Capítulo 25
Hugo la esperaba en la terraza vacía de un café de Villafranca, a media tarde, con dos cortados que ya se habían enfriado porque él siempre llegaba temprano y ella siempre llegaba tarde.
Se habían citado en terreno neutro, lejos de Ponferrada, lejos de la comisaría y del despacho improvisado y de la gente que los conocía a los dos.
— Tienes cara de no haber dormido — dijo él.
— Tú tampoco vienes de un balneario.
Se sentó. Cogió el cortado frío, lo probó, hizo una mueca y lo dejó.
Llevaban desde el viernes en lados opuestos del tablero, y los dos lo habían llevado mal.
Hugo representaba a la familia Cándano. Eider investigaba a la familia Cándano.
Durante cuatro días habían tenido que fingir en los pasillos del juzgado que no compartían cama de vez en cuando desde hacía tres años, saludarse de usted delante de la jueza, no mirarse.
— Ya sé que no me vas a contar nada — dijo Hugo—.
No he venido a eso. Nando me llamó anoche desde su casa, hecho un guiñapo.
Sabe que lo del homicidio ya no va con él.
Que se queda lo del dinero, que no es poco, pero que a su hermano no lo mató.
— Removió el café que no iba a beberse—.
Gracias. Por descartarlo bien. Por hacerlo con diligencias y no a ojo.
Le habéis salvado de cargar toda la vida con algo que no hizo.
— No lo hemos hecho por él.
— Ya lo sé. Lo habéis hecho porque el mosto no cuadraba. Da igual. El resultado es el mismo. — La miró—. Y el que lo hizo, sea quien sea, no es cliente mío. Así que a partir de mañana ya no estamos enfrente.
— Ya veremos.
— ¿Ya veremos? Eider, esto se acaba pronto.
Lo veo en tu cara. Llevas toda la semana con la mandíbula apretada, y hoy la traes de otra manera.
— Hugo la conocía demasiado para su gusto—.
No te pregunto quién. Solo te digo que sea quien sea, cuando lo cojas, no vas a dormir mejor.
Se te nota que este no te da ninguna alegría.
— Ninguno me da alegría.
— Este menos. — Bebió del vaso de agua, no del café—. Hay casos que cierras y te apetece invitar a una caña a todo el grupo. Y hay otros que cierras y te vas a casa a mirar el techo. Este es de los de mirar el techo, ¿a que sí?
Eider no contestó, que en ella era una manera de contestar. Hugo no insistió. Saber cuándo parar era, quizá, lo que mejor hacía aquel hombre, dentro y fuera de una sala.
Eider dio vueltas a la cucharilla sin necesidad. Fuera de la terraza, la calle de Villafranca se preparaba para la noche, un hombre subía el toldo de una tienda, dos viejas hablaban en el chaflán.
— Hugo, lo de esta semana... — empezó.
— No hace falta.
— Sí hace falta. Porque va a volver a pasar. Yo soy policía en esta provincia y tú eres penalista en esta provincia, y León es un pañuelo. Cualquier día tienes un cliente que yo he detenido y volvemos a esto. A saludarnos de usted. A no mirarnos.
Hugo no discutió lo evidente. Nunca fue hombre de eso.
— ¿Y entonces?
— Entonces no nos vamos a casar, para empezar. — Eider lo dijo sin dureza, casi con cansancio—. No a estas alturas, con tu Mateo y tu Lola, con mi Ane a cuatro horas, con tu guardia de los miércoles y la mía de los martes. No vamos a montar una familia de anuncio.
— No te lo he pedido.
— Ya lo sé. Y tampoco lo vamos a dejar, porque llevo desde junio pensando que a lo mejor lo dejábamos, y cada vez que lo pienso me apetece menos.
— Levantó la vista del café—. Así que hagamos lo que sabemos hacer.
Cada uno en su casa, cada uno en su lado del tablero cuando toque, y los días que no toque, tú y yo.
Sin nombre. Sin anillo. Sin explicárselo a nadie.
Hugo se quedó callado un momento. Luego alargó la mano por encima de la mesa metálica, le apartó el cortado frío de delante y le hizo señas al camarero de que trajera dos calientes.
— Eso — dijo—, que es lo más romántico que me han dicho en mi vida, se lo cuento a mis nietos.
— No tienes nietos.
— Todo se andará. — Y sonrió, con esa sonrisa suya de abogado que ha aprendido a perder juicios sin que se le note—. Vale, Eider. Sin nombre. Me vale.
Los cortados calientes llegaron y esta vez se los bebieron. No hablaron más del asunto. No hacía falta. Habían pactado, que era lo que sabían hacer los dos, cada uno en su oficio.
———
A las siete menos cuarto, Eider aparcó el Mégane en la explanada de la Bodega Cándano con Cardeñosa al lado y el furgón de Reguera detrás.
Bajaron sin prisa, sin luces, sin desplegar nada.
La orden de detención la llevaba ella doblada en el bolsillo interior de la cazadora, y una consigna dada en el coche: nada de esposas a la vista de la familia, nada de gritos, nada de teatro.
Reguera se acercó subiéndose el cuello del chaquetón. Había pasado la última hora nervioso y se le notaba.
— ¿Y si no está? — preguntó—. ¿Y si le ha dado por marcharse?
— No se ha marchado — dijo Eider—. Un hombre así no se marcha. Un hombre así espera.
— No deberías subir sola a por alguien que ha matado, Eider. Con todo el respeto.
— No voy a subir a por alguien que ha matado — dijo ella, mirando la ladera que empezaba a encenderse de naranja bajo—.
