Depósito Capítulo 22
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Capítulo 22

La nave nueva ruge por dentro. Damián lo oye desde el patio: el borboteo grueso de los depósitos en plena fermentación, el zumbido del equipo de frío, el suspiro de las válvulas cuando sueltan gas. La vendimia va por la mitad y la bodega no duerme. Él tampoco, hace tres semanas.

Cruza el patio con la linterna del móvil por delante.

Huele a mosto por todas partes, ese olor dulzón y bruto que en septiembre se le mete a uno en la ropa, en el pelo, en las sábanas.

A Sabela le da grima. A él le gustaba, antes.

Antes de que el olor a mosto oliera también a intereses, a plazos, a la firma de su padre en unos papeles que su padre ya no puede desmentir.

La bodega vieja está a oscuras. Empuja el portón, que chirría, y da la luz: una bombilla desnuda que cuelga de una viga y mece sombras largas sobre las tinas de cemento, la prensa de husillo que no muele desde los años ochenta, las herramientas colgadas de sus clavos.

Aquí no fermenta nada. Aquí solo hay pasado guardado, aperos que nadie tira porque tirarlos sería tirar a los muertos.

Eladio está al fondo, sentado en un banco de madera, con la boina puesta dentro de casa, como siempre. Tiene entre las manos una navaja de podar y un trapo, y le pasa el trapo a la hoja despacio, con esa paciencia de viejo que a Damián le calma y le desespera a partes iguales.

— Buenas, rapaz — dice Eladio sin levantar la vista—. Vaya horas.

— Te vi la luz. Bueno, no había luz. Te vi a ti cruzar hace un rato.

— Ando repasando la herramienta. Mañana subimos al Vello a coger el Godello que queda, y quiero la navaja fina. La uva de allá arriba merece hierro limpio.

Damián se sienta en el borde de una tina volcada, enfrente. Saca el móvil, teclea rápido para Sonia — subo un momento a la vieja con Eladio, ceno luego — y lo deja boca abajo sobre la piedra. La pantalla ilumina un segundo el polvo y se apaga.

Se queda mirando al viejo. Eladio entró a servir en esta casa con doce años, en los tiempos del abuelo.

Enterró a su mujer, la Amparo, hace siete.

Enterró a su hijo hace treinta y dos, en la ladera de arriba, debajo de una cepa.

Damián lo conoce desde que nació. Le enseñó a injertar.

Le enseñó a distinguir el Godello del Doña Blanca a ojo, con la uva en la mano.

Le limpió una vez una brecha en la frente, con nueve años, cuando se cayó de la báscula, y no se lo dijo a su padre para que no le riñera.

Damián ha ensayado esta conversación en la ducha, en el coche, en las noches en vela. Y ahora que la tiene delante no le sale.

— ¿Qué te trae, meu? — Eladio dobla la navaja, la guarda—. No has subido a verme podar el aire.

— No.

El viejo espera. Sabe esperar. Ha esperado cincuenta años a que la uva madure; sabe que las cosas tienen su punto y que meterles prisa las estropea.

———

— El viernes te hice una promesa — dice Damián por fin—. En el Vello. Te dije que el Majuelo no se tocaba. Que antes cerraba la bodega entera que arrancar esas cepas.

— Te acuerdas bien.

— Me acuerdo perfectamente. Y la iba a cumplir, Eladio. Escribí un correo el viernes mismo, para el fondo, para el tal Sela. Retirando el Vello de la venta. Sacándolo del lote. Que se queden el resto si quieren, pero el Vello no.

Eladio no dice nada. Se quita la boina, se rasca la cabeza, se la vuelve a poner. En la penumbra Damián no le ve bien los ojos, solo el brillo de la bombilla en las gafas viejas.

— ¿Y? — dice el viejo.

— Y no lo mandé.

La palabra queda colgando de la viga, junto a la bombilla.

— Ayer estuve toda la tarde con los del banco — sigue Damián, y ahora que ha empezado le sale de golpe, atropellado—.

Con Nando, con el gestor, con los números encima de la mesa.

Y los números no me dejan, Eladio. La deuda que dejó mi padre no es la que yo creía.

Es el doble. Nando... da igual lo de Nando ahora.

El caso es que el banco solo refinancia si vendemos el Vello.

Es la parcela que el fondo quiere. La única que quiere de verdad.

Cepas viejas, pie franco, viña de ladera.

Es lo que pagan a precio de oro. Sin el Vello no hay operación, y sin operación el banco nos ejecuta todo. La casa incluida. La de mi madre.

Eladio se ha quedado muy quieto. Las manos, que no paraban con el trapo, ahora descansan sobre las rodillas.

— ¿Todo? — dice.

— Todo. O el Vello, o lo perdemos todo. Y con todo perdido, el Vello lo subastan igual y va a parar a saber qué manos.

