Depósito Capítulo 24
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Capítulo 24

El lunes se les había ido casi entero en esperar papeles.

Un caso, en el fondo, es sobre todo eso: esperar al laboratorio, esperar a la operadora de telefonía, esperar a que un juez encuentre un hueco entre dos guardias.

Eider llevaba desde el mediodía en el despacho prestado de Ponferrada, con una calefacción que se encendía y se apagaba por su cuenta y un ventanuco por el que entraba el ruido de la avenida, viendo cómo el reloj de pared se comía la tarde y llegaban los correos con cuentagotas.

Alesanco había vuelto a llamar a media tarde, más calmado que al amanecer.

La jueza Cañedo había hablado con la del digital comarcal, sin denunciarla, recordándole lo que le podía caer por publicar de un sumario secreto, y de momento la filtración no había ido a más.

El comisario respiraba. La prensa de León, con Begoña Otero a la cabeza, esperaba su turno mordiéndose las uñas, porque Eider le había pedido paciencia a cambio de la exclusiva del cierre, y Begoña sabía cobrarse esas deudas.

A las seis menos cuarto entró la llamada del Instituto de Medicina Legal, y todo lo demás pasó a un segundo plano.

La videollamada se cortaba cada pocos segundos.

La conexión de la sala de coordinación de Ponferrada no daba para más, y en la pantalla la cara de Bedoya se congelaba en muecas absurdas antes de reponerse.

Eider había aprendido hacía años a no interrumpirla: la forense hablaba en frases cerradas, y cortarla era perder el hilo.

— Te mando el informe firmado esta noche — decía Bedoya desde su despacho del Instituto de Medicina Legal, en León, con la bata puesta y una taza de infusión al lado—. Pero te adelanto lo que va a poner, porque sé que no vas a esperar al PDF.

— No voy a esperar al PDF.

— Ya. — Un asomo de sonrisa seca—. Empiezo por el cráneo.

En la autopsia describí un traumatismo occipital con dos focos de impacto.

Lo llamé segunda impronta porque no eran un golpe con dos ecos, eran dos golpes.

El primero, más arriba, con hundimiento.

El segundo, más abajo y a la derecha, con un margen distinto.

Ese margen era el que no me cuadraba con el borde del depósito.

— ¿Y ahora te cuadra con algo?

Bedoya movió algo fuera de cámara y compartió una imagen: dos fotografías, una del cráneo con la lesión marcada en rojo, otra de la barra del husillo sobre una mesa de acero con una regla al lado.

— Con esto. La barra de la prensa. Tiene una zona lisa a lo largo y, en el extremo, la rosca del tornillo, hexagonal, con la tuerca puesta.

El primer golpe se lo dieron con la parte lisa: hundimiento limpio, superficie ancha.

El segundo, cuando ya estaba caído, con el extremo de la rosca: y ahí la lesión reproduce la geometría de la tuerca.

Aristas. Seis caras. — Amplió la foto—. No te voy a decir que sea esta barra y no otra igual, porque en un juicio eso lo destroza cualquier defensa.

Pero te digo que el arma tiene este perfil.

Una barra metálica larga con un extremo hexagonal roscado.

Y en la rosca de esta barra concreta hay sangre de la víctima.

Ata tú los cabos, que para eso te pagan.

Cardeñosa, sentado a un lado, tomaba nota. Reguera estaba de pie, muy quieto, con la vista en la pantalla.

— La segunda cosa — siguió Bedoya—. Las livideces.

Esto es lo que quiero que le lleves a la jueza subrayado, porque es lo que menos se puede discutir.

Damián apareció boca arriba en el depósito siete.

Pero las livideces están fijadas en la cara anterior del cuerpo.

Pecho, abdomen, cara, la parte de delante de los muslos.

Es decir: estuvo boca abajo el tiempo suficiente para que la sangre se acumulara ahí y empezara a fijarse.

Luego lo pusieron boca arriba, y ya no se movieron.

La hipostasis no viaja una vez que cuaja.

— ¿Cuánto tiempo boca abajo?

— Por el grado de fijación, entre veinte y treinta minutos.

Cae, muere o agoniza, se queda de bruces veinte o treinta minutos en un sitio, y después lo trasladan a otro y lo colocan boca arriba.

— Bedoya cogió la infusión, bebió—. Con el mosto que le saqué de las vías, que es Godello del cuatro y no Mencía del siete, tienes la película entera.

Muere de bruces junto al depósito cuatro.

