Capítulo 21
El titular llevaba en la red desde las cuatro y media de la madrugada. A las siete y media ya lo había leído medio Bierzo.
"Homicidio en la Bodega Cándano: la Policía investiga como crimen la muerte del enólogo." Firmaba Xela Barredo, en un digital comarcal que Eider no conocía hasta esa semana. Debajo, doscientos comentarios y una foto aérea de la nave que alguien había sacado con un dron.
Lo leyó dos veces, sentada en el borde de la cama sin hacer, el móvil en una mano y el primer cigarro del día sin encender en la otra.
La pieza no abría ninguna diligencia. No citaba a nadie del grupo.
Pero decía "fuentes próximas a la investigación", y esa fórmula, con un sumario declarado secreto, valía una bronca de las gordas.
El teléfono vibró antes de que terminara de vestirse. Alesanco. Descolgó al segundo tono.
— Dígame, comisario.
— Aristegui, ¿tú has visto lo que hay en internet?
— Lo estoy viendo.
— Pues yo lo veo desde León con una migraña que no me deja abrir el ojo izquierdo. La jueza Cañedo me ha llamado a las seis. A las seis, Eider. Quiere saber quién le ha ido con el cuento a esa chica del digital.
— No ha salido de mi grupo.
— Ya sé que no. Pero ahora tengo que decírselo a ella, y luego a los de Delegación, y todos van a mirarme como si el agujero lo hubiera hecho yo. — Se le oía apretar los dientes—. ¿Dónde estáis?
— Cerrando. Tengo el mosto, tengo el arma y tengo una línea que no me gusta nada. Deme el lunes entero.
— Te doy lo que me quede después de la migraña. Cierra, por Dios. La comarca está en vendimia y me han montado un circo.
Colgó él, como siempre. Eider dejó el móvil boca abajo en la mesilla y encendió por fin el cigarro junto a la ventana entreabierta, con la cabeza fuera, de espaldas al detector de humos.
El Sil bajaba pardo bajo el puente, cargado de las lluvias de la semana.
Al fondo, más allá de los tejados de pizarra, la ladera empezaba a ponerse de ese amarillo de octubre que en los folletos de enoturismo llaman oro y en las viñas, sencillamente, la hoja que se va.
Apagó a media colilla. Le quedaban seis del paquete y todavía era lunes.
———
Bajó al comedor del Bierzo Plaza cuando Cardeñosa ya andaba por el segundo café y Folgueras rebañaba un plato de embutido con cara de no haber dormido. Quintanilla tenía el portátil abierto entre la tostada y el zumo, y no levantó la vista de la pantalla.
— La pieza de la Barredo tiene mil doscientas visitas — dijo la oficial—. Las ha doblado desde que hemos bajado.
— Que las tenga — Eider se sirvió del termo un café de máquina que sabía a máquina, solo, sin azúcar—. ¿Qué sabe de verdad?
— Poco. Que es homicidio y que hay secreto. Lo demás lo rellena con globos: el fondo, la deuda, el hermano. Nombra a Nando sin nombrarlo. "Un familiar directo con problemas económicos."
Cardeñosa dejó la taza.
— Eso apunta a que la fuente conoce el fraude. Y el fraude, ahora mismo, lo sabemos nosotros, la jueza y cuatro del banco.
— Y el propio Nando — añadió Folgueras—. Que de callado tiene lo que yo de rubio.
— Nando no filtra lo que le hunde — Eider probó el café y lo dejó—. Da igual de dónde salga. Que Reguera hable con la chica y le meta un poco de miedo con el secreto de sumario, sin cerrarle la puerta. La necesitaremos para lo contrario dentro de nada.
Reguera llegó en ese momento, con el chaquetón mojado en los hombros y esa desconfianza cortés que le había durado hasta el jueves y ya casi se le había pasado. Se sentó sin quitarse el abrigo.
— Buenos días. ¿Habéis visto que somos portada comarcal?
— Ya nos hemos hecho el reportaje solos — dijo Folgueras.
Reguera sacó una libreta de espiral, de las de toda la vida, y la abrió por una hoja doblada.
— Traigo lo del laboratorio. El del husillo. Me lo han adelantado por teléfono, el papel llega a mediodía.
