Depósito Capítulo 26
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Capítulo 26

— Ya está, Eladio — dijo Eider.

El viejo asintió. Miró la cepa que estaba podando, la navaja cerrada encima, y luego miró la cruz, y luego la ladera entera que se apagaba de naranja a morado con el sol ya por debajo de los montes.

— Déjeme terminar esta cepa — dijo—. Está a medias. No me gusta dejar una cepa a medias que va a pasar el invierno.

Eider negó con la cabeza, sin dureza.

— No puedo, Eladio. La navaja se queda donde está. Y usted viene conmigo.

El viejo no insistió. Bajó los brazos, los dejó caer a los lados, y en ese gesto de rendición se le vieron de golpe los sesenta y ocho años que las viñas le habían tenido escondidos toda la semana.

Eider dio los últimos pasos hasta quedar frente a él, entre dos cepas viejas.

Sacó del bolsillo interior el papel doblado, no porque lo necesitara, sino porque las cosas hay que hacerlas como se deben hacer, incluso arriba de una ladera, incluso con un hombre al que uno preferiría no estar deteniendo.

— Eladio Sorribas Guerra, queda usted detenido por la muerte de Damián Cándano Balboa.

— Habló despacio, con la voz llana—. Tiene derecho a no declarar, a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable.

Tiene derecho a designar abogado; si no lo hace, se le nombrará uno de oficio.

Tiene derecho a que se informe de su detención a un familiar. ¿Me ha entendido?

— Le he entendido, señora.

— ¿Quiere que avisemos a alguien?

Eladio se quedó pensando la respuesta más tiempo del que la pregunta parecía merecer.

— No me queda nadie a quien avisar — dijo por fin—. La Amparo se me fue en el diecinueve. Y el rapaz está aquí. — Señaló la cruz con la barbilla—. A ese ya lo aviso yo.

Cardeñosa subió los últimos metros al ver la seña de Eider.

Traía una bolsa de pruebas y unos guantes de látex.

Sin decir palabra, fotografió la navaja donde el viejo la había dejado, en equilibrio sobre el tronco, la recogió y la etiquetó.

Eladio lo miró hacer con una atención rara, la de quien vigila que traten bien una herramienta suya.

Era su navaja de podar de toda la vida. Iba a acabar en un almacén de efectos, dentro de una bolsa con un número, y él lo sabía, y aun así quiso ver que la cogían con cuidado.

— Es buena — le dijo a Cardeñosa—. Acero del de antes. No la dejen que se oxide.

Cardeñosa, que no sabía qué se le contesta a un hombre a eso, guardó la bolsa sin decir palabra.

———

Empezaron a bajar. Eider delante, medio vuelta hacia él, marcándole el paso; Eladio detrás, con las manos por delante, sin esposas, porque se lo había prometido a Digna y porque el viejo no iba a echar a correr por una ladera que se sabía de memoria hacia ninguna parte.

Cardeñosa los esperaba veinte metros más abajo, entre las cepas. Cuando los vio llegar se apartó a un lado, dejó sitio, y no dijo nada. El subinspector tenía dos hijos pequeños y una manera de callar en los momentos justos que Eider le agradecía sin habérselo dicho nunca.

Bajaron los tres en fila por el zigzag de los bancales.

La tierra blanda cedía bajo las botas. A cada terraza que bajaban, el Majuelo Vello quedaba más arriba, más lejos, y la cruz de hierro se iba haciendo pequeña contra el cielo, hasta que en una revuelta del camino desapareció detrás del muro de pizarra y ya no se vio.

Eider iba más pendiente de dónde ponía él los pies que del propio camino.

Un detenido de sesenta y ocho años por una ladera embarrada al anochecer es una responsabilidad que no viene en ningún manual.

Pero Eladio bajaba seguro, midiendo cada paso, esquivando las cepas sin necesidad de mirarlas, con la memoria de las piernas más que con los ojos.

Bajaba aquella ladera por última vez y la bajaba mejor que ninguno de los tres.