Media hora largo en el suelo. Lo suben al siete, lo tumban de espaldas, le desconectan el detector y le meten la pila en el bolsillo para que parezca que él mismo bajó a mirar la fermentación y lo tumbó el gas.

Un accidente de manual. Bien hecho, por cierto.

Por alguien que sabe cómo mata el dióxido de carbono en una bodega y cómo se levanta un cadáver sin dejar señales de arrastre.

Reguera se removió junto a la ventana. Era el que mejor conocía la comarca, y aquello le tocaba una fibra local.

— El gas de fermentación ha matado en el Bierzo más de lo que la gente cree — dijo, casi para sí—.

Cada dos o tres años sale uno. Un bodeguero que baja a limpiar un depósito recién descubado, o que se asoma a mirar y se marea, y el dióxido de carbono, que pesa más que el aire, está ahí abajo esperando, sin olor, sin color.

Te tumba en tres respiraciones. Por eso Damián había puesto el detector.

Por eso tenía la regla de no bajar solo.

Un enólogo con veinte años no se descuida con eso.

Sería como que un electricista se olvide de cortar la corriente.

— Y sin embargo apareció solo, con el detector sin pila — dijo Bedoya desde la pantalla—. Ahí lo tienes. La víctima que más se cuidaba del gas, muerta por el gas, con su propia alarma desconectada. O es la casualidad más cruel del mundo, o alguien de dentro sabía exactamente qué desconectar.

— Alguien que ha visto muchos descubes — dijo Eider.

— Alguien que ha visto todos los descubes de esa bodega en cincuenta años — dijo Bedoya—.

Yo no pongo nombres en los informes. Los pones tú en el atestado.

Pero si me preguntas de café, y esto no lo escribas: quien montó esto no improvisó con un cadáver delante por primera vez en su vida.

Lo hizo con las manos firmes. Con oficio.

— Hizo una pausa—. Y con prisa por una sola cosa.

Por el nombre del muerto, no por el suyo.

Lo colocó bonito. Le cerró los ojos. Lo dejó decente.

Eider no dijo nada. En la pantalla, la imagen de Bedoya volvió a congelarse un segundo, con la taza a medio camino de la boca, y luego se descongeló.

— Una cosa más — añadió la forense, ya en otro tono, más bajo—.

Esta es de las últimas grandes que hago, Eider.

En diciembre cuelgo la bata. Y te digo, después de treinta años, que no me acuerdo de muchas autopsias como de esta.

Porque casi nunca el que mata se molesta en dejar al muerto con dignidad.

Ese detalle no lo pone la codicia. La codicia deja los cuerpos donde caen.

Colgó ella. La pantalla se quedó en el escudo azul del programa de videoconferencia.

———

El laboratorio cerró el resto por la tarde, pieza a pieza, con la frialdad de los correos electrónicos que van llegando a la bandeja mientras cae la noche sobre el Sil.

La sangre de la zona de carga de la furgoneta: perfil genético coincidente con el de Damián Cándano, cotejado con la muestra indubitada de la autopsia. Probabilidad de coincidencia al azar, la de siempre, la que en el juicio se lee en voz alta y hace bostezar al jurado y condena igual.

El guante de cuero del izquierdo: la palma impregnada de mosto de uva blanca. Bedoya, en un segundo correo de dos líneas, lo cerró sin adornos: compatible con el perfil polifenólico y varietal del Godello del depósito cuatro. El mismo mosto de las vías de Damián. El mismo mosto del Majuelo Vello.

Quintanilla apareció en la puerta con el portátil bajo el brazo y esa manera suya de no entrar del todo cuando traía algo bueno.

— La geolocalización del móvil de Eladio — dijo—.

La operadora ha tardado, pero ha llegado.

El domingo por la noche, entre las once y las dos y media de la madrugada, el terminal pega siempre en la misma antena, la que da cobertura a la bodega y a las viñas de arriba.

No se mueve de allí. Cuando el resto de la comarca está en la fiesta o durmiendo, el teléfono de Eladio lleva tres horas y media pegado a la bodega.

— Dejó el portátil en la mesa—. Y una cosa más, inspectora.

A las diez y cuarto, justo después del último wasap de Damián a Sonia, el móvil de Eladio recibe una llamada de Damián.

Trece segundos. Damián lo llamó para decirle que subía.

O para pedirle que bajara a la vieja. Lo que sea.

Pero se llamaron. Están juntos a esa hora, cada uno con su teléfono, en el mismo sitio.

Folgueras, que había estado callado en un rincón masticando un chicle, se incorporó.

