hizo el crío en este mundo fue agarrarle un dedo con toda la fuerza de una mano diminuta.

Eladio se acordaba de eso a fartar, del apretón de aquel dedo.

Se acordaba mejor de eso que de casi nada de lo de después.

Le enseñó a injertar con nueve años. A distinguir el Godello del Doña Blanca con la uva en la mano.

A leer la ladera, dónde le daba el sol de la mañana y dónde el de la tarde, qué cepa iba a madurar antes y por qué.

Tino tenía buena mano. Mejor que la suya.

Iba a ser mejor viñador que su padre, y eso a un padre le llena el pecho de una manera que no se sabe decir.

Y un mediodía de agosto del noventa y cuatro, la ladera se lo tragó.

Desde entonces Eladio subía al Vello todas las mañanas.

No a rezar, que él de rezos andaba mal desde aquel agosto.

Subía a estar. A poner la mano en el tronco de la cepa que le habían dicho que estaba justo encima, aunque nadie podía saber exactamente dónde, y a hablarle al rapaz de lo que fuera.

Del tiempo. De la cosecha. De doña Digna, que envejecía.

De que las cepas viejas daban poca uva pero la daban con alma, y que la gente de ahora quería mucha uva y sin alma, y que ya vería él lo que hacía con esta gente de ahora.

La Amparo se lo decía. Vas a matarte a subir ahí todos los días, viejo terco, vas a coger una pulmonía.

Y él subía igual, con la escarcha, con la lluvia, con el bochorno de agosto.

Amparo nunca lo entendió del todo, o lo entendió demasiado bien y por eso callaba.

Cuando ella también se fue, en el diecinueve, Eladio se quedó con dos motivos para subir la ladera en vez de uno, y el majuelo se le hizo aún más suyo, más necesario.

Un hombre aguanta lo que le echen mientras tenga un sitio adonde ir cada mañana.

A él le habían quitado ese sitio, y con él, lo último que le quedaba.

Medio siglo de laderas tenía en las piernas. Las conocía terraza a terraza, muro a muro, marra a marra. Sabía cuáles bebían y cuáles se secaban, cuáles había plantado el viejo Avelino y cuáles había repuesto él con su patrón. Esa ladera era el mapa de su vida. La había escrito con los pies.

Y ya no la iba a pisar más. Eso lo tenía claro. A su edad, con lo que había hecho, no salía. Se moriría entre cuatro paredes con una luz que no se apaga, lejos del Sil, lejos del Godello, lejos de la cruz. Un viñador que se muere sin ver la viña.

Pero podía subir con la cabeza. Eso no se lo quitaba nadie.

Cerró los ojos en el camastro y subió la ladera del Vello despacio, terraza a terraza, tal como la subía cada mañana.

La tierra blanda de octubre cedía bajo las botas que no tenía puestas.

La hoja amarilla, la escarcha primera en los pámpanos.

Llegó arriba, a la tercera terraza, a la revuelta.

Puso la mano en el tronco. Buenos días, rapaz.

Hoy no te traigo la navaja. Hoy vengo con las manos vacías, meu, ya ves tú.

———

Lo que no había contado en su cabeza, lo que no le cabía todavía, era lo de Damián.

Porque a Damián también lo quería. Ese era el fondo del depósito, lo que no salía en el primer descube.

Había matado a un hombre al que quería. Lo había visto crecer igual que a Tino, casi.

Le había limpiado una brecha de crío. Le había enseñado el mismo Godello, la misma ladera.

Damián era lo más parecido a un hijo que le quedaba en el mundo, y él le había partido la cabeza con una barra de hierro por unas cepas.

Un duelo encima de otro duelo. El del noventa y cuatro no se le había cerrado nunca, y ahora se le abría otro al lado, y este se lo había hecho él con su propia mano. No había ladera bastante grande para llorar los dos.

Se quedó así un rato largo, con la espalda contra la pared, las manos ya quietas por fin, mirando la pared de enfrente sin verla.

Oyó pasos en el pasillo. Un taconeo que ya conocía, más las llaves del agente. La inspectora. La vasca. Aristegui.

Venía sola, con dos vasos de café de máquina en la mano, de esos que saben a plástico caliente.

Le pasó uno por la trampilla de la puerta, sin decir nada, y se quedó de pie al otro lado de los barrotes, bebiéndose el suyo.

No había venido a preguntar. A esas horas ya no se pregunta.

Había venido, supuso Eladio, por lo mismo que subía él al Vello. A estar.

Eladio cogió el vaso con las dos manos, para calentárselas.

— Gracias, señora.

— No hay de qué.

Bebieron los dos en silencio, cada uno a un lado del hierro. El café estaba malo. Eladio lo agradeció igual, porque le daba a las manos algo que sostener.

— Señora inspectora — dijo al cabo—. Le voy a pedir una cosa, y usted verá si puede.

— Diga.

— Cuando vaya a ver a doña Digna. Y a la Sonia. — Se paró, buscó las palabras, las escogió despacio, como escogía la uva—. Dígales que Damián no supo nada. Que no le dio tiempo a tener miedo, ni a saber que era yo. Eso primero.

— Se lo diré.

— Y luego dígales otra cosa. — Levantó la vista del café—.

Dígales que Damián murió sabiendo que yo lo quería.

Que estuvo hasta el último momento seguro de que el viejo Eladio lo quería como a un hijo.

Porque es verdad. Aunque después pasara lo que pasó, mientras estuvo vivo eso fue verdad.

— Le tembló la barbilla, una vez—. Que se lo lleven puesto, esas dos mujeres.

Que el rapaz se fue querido. Es lo único bueno que puedo darles ya, y no quiero que se pierda por el camino.