Depósito Capítulo 17
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Capítulo 17

La declaración de Nando de por la mañana había sido un ejercicio de nada.

Dos horas para no decir nada. Hugo Setién a su lado, correcto, cortándole cada vez que el hombre se acercaba a algo, y Nando sudando el traje y repitiendo que él quería a su hermano más que nadie, que aquello era una desgracia, que la bodega era su vida.

Cuando Eider le preguntó por el domingo, se enredó.

Que si había andado por Ponferrada. Que si unos temas.

Que si a qué venía tanta pregunta con un hermano recién muerto.

Hugo levantó la mano y Eider lo dejó estar, porque ya tenía lo que quería: que Nando no tenía un relato limpio de la noche del domingo, y que le costaba fabricarlo delante de ella.

Ahora, a las seis de la tarde, con el hombre en su casa y la comisaría medio vacía de sábado, Eider tenía las piezas sobre la mesa y las estaba ordenando en voz alta para el equipo, que era su manera de comprobar si se sostenían de pie.

— Repasadme lo que tenemos contra Fernando Cándano — dijo—. Sin cariño y sin manía. Solo lo que le pondríamos a la jueza.

Cardeñosa fue enumerando.

— Uno. Móvil sólido: Damián descubrió el desfalco.

Tenemos el retrospectivo que reconstruimos de la semana anterior, la discusión entre hermanos, el el lunes hablamos tú y yo de las firmas.

Si el lunes hablaban, el domingo Nando tenía un problema muy gordo encima. Damián muerto le borra el problema.

— Dos — siguió Quintanilla—. Medios: Nando conoce la bodega de arriba abajo, sabe dónde está cada depósito, sabe del detector de CO2 y de la manía de Damián con la seguridad.

Y sabe imitar la letra de su hermano, porque lleva medio año falsificándole la firma en los contratos del fondo. Documentado. Tenemos los papeles.

— Tres — dijo Folgueras—. Oportunidad: no tiene coartada de la noche del domingo. O no la ha querido dar, que para el caso es igual de feo.

Eider escuchaba con los brazos cruzados, apoyada en la pared, mirando el corcho.

— Y cuatro, la entrada falsa del libro — añadió Cardeñosa—. Una mano imitando a Damián apunta que a la una de la madrugada seguía vivo y trabajando. Nando sabe imitar a Damián. — Hizo una pausa—. Documentoscopía todavía no lo cierra, pero...

— ¿Qué dice documentoscopía? — cortó Eider—. Lo exacto.

Quintanilla buscó el correo en el portátil y leyó.

— Dice que la entrada del renglón azul es una imitación de la escritura de Damián Cándano hecha por otra mano.

Eso lo dan por seguro. Que el trazo es lento, controlado, de alguien que escribe despacio y con buena letra de base.

— Levantó la vista—. Y aquí viene lo que no nos gusta.

Dicen que la muestra indubitada de Fernando Cándano, sus facturas, sus notas, es una letra rápida, moderna, de bolígrafo apretado.

Que no descartan que sea él imitando a conciencia, porque el que imita cambia la mano a propósito.

Pero que, a primera vista, el trazo de la entrada falsa es más viejo.

Más de escuela antigua. Piden más muestras.

Y piden, textual, muestra caligráfica de cualquier otra persona de la casa que pudiera escribir en ese libro.

Se hizo un silencio en la sala.

— Más viejo — repitió Eider, y la palabra le raspó, porque era la segunda vez que aparecía y la segunda vez que ella la apartaba—.

Vale. Que pidan las muestras que quieran.

Pero un informe que dice no lo descartamos no me tumba lo demás.

Un falsificador profesional cambia la mano.

Nando lleva meses falsificando. Sabe hacerlo.

Lo dijo con más firmeza de la que sentía, y Cardeñosa la miró un segundo de más, y ella lo notó.

———

A media tarde la llamó Albadalejo desde León. Paco. El inspector jefe de la Brigada Judicial, el filtro entre ella y Alesanco, un murciano de buena fe y paso lento al que en privado todos llamaban Paco y al que delante de un juez nadie llamaba otra cosa que señor inspector jefe.

— Eider, ¿cómo lo llevas? — La voz venía cansada. A Paco le tocaba aguantar a Alesanco, que a su vez aguantaba a la prensa, y esa cadena de aguantes acababa siempre bajando hasta ella.