Voy a subir a por un viejo de sesenta y ocho años que lleva toda la semana esperándome sin saber que me esperaba.
Tú quédate con el furgón fuera de la vista de la casa.
Que no haya uniformes en el patio. Si hay que subir, subo yo.
Reguera no lo veía claro, pero se guardó la objeción. Empezaba a fiarse de ella, y eso, en un subinspector receloso de la capital, había costado seis días.
Digna abrió la puerta de la casa grande antes de que llamaran. La vieja tenía los ojos secos y las manos cruzadas sobre la rebeca, y miró a Eider de arriba abajo con una lucidez que a la inspectora se le clavó.
— Vienen a por Eladio.
No era pregunta. Eider no le mintió.
— Sí, señora Digna. Venimos a por Eladio.
Digna asintió una sola vez, con la barbilla, un gesto pequeño de mujer de otro tiempo. No lloró. No preguntó por qué. Quizá lo sabía desde antes que la policía. Quizá una casa sabe esas cosas antes que nadie de fuera.
— No está aquí — dijo—. Se fue a mediodía y no ha vuelto a comer. — Señaló con la mano hacia la ladera, hacia arriba, sin mirar—. Está donde está siempre. En el Vello. Con el rapaz.
— ¿Con quién?
— Con Tino. Con su hijo. — Digna la miró, y por primera vez le tembló algo en la voz—. Suba usted sola, inspectora, se lo pido. No le manden el furgón por el camino de las cepas. Ese hombre ha subido esa ladera todos los días de su vida. Déjenle bajarla con la cabeza alta.
Eider sostuvo la mirada de la vieja. Detrás de ella, en el fondo del pasillo, se recortaba la silueta de Sonia con la niña pegada a la cadera, las dos calladas, mirando.
— Cardeñosa sube conmigo y se queda atrás — dijo Eider—. El resto espera aquí. Nadie enseña unas esposas. Tiene mi palabra.
———
El camino al Majuelo Vello subía en zigzag por la ladera, entre bancales sostenidos por muros de pizarra que llevaban allí más años que la carretera.
La tierra estaba blanda de la lluvia. Eider subía delante, con las botas hundiéndose un poco en cada paso, y Cardeñosa unos metros atrás, resoplando, porque el subinspector medía uno ochenta y dos y todo lo de arriba le costaba.
El sol se ponía por detrás de los montes de Galicia, hacia el oeste, y teñía la ladera de un naranja bajo que encendía las hojas secas de las cepas.
La vendimia había pasado ya por casi todas las parcelas; quedaban los racimos rezagados, los que se dejan para las últimas, y el olor a uva pisada bajaba de la bodega mezclado con el de la tierra mojada y el humo de alguna chimenea de Corullón.
Las cepas del Vello no iban en espaldera.
Iban en vaso, viejas, retorcidas, cada una un tronco negro y nudoso separado del siguiente, plantadas como se plantaba hace cien años, sin alambre, sin poste, cada una aguantándose sola.
Eran distintas a todas las de abajo. Se notaba nada más pisar la parcela.
Aquello no era una explotación. Aquello era otra cosa.
Subiendo, a Eider le vino a la cabeza la primera mañana, seis días atrás, cuando aquel mismo hombre les había enseñado la finca.
Eladio los había llevado parcela por parcela, con una paciencia de maestro de escuela antigua, nombrándoselo todo: esta es la del Godello joven, esta la de Mencía de la ladera baja, aquella de arriba es el Vello, ojo con la revuelta que es traicionera.
Les había explicado el terreno como quien enseña su casa.
Cardeñosa había vuelto de aquella visita diciendo que el capataz era el hombre más honrado que había conocido en años.
Y ahora Eider subía la misma ladera que él le había enseñado, con una orden de detención doblada en el bolsillo, a por él.
Ese era el oficio, también. Que a veces te enseñara el camino hasta él el propio hombre que ibas a detener, sin saberlo ni él ni tú.
Que la mano que te tiende el terreno sea la misma que empuñó la barra.
No había manera de acostumbrarse a eso, y Eider llevaba veintiún años sin conseguirlo, y esa tarde menos que nunca.
Y en medio, arriba del todo, en la tercera terraza, la que hacía la revuelta, estaba la cruz. Una cruz pequeña de hierro forjado, oscura, sin nombre, hincada entre dos cepas más grandes que las demás. Y a su lado, de pie, con la boina y la cazadora de faena, un hombre.
Eider aminoró el paso. Le hizo una seña a Cardeñosa con la mano, sin volverse, y el subinspector se detuvo veinte metros más abajo, entre las cepas, y se quedó allí, quieto, una sombra ancha contra la última luz.
Eider siguió subiendo sola. Las cepas le llegaban a la cintura. Iba pisando la tierra de aquella viña con un cuidado que no se había parado a decidir, colocando el pie en los claros, evitando las cepas, como se camina por un sitio que uno sabe que es sagrado para otro.
Eladio la vio subir. La estaba viendo desde el principio, seguramente, desde que el Mégane entró en la explanada allá abajo. No se movió. La esperó de pie junto a la cruz, con la navaja de podar abierta en la mano, una cepa a medio limpiar delante.
Cuando Eider llegó a diez pasos, el viejo bajó la vista a la navaja, como si acabara de acordarse de que la tenía. La cerró con el pulgar, despacio, y la dejó encima de la cepa que estaba podando, con cuidado, en equilibrio sobre el tronco viejo. Se limpió las manos en el pantalón. Levantó la cara.
— ¿Ya está, entonces? — dijo.