Depósito Capítulo 19
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Capítulo 19

Quintanilla lo tenía todo colocado sobre la mesa en fila, como quien enseña las cartas de una mano que ya ha ganado.

Eider las fue leyendo una por una, de pie, con las gafas en la punta de la nariz, y con cada una notaba cómo la línea derecha que llevaba dos días construyendo hacia Nando se le iba torciendo.

— Báscula de la cooperativa Val do Cúa — dijo Quintanilla—.

Domingo, diecisiete horas cuarenta. Fernando Cándano pesa dos remolques de uva a su nombre.

Firma el albarán, hay ticket con hora y una operaria que lo recuerda porque le pareció raro que el gerente fuera en persona a pesar uva un domingo.

Ahí lo tenemos a las seis menos cuarto de la tarde, a veinticinco kilómetros de la bodega.

— Eso es la tarde — dijo Eider—. La tarde no me sirve. Lo mataron de noche.

— Voy a la noche. — Quintanilla movió tres papeles—.

Restaurante en Ponferrada, en la zona de la basílica.

Cena para dos. Ticket pagado con la tarjeta de Fernando Cándano a las veintidós horas cincuenta y tres.

Antes, a las nueve y media, un reintegro de cien euros en un cajero de la misma calle, con su tarjeta y su clave.

Las cámaras del cajero le pillan la cara.

Es él. Y de las once de la noche en adelante...

— La mujer — dijo Eider.

— La mujer. — Quintanilla lo confirmó—. La hemos localizado esta mañana.

Cuarenta y seis años, vive sola en un piso del centro de Ponferrada.

Al principio no quería hablar, por lo que es, pero cuando le hemos dicho que era para descartar a Fernando de un homicidio, ha soltado todo.

Dice que Fernando llegó a su casa sobre las once y media de la noche del domingo y que no se fue hasta el lunes a las ocho de la mañana, cuando le entró la llamada de la bodega y salió corriendo.

Que pasaron la noche juntos. Lo cuenta con detalle, con pelos y señales que no se inventa nadie.

Y el portal tiene cámara. Lo estamos pidiendo, pero le adelanto que va a cuadrar.

Eider dejó los papeles y se quitó las gafas.

— O sea — dijo, despacio, para oírlo ella misma—.

Que a las diez y cuarto de la noche, la hora a la que Damián le escribe a Sonia subo a la vieja con Eladio, Fernando Cándano estaba cenando en Ponferrada, a treinta kilómetros.

Y que de las once y media en adelante, la franja en la que se monta todo, el detector, el traslado del cuerpo, la entrada falsa del libro, Fernando estaba en la cama de una mujer que no es la suya, en el centro de Ponferrada, hasta el lunes por la mañana.

— Eso es — dijo Quintanilla.

— Y hay imagen — añadió Quintanilla—. El restaurante tiene una cámara en la puerta, orientada a la calle, y le pillo entrando a las diez menos veinte con la mujer y saliendo pasadas las once los dos juntos.

La del cajero le pilla la cara a las nueve y media.

La del portal de ella la estamos pidiendo por oficio, pero la vecina del segundo, que hemos localizado de rebote, dice que oyó llegar gente al piso de al lado sobre las once y media y música baja hasta tarde.

— Cerró la carpeta—. Está colocado minuto a minuto desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la mañana del lunes.

No hay un solo hueco por el que quepa un viaje a Corullón, un asesinato, un montaje y una vuelta. No da el tiempo ni yendo a doscientos.

— No pudo — resumió Cardeñosa, desde su mesa—. Físicamente, no pudo. Habría necesitado desdoblarse.

Eider se quedó mirando el corcho. El nombre de Nando en el centro, subrayado, rodeado de flechas, coronado. Todo el trabajo de dos días apuntando a un hombre que, resultaba, esa noche estaba en el peor sitio posible para su matrimonio y en el mejor posible para su coartada.

