Depósito Capítulo 23
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Capítulo 23

Habían montado la sala de coordinación en un despacho prestado de la Comisaría Local de Ponferrada, con una pizarra blanca que Folgueras había requisado de una sala de formación y un mapa catastral de las parcelas de Corullón pegado con celo a la pared.

Eider dibujó una línea en la pizarra y encima puso un nombre. Solo uno.

Eladio Sorribas.

— Sé lo que parece — dijo, de espaldas al grupo, antes de que nadie hablara—.

Parece que hemos perdido la cabeza. El viejo que nos ha llevado de la mano por las viñas toda la semana.

El que le limpió una brecha a Damián de crío.

Lo sé. Vamos a mirarlo por piezas, y si no aguanta, lo borro yo misma de la pizarra.

Reguera estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No dijo que sí. Tampoco se fue.

— Pieza uno — Eider destapó el rotulador—.

El mosto. Bedoya tipificó lo que Damián tenía en las vías respiratorias y en la pechera.

Godello. Del depósito cuatro. Damián apareció en el siete, que es Mencía.

Un tinto y un blanco no se confunden ni en el laboratorio ni a ojo.

Damián no murió donde lo encontramos. Murió abajo, junto al cuatro, y lo subieron.

— ¿Y quién faena el cuatro? — preguntó Cardeñosa, aunque ya lo sabía.

— El Godello del cuatro viene del Majuelo Vello. Y del Vello no se ocupa Damián, ni Nando, ni la cuadrilla de temporeros. Del Vello se ocupa Eladio. Él solo. Lleva treinta y dos años sin dejar que lo toque nadie más.

Escribió "MOSTO GODELLO → depósito 4 → Vello → Eladio" y trazó una flecha.

— Pieza dos. El arma. — Miró a Reguera—. Cuéntalo tú, que lo has traído.

Reguera descruzó los brazos. Le costó, pero lo dijo.

— La barra del husillo de la prensa vieja.

Lavada con lejía en plena vendimia, cuando todo lo demás está pringado de mosto.

Sangre de Damián en la rosca, donde no llegó la lejía.

La nave vieja es donde Damián subió el domingo por la noche.

Y la nave vieja... — se paró—. La nave vieja es el reino de Eladio.

Ahí guarda la herramienta. Ahí lo encontramos el martes limpiando navajas.

— Pieza tres — Eider siguió—. El libro de bodega. Cardeñosa.

El subinspector abrió su carpeta y sacó dos fotocopias ampliadas, las pegó en la pizarra con imanes.

— Los remontados de Damián, de su puño y letra, se cortan el domingo hacia las diez de la noche.

Después hay una entrada más, para simular que siguió trabajando pasada esa hora.

— Señaló con el capuchón del boli—. El viernes pensábamos que era de Nando, el que no estaba en la bodega, para desviar la hora.

Pero la letra no es de Nando. Nando escribe rápido y feo, con la caligrafía de quien firma cien albaranes al día.

Esta letra es lenta. Cuidada. De las de escuela antigua, con los palos rectos y las ligaduras de pluma.

Es una mano vieja imitando una mano joven.

Le sale bien porque ha visto escribir a Damián toda la vida, pero se le nota el pulso: aprieta al final de cada trazo, como quien lleva sesenta años apretando la poda.

— Grafología no es prueba — apuntó Quintanilla, no por llevar la contraria, sino porque era la que se preparaba la oposición y le gustaba dejarlo claro.

— No lo es — concedió Eider—. Es indicio. Y va con lo demás. Pieza cuatro: el testimonio de Joaquim.

Folgueras se irguió en la silla.

— El portugués. El capataz de la cuadrilla.

Lo tuvimos de sospechoso dos días por la bronca de los jornales y resultó ser el testigo que nos faltaba.

Esa noche, la del domingo, estaba en la fiesta de Corullón con los suyos, eso está confirmado por medio pueblo.

Pero al recogerse, tarde, pasó por delante de la bodega y vio la furgoneta de Eladio aparcada junto a la nave vieja.

Y una luz de frontal moviéndose dentro. Le pareció normal.

Nos lo dijo con cariño: "El señor Eladio en vendimia no duerme, anda por las viñas de noche.

