Depósito Capítulo 20
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Capítulo 20

A Cardeñosa le gustaba el trabajo que otros encontraban aburrido.

Cruzar bases de datos, comparar firmas, poner dos papeles uno al lado del otro bajo un flexo y esperar a que hablaran.

Decía Eider que él tenía paciencia de archivo, y era verdad.

En veinte años había visto caer más casos por un albarán mal fechado que por una confesión, y por eso, esa noche de domingo, mientras el resto del equipo cenaba unos bocadillos, él se había quedado con el flexo, el libro de bodega y el informe de documentoscopía que acababa de llegar por correo, ampliado con las nuevas muestras que habían pedido el sábado.

Lo leyó dos veces, despacio. Y a la segunda ya no le quedó duda.

La conclusión de los peritos era limpia.

La entrada del renglón azul, la de la una menos cuarto de la madrugada, la que colocaba a Damián vivo y trabajando, no la había escrito Fernando Cándano.

La muestra indubitada de Nando, sus facturas, sus notas rápidas de bolígrafo apretado, no casaba de ninguna manera con el trazo del renglón falso.

Ni forzándola. El perito lo decía con todas las letras: descartada la autoría de F.

C. B. La mano de Nando era una mano moderna, veloz, de la que aprende a escribir con boli. La del renglón azul era otra cosa.

Cardeñosa releyó la parte que le interesaba, subrayándola en la pantalla con el dedo.

La escritura de la entrada dubitada presenta rasgos de una caligrafía escolar antigua, de aprendizaje con pluma y palotes, ligada, de trazo lento y controlado, con adornos en las mayúsculas hoy en desuso.

Corresponde con alta probabilidad a un escribiente de edad avanzada, formado en los años cincuenta o sesenta.

Se recomienda aportar muestra indubitada de personas del entorno con ese perfil.

Personas del entorno con ese perfil. Cardeñosa se quitó las gafas de pasta, se frotó los ojos y volvió a ponérselas. Un escribiente de edad avanzada, formado en los años cincuenta o sesenta. Sesenta y ocho años tenía el hombre que había ayudado a Eider a leer el terreno. Sesenta y ocho.

No corrió. Cardeñosa nunca corría. Hizo lo que sabía hacer: buscar el papel.

———

Le costó dos horas y tres llamadas, pero lo encontró.

Damián había modernizado la bodega en 2012, con sus depósitos de acero y sus libros nuevos de puño y letra propia.

Pero antes de 2012 la bodega la llevaba a la vieja usanza, y los registros de aquella época, los libros de la casa desde los años ochenta, seguían guardados en un armario de la oficina, apilados y con polvo, porque en las bodegas familiares no se tira nada.

La primera llamada fue a Sonia Yebra, que le dijo dónde estaba el armario y que cogieran lo que hiciera falta, que a ella ya nada de aquella casa le daba miedo.

La segunda, a la jueza Cañedo, para que la recogida entrara en regla, con acta y sin agujeros que un abogado pudiera meter el dedo después.

La tercera, a un agente de Ponferrada que estaba de servicio y no le hizo ninguna gracia subir a Corullón un domingo por la noche.

Quintanilla, que seguía en la sala terminándose un bocadillo, se acercó a mirar por encima de su hombro.

— ¿Qué buscas en esos libros viejos, Rubén?

— La letra de un hombre de setenta años cuando tenía cuarenta — dijo Cardeñosa, sin levantar la vista—. La gente cambia de todo con los años. De cara, de ideas, de mujer. De letra, no. La letra que aprendiste de crío te dura hasta que se te muere la mano.

Consiguió que el agente trajera, bajo cadena de custodia, tres de aquellos libros viejos, y se puso con ellos bajo el flexo, pasando páginas con cuidado de no romperlas, que el papel de los ochenta ya estaba quebradizo y olía a humedad y a ratón.

Y en dos de ellos, entre los apuntes de vendimias de hacía treinta y cuarenta años, encontró lo que buscaba.

No todo lo había escrito Avelino, el fundador.

Había páginas enteras, las de la viña, las de la poda, las de los tratamientos, escritas por otra mano.

Una mano lenta, ligada, redonda, con las mayúsculas adornadas a la antigua.

Al pie de una de aquellas páginas, en un albarán cosido al libro, una firma pequeña y cuidada: E. Sorribas.

Cardeñosa puso las dos hojas bajo el flexo.

A la izquierda, la página de un libro viejo de 1991, apuntes de una poda en el majuelo de arriba, con la letra ligada y antigua de Eladio Sorribas.

A la derecha, la foto ampliada del renglón azul, la entrada falsa de la noche del crimen, la que imitaba la letra apurada de Damián.

Y aunque una imitaba a Damián y la otra era Eladio escribiendo a su aire, había cosas que un hombre no puede disimular por mucho que quiera.

La manera de cerrar las oes. El adorno de más en la ce mayúscula.

La inclinación. El pulso lento, de una época en que escribir era un oficio y no una prisa.

El que había falsificado la letra de Damián en el libro la noche del domingo había intentado correr, imitar el trazo veloz del enólogo, pero por debajo, en los rasgos que no se controlan, le había salido su propia mano.

Una mano vieja. Una mano de escuela de pueblo de los años cincuenta.

Cardeñosa se quedó un rato largo mirando las dos hojas, sin tocar nada, sin llamar a nadie todavía.

