Capítulo 14
La sala de reuniones se había convertido, en cuatro días, en una madriguera.
Vasos de café de máquina alineados en el alféizar como casquillos, el mapa de la comarca cada vez más lleno de chinchetas, y un olor a gente que trabajaba demasiadas horas seguidas y comía bocadillos de gasolinera.
A Eider le gustaba ese olor. Significaba que el grupo estaba dentro del caso y no mirándolo desde la orilla.
— Hospital El Bierzo — dijo Quintanilla, con el portátil delante y el tono seco de quien recita datos verificados—.
La coartada de Sonia Yebra es de piedra.
Ingreso de la niña por Urgencias el domingo a las veintiuna cuarenta.
Diagnóstico de apendicitis aguda a las veintitrés diez.
Entrada en quirófano a la una y dieciocho, salida a las dos y cinco.
Todo con parte firmado. Tengo las imágenes de las cámaras del pasillo de Urgencias y del control de Cirugía.
Sonia Yebra aparece en pantalla treinta y una veces entre las diez de la noche y las cuatro de la mañana.
No sale del hospital en ningún momento. La enfermera de guardia la recuerda perfectamente, dice que la señora no soltó el móvil escribiéndole a alguien que no le contestaba.
— Al marido — dijo Cardeñosa.
— A un muerto — dijo Eider—. Le escribió toda la noche a un muerto sin saberlo.
— Se apartó el pelo de la cara y se rehízo la cola baja con un gesto rápido—.
Descartada del homicidio. Físicamente imposible.
Anótalo con todas las letras: entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada, Sonia Yebra estuvo en Ponferrada, a treinta kilómetros de la bodega, con testigos y cámaras.
Y el seguro de vida lo dejamos como lo que es, un dato feo que no la coloca en ningún sitio.
— Queda que se dobla por accidente — apuntó Folgueras.
— Queda — concedió Eider—. Pero para cobrar el doble le interesaba que fuera accidente, y nosotros estamos aquí precisamente porque alguien montó un accidente.
Si Sonia hubiera querido el seguro gordo, le convenía que colara la versión del depósito.
Y es la única de la familia que, desde el primer día, nos ha pedido que no colara.
Que su hija no crea que su padre bajó descuidado.
— Negó con la cabeza—. Esa mujer no monta un accidente y luego nos suplica que no nos lo creamos. Siguiente.
Quintanilla pasó de pantalla.
— Ignacio Sela. El del fondo, Ébano Wine Estates.
— Otra carpeta, otra ristra de datos—. El domingo por la noche estaba en Madrid.
Cena de trabajo en un restaurante de la calle Jorge Juan, reserva a nombre de la sociedad, ocho comensales, sale a las doce y media.
El teléfono le posiciona toda la noche en el centro de Madrid, el hotel le tiene registrada la tarjeta de la habitación a la una y diez, y a la mañana siguiente hay una reunión en la sede a las nueve con acta y firmas.
No se movió de Madrid. Cuatrocientos kilómetros de coartada.
— Y encima le convenía Damián vivo — dijo Eider—.
Sin la firma de Damián no había operación.
Un muerto no vende una viña, la mete en una herencia y en un juzgado durante tres años.
A Sela le jode este muerto más que a nadie.
— Cogió el rotulador y tachó dos nombres del corcho, el de Sonia y el de Sela, con dos rayas limpias—.
Fuera los dos. Nos quedamos con los de dentro de la casa.
Se hizo un silencio de trabajo. Fuera, la tarde de viernes se apagaba con esa luz gris de octubre que en el Bierzo llega antes de tiempo por las montañas del oeste.
———
— Repasemos lo de dentro — dijo Eider, poniéndose de pie. Pensaba mejor de pie—. ¿Qué tenemos?
Cardeñosa contó con la voz pausada de siempre.
— Uno, Nando. Fernando Cándano. Falsifica la firma del hermano desde marzo.
Desvía dinero por las apuestas. Negocia con el fondo a espaldas de todos.
Miente sobre dónde estuvo el domingo, o por lo menos no lo cuenta claro.
Y hay una entrada falsa en el libro de bodega, con letra imitada, que documentoscopía todavía no ha comparado pero que apunta a una mano que sabe copiar a Damián.
Nando sabe copiar a Damián. Lleva medio año haciéndolo.
— Móvil — dijo Eider.
— Tapar el fraude. Si Damián descubre el desfalco, y lo descubrió, según el retrospectivo que reconstruimos, Nando se va a la cárcel y pierde la bodega. Matarlo y que parezca accidente le borra el problema y le deja el negocio. Frío, pero cuadra.
— Cuadra demasiado — murmuró Eider, y no supo si lo decía por prudencia o por manía—. ¿Y dos?
Cardeñosa dudó un segundo antes de decirlo, y esa duda era en sí misma un dato.
