Depósito Capítulo 15
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Capítulo 15

Se encontraron en el pasillo de la primera planta, junto a la máquina de café, que era el sitio menos íntimo del mundo y por eso el único donde podían hablar sin que pareciera otra cosa.

Hugo la esperaba con las manos en los bolsillos de la gabardina y el maletín a los pies.

Había pedido ver a la instructora del caso, y la instructora del caso era ella, y los dos habían tenido que hacer como que se enteraban en ese instante de que iban a pasarse los próximos días en lados opuestos de la misma mesa.

— Inspectora Aristegui — dijo él, y lo dijo con una formalidad tan cuidada que a Eider casi le hizo gracia.

— Letrado Setién.

Se quedaron un momento midiéndose, con la máquina de café zumbando entre los dos.

— La familia Cándano me ha pedido que les asista — dijo Hugo—. Doña Digna, la madre. Y el hijo, Fernando. Yo no sabía que llevabas tú el caso hasta que he cogido el AVE esta mañana. Te lo juro.

— Te creo — dijo Eider. Y era verdad, lo creía, porque Hugo mentía fatal, siempre lo había hecho, era una de las cosas que le gustaban de él en un oficio lleno de gente que mentía bien—.

Pero eso no cambia nada. A partir de ahora, aquí, tú eres el abogado de un investigado y yo soy la que lo investiga.

Lo que hablemos de trabajo lo hablamos como dos desconocidos.

Hugo torció la boca en algo que no llegaba a sonrisa.

— Va a ser difícil — dijo.

— Va a ser lo que hay.

Cogió un café de la máquina, solo, sin azúcar, y no le ofreció otro a él, que era su manera de marcar la raya. Hugo lo entendió.

— Solo te pido una cosa como abogado — dijo él, poniéndose serio—. Si vais a citar a Fernando Cándano, quiero estar delante. No quiero interrogatorios de pasillo ni conversaciones informales. El hombre tiene derecho a asistencia letrada y yo soy su asistencia.

— Tendrás tu citación en regla y estarás delante de cada palabra — respondió Eider—. Yo no trabajo por la puerta de atrás, Hugo. Nunca lo he hecho. Deberías saberlo mejor que nadie.

Ahí él bajó la guardia un segundo. Solo un segundo.

— Lo sé — dijo, más bajo—. Es lo que me jode. Que sé cómo trabajas. Y sé que si tú tienes a mi cliente en esa lista, no lo tienes por capricho.

— No lo tengo por capricho.

— Ya. — Hugo recogió el maletín del suelo—. ¿Es muy malo lo que tienes?

— Sabes que no te lo puedo decir.

— No te pido el sumario. Te pregunto de persona a persona si el hombre al que voy a defender mató a su hermano.

Eider le dio un sorbo al café para ganar tiempo. Le habría gustado poder decirle que no, que su cliente era un pobre diablo que solo había robado. No podía decírselo, entre otras cosas porque a esas alturas ni ella lo sabía.

— Te puedo decir una cosa — dijo al fin—. Que tu cliente ha hecho cosas por las que va a responder aunque no matara a nadie. Prepárate para eso. Y prepárale a él.

Hugo la miró con el cansancio y el afecto revueltos que se tienen dos personas que llevan tres años sin acabar de decidir qué son.

— Gracias — dijo—. Es más de lo que debías.

— Es menos de lo que quisiera — contestó Eider, y se arrepintió de haberlo dicho en cuanto lo dijo, porque no tocaba, porque estaban en un pasillo de comisaría con un muerto de por medio.

Se recompuso—. Mañana a las diez. Ven con tu cliente.

Y no me lo traigas aleccionado, que lo noto y me cae peor.

Hugo asintió, se subió el cuello de la gabardina aunque dentro no lloviera, y se fue hacia las escaleras.

Eider se quedó con el café en la mano, mirándolo bajar, y pensó, sin querer, que era la primera vez en tres años que Hugo Setién se marchaba de un sitio donde estaba ella sin haberle rozado la mano al despedirse.

Lados opuestos del tablero. Ya empezaba.

———

Subió a la sala arrastrando el cansancio de la semana. El equipo seguía allí, con las lámparas de mesa encendidas y las de techo apagadas, esa penumbra de comisaría a las ocho de la tarde de un viernes que a Eider siempre le había parecido el verdadero color del oficio.

— ¿Bien con el letrado? — preguntó Cardeñosa, sin retintín, solo por cuidarla.

— Correcto — dijo ella, y con esa palabra cerró el tema, y Cardeñosa la respetó.

