Depósito Capítulo 27
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Capítulo 27

La sala de declaraciones era pequeña y olía a café y a papel.

La jueza Reyes Cañedo se sentó a la cabecera, con la letrada de la Administración de Justicia a su derecha tomando acta en el ordenador, y el abogado de oficio, un chico joven de traje demasiado nuevo, a la izquierda de Eladio.

Eider se quedó al fondo, contra la pared, sin sentarse.

Le habían dado permiso para estar presente.

No pensaba abrir la boca hasta que le tocara.

Eladio había pasado la noche en los calabozos y se le notaba. Traía la misma cazadora de faena, sin boina ahora, el pelo blanco aplastado, las manos grandes de podador quietas sobre la mesa. Le habían puesto un vaso de agua delante. No lo tocó en toda la primera media hora.

Cañedo le tomó la filiación con voz neutra. Nombre, edad, domicilio, profesión.

— Capataz — dijo Eladio—. Viñador. Toda la vida en la misma casa.

— Señor Sorribas, se le informó anoche de sus derechos. ¿Desea declarar?

El abogado joven se inclinó hacia él y le susurró algo al oído. Eladio lo escuchó sin mirarlo.

— El chico me dice que me calle — respondió Eladio—. Y hará bien en decírmelo, que para eso le pagan. — Se quedó mirando el vaso de agua—. Pero yo llevo treinta y dos años callado, señoría. Ya no me queda para más callar.

———

Empezó por lo pequeño. Las primeras preguntas de Cañedo las contestó con evasivas, con "no me acuerdo bien", con "sería sobre esa hora", con esos silencios de campo que no son mentira sino desconfianza de la palabra.

Que si dónde estaba el domingo por la noche.

En la bodega. Que si vio a Damián. Sí, un rato.

Que de qué hablaron. De la vendimia. Cosas de la vendimia.

Cañedo no lo apretó. Dejó que el viejo fuera soltando lastre a su ritmo, como quien deja que un depósito baje solo la temperatura sin meterle el frío de golpe. Pidió agua para él, aunque el vaso seguía lleno. Le dio tiempo.

— El detector de gas del depósito, señor Sorribas. La alarma. ¿Usted sabía que estaba desconectada?

— Yo de esos aparatos no entiendo. Eso era cosa de Damián. Él los ponía, él los quitaba.

— Pero la pila apareció en el bolsillo del pantalón de Damián.

Eladio se encorvó un poco sobre la mesa, se miró las manos, no contestó. El abogado joven aprovechó el silencio para pedir un descanso que Cañedo no concedió. El viejo pidió agua, y esta vez sí bebió, un trago largo, por tener algo que hacer con la boca que no fuera hablar.

— No sé cómo llegó esa pila a ese bolsillo — dijo al fin—. La gente se guarda cosas en los bolsillos.

Era mentira, y los cuatro de la sala lo sabían, y él sabía que lo sabían.

Pero mentir en lo pequeño era su forma de ir cediendo terreno.

Primero se defiende lo indefendible, a ver si cuela; luego, cuando no cuela, se suelta lo grande.

Eider había visto ese baile cientos de veces al otro lado de una mesa.

Solo que casi nunca lo bailaba un hombre de sesenta y ocho años con las manos quietas y la mirada limpia.

Fue al preguntarle por el majuelo cuando Eladio dejó de escurrirse.

— ¿Qué es el Majuelo Vello para usted, señor Sorribas?

El viejo levantó la cara por primera vez. Miró a la jueza, miró a Eider al fondo, volvió a la jueza.

— Es donde tengo a mi hijo.

La letrada dejó de teclear un segundo.

— En el verano del noventa y cuatro — dijo Eladio, y ahora la voz le salía distinta, más honda, la voz de quien por fin cuenta lo que ha contado mil veces solo, de pie, entre las cepas—, mi Tino subió a arar la tercera terraza con el tractor viejo, el Barreiros.

Tenía veintidós años. En la revuelta de arriba, la que hace la ese, el tractor se le fue de lado.

Lo cogió debajo. Cuando llegué yo ya no había nada que hacer.

— Se paró—. Don Avelino, el viejo Cándano, subió esa ladera corriendo con setenta años.