— Joder — dijo, en voz baja. Y luego, más alto, sin dramatismo, con la resignación del oficio—: Pues ya está.

Fernando Cándano no mató a su hermano. — Cogió el rotulador, se acercó al corcho y tachó el nombre del centro con dos rayas limpias, las mismas dos rayas con las que dos días antes había tachado a Sonia y a Sela—.

Queda imputado por apropiación indebida, falsedad documental y lo que le saque la fiscalía.

Va a caer, y va a caer con todo. Pero por el fraude, no por la muerte. Eso a la jueza, por vía separada.

Se hizo un silencio en la sala. El silencio incómodo del equipo que ha corrido dos días detrás de la persona equivocada y lo sabe.

— No es un mal día — dijo Eider, leyéndoles la cara—. Al revés. Es un buen día. Hoy hemos quitado del medio al que estorbaba. Cuando descartas al que parecía, empiezas a ver al que es. — Miró el corcho—. El problema es que ahora hay que verlo.

———

Bajó ella misma a dar la noticia a Hugo, porque le pareció que era lo decente y porque, si era sincera, quería ser la que se la diera.

Lo encontró en la sala de al lado de los calabozos, con su cliente ya trasladado, recogiendo papeles en el maletín. Levantó la vista al verla entrar y Eider le vio en la cara el cansancio de un abogado que ha pasado la noche pensando cómo se defiende a un hombre de un asesinato.

— Tu cliente no mató a su hermano — dijo Eider, sin preámbulos—. Su coartada de la noche del domingo es sólida. Está verificada. Queda fuera del homicidio.

Hugo dejó el maletín sobre la mesa y se apoyó en ella con las dos manos, y por un momento se le fue veinte años de encima el peso de la cara.

— ¿Estás segura?

— Del todo. Estaba en Ponferrada. Con una mujer.

— Eider hizo una pausa—. Eso no te lo he dicho yo, y no va a salir de aquí más de lo que tenga que salir para el atestado.

Pero sí, está fuera. Prepárate para pelearle lo otro, el fraude, que de eso no lo salva ni Dios. Pero de la muerte de su hermano, sí.

Hugo soltó el aire y se pasó la mano por la nuca.

— Gracias — dijo, y esta vez lo dijo de otra manera, no de abogado—. De verdad. No por el caso. Por decírmelo tú, en persona, y no dejar que me lo comiera un fin de semana pensando que defendía a un fratricida.

— Tú habrías hecho lo mismo — respondió Eider.

— No sé si yo soy tan decente.

— Lo eres. Es lo que te fastidia de ti. — Se lo dijo sin sonreír, y él tampoco sonrió, y se quedaron un segundo mirándose en aquella sala fea, dos personas que llevaban tres años sin decidir qué eran y que acababan de recordar, en el peor sitio del mundo, que se caían bien.

— ¿Y ahora qué? — preguntó Hugo, recogiendo el maletín—. ¿Tienes a otro?

— Ahora vuelvo al trabajo — dijo Eider, que era su forma de decir que sí y de no decir nada.

Hugo se detuvo en la puerta, con el maletín en la mano.

— Ten cuidado — dijo, y no era una frase de abogado—. Este pueblo es pequeño. Se conocen todos. Y cuando en un pueblo así señalas a uno de los suyos, no te lo perdonan aunque tengas razón. Menos si tienes razón.

— Lo sé — respondió Eider—. Lo he hecho antes.

— Ya. — Hugo la miró un segundo más—. Pero nunca te acostumbras. Eso también lo sé yo.

Y se fue, y esta vez Eider no se quedó mirándolo bajar. Tenía trabajo.

———

Antes de subir, llamó a la jueza Cañedo desde el pasillo.

Con secreto de sumario y una detención en curso, cualquier giro había que dárselo a la instructora en el momento, y Reyes Cañedo, del Juzgado de Instrucción número dos de Ponferrada, era de las que agradecían la llamada y castigaban el silencio.