Se sentó, se frotó los ojos por debajo de las gafas de leer y cogió el montón de papeles del día. Los remontados fotografiados. El posicionamiento del teléfono. La coartada del temporero cerrada. El corcho con Nando en el centro y Eladio en una esquina.

— Mañana Nando — dijo—. Documentoscopía ¿para cuándo?

— Prometen la comparación de la letra para mediodía — respondió Quintanilla—. Han tenido que pedir muestra indubitada de Nando, un montón de facturas de su puño, y muestra de Damián. Trabajan con eso.

— Repasemos la escena una vez más — dijo Eider, sin abrir los papeles, de memoria, que era como mejor le venían las cosas—.

El lunes por la mañana, Damián aparece metido en el depósito siete, la Mencía, vencido por el gas.

Al lado, el detector de CO2 desconectado, con la pila en su propio bolsillo.

Un hombre que, según todos, no bajaba jamás solo a un depósito y que instaló ese detector después de un susto en el diecinueve.

— Fue contando con los dedos, despacio—.

Uno: un hombre obsesionado con esa alarma no se la desconecta él mismo para bajar solo.

Dos: la autopsia dice que le golpearon en el occipital, con una segunda impronta, antes de que el gas hiciera nada.

Tres: las livideces no cuadran con la postura en que lo encontramos.

Y cuatro, lo de hoy, que el mosto que aspiró todavía no lo tenemos tipificado, pero Bedoya ya nos avisó de que lo sacó de las vías.

Todo eso lo sabemos desde el martes. Todo eso dice homicidio.

— Hay una cosa del martes que no hemos cerrado — apuntó Folgueras, revolviendo entre sus notas—. La barra.

— ¿Qué barra?

— La de la prensa vieja. El husillo. — Folgueras encontró la anotación—.

Cuando estuvimos en la nave vieja, en el lagar antiguo, la barra de hierro del husillo de la prensa estaba limpia.

Reluciente. Y olía a lejía. Yo lo apunté porque me chocó: en aquella nave todo estaba pringado de mosto, de polvo, de telarañas, cachivaches sin tocar desde hacía años.

Y esa barra, sola, limpia como una patena y con peste a lejía en plena vendimia.

Lo mandé al laboratorio por si acaso, pero con lo de Nando no lo he vuelto a mirar.

Eider abrió los ojos.

— Reclámalo. Una barra de hierro limpia con lejía en una nave que nadie limpia no es una barra limpia.

Es una barra a la que le han quitado algo.

— Se quedó con el dato un momento, dándole el peso que merecía y ni uno más, porque el foco de esa noche seguía siendo Nando y la letra del libro—. Que corran con eso.

Alguien apareció en la puerta con dos bolsas de la panadería del pueblo, todavía calientes, y las dejó en el centro de la mesa entre los papeles, y por un rato la sala olió a pan y a tortilla en vez de a café requemado.

Quintanilla repartió servilletas. Folgueras contó por enésima vez el chiste del maragato y el berciano y por enésima vez se rio él solo.

Cardeñosa llamó a su casa, a Trobajo, para darles las buenas noches a los críos por teléfono, y se metió en un rincón a hablar bajito, sonriendo con medio lado a algo que le decía un hijo de cinco años a mil kilómetros de allí.

Eider los miró comer y hablar, a su gente, en una comisaría prestada un viernes por la noche, y pensó que aquello, y no las medallas, era lo que la había hecho quedarse en el oficio veintiún años.

— Que alguien me guarde media tortilla — dijo, y cogió los papeles otra vez.

Fue entonces cuando le sonó el móvil. En la pantalla, un nombre que a esas horas nunca traía trivialidades. Doctora Bedoya.

Eider descolgó y se puso el teléfono en la oreja, y por el gesto con que se enderezó, el resto de la sala bajó la voz.

— Doctora.

— Aristegui, ¿está sentada? — La voz de Bedoya venía seca como siempre, pero con un filo debajo, el que le salía cuando algo le importaba—.

Tengo el resultado del laboratorio. El mosto que le saqué a Damián Cándano de las vías respiratorias y de la garganta.

El que aspiró antes de morir, el que se le metió dentro cuando todavía respiraba.

— La escucho.

— Es Godello.

Eider abrió los ojos.

— Godello es uva blanca — siguió Bedoya, sin darle tiempo—.

Y el depósito donde apareció el cuerpo, el siete, era Mencía.

Tinta. Yo misma vi la ficha, la vieron sus agentes: depósito siete, Mencía del año.