Y al lado del tractor, con mi hijo debajo, me abrazó y me juró una cosa.

Me juró que esas cepas no se arrancarían mientras viviera un Cándano.

Que aquello se quedaba como estaba, por Tino. Me lo juró por su propio hijo.

— ¿Y cumplió esa promesa don Avelino?

— La cumplió treinta años. Hasta que se murió.

— Eladio se miró las manos—. Yo replanté las marras que se fueron secando, una por una, con mi patrón, con mi injerto.

Puse la cruz. Subía todas las mañanas. Y así estaba bien.

Mientras hubiera Godello viejo en esa ladera, mi rapaz seguía en algún sitio.

Uno cree esas cosas cuando no le queda otra cosa que creer.

———

Cañedo esperó. Eider, contra la pared, no se movía. La sala entera se había quedado suspendida en el silencio del viejo, y nadie tenía prisa por romperlo.

— El domingo — dijo Eladio, y ya no hubo que preguntarle—.

El domingo por la noche Damián me buscó en la bodega.

Subió a la nave vieja, donde yo repasaba la herramienta.

Y me lo dijo. Que el banco los apretaba.

Que la deuda que dejó su padre era el doble de lo que él creía.

Que solo refinanciaban si vendían el Vello, porque era lo único que el fondo quería de verdad.

Que o vendía las cepas de mi hijo, o lo perdían todo, la casa de doña Digna incluida.

— ¿Y cómo se lo tomó usted?

Eladio tardó en contestar.

— Damián era un buen rapaz — dijo, esquivando la pregunta—.

Lo digo para que quede en ese papel que escribe la señora.

Que quede escrito que era un buen rapaz.

Bajó él mismo a decírmelo, a la cara, de noche, cansado, porque le parecía que yo merecía saberlo por su boca y no por la de un notario.

El viernes me había jurado que peleaba por el majuelo.

Y el domingo bajó a decirme que no había podido.

A pedirme perdón, en el fondo. A eso bajó. A pedirme perdón.

— ¿Y usted qué hizo, señor Sorribas?

El abogado joven volvió a inclinarse, volvió a susurrar. Eladio le puso una mano en el brazo, muy suave, la mano grande sobre la manga del traje nuevo, y lo hizo callar sin brusquedad.

— Yo tenía la barra del husillo en la mano — dijo—.

La de la prensa vieja. La había cogido para apartarla, para colgar unas navajas donde va la barra.

La tenía en la mano cuando él me dijo que al final lo vendían.

— Cerró los ojos un momento—. No subí a matarlo.

Que eso quede también. No lo esperé con la barra.

La barra estaba en mi mano por casualidad, o por lo que sea.

Y él dijo "no hay otra, Eladio, lo siento en el alma", y yo...

no me acuerdo de haber decidido nada. Me acuerdo de tenerla en la mano y de que después la tenía manchada.

En medio no hay nada. En medio no me acuerdo de nada, señoría, y le juro por Tino que no le miento.

— ¿Usted sabía que Damián iba a subir esa noche a la nave vieja? — preguntó Cañedo—. ¿Lo esperaba?

— No. Me llamó de camino. Me dijo: Eladio, ¿estás en la vieja?

Que subo un momento. Y subió. Yo estaba con la herramienta, como todas las noches de vendimia.

— Negó con la cabeza, despacio—. Si lo hubiera esperado para hacerle daño, señoría, no lo habría hecho con la primera barra que tenía a mano.

Habría traído otra cosa. Habría pensado un sitio, una hora.

Yo no pensé nada. Y esa es la verdad, y es lo peor de la verdad: que no pensé nada.

Nadie dijo nada. La letrada tecleaba muy despacio, como si le costara pasar aquello a un acta.

— Cayó ahí mismo, a mis pies, boca abajo — siguió Eladio, más bajo—. Se quedó quieto. Yo me quedé de pie mirándolo, no sé cuánto rato. Un rato largo. Hasta que se me fue enfriando la cabeza y empecé a ver lo que había hecho.

———

Cañedo dejó pasar un momento antes de seguir.

— Cuéntenos lo que hizo después.

Y el viejo lo contó, despacio, por capas, como se descube un depósito, sacando primero lo de arriba y luego lo del fondo.