No era hombre de emocionarse, pero aquello le encogió algo por dentro.

Porque lo que tenía delante no era la letra de un tiburón de despacho ni la de un heredero codicioso.

Era la letra de un viejo que había escrito de puño y letra la poda de un majuelo hacía treinta y cinco años, y que la noche del domingo pasado había vuelto a coger un bolígrafo para escribir, despacio y con cuidado, una mentira sobre un hombre muerto.

Cardeñosa tenía dos hijos pequeños en Trobajo y un padre en una residencia que ya no lo conocía, y por su oficio había aprendido a no llevarse los casos a casa, porque el que se los lleva no dura.

Pero aquella página de 1991, con la letra pausada de un hombre apuntando la poda de las cepas de su majuelo, la letra de antes de que a ese hombre se le muriera el hijo en esa misma ladera, esa página se le quedó dentro un rato.

Un hombre puede aprender a matar en un arrebato.

Lo que no se aprende en un arrebato es a sentarse después, con pulso firme, a escribir con buena letra una coartada para el muerto.

Eso lo hace otra cosa. Eso lo hace el miedo, o el cariño, o las dos cosas revueltas, que a veces son la misma.

Solo entonces cogió el teléfono y llamó a Eider.

— ¿Estás sentada? — le dijo, porque era la frase de Bedoya y le pareció que tocaba.

— Estoy de pie — respondió ella al otro lado—. Dime.

— La entrada falsa del libro no es de Nando.

Documentoscopía lo descarta del todo. Es una letra vieja, de escuela antigua, de pluma y palotes.

— Cardeñosa hizo una pausa—. Y he sacado los libros viejos de la bodega.

Tengo delante, uno al lado del otro, el renglón falso y una página escrita por Eladio Sorribas en el noventa y uno.

Es la misma mano, Eider. Por debajo de la imitación, es la misma mano.

Habrá que pasarlo por pericial en regla, pero yo lo estoy viendo y no me tiembla decírtelo.

Al otro lado hubo un silencio.

— ¿Estás seguro?

— Estoy tan seguro como se puede estar antes de un informe firmado — dijo Cardeñosa—.

El que escribió esa entrada para hacernos creer que Damián siguió vivo hasta la una de la madrugada fue un hombre mayor con caligrafía antigua.

Y en esa casa, con esa caligrafía y con acceso al libro, solo hay uno.

———

No había colgado aún cuando le entró el segundo aviso, este por correo, del laboratorio de la Científica. Cardeñosa lo abrió con Eider todavía en la línea.

— Espera — dijo—. Me acaba de llegar lo de la barra.

La barra del husillo. La barra de hierro de la prensa vieja, la del lagar antiguo, esa que a Eider le había llamado la atención el martes porque estaba limpia y olía a lejía en plena vendimia, cuando en aquella nave todo lo demás estaba pringado de mosto y de tierra.

La habían recogido, embolsado y mandado a analizar sin saber muy bien qué buscaban.

Un palo de hierro limpio no dice nada. Un palo de hierro demasiado limpio, en cambio, empieza a decir.

Cardeñosa leyó el informe en voz alta, despacio, para que Eider lo cogiera entero.

— La barra se lavó con hipoclorito. Lejía.

A conciencia. En la superficie no hay nada, la limpiaron bien.

— Levantó la vista del correo, aunque Eider no pudiera verlo—.

Pero la barra tiene una rosca en un extremo, donde ensamblaba con el husillo de la prensa.

Una rosca profunda, con su junta. Y a la lejía, por mucho que la frotaras, no le llega bien al fondo de una rosca.

— Hizo la pausa que hacía siempre antes de lo importante—.

En el fondo de la rosca han encontrado sangre.

Microrrastros. Y el ADN da perfil de Damián Cándano.

El silencio al otro lado del teléfono duró lo justo.

— El arma — dijo Eider, muy bajo.

— El arma — confirmó Cardeñosa—. Lo golpearon con la barra del husillo de la prensa vieja.

Alguien la limpió después con lejía, pensando que con eso bastaba, y no contó con la rosca.

— Hizo la pausa que hacía siempre antes de lo importante—.

Y hay más. Bedoya, cuando le pasaron las medidas de la barra, dice que el diámetro y el perfil del extremo con la rosca son compatibles con la segunda impronta del occipital, la que no cuadraba con el borde del depósito.

Habla de compatibilidad, no de identidad, que para eso quiere la barra en la mano. Pero encaja.

— El que lo mató no trajo un arma de fuera — dijo Eider, despacio—. Cogió lo primero que pilló en esa nave.

— Un hierro viejo de una prensa que no se usa desde hace años — confirmó Cardeñosa—.

En caliente el golpe. Y en frío todo lo demás: la lejía, el traslado del cuerpo al otro depósito, la pila del detector en el bolsillo, la entrada falsa del libro con buena letra.

El golpe es de un hombre que pierde la cabeza un segundo.

Lo de después es de un hombre que conoce esa bodega como su casa y que, tras matar, se sienta a pensar despacio cómo lo tapa.

— Cerró el correo—. Y esa barra, esa prensa, ese lagar viejo, está en la nave vieja.

La nave a la que Damián subió el domingo a las diez y cuarto de la noche.

No hizo falta que ninguno de los dos terminara la frase. La sabían los dos.

La nave a la que Damián subió, según su último mensaje, con Eladio.