— Lo llevo — dijo Eider—. Tengo detención autorizada de Fernando Cándano por el fraude. Lo traigo mañana y lo siento por todo, también por la muerte.

— ¿Lo tienes por la muerte?

Eider dudó lo justo para que Paco lo notara.

— Lo tengo por casi todo — dijo—. Móvil, medios, oportunidad, sin coartada, y una letra falsa en el libro de la bodega que apunta a una mano que sabe imitar a Damián. Nando lleva medio año imitándole la firma. Encaja.

— Pero.

— Pero hay un mosto que no encaja — reconoció ella, porque a Paco no le mentía—. Damián empezó a morirse junto a un depósito que su hermano no pisa nunca. Y eso todavía no sé cómo colocarlo.

Al otro lado hubo un silencio de los de Paco, lentos, en los que uno lo oía pensar.

— Eider, te voy a decir lo que te va a decir Alesanco mañana, para que te lo diga yo hoy y con cariño — dijo al fin—.

Tienes a un hombre que robaba, que falsificaba, que mentía y que se queda con la bodega si el hermano desaparece.

Tienes a una jueza que te firma la detención.

Tienes a la prensa de allí a punto de reventarte el caso.

Si mañana ese hombre te confiesa o te cae, cierras.

Y si te empeñas en un mosto, se te va el fin de semana y Alesanco te come.

— Ya lo sé, Paco.

— Lo sabes, pero no lo vas a hacer. — Paco no lo dijo con reproche.

Lo dijo con la resignación del que la conocía—.

Tú vas a tirar del mosto aunque te cueste la reprimenda.

Siempre lo haces. Por eso cierras los casos que otros dejan a medias y por eso Alesanco tiene migrañas.

— Suspiró—. Anda, detén a Nando mañana, que por lo del fraude va bien detenido igual.

Pero no me firmes un homicidio que no te crees del todo solo porque quede bonito para el lunes.

Prefiero un lunes feo y un caso bien hecho.

Eider se quedó un momento con el teléfono en la oreja, agradecida sin decirlo.

— Por eso te aguanto, Paco.

— Por eso me aguantas — dijo él, y colgó.

Eider dejó el móvil sobre la mesa. Un lunes feo y un caso bien hecho. En veintiún años había aprendido que casi nunca se podían tener las dos cosas, el lunes bonito y el caso bien hecho, y que cuando había que elegir, ella siempre elegía mal para su carrera y bien para el muerto.

———

Salió a fumar a la escalera de incendios, que en la comisaría de Ponferrada daba a un patio interior con un ciprés y unos contenedores, no muy distinto de la de León.

Encendió el rubio con la espalda contra la pared fría y le dio dos caladas largas antes de dejar salir el humo.

Sábado por la tarde. En algún sitio de esa misma ciudad, Hugo Setién estaría preparando a su cliente para lo que se le venía encima, y ella estaría preparando lo que se le venía encima a su cliente, y esa noche ninguno de los dos dormiría en la cama del otro.

La vida, que a veces te ponía en la mesa de enfrente al único con quien te apetecía cenar.

Apagó el pensamiento con otra calada. No tocaba.

Lo que sí tocaba, lo que llevaba dándole vueltas desde la llamada de Bedoya la noche anterior, era el mosto. El Godello. Le volvía una y otra vez, terco como una piedra en el zapato.

Damián se había estado muriendo junto al depósito cuatro, aspirando Godello del Majuelo Vello. Y luego alguien lo había arrastrado hasta el siete, la Mencía, y lo había metido allí para que amaneciera como un accidente. Hasta ahí, cuadraba con cualquiera que conociera la nave. Cuadraba con Nando.

Pero había una arista que no encajaba, y Eider llevaba veintiún años en el cuerpo para saber que las aristas que no encajan son las que al final te cortan.

El Godello del depósito cuatro venía del Majuelo Vello.

Y al Majuelo Vello, arriba, a esa ladera pina y mala de trabajar, Nando Cándano no subía jamás.

Se lo habían dicho todos, sin que nadie le diera importancia.

Digna, esa misma mañana: Nando era más de la casa, más de los números.

Damián era de la viña. Sonia, dos días antes: Nando llevaba los papeles.

Nando era un hombre de despacho, de traje, de báscula y de factura.

Un hombre que no se manchaba las botas de barro si podía evitarlo.