— Eso cuadra con lo de Joaquim — dijo—. El portugués sitúa la furgoneta de Eladio en la bodega vieja y una luz de frontal moviéndose sobre las tres de la madrugada.

La geolocalización dice que el teléfono no se movió de allí en toda la noche.

Y la llamada de las diez y cuarto los pone juntos justo después del wasap.

— Contó con los dedos, despacio, a su manera de Astorga—.

Damián avisa a Sonia a las diez y cuarto de que sube a la vieja con Eladio.

Los dos teléfonos, en la misma antena. A partir de ahí, silencio de Damián para siempre.

Y sobre las tres, Eladio todavía dando vueltas por la bodega con el frontal puesto.

No hay hueco para meter a nadie más en esa noche.

— No lo hay — dijo Cardeñosa, sin levantar la vista de sus apuntes—.

He cruzado los movimientos de los demás.

Nando, en Ponferrada. Sonia, en el hospital con la niña.

Sela, en Madrid. La cuadrilla, en la fiesta hasta las tantas.

El único que está en la bodega, toda la noche, es el capataz.

El único que faena el Godello del cuatro es el capataz.

El único que tiene llave de la nave vieja y sabe dónde está cada cosa es el capataz.

— Y el único que nos ha caído bien a todos desde el primer día — añadió Folgueras, y no lo dijo con guasa, que para eso era el bromista del grupo; lo dijo serio, que era peor.

Eider miró la pizarra. Las seis flechas de por la mañana.

Ahora, debajo, Cardeñosa había ido apuntando las corroboraciones en verde: mosto confirmado, sangre confirmada, guante confirmado, geolocalización confirmada, impronta compatible, livideces de traslado.

La columna verde ya era más larga que la de las hipótesis.

— Tenemos suficiencia — dijo Cardeñosa, sin alegría—. Indiciaria, sólida. Cualquier juez de guardia firma la detención con esto.

— Cañedo lo firma mañana a primera hora — dijo Eider—. Lo detenemos mañana por la tarde, cuando baje de las viñas. Con calma. Sin cámaras. Como pidió ella.

Se levantó, se acercó a la ventana. Ponferrada encendía sus luces al otro lado del río, el castillo de los templarios recortado y anaranjado por los focos, la basílica de la Encina abajo, la vida normal de un lunes en una ciudad que mañana amanecería con un viejo detenido y no sabría muy bien cómo llorarlo.

Salió a la escalera de incendios de la comisaría a fumarse un cigarro, aunque no debía y aunque no era su comisaría.

Cardeñosa apareció al minuto, con dos cafés de máquina, y le tendió uno sin decir nada.

Era la costumbre de los dos desde hacía seis años, el café malo y el silencio compartido cuando un caso se ponía cuesta abajo.

— Estás rara desde esta mañana — dijo el subinspector al fin.

— Estoy bien.

— No lo estás. Y no pasa nada. — Cardeñosa dio un sorbo, hizo una mueca por el café—. A mí también me revuelve. Le cae bien a todo el mundo. A los del pueblo, a la cuadrilla, a la cría. Hasta a mí, que llevo tres días sabiendo que fue él.

— Ese es el problema, Rubén. Que no es un hijo de puta. Los hijos de puta se llevan solos.

— Ya. — Cardeñosa miró la noche, los tejados de pizarra brillando de la lluvia de por la tarde—. Pero mató a un hombre. Y le partió la cabeza con una barra. Que nos caiga bien no cambia eso.

— No lo cambia — dijo Eider—. Solo lo hace pesar más.

Apagó el cigarro a media colilla contra la barandilla y guardó el filtro en el bolsillo, por no dejarlo en suelo ajeno.

Había cerrado casos peores. Había mandado a Soto del Real a hombres que dejaban a sus víctimas tiradas en una cuneta y dormían a pierna suelta. Aquello se llevaba mejor. Aquello se llevaba con una limpieza casi cómoda, porque el que hacía eso no le caía bien a nadie, ni a su madre.

Esto era otra cosa. Esto era encerrar al hombre que le había enseñado a distinguir el Godello a ojo, el que subía todas las mañanas a hablarle a un hijo enterrado bajo una cepa, el que había limpiado la brecha de un crío para que no le riñeran.

Y le pesaba. Le pesaba en la nuca, en las manos, en la parte de detrás de los ojos.

Le caía bien el viejo. Siempre le había caído bien. Y eso, después de veintiún años en el cuerpo, ella lo sabía mejor que nadie, no lo hacía más fácil.

Lo hacía peor.