Depósito Capítulo 16
59%

Capítulo 16

A Digna Balboa la memoria le fallaba para lo de ahora y le sobraba para lo de antes.

Se le olvidaba si había desayunado, pero se acordaba del vestido que llevaba el día que Avelino la sacó a bailar en las fiestas de Villafranca del año cincuenta y ocho.

Su nuera decía que eso era el principio de algo malo.

El médico también. A Digna le daba igual.

A los setenta y nueve años, con un hijo muerto en un depósito y un marido en el cementerio de Corullón, prefería quedarse con lo de antes.

La inspectora subió a media mañana. Digna la recibió en la salita buena, la de las fotos, la que solo se abría para los curas y ahora para la policía.

Le habían dicho que era una mujer dura. A Digna no le pareció dura.

Le pareció cansada, que era otra cosa, y le ofreció un café que la inspectora aceptó solo, sin azúcar, y unas pastas de las de la panadería de Cacabelos que la mujer no tocó.

— Usted quiere que le hable de la bodega — dijo Digna, sentándose despacio, con las dos manos en el bastón.

— Quiero que me hable de lo que usted quiera, señora — respondió la inspectora—. Del principio, si le parece. Yo de vino no sé nada. Soy de tierra de sidra.

A Digna le gustó eso. Que no fuera al grano. Los que van al grano no saben que en el grano no está nunca la verdad.

— El principio fue Avelino — dijo—. Mi marido.

Esto no era nada cuando empezamos, ¿sabe usted?

Cuatro tinas de barro y un lagar de piedra que era de su padre y del padre de su padre.

Se vendía a granel, en pellejo, el vino del año, y no daba ni para comer.

Todos los de aquí bajaban a las minas de Fabero, al carbón, y las viñas se quedaban solas.

Avelino no. Avelino se empeñó en que la Mencía de estas laderas valía, cuando todos se reían de él.

Y mire. — Señaló con el mentón hacia la ventana, hacia las naves, hacia las viñas que bajaban al Sil—.

Mire lo que llegó a ser. Tardó cuarenta años. Cuarenta años de no dormir.

La inspectora la escuchaba sin apuntar nada. Eso también le gustó a Digna.

— ¿Y Eladio? — preguntó la mujer, suave—. Me han hablado mucho de Eladio. Del capataz.

Digna sonrió, y fue una sonrisa que le quitó veinte años de encima.

— Eladio entró en esta casa con doce años, a espantar pájaros.

Doce años tenía. Su padre trabajaba para el mío, y cuando el padre murió, Avelino se lo quedó.

Eladio y Avelino levantaron esta bodega con las manos, uno mandando y el otro sabiendo, que no es lo mismo pero hace falta.

Avelino ponía el nombre y el dinero que no teníamos.

Eladio ponía las viñas. Ese hombre sabe leerle a una cepa lo que le pasa igual que usted le lee la cara a un mentiroso.

— Bebió un sorbo de agua—. Para mis hijos fue como un tío.

Damián lo adoraba. Damián, de crío, se le escapaba a mí para irse a la viña con Eladio, y volvía negro de tierra y feliz.

Nando no. Nando era más de la casa, más de los números.

Pero Damián era de la viña. Como Eladio.

Digna se quedó un momento buscando el hilo, porque a veces el hilo se le escapaba a media frase y tenía que esperar a que volviera.

La inspectora esperó con ella, sin meterle prisa, y eso Digna se lo agradeció, porque su nuera y el médico le terminaban las frases y no había cosa que la humillara más.

— Hubo años malos — dijo, cuando el hilo volvió—.

Muchos. Los noventa fueron duros, y los dos mil también, hasta que el vino de aquí se puso de moda y empezó a pagarse.

Años en que no había para las nóminas. Y Avelino, que era muy orgulloso, no quería que se supiera, y aguantaba pidiendo al banco un poco más, y un poco más.

— Movió la cabeza despacio—. Eladio esos años cobró tarde muchas veces.

Y no se fue. Podía haberse ido a cualquier bodega grande, que lo querían, que un capataz que sabe lo que sabe él no se encuentra.

Y no se fue. Se quedó cobrando tarde y trabajando igual, porque decía que estas viñas eran suyas aunque la escritura dijera otra cosa.

— Miró a la inspectora—. La gente cree que la lealtad se paga con dinero.

Y es al revés. La lealtad de verdad es la que aguanta cuando no hay dinero.

Bebió otro sorbo de agua. Le temblaba un poco el vaso.

— Por eso Avelino le prometió lo que le prometió — añadió, más bajo—. Porque le debía media vida. Y porque los dos sabían que hay deudas que no se pagan con la cosecha.

Se quedó un momento en silencio, mirando una de las fotos de la pared. Un hombre joven, moreno, guapo, con una camisa blanca abierta y una parra detrás.

— Ese es Tino — dijo, y la voz le cambió—. Faustino. El hijo de Eladio.

La inspectora miró la foto. No dijo nada. Esperó.

— Se mató en el noventa y cuatro — siguió Digna, y las manos se le apretaron sobre el bastón—.