Ese hombre apareció metido hasta el pecho en Mencía.

Pero lo que tiene dentro de los pulmones, lo que aspiró en el momento de morir, es Godello.

Blanco. No es la misma uva. No es el mismo depósito.

Eider se había puesto de pie sin darse cuenta. Cardeñosa la miraba.

— ¿Está segura, doctora?

— Llevo veinticuatro años haciendo esto y me jubilo en diciembre, Aristegui.

No pienso equivocarme en la penúltima. — Un silencio corto—.

Es Godello. Y hay más. Le mando el informe por escrito, pero se lo adelanto por teléfono porque esto no puede esperar al lunes.

Damián Cándano no aspiró ese mosto en el depósito siete.

Aspiró Godello. Y el Godello, según me dice el propio Consejo, este año estaba encubado en el depósito cuatro.

— El cuatro — repitió Eider, y la palabra le cayó dentro con un peso frío.

— El cuatro. — Bedoya lo dejó ahí un segundo, para que calara—.

Su hombre se estaba muriendo, o estaba ya agónico, junto al depósito cuatro, aspirando Godello.

Y luego alguien lo sacó de allí, lo llevó hasta el otro extremo de la nave y lo metió en el siete, en la Mencía, que es donde ustedes lo encontraron por la mañana.

Lo movió después. Con el mosto todavía en la garganta.

Eider se quedó mirando el corcho, el mapa, el nombre de Nando en el centro y el de Eladio en la esquina, y notó cómo toda la geometría del caso empezaba a girar despacio, como una barrica que alguien inclina.

— Doctora — dijo, con la voz muy medida—. ¿Quién trabaja el Godello en esa bodega? ¿De qué viña sale el Godello del depósito cuatro?

— Eso pregúnteselo a ellos, que yo soy forense, no enóloga — respondió Bedoya—.

Pero ya que insiste, se lo apunté al vuelo cuando hablé con el del Consejo, porque me pareció curioso.

El Godello viejo de esa casa, el bueno, sale todo de una sola parcela.

Una que llaman el Majuelo Vello. Un majuelo de arriba, de cepas antiguas.

— Otro silencio—. Buenas noches, Aristegui. Le mando el papel en una hora.

Y colgó.

Eider bajó el móvil despacio. La sala entera la miraba en la penumbra, seis ojos esperando.

— ¿Qué pasa? — preguntó Cardeñosa.

Eider se acercó al corcho, cogió el rotulador, y en el centro, donde el foco de todos apuntaba a Nando, dibujó una flecha que salía hacia la esquina. Hacia la palabra que llevaba tres días arrinconada allí sin que nadie la mirara de frente.

— Que a Damián no lo mataron donde lo encontramos — dijo—.

Que se estaba muriendo junto al depósito cuatro, aspirando Godello del Majuelo Vello, y que alguien lo arrastró hasta el siete para que pareciera otra cosa.

— Golpeó con el capuchón del rotulador la esquina del corcho, sobre el nombre del capataz—.

Y el Majuelo Vello lo trabaja este hombre. Solo este hombre.

Se quedaron todos mirando el corcho, con la penumbra de la sala y el nombre de Eladio recién señalado por una flecha que hasta hacía un minuto no iba a ninguna parte.

— No corramos — dijo Eider al fin, y lo dijo tanto para ellos como para sí misma—.

El mosto es de laboratorio, no se discute: a Damián lo mataron junto al cuatro y lo movieron al siete.

Eso es oro. Pero un mosto no detiene a nadie.

Mañana entra Nando por lo del fraude, que de eso hay pruebas para parar un tren, y lo sentamos.

Puede que él nos explique lo del cuatro.

Puede que no. — Golpeó otra vez el corcho, sobre la esquina—.

Lo que sí quiero desde ya es todo lo que se pueda tener de este hombre sin espantarlo.

Dónde estuvo el domingo por la noche, qué furgoneta tiene, qué guarda en la nave vieja.

Sin registro todavía, sin citación, sin ruido. Que no note que lo miramos.

— ¿Por qué sin ruido? — preguntó Folgueras.

— Porque si me equivoco, le habré amargado la vejez a un buen hombre por un mosto — respondió Eider—.

Y si acierto, no quiero que un capataz que conoce esa bodega mejor que nadie tenga una noche por delante para limpiar lo que le quede por limpiar.

— Cogió la cazadora del respaldo—. Mañana, Nando.

Y a este, de momento, lo miramos de reojo.

Nadie dijo nada más. La máquina de café, en el pasillo, zumbó y se apagó sola.