Capítulo 18
Nando Cándano llevaba desde las nueve de la mañana detenido, y en dos horas había pasado por todos los estados de un hombre que se hunde: la indignación primero, el llanto después, y ahora una calma rara, plana, la del que ya ha tocado el fondo del pozo y descubre que al menos abajo no se sigue cayendo.
La sala era pequeña. Una mesa, cuatro sillas, una cámara arriba, en la esquina, con un puntito rojo.
Enfrente, la inspectora, con las gafas de leer puestas y un montón de papeles delante que Nando no quería mirar porque sabía lo que eran.
A su lado, Hugo Setién, su abogado, que esa mañana lo había recibido con la cara de quien ya no va a poder tapar mucho más.
Y de pie, junto a la puerta, el subinspector calvo que apuntaba todo y no decía nada.
— Fernando — dijo la inspectora, y usó el nombre entero, despacio—. Vamos a empezar por lo fácil. Por el dinero. Porque el dinero ya lo tengo yo aquí, en estos papeles, y usted lo sabe. Cuéntemelo usted antes de que se lo cuente yo.
Nando miró a Hugo. Hugo le hizo un gesto pequeño con la barbilla. Adelante, decía el gesto. En esto no te puedo salvar.
— Yo... — Nando se aclaró la garganta. Tenía la boca seca desde hacía dos horas—. ¿Puedo beber agua?
Le acercaron un vaso de plástico. Bebió, y el agua le supo a comisaría, a plástico y a vergüenza.
— Empecé hace tres años — dijo al fin, con la vista en la mesa—.
Con las apuestas. Fútbol, casi todo. Al principio ganaba.
Todo el mundo gana al principio, ¿sabe usted?
Es la trampa. Ganas al principio para que no puedas parar después.
— Se pasó la mano por la cara—. Perdí. Perdí mucho.
Perdí lo que no tenía. Y en vez de decírselo a alguien, en vez de pedir ayuda, hice lo que hace un cobarde. Empecé a tapar un agujero con otro.
La inspectora no lo interrumpía. Lo dejaba caer solo, y eso era peor, porque Nando se habría agarrado a cualquier pregunta para no tener que seguir hablando por su cuenta.
— Cogí de la bodega — dijo—. Facturas infladas.
Proveedores que no eran. Reintegros. Al principio poco, luego más.
Yo llevaba las cuentas, ¿entiende? Nadie miraba.
Mi padre estaba ya muy mayor, Damián estaba en la viña y en el vino, en lo suyo, y confiaba en mí.
— Se le quebró la voz, y Nando odió que se le quebrara delante de aquella mujer—.
Confiaba en mí. Ese era el problema. Que confiaba en mí.
— Y las firmas — dijo la inspectora, suave.
Nando cerró los ojos.
— Cuando empezó lo del fondo, lo de la venta, hacían falta firmas.
Documentos de intenciones, poderes, papeles del banco.
Y Damián no quería vender, o quería vender otra cosa, no lo que el fondo pedía.
Se ponía difícil. Y yo... yo necesitaba que aquello saliera.
Necesitaba el dinero de la venta para tapar lo mío antes de que se viera.
— Abrió los ojos, pero no levantó la vista—.
Así que firmé por él. Aprendí a hacerle la firma.
Está en mi sangre, es mi hermano, me salía casi sola.
Firmé documentos con la venta del Majuelo Vello ya cerrada, cuando él todavía se resistía.
Firmé cosas que él nunca habría firmado.
— ¿Por qué tanta prisa con esa venta? — preguntó la inspectora—. ¿Por qué el Majuelo Vello y no otra finca?
— Porque era lo que el fondo quería — dijo Nando, y por un momento le salió el gerente de dentro, el que sabía de números aunque no supiera de dignidad—.
Ese Sela, el del fondo, no quería una viña cualquiera.
Quería el Majuelo Vello, las cepas viejas, por el prestigio, por el marketing ese que hacen ellos, la finca histórica, el vino de autor.
Pagaban por ese majuelo el triple que por el resto.
Con lo que soltaban por él, yo tapaba mi agujero y sobraba para respirar dos años.
— Se le agrió la voz—. Damián no lo quería vender.
Decía que ese majuelo no se tocaba, que era palabra de nuestro padre.
Y yo pensé, en mi cabeza de rata, que si él se ponía tonto con los sentimientos, yo firmaba por él y santas pascuas.
Que total, era dinero que salvaba la casa. Que ya me lo agradecería.
— Señor Cándano — intervino Hugo, en voz baja, poniéndole una mano en el brazo—. No hace falta que se juzgue. Con que conteste basta.
— Déjeme, letrado — respondió Nando, y por primera vez había algo casi digno en él, el hombre que quiere por fin decir en voz alta lo que ha callado tres años—.
Llevo desde el lunes juzgándome yo solo.