¿Por qué iba a estar Damián muriéndose junto a un depósito de Godello, la uva del majuelo que su hermano el gerente ni pisaba? ¿Qué hacían los dos, de noche, junto al cuatro?

Eider dio una última calada y tiró la colilla al patio, y en el gesto notó que la respuesta lógica, la que le ponía todo derecho a Nando, tenía ese agujero.

Nando podía haber movido el cuerpo. Nando podía haber montado el detector, la entrada del libro, el teatro.

Pero el sitio donde Damián empezó a morir, el depósito cuatro, el del Godello del Majuelo Vello, ese sitio no era el sitio de Nando. Era el sitio de otro.

Volvió a entrar. Cardeñosa la esperaba de pie, con un papel en la mano y esa cara suya que no anunciaba buenas noticias sino noticias.

— Acaba de llamar la jueza Cañedo — dijo—. Con lo que tenemos del fraude, la falsedad documental y la firma, autoriza la detención de Fernando Cándano por esos hechos. Podemos ir a por él esta noche o mañana temprano y tenerlo aquí, detenido, para interrogarlo por todo. También por el homicidio.

Eider cogió el papel. Lo leyó. Era lo que quería. Era, sobre el papel, la línea derecha.

— Mañana a primera hora — dijo—. Que descanse una noche en su casa, que va a ser la última en una temporada.

Lo traemos a las nueve, detenido, y a las diez y media lo siento yo.

— Miró a Quintanilla—. ¿La coartada que balbuceó esta mañana?

Lo de que anduvo por Ponferrada el domingo. ¿En qué estamos?

Quintanilla cerró el portátil.

— En ello. He pedido la báscula de la cooperativa Val do Cúa, que dice que estuvo pesando uva por la tarde.

Y estamos con las cámaras de Ponferrada, los cajeros y los restaurantes para la noche.

Si estuvo por aquí, lo tuvo que dejar en algún sitio.

Una tarjeta, un ticket, un cajero. Lo tendré mañana por la mañana, antes de que lo sientes.

— Bien. — Eider se volvió hacia Reguera—.

Para la detención de mañana necesito gente de aquí.

Fernando Cándano vive en Corullón, en la casa de la familia, y no quiero espectáculo.

Nada de coches con luces por el pueblo a las nueve de la mañana, que en dos horas lo sabe la comarca entera y me lo cuenta la Barredo en el digital.

Dos vehículos, discretos, tú con nosotros porque conoces el terreno y a la gente.

Entramos, le leemos sus derechos, lo montamos y nos venimos. Sin ruido.

— Cuente con ello — dijo Reguera, y esta vez lo dijo sin recelo, ya del todo dentro—. Conozco la casa. Hay un camino de servicio por detrás, por las viñas, que evita la plaza. Subo yo delante.

— Perfecto. — Eider recogió el auto de la jueza de la mesa y lo metió en la carpeta del atestado—.

Y ojo con la madre. Doña Digna es mayor y está delicada.

Que nadie le grite, que nadie la asuste.

Detenemos al hijo, no a la familia. — Miró al equipo entero—.

Esta gente ya tiene un muerto en casa. No les vamos a añadir un mal recuerdo de cómo se llevaron al otro.

Nadie discutió. Era una de las cosas que hacían que la siguieran: que en veintiún años nunca había confundido detener a un hombre con humillar a los suyos.

— Cerrad la casa por hoy — dijo—. Mañana es domingo, pero para nosotros es lunes.

El equipo empezó a recoger. Eider se quedó un momento sola frente al corcho, con el nombre de Nando en el centro, subrayado, rodeado de flechas, y el de Eladio en la esquina con una sola línea que salía hacia él, la que ella misma había dibujado la noche anterior y que nadie más miraba.

Tenía a Nando cogido. Tenía el móvil, los medios, la oportunidad, la falta de coartada y una jueza firmando. Lo tenía todo para cerrar el caso el domingo y volverse a León el lunes con el fiscal contento.

Le faltaba una sola cosa. Le faltaba explicar qué hacía Damián, la noche que murió, junto al depósito del Godello que su hermano no pisaba nunca.

Y esa cosa, esa arista pequeña, era exactamente lo que Quintanilla iba a mover al día siguiente sin saberlo, cuando fuera a comprobar dónde había estado Nando el domingo por la noche.

Solo que ninguno de los dos sabía todavía que esa diligencia, en lugar de cerrar el caso, iba a reventarlo por dentro.