Que lo cargó al hombro. Que pesaba, pero él había cargado sacos de cincuenta kilos por esa ladera toda su vida y todavía podía.

Que lo llevó a la nave nueva y lo dejó tendido un buen rato en el suelo, junto al depósito cuatro, el del Godello del Vello, la uva de su hijo, con la cara sobre el mosto derramado en el descube de la tarde, mientras recobraba el resuello y se decidía.

Que después lo subió a la pasarela del depósito siete, el del Mencía, que estaba en plena fermentación y soltaba gas.

Que lo tumbó boca arriba, decente, con las manos cruzadas. Que le cerró los ojos.

Que desconectó el detector de dióxido de carbono, el que el propio Damián había instalado años atrás, y que le metió la pila en el bolsillo del pantalón, para que pareciera que se le había gastado o que se lo había quitado él mismo por descuido.

Que fregó la barra con lejía en la pila de la nave vieja y la colgó en su clavo.

Que abrió el libro de bodega y, con su letra vieja, imitando lo mejor que pudo la de Damián, apuntó un remontado a la una menos cuarto de la madrugada, para que constara que Damián seguía trabajando después de la hora en que en realidad ya estaba muerto.

— Yo conozco esa bodega como mi casa — dijo—. Mejor que mi casa. Sé cómo mata el gas de la fermentación, que ha matado a más de uno en estas comarcas. Sé cómo se levanta un cuerpo sin arrastrarlo. Sé escribir despacio. No me costó. Dios me perdone, señoría, pero no me costó nada.

Cañedo lo miró un rato largo por encima de las gafas.

— Señor Sorribas, ¿usted entiende que ha confesado un homicidio?

— Entiendo que maté a Damián Cándano — dijo Eladio—. Lo de cómo se llame eso en el papel lo dejo para ustedes.

———

Cañedo hizo una seña a Eider. Le tocaba.

Eider se separó de la pared. Se acercó a la mesa, arrastró la silla libre y se sentó enfrente del viejo, cerca, a la distancia a la que se habla y no a la que se interroga.

Tenía una sola pregunta. Todo lo demás lo sabía ya: el arma, el mosto, las livideces, la letra, la furgoneta.

La ciencia había puesto cada cosa en su sitio.

Le quedaba lo único que la ciencia no colocaba.

— Eladio — dijo—. Lo del majuelo lo entiendo.

No lo justifico, pero lo entiendo. La barra en la mano, el arrebato, el hombre que le arrancaba a su hijo de la tierra sin querer.

Todo eso lo entiendo. — Se inclinó un poco—.

Lo que no entiendo es lo otro. Por qué se tomó usted el trabajo de subirlo al siete.

De montar el accidente. De la pila, del libro.

Podría haberse marchado a su casa y dejarlo donde cayó.

Habría tardado más en salpicarle a usted.

¿Por qué el teatro, Eladio? ¿Por qué lo movió?

El viejo la miró. Por primera vez en toda la mañana, algo se le ablandó del todo en la cara, y fue justo al oír esa pregunta, la que nadie le había hecho, la que él llevaba dentro desde el domingo.

— Porque tiene una niña.

Eider aguantó.

— Sabela — dijo Eladio—. Nueve años. Yo la vi nacer.

— La voz le tembló y esta vez no la disimuló—.

Si lo dejo donde cayó, en la nave vieja, con la barra por medio, tarde o temprano se sabe que a su padre lo mataron.

Y si monto un accidente en un depósito, sin más, la gente diría que Damián bajó solo a mirar la fermentación siendo un descuidado, o que había bebido, o que se confió.

Que un enólogo con veinte años de oficio se metió en su propio depósito como un aprendiz.

Eso también le mancha el nombre a la cría.

Se paró. Bebió por fin del vaso de agua, un trago corto, y lo dejó.

— Así que lo puse decente. Boca arriba, las manos quietas, los ojos cerrados.

Que si algún día esa niña pregunta cómo fue, le puedan decir que su padre estaba trabajando, de noche, en su bodega, peleando por sacar la casa adelante.

Que murió faenando. — Levantó la vista, y la clavó en Eider sin parpadear—.

Le quité la vida a Damián. Eso ya no lo arregla nadie. No iba a quitarle también el nombre.