Eider apartó la taza. Alrededor de la mesa, el ruido del comedor —las bandejas, la cafetera, dos representantes hablando de básculas y de grados— se quedó en un segundo plano que ella conocía bien: el momento en que un caso deja de ser un montón de cosas y empieza a ser una sola.
— Dilo.
— La barra estaba lavada con lejía. Eso ya lo sabíamos. Pero en la rosca del husillo, en la junta donde encaja la tuerca vieja, había quedado materia que la lejía no alcanzó. Han sacado perfil. Es sangre. Es de Damián.
Nadie dijo nada durante un par de segundos. Quintanilla cerró el portátil despacio.
— Entonces el arma es de la nave vieja — dijo Cardeñosa—. La prensa de husillo. Adonde Damián subió el domingo.
— Adonde subió con Eladio — dijo Eider.
Lo dijo sin subrayarlo, con el mismo tono con que habría pedido más pan. Pero la mesa entera lo oyó subrayado igual.
Reguera cerró la libreta de espiral y se quedó mirando la tapa un momento antes de hablar.
— El husillo es de la nave vieja — dijo—. Lo dais por hecho, pero yo lo he visto. Esa prensa lleva cuarenta años sin moler. La barra no la toca nadie más que para apartarla de en medio. Y quien la apartó, la fregó con lejía en plena vendimia.
— ¿Y eso qué tiene de raro? — preguntó Quintanilla.
— Que en vendimia nadie friega nada, rapaza.
— Reguera se permitió el diminutivo berciano, que le salía sin querer—.
No hay tiempo. Todo está pringado de mosto y así se queda hasta noviembre.
Que alguien pare a limpiar una barra con lejía esa noche, con la que estaba cayendo, es de alguien con algo que borrar.
— O de alguien muy limpio — apuntó Folgueras.
— El único muy limpio de esa bodega es el viejo — dijo Cardeñosa, sin levantar la voz—. Todo lo suyo está ordenado. Las navajas, los sarmientos, la herramienta colgada por tamaños. Me fijé el primer día y pensé: ojalá tuviera yo el garaje así.
Nadie contestó a eso. Quintanilla recogió las tazas vacías por hacer algo con las manos.
———
Subió a la habitación con la excusa de recoger el maletín, que era mentira, porque el maletín lo tenía abajo. Necesitaba un cuarto de hora sin nadie, y a las nueve menos cuarto de un lunes de vendimia ese cuarto de hora costaba caro.
Marcó el número de la residencia de Iturrama de memoria. Le atendió una voz joven que ya la conocía, la del turno de mañana, la de la chica ecuatoriana que le hablaba a su madre con más paciencia que ella misma.
— Está despierta y está bien, Eider. Hoy tiene buen día. Te la paso al salón.
Un ruido de puertas, de televisión lejana, de alguien que arrastra una silla. Y luego la respiración de su madre, y su voz, más fina que hacía un año pero suya.
— ¿Ane?
— No, ama. Soy Eider. Ane está en Pamplona, con su padre.
— Ah. Eider. — Una pausa. Eider aprendió hacía tiempo a no llenar esas pausas, a esperar del otro lado del hilo como quien espera a que decante un vino—. ¿Dónde andas, hija?
— En León. Bueno, más lejos. En un pueblo del oeste, trabajando. Hay viñas por todas partes, ama. Están vendimiando.
— Nosotros teníamos parras. En casa del abuelo. — La voz de Carmen se aclaró de golpe, como se aclaran a veces, sin aviso—. Uva de comer, no de vino. Tu abuelo las ataba con esparto. Yo le llevaba el esparto mojado en un cubo. Tenía las manos pequeñas, buenas para el nudo.
— No me lo habías contado nunca.
— Claro que te lo he contado. Lo que pasa es que tú no escuchas.
— Y se rió, una risa breve, la de siempre, la que llevaba dentro a la mujer que había sido—.
Se me olvidan los nombres de las de aquí.
La del cuarto de al lado lleva conmigo dos años y no sé cómo se llama.
Pero el cubo del esparto lo veo. Veo el cubo, Eider.
Y veo a tu padre en la boda, con el traje que le quedaba grande.
Eider se sentó en la cama. Se quedó mirando la moqueta, un dibujo de rombos granates que en aquel hotel debían de haber puesto en los años noventa.
— ¿Y eso por qué, ama? ¿Por qué te acuerdas del cubo y no de la vecina?