Eladio se paró a mirar atrás en ese punto exacto.

Se paró en el linde, donde la viña vieja terminaba y empezaba el camino de tierra que llevaba a la bodega, en el umbral entre lo suyo y lo de todos.

Eider se detuvo también. No le metió prisa.

Un hombre tiene derecho a mirar por última vez lo que no va a volver a ver.

El viejo se quedó un rato largo con los ojos en la ladera oscura. Y entonces habló. No lo hizo mirando a Eider. Lo hizo mirando hacia arriba, hacia donde ya no se veía la cruz, con la voz de quien lleva días queriendo decir algo y por fin encuentra dónde ponerlo.

— El domingo subió a la vieja a buscarme.

Eider no dijo nada. Sabía cuándo un silencio trabajaba a su favor. Cardeñosa, detrás, se quedó de piedra.

— Bajó él mismo a decírmelo, ¿sabe usted?

— siguió Eladio—. Podría haber mandado al notario.

Podría haberme puesto una carta en la mano un día, con la firma y el sello, y ya está.

Pero no. Bajó él a la vieja, de noche, cansado, con la cara de tres semanas sin dormir, a decírmelo a la cara.

Porque me quería. Porque le parecía que lo justo era decírmelo mirándome.

— Se le quebró algo, pero no lloró; los hombres de esa ladera no lloran fácil—.

Bajó a decirme que al final lo vendían. Con toda la buena fe del mundo. Y yo tenía la barra en la mano.

El silencio que vino después no lo llenó nadie. Abajo, en la explanada, se encendieron las luces del furgón. Más lejos, en Corullón, una campana dio la media.

Eider dejó pasar el momento entero, sin tocarlo. Luego, muy despacio, le puso la mano en el brazo al viejo. No para sujetarlo. Solo para que supiera que estaba allí.

— Vamos, Eladio — dijo—. No me diga más aquí. Lo que tenga que contar, me lo cuenta mañana, delante de la jueza y con su abogado al lado. Que quede bien contado. Se lo debe usted a sí mismo, y se lo debe a él.

Eladio se pasó el dorso de la mano por los ojos, una sola vez, y echó a andar hacia las luces.

Cuando llegaron a la explanada, la familia estaba en la puerta de la casa grande.

Digna delante, Sonia detrás con la niña.

Nadie gritó. Nadie insultó. La vieja Digna dio un paso hacia el capataz, se paró a un metro, y los dos ancianos se miraron sin decirse nada, cincuenta años de la misma casa entre los dos, la muerte de un fundador, la de un hijo de él y la de un hijo de ella, todo en esa mirada de un metro.

— Eladio — dijo Digna al fin.

— Digna — dijo él.

Y no hubo más. A veces un nombre dicho de cierta manera dice todo lo que hay que decir.

Eider lo acompañó hasta el furgón. Le puso la mano en la cabeza para que no se la golpeara al entrar, ese gesto rutinario que había hecho mil veces con mil detenidos y que esta vez le salió despacio, con cuidado, como quien ayuda a un padre a subir a un coche.

Eladio se sentó dentro, en el banco metálico, con la boina en el regazo, muy erguido, mirando al frente.

Antes de cerrar la puerta, el viejo giró la cara hacia ella.

— Señora inspectora. La niña. Sabela. — Tragó—. Que no le cuenten cómo apareció su padre. Que nadie le diga a esa cría lo del depósito.

Eider aguantó la mirada del viejo un segundo.

— Eso mañana, Eladio — dijo—. Todo eso me lo cuenta mañana.

Cerró la puerta del furgón. Al otro lado del metal, la silueta del capataz se quedó recta y pequeña, con la boina entre las manos, mientras el vehículo arrancaba y bajaba despacio el camino de tierra, dejando atrás la bodega, la casa iluminada, y la ladera negra donde una cruz de hierro velaba sola, en lo alto, la única tumba que a aquel hombre le importaba en el mundo.