— Señoría, novedades. Hemos verificado la coartada de Fernando Cándano para la noche del domingo. Es sólida, con testigo, ticket, cámaras y reintegro. Queda descartado del homicidio.

— ¿Descartado descartado, inspectora, o descartado a la espera de que le convenga volver a él?

— Descartado del todo, señoría. Físicamente no pudo estar en la bodega esa noche. Lo mantenemos detenido e imputado por la apropiación y la falsedad documental, que de eso hay de sobra, y esa pieza se la paso a usted por separado. Pero del homicidio de su hermano, no.

La jueza se tomó su tiempo.

— Entonces se ha quedado usted sin autor.

— Me he quedado sin el que parecía — dijo Eider—. No es lo mismo. Tengo una línea nueva, forense, y quiero seguirla con calma antes de ponerle a usted un nombre encima de la mesa. Prefiero traérselo bien atado a traérselo rápido.

— Me gusta esa frase, inspectora, no me la estropee — respondió Cañedo, seca—.

Sígala. Pero mañana lunes quiero un oficio con el estado de las diligencias.

Y si esa línea nueva la lleva a pedirme una entrada o una detención, la quiero fundada hasta la última coma.

En esta comarca todo el mundo se conoce y yo no pienso firmar un disparate que me estalle en la prensa. ¿Entendido?

— Entendido, señoría.

— Buenas noches. Y coma algo, que se le nota en la voz que no ha cenado.

Colgó antes de que Eider pudiera contestar. Se quedó con el móvil en la mano, medio sonriendo. Le caía bien esa mujer. Dura, limpia, con ojo. De las que no firmaban a cubierto y luego te dejaban sola. En veintiún años había conocido a pocas.

———

Subió a la sala. El equipo la esperaba, porque sabían que después de tachar un nombre venía siempre lo mismo: la pregunta.

Eider se plantó delante del corcho. Con Nando tachado, el mapa había quedado casi vacío. Sonia, tachada. Sela, tachado. Nando, tachado. Y en la esquina, sola, con una sola flecha que salía hacia ella, la palabra que llevaba cuatro días arrinconada sin que nadie se atreviera a mirarla de frente.

— Volvamos al mosto — dijo Eider—. Es lo único que no hemos podido tachar.

Damián se estaba muriendo junto al depósito cuatro, aspirando Godello.

Godello del Majuelo Vello. Eso es un hecho de laboratorio, no una teoría.

Pasó de verdad. — Golpeó el corcho con el capuchón—.

Y ahora que Nando está fuera, esa pregunta no tiene dónde esconderse.

¿Qué hacía Damián, la noche que murió, junto al depósito del Godello del majuelo viejo?

Nadie contestó. Cardeñosa la miraba con esa quietud suya que era casi una respuesta.

— ¿Quién trabaja el Majuelo Vello? — preguntó Eider, y lo preguntó despacio, porque sabía adónde llevaba y no le gustaba llevar allí—. ¿Quién sube a esa ladera, quién poda esas cepas, quién vendimia ese Godello, quién conoce ese majuelo mejor que su propia casa?

Folgueras fue el que lo dijo, en voz baja, casi con pena.

— Eladio.

— Eladio — repitió Eider. Cogió el rotulador y, en la esquina del corcho, rodeó el nombre del capataz con un círculo.

Un solo trazo. Y se quedó mirándolo, con el rotulador todavía apoyado en el corcho, sintiendo por primera vez en el caso algo que no era la satisfacción fría de estrechar el cerco, sino lo contrario. Una desgana. Un peso.

Porque el hombre de aquel círculo era el que le había enseñado a leer el terreno. El que le caía bien. El abuelo de toda la comarca. Y el único, ahora que los demás caían, que había estado con Damián la última noche, junto al depósito de la uva de su majuelo.

— Mañana — dijo, y le costó decirlo— volvemos a mirarlo todo. Pero mirando a otro.