En agosto. En plena canícula. Tenía veintidós años y estaba arando el majuelo de arriba, el viejo, el de las cepas de mi suegro, con el tractor pequeño.

La ladera de allá arriba es muy pina, ¿sabe usted?

Muy empinada. El tractor volcó. Le cayó encima.

Cuando lo encontraron ya estaba... — No terminó la frase.

No hacía falta—. Fue Eladio el que lo encontró.

Su propio padre. Subió a buscarlo porque no bajaba a comer, y lo encontró debajo del tractor, en su majuelo.

En la salita se hizo un silencio grueso. Fuera se oía la despalilladora de la nave, lejana, terca, la vendimia que no paraba ni por los muertos.

— Amparo, la mujer de Eladio, no lo superó — dijo Digna—.

Se fue apagando. Murió hace unos años, el diecinueve me parece.

Y Eladio se quedó solo con sus cepas. — Levantó la vista hacia la inspectora—.

Ese majuelo, el de arriba, es donde murió Tino.

Y Eladio, desde entonces, lo cuida como no ha cuidado nada en su vida.

Va todos los días. Replantó las cepas que se secaban, una a una, con su propio injerto, para que no quedara ni un hueco.

Puso una cruz de hierro entre las viñas, pequeñita, con las manos, sin decirle nada a nadie.

Ahí está todavía. — Bajó la voz—. Ese majuelo no es una viña para Eladio, inspectora.

Es el camposanto de su hijo. Es donde va a hablar con él.

Digna se quedó un rato callada, con la vista perdida en la foto de Tino, y cuando volvió a hablar lo hizo más para ella que para la policía.

— La gente cree que a los muertos los tenemos en el cementerio — dijo—.

Y no es verdad. A los muertos los tenemos donde ellos vivieron.

Yo a mi Avelino no lo voy a buscar a la tumba, lo busco en la bodega, en el olor del lagar, en las viñas que plantó.

Y Eladio a su hijo lo tiene en esas cepas.

Cada cepa que replantó con sus manos es un poco de Tino que no deja morir.

— Le tembló la voz, pero no lloró—. Por eso ese majuelo, para él, no es una viña vieja que da poca uva.

Es lo único que le queda de un hijo. Mientras esas cepas estén ahí, Tino está ahí.

Que las arranquen y ¿qué le queda? Nada.

Un hombre viejo y solo y un trozo de tierra pelada donde antes estaba su hijo.

— Miró a la inspectora, y en los ojos tenía una tristeza sin fondo—.

Hay quien dice que la tierra es solo tierra.

Los que lo dicen es que nunca han enterrado en ella lo que más querían.

———

La inspectora dejó pasar un rato antes de hablar. Cuando lo hizo, lo hizo con cuidado, como quien pisa un suelo que no conoce.

— Doña Digna, el majuelo viejo, ese majuelo. ¿Es el que iban a vender al fondo?

Digna cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, le brillaban, y no era de emoción bonita.

— Ese mismo — dijo—. El Majuelo Vello. El más viejo, el más malo de trabajar, el que menos da y el que más queremos.

El fondo ese de fuera lo quería precisamente ese, porque las cepas viejas dan poca uva pero muy buena, y ellos lo iban a arrancar todo para plantar en esas filas rectas de alambre, en espaldera, para pasar la máquina.

Iban a arrancar las cepas de mi suegro. Y la cruz de Tino con ellas.

— ¿Y usted qué pensaba de esa venta?

— Yo pensaba lo que prometió mi marido — dijo Digna, y por primera vez la voz le salió firme, sin temblor de vieja—.

Avelino, en vida, le juró a Eladio una cosa.

Se lo juró el día del entierro de Tino, delante de mí, en el cementerio.

Le puso la mano en el hombro y le dijo: Eladio, ese majuelo no se vende ni se arranca mientras viva un Cándano.

Mientras quede uno de los míos, las cepas de tu hijo se quedan donde están. Te lo juro por mis muertos.

Se le quebró algo al final, y bebió agua para recomponerse.

— Treinta y dos años ha aguantado esa promesa — siguió, más bajo—.

Ni en los peores años, cuando debíamos hasta el aire, tocamos ese majuelo.

Avelino se murió el año pasado sin haberlo tocado.

Cumplió. — Levantó la vista hacia la inspectora, y en los ojos tenía toda la lucidez del mundo, esa lucidez cruel que a los viejos les vuelve a ratos para hacerles daño—.

Pero se murió, ¿sabe usted? Y con él afloró la deuda que llevaba años tapando.

Y ahora el banco aprieta, y hay que vender algo o lo perdemos todo.

Y de todo lo que tenemos, lo que ese fondo quiere, lo único que quiere, es el Majuelo Vello.

Miró hacia la ventana, hacia la ladera de arriba, donde no se veía el majuelo pero ella sabía dónde estaba.

— Ese majuelo no se vendería mientras viviera un Cándano — dijo, muy despacio, como quien lee una sentencia—. Eso juró mi marido. Y mire usted qué cosas. — Se le apagó la voz hasta casi nada—. Ya no queda casi ninguno.