— Damián se pasa la palma por la cara, se aprieta los ojos—.

Lo he mirado por los cuatro costados, Eladio.

He estado dos noches sin dormir buscando la puerta de atrás.

No la hay. Si vendo el Vello, salvo la casa, salvo a mi madre, salvo el jornal de la cuadrilla, salvo el tuyo.

Si no lo vendo, lo hundo todo y el Vello se pierde igual, pero con la casa detrás.

Damián lo mira y piensa, con el estómago cerrado, que preferiría estar en cualquier otro sitio del mundo.

Que ojalá le tocara a Nando dar esta noticia, a Nando, que no tiene corazón para estas cosas y por eso no le duelen.

Pero Nando no bajaría. Nando mandaría una carta con membrete, o ni eso.

Y Eladio no se merece una carta. Eladio se merece que se lo diga a la cara el hijo de la casa, aunque le cueste, aunque se le rompa algo por dentro al decirlo. Eso, al menos, sí puede dárselo.

En la nave nueva, a través de la pared de piedra, un depósito suelta un remontado de gas, un eructo largo y ronco de la fermentación. Aquí dentro, en cambio, solo se oye a los dos hombres respirar.

———

Eladio se levanta. No de golpe. Se levanta como se levanta un viejo, con las dos manos en las rodillas, empujando, y camina hasta la prensa de husillo.

Pone la mano en la barra de hierro, esa palanca larga que sirve para apretar el tornillo, que lleva cuarenta años sin apretar nada.

La acaricia sin mirarla, por costumbre de las manos.

— Tino tenía veintidós años — dice, de espaldas.

Damián baja la cabeza. Sabe lo que viene. Lo ha sabido desde que subió la escalera de casa esta noche.

— Veintidós — repite Eladio—. Se me fue con el tractor volcado en la tercera terraza del Vello, la de arriba, la que hace la revuelta mala.

Tu abuelo, que en gloria esté, subió andando desde aquí cuando se lo dijeron.

Un hombre de setenta años subió esa ladera corriendo.

Y me abrazó al lado del tractor, con Tino debajo, y me dijo: Eladio, esas cepas no se arrancan mientras viva un Cándano.

Te lo juro por mi hijo, me dijo. Y yo enterré al mío pensando que al menos las cepas se quedaban.

Que mientras hubiera Godello en esa ladera, mi rapaz no se iba del todo.

— Lo sé, Eladio.

— Lo replanté yo, marra a marra. Con mi patrón, con mis manos. Puse la cruz. Subo todos los días. Todos, meu, haga el tiempo que haga. Le hablo. Tú me has visto. Todos me habéis visto y os habéis reído por lo bajo, el viejo que le habla a las cepas.

— Nadie se ha reído.

— Todos os habéis reído. Y está bien. — Se vuelve. Tiene los ojos secos, y eso, aunque Damián no lo sabe todavía, es lo peor—. Pero ahora vienes tú, que te limpié la sangre de la frente, y me dices que van a arrancar a mi hijo para pagarle al banco.

— No es así.

— Es así, Damián. Dilo como quieras. Es así.

Damián se pone de pie. Da un paso hacia el viejo, con las manos abiertas, y siente que se le cierra la garganta, que se le humedecen los ojos, porque quiere a este hombre y le está haciendo lo único que se juró no hacerle nunca.

— Escúchame. Voy a pelear el precio. Voy a pactar con el fondo que la cruz se queda.

Que se replante alrededor, que hagan lo que quieran con la producción, pero que la cruz de Tino se quede donde está.

Lo voy a poner por escrito, en la escritura, delante de notario.

Te lo prometo otra vez, Eladio. La cruz se queda.

Eladio lo mira. Y en la cara del viejo hay algo que Damián no había visto nunca en cincuenta años, algo que no sabe leer, porque nunca ha tenido que leerlo: la cara de un hombre al que ya no le queda nada que perder.

— Una cruz — dice Eladio, muy bajo—. Me ofreces una cruz en medio de una espaldera de plástico y alambre. Una cruz para que los guiris del enoturismo le saquen fotos.

— Eladio, por Dios...

— No metas a Dios, rapaz, que Dios de aquí se fue en el noventa y cuatro.

Damián calla. Fuera, muy lejos, se oyen los últimos cohetes de la fiesta de Corullón, que este año cae en domingo, y la música de la orquesta que llega y se va con el viento del Sil. La cuadrilla estará allá, Joaquim y los suyos, bebiendo el vino del año pasado. Aquí no llega más que el eco.

Damián respira hondo. Lo dice porque tiene que decirlo, porque lleva tres semanas construyendo el valor para decirlo, porque cree, el pobre, que decírselo a la cara es un acto de respeto y no una sentencia.

— No hay otra, Eladio. Lo siento en el alma.