Al menos que sirva de algo. — Volvió a la inspectora—.
Uno no se levanta un día y decide ser un ladrón, ¿sabe usted?
Uno va dando pasitos, y cada pasito tiene su buena excusa, y un día levanta la cabeza y resulta que le ha robado a su hermano y le ha falsificado la firma y le ha vendido a su espalda la tierra del abuelo.
Y ni siquiera sabe en qué momento dejó de ser un desgraciado con deudas para ser esto.
— ¿Y él lo descubrió?
Ahí Hugo se movió en la silla, incómodo, pero no dijo nada. No había nada que decir.
— La semana pasada — murmuró Nando—. El jueves.
Encontró un poder con su firma en un correo que yo le había mandado al del fondo por error, en copia.
Su firma en un papel que él no había firmado.
Y lo entendió todo de golpe. — Se le llenaron los ojos otra vez—.
Me llamó a su despacho de la nave y me dijo que el lunes hablábamos tú y yo de las firmas.
Así, tranquilo, que era lo que más miedo daba de Damián, que cuanto más grave, más tranquilo.
El lunes hablamos tú y yo de las firmas.
Se hizo un silencio en la sala. Nando notó que la inspectora lo miraba de una manera nueva, y supo lo que estaba pensando, porque llevaba pensándolo él mismo dos días con un nudo en el pecho.
— Y el lunes su hermano apareció muerto — dijo la inspectora—. Y ya no hubo conversación sobre las firmas.
———
Nando levantó la cabeza de golpe.
— No — dijo—. No, no, no. Sé lo que parece.
Llevo desde el lunes sabiendo lo que parece.
Que mi hermano me pilla robando, que me dice el lunes hablamos, y que el lunes está muerto y yo me quedo con la bodega y el problema resuelto.
Ya lo sé. No hace falta que me lo dibuje. Me lo he dibujado yo solo cada noche.
— Pues ayúdeme a borrarlo — dijo la inspectora, y por primera vez había en su voz algo que no era acero—. Si usted no lo mató, deme con qué borrarlo. ¿Dónde estaba el domingo por la noche, Fernando? Y esta vez de verdad. No lo de por Ponferrada, unos temas. La verdad.
Nando miró a Hugo. Hugo le sostuvo la mirada y le dijo, muy bajo, casi sin mover los labios:
— Diles la verdad, Fernando. Aunque sea la que no quieres.
Y Nando bajó la cabeza, y sintió que la vergüenza le subía por el cuello, una vergüenza distinta de la del dinero, más antigua, más sucia.
— No puedo — dijo—. Mi mujer...
— Su mujer no está en esta sala — respondió la inspectora—. Y su hermano sí, en un cajón del Anatómico. Elija.
Nando apretó los puños encima de la mesa. Los abrió. Cuando habló, le salió una voz que no reconoció como suya, pequeña, de crío pillado.
— El domingo por la tarde estuve en la báscula de la cooperativa, en Val do Cúa, pesando la uva de dos parcelas nuestras que llevé yo mismo porque andábamos cortos de manos.
Eso lo pueden comprobar, hay ticket de báscula con la hora.
Salí de allí a media tarde. Y por la noche...
— Tragó saliva—. Por la noche no volví a Corullón.
Me quedé en Ponferrada. Cené aquí. Y no cené solo.
— ¿Con quién?
Nando cerró los ojos una última vez, y soltó el aire despacio, y con él soltó lo que llevaba tres años escondiendo, lo que le daba más miedo que la cárcel, porque la cárcel se paga y una vergüenza así no se paga nunca.
— Con una mujer — dijo—. Con una mujer que no es la mía.
Hace tiempo que... Da igual. Cené con ella, dormí con ella, en su casa, en Ponferrada, y no salí de allí hasta el lunes por la mañana, cuando me llamaron para decirme que mi hermano estaba muerto.
— Levantó la vista, y en ella había desesperación y una especie de alivio horrible—.
Yo robé. Yo firmé por él. Yo le mentí a toda mi familia y a la suya durante tres años, y voy a pagarlo, lo sé.
Pero no lo maté. No maté a mi hermano. Esa noche yo estaba en Ponferrada, con ella.
— Le temblaba la barbilla—. Pregúntele a ella.
Se lo suplico. Pregúntele a ella y déjeme en paz con lo del asesinato, que de eso, se lo juro por mi hija, yo no sé nada.
Dio el nombre. La inspectora lo apuntó sin cambiar la cara, se lo pasó al subinspector calvo con un papel doblado, y el subinspector salió de la sala sin hacer ruido.
Nando se quedó mirando la puerta por donde había salido el hombre que iba a comprobar la única verdad que le quedaba entera. Al lado, Hugo Setién le puso una mano en el hombro y no le dijo nada, porque no había nada bueno que decir.