" No estaba señalando a nadie. Nos estaba poniendo a Eladio en la escena a la hora del crimen.

Eider escribió la hora que Folgueras había cerrado con Joaquim: sobre las tres de la madrugada. Muy tarde para faenar. La hora justa de mover un cuerpo y fregar una barra.

— Pieza cinco — dijo—, y esta es la que me quita el sueño.

La declaración de Eladio del martes. — Cogió la fotocopia de la carpeta—.

Cuando aún tratábamos esto como accidente, cuando ni él ni nadie sabía que íbamos a hablar de homicidio, Eladio nos contó, sin que nadie se lo preguntara, que Damián "bajó a mirar el sombrero del siete".

Nos vendió la escena. Nos explicó por qué Damián estaba en el siete antes de que a nosotros nos hiciera falta explicarlo.

Solo puede describir así esa escena quien la colocó.

Silencio en el despacho. En el pasillo, un teléfono sonó tres veces y alguien lo cogió.

— Y pieza seis, la de siempre — cerró Eider—.

El último wasap de Damián a Sonia: "subo un momento a la vieja con Eladio".

El último que lo vio con vida fue Eladio.

El propio Eladio dijo que se despidieron y que Damián se quedó en la nave.

Nadie lo desmiente porque no había nadie más. Solo su palabra.

— ¿Podría ser otro? — planteó Quintanilla, jugando a la contra, que era su papel favorito en las puestas en común—. Alguien de fuera que conociera la bodega. Un empleado antiguo, un vecino.

— Repasa la lista — dijo Eider—. Necesitas a alguien que sepa que el mosto del cuatro es Godello del Vello.

Que tenga llave de la nave vieja y sepa dónde cuelga la barra del husillo.

Que sepa desconectar el detector de Damián sin dejar rastro.

Que imite su letra en el libro de bodega.

Que estuviera en la finca toda la noche del domingo, con la furgoneta aparcada y el frontal puesto.

Y que, encima, tenga un motivo de peso para que no se venda el Majuelo Vello.

Súmalo, Saray. ¿Cuánta gente en el mundo cumple las seis cosas a la vez?

Quintanilla no contestó. No hacía falta. Las seis cosas las cumplía una sola persona, y su nombre estaba escrito en la pizarra.

Se apartó de la pizarra y la miró entera, con las seis flechas convergiendo en el mismo nombre.

— Móvil, oportunidad, arma, conocimiento de la escena y una mentira dicha de más. No tengo confesión. No tengo el nexo físico entre él y el cuerpo. Pero tengo para pedirle a Cañedo una entrada y registro.

Reguera se separó por fin del marco de la puerta. Tenía la cara de quien acaba de perder algo sin saber muy bien qué.

— Yo lo conozco de las fiestas de Villafranca — dijo—. Le he comprado vino. Mi suegro lo tiene por un santo.

— Ya somos dos que lo teníamos por un santo — dijo Eider—. Eso no lo cambia. Al revés. Lo hace peor.

———

La jueza Reyes Cañedo la recibió en su despacho del Juzgado de Instrucción número 2 a las dos menos cuarto, con un bocadillo a medio comer envuelto en papel de aluminio que apartó a un lado sin disimulo cuando Eider entró.

Era una mujer seca, de las que escuchan sin gesto y luego preguntan lo único que importa.

Eider le expuso las seis piezas en orden. Cañedo la dejó terminar. Después dio unos golpecitos en la mesa con el capuchón del bolígrafo.

— La grafología del libro me la reserva usted para el juicio, si llega, y con perito colegiado.

La declaración del sombrero me gusta más, pero un abogado le dirá que el capataz sabía en qué depósito apareció el cuerpo porque lo encontró él.

— Levantó la vista—. Lo que me sostiene el auto es el mosto.

Un blanco del cuatro en un hombre que apareció en un tinto del siete.

Eso es física, no interpretación. Con eso y con la barra le firmo la entrada y el registro.

Vehículo, ropa de trabajo y domicilio del señor Sorribas.

Científica de por medio, cadena de custodia impecable, y me trae usted todo lo que saque, cargue a favor o en contra. ¿Estamos?

— Estamos, señoría.