— Porque el cubo es mío. — Lo dijo sin dramatismo, con la naturalidad de quien explica que el agua moja—.
Lo último que se te va, hija, es de quién te acuerdas.
Los nombres se caen. Las caras se caen. Lo que te importó de verdad se queda pegado al fondo, como los posos.
Cuando ya no quede nada de mí, todavía voy a saber a quién quise.
Del otro lado del pasillo se oyó a alguien abrir una puerta y cerrarla. Eider no contestó enseguida.
— Cuídate, ama. Sube Ane la semana que viene, para el Pilar.
— Que suba. Y tú come, que se te oye en la voz que no comes. Ondo, hija.
— Ondo, ama.
Colgó y se quedó con el teléfono en la palma, calentándolo, sin encenderlo. No había subido a por el maletín. Había subido a por esto, aunque no lo supiera al marcar.
———
Bajó al aparcamiento, al Mégane, y de la carpeta del asiento de atrás sacó las declaraciones tomadas la primera semana. Las tenía todas, ordenadas por fecha y por firmante, con la letra apretada de Cardeñosa en los márgenes. Buscó la del martes. La del capataz.
Eladio Sorribas Guerra, sesenta y ocho años, tomada en la propia bodega el martes por la mañana, cuando todavía nadie hablaba de homicidio y el viejo era, para el grupo, el hombre que sabía leer el terreno.
El que le había explicado a Cardeñosa qué parcela era cada una, dónde estaba el Majuelo Vello, por qué la cruz de hierro entre las cepas viejas. El que ayudaba.
Eider leyó despacio, con las gafas de leer puestas y el dedo bajando por los renglones. Y se detuvo donde recordaba haberse detenido ya una vez, sin darle importancia.
"Dice el compareciente que el señor Damián, la última tarde que lo vio con vida, andaba pendiente de los depósitos, y que bajó a mirar el sombrero del siete."
El sombrero del siete.
El domingo por la noche, cuando el grupo aún no existía y el cuerpo llevaba horas en el depósito, nadie de la bodega sabía en qué depósito estaba Damián salvo Eladio, que lo había "encontrado" a las siete menos veinte de la mañana del lunes y había dado la alarma.
Vale. Eladio podía saber el número. Lo que no cuadraba era lo otro. El sombrero.
El sombrero de hollejos era la costra de piel de uva que subía a la superficie del mosto cuando el depósito fermentaba.
Mirar el sombrero del siete significaba una cosa muy concreta: que Damián había subido a la pasarela, había abierto la boca de arriba y se había asomado.
Una faena de bodeguero, no de cadáver. Una faena que colocaba a Damián trabajando, de pie, atento, el domingo por la noche en el depósito siete.
Pero Damián no había muerto en el siete.
Eso ella todavía no lo había dicho en voz alta el martes.
El martes ni siquiera lo sabía. Lo supo el viernes, cuando Bedoya llamó con el mosto: Godello del cuatro en las vías, no Mencía del siete.
Damián había muerto abajo, junto al depósito cuatro, y alguien lo había llevado arriba, al siete, y lo había dejado boca arriba para que pareciera que había subido él solo a mirar el sombrero y lo había vencido el gas.
Alguien que ya el martes por la mañana, cuando el resto del mundo creía que aquello era un accidente, contaba la historia del sombrero del siete. La historia de la escena. La coartada de la escena, dicha antes de que hiciera falta.
Eider se quitó las gafas y se quedó mirando el parabrisas, el chorrito de lluvia fina que empezaba a caer sobre el capó del Mégane.
Le vino a la cabeza, sin buscarlo, el cubo del esparto de su madre.
Lo último que se te va es de quién te acuerdas.
Los nombres se caen. Lo que te importó se queda pegado al fondo.
Había un hombre en aquella comarca al que le habían arrancado a un hijo de una viña treinta y dos años atrás, y que cuidaba esa viña como un cementerio. Y ese hombre había sido el último que vio con vida a Damián Cándano. Y ese hombre, sin que nadie se lo preguntara, había contado la escena.
Metió las declaraciones en la carpeta. Le costó cerrarla al primer intento; la goma se le escapó dos veces de entre los dedos.
Subió al hotel a buscar a Cardeñosa. Por primera vez en toda la semana, sospechar le supo a frío.