— Y el secreto se mantiene — añadió Cañedo, con el bocadillo olvidado a un lado—.

Lo que ha salido en ese digital comarcal no ha salido de usted ni de su gente, eso lo tengo claro.

Pero no quiero una detención con cámaras en la puerta de la bodega.

Si esto se tuerce algún día en el juicio, que no sea porque lo montamos como un circo.

Discreción, inspectora. Este hombre, culpable o no, tiene derecho a que lo detengan sin espectáculo, y nosotros tenemos la obligación de dárselo.

— La tendrá, señoría.

Cañedo firmó, selló y le tendió el auto por encima de la mesa.

— Inspectora. — Eider ya se levantaba—. Sesenta y ocho años. Sin antecedentes. Toda una vida en la misma casa. Háganlo con la puerta cerrada a la prensa y sin esposas delante de la gente si pueden evitarlo. No por él. Por nosotros.

— Esa era la idea.

———

Fueron a la bodega a media tarde, con la Científica de Ponferrada en un furgón y la orden en la mano. Eider dio instrucciones de que nadie tocara nada de la casa del capataz hasta que llegaran los monos blancos, y que la furgoneta se precintara en el sitio.

Eladio no estaba. Digna, desde la ventana de la casa grande, los vio bajar del coche y no salió.

Sonia tampoco. Fue Sabela, la niña, la que apareció en el umbral con un cuaderno de dibujo en la mano y se quedó mirándolos hasta que su madre la metió dentro tirándole del brazo, sin brusquedad, con esa prisa de las madres que no quieren que un hijo vea.

La furgoneta de Eladio era una Citroën Berlingo blanca, vieja, con el logo desconchado de la bodega en las puertas y el remolque de las cajas enganchado atrás.

Olía por dentro a lo que huelen todas las furgonetas de campo: a gasoil, a tierra seca, a perro aunque no haya perro.

Los de la Científica desplegaron el equipo sobre el capó y empezaron por la zona de carga.

La inspección técnico-ocular de un vehículo es un trabajo lento y sin épica.

Fotografiaron la furgoneta por fuera antes de tocarla, numeraron cada zona, extendieron un plástico en el suelo para recoger lo que cayera.

Trabajaban de rodillas, con linternas rasantes de las que sacan del suelo lo que el ojo no ve, pasando torundas por las juntas, levantando las esterillas de goma, mirando bajo los asientos con un espejo de mango largo.

Cada muestra, su bolsa; cada bolsa, su número; cada número, su acta.

Cadena de custodia. La diferencia entre una condena y una nulidad se juega ahí, de rodillas, en un aparcamiento de tierra, con frío y sin nadie que aplauda.

Eider se quedó fuera, apoyada en el guardabarros, fumando medio cigarro a favor del viento, mirando la ladera.

Desde allí, arriba del todo, se veía el Majuelo Vello recortado contra el cielo que se iba apagando, las cepas viejas en vaso, negras ya de hoja seca, y en medio, si uno sabía dónde mirar, un puntito oscuro que era la cruz de hierro.

— Inspectora. — El agente de la Científica la llamó desde la puerta lateral. Tenía la voz distinta—. Venga a ver.

Eider tiró el cigarro y lo pisó.

En el suelo de la zona de carga, sobre las estrías de goma, el reactivo de orientación había prendido en dos manchas alargadas, junto al hueco de la rueda de repuesto.

Azul luminiscente en la penumbra del furgón.

Sangre. Y encima, medio metido bajo una caja de plástico de las de vendimia, un guante de trabajo de cuero, del izquierdo, tieso, con la palma teñida de un amarillo verdoso reseco que Eider ya sabía nombrar antes de que el técnico abriera la boca.

— Eso de la palma parece mosto — dijo el hombre.

— Es mosto — dijo Eider—. Y si tengo razón, es blanco. Es Godello. Mándenlo aparte, con su número, y que Bedoya lo compare con el cuatro.

Se quedó mirando el guante en la bolsa de pruebas, colgando de la mano enguantada del técnico, oscilando despacio. La sangre del hombre al que Eladio quería. El mosto de la viña de su hijo muerto. Las dos cosas juntas, en la misma furgoneta, bajo la misma caja.

No había ninguna manera de que ese guante contara otra historia.