— Dos, Eladio. El capataz. El wasap de Damián dice que subió a la nave vieja con él a las diez y cuarto. Es la última persona que lo vio con vida, que sepamos. Y Folgueras trae esta mañana que su furgoneta estaba aparcada en la nave vieja a las tres de la madrugada, con luz de frontal dentro.
Todos se quedaron mirando el nombre. Eladio Sorribas. En el corcho parecía fuera de sitio, entre los tiburones.
— Es un viejo de sesenta y ocho años que lleva media vida en esa casa — dijo Folgueras, y lo dijo casi disculpándose—.
El temporero me lo contaba con cariño. Que Eladio no duerme en vendimia, que anda de noche por las viñas, que es de otra época.
Todo el mundo por allí lo cuenta igual. Que su furgoneta esté arriba a las tres de la mañana en plena campaña, para ellos es lo más normal del mundo.
— Lo más normal del mundo — repitió Eider, y se quedó con la frase dándole vueltas.
Miró el nombre del viejo un momento más de lo debido, y luego apartó los ojos, porque tenía delante a un hombre que robaba, falsificaba y mentía, y al lado a un abuelo que podaba a la luz de la luna, y el instinto, que no siempre es buen consejero, empujaba hacia el primero—.
De momento el foco es Nando. Tiene móvil, medios y una firma que ya sabemos que falsifica.
A Eladio lo dejo en el corcho, no lo borro.
Pero mañana quiero a Nando aquí con una citación, y quiero el informe de documentoscopía sobre esa entrada del libro.
Si la letra falsa es de Nando, se acabó.
— ¿Y si no lo es? — preguntó Cardeñosa, en voz baja.
Eider lo miró.
— Entonces tendremos un problema bonito — dijo—. Pero vamos por orden. La prisa mata más casos que la pereza.
Sonó el fijo de la sala. Lo cogió Quintanilla, escuchó, tapó el auricular.
— Alesanco, desde León. Para ti.
Eider cogió el teléfono. La voz del comisario provincial venía con el filo de las migrañas y de la prensa apretándole por detrás.
— Aristegui, dime que tienes algo. Tengo a un digital de allí, un tal Barredo o Barreda, publicando que la muerte de la bodega es rara. Y a la Otero del Diario preguntándome a mí si hay secreto de sumario. Si hay secreto de sumario y ellos lo saben, es que alguien de dentro habla.
— Alguien de dentro siempre habla, comisario — dijo Eider—. Estamos con secreto de sumario decretado por la jueza Cañedo. Tengo dos líneas y mañana espero cerrar una. Deme el fin de semana.
— Te doy el fin de semana porque no me queda otra — gruñó Alesanco—. Pero el lunes quiero poder decirle algo al fiscal que no sea vino y paisaje. — Y colgó, que era su forma de desear suerte.
Eider dejó el teléfono. Le pesaban los párpados.
Llevaba cinco días durmiendo seis horas malas en el Bierzo Plaza y fumando en la ventana del baño con la cabeza fuera para que no saltara el detector, ella, que se pasaba el día persiguiendo a un hombre por manipular otro detector. La ironía no le hizo gracia.
———
Reguera, el subinspector de Ponferrada, había estado toda la tarde en un rincón, aportando poco, apuntando mucho.
Era su comisaría, su comarca, su gente, y que el Grupo de Homicidios de León se le hubiera instalado en la sala de reuniones lo tenía en esa incomodidad callada del anfitrión que no sabe si es anfitrión o es mueble.
Pero cuando Eider tachó a Sela del corcho, se acercó.
— ¿Puedo? — dijo, señalando el mapa.
— Es tuyo tanto como mío — respondió Eider—. Esto sin la gente de aquí no se resuelve. Dime.
Reguera se plantó delante del corcho y miró los nombres tachados, y el de Nando en el centro, y el de Eladio arrinconado en la esquina.
— Yo del vino sé lo que sabe cualquiera de aquí, que es beberlo — dijo—.
Pero de esa familia sé un poco más, porque en esta comarca todo el mundo sabe de todo el mundo.
Los Cándano son casa grande, casa vieja.
Y el capataz ese, Eladio Sorribas, es más conocido que el alcalde.
— Se rascó la nuca—. Le digo una cosa, y no es para meter mano en su caso.
En Corullón, si usted pregunta por Eladio, le hablan como se habla de un santo.
El que le enseñó a podar a media comarca.
El que perdió al hijo en aquel tractor, el pobre.
Nadie, ni borracho, va a decirle a usted una palabra mala de ese hombre.
— Ya me he dado cuenta — dijo Eider—. Es lo que me está empezando a molestar.
— ¿El qué?
— Que a un hombre del que nadie dice nada malo, nadie lo mira. — Eider se quedó con la vista en la esquina del corcho—. Y en mi oficio, Reguera, al que nadie mira es al que más hay que mirar. No porque sea culpable. Porque nadie te va a ayudar a descartarlo.
Reguera se la quedó mirando, y algo del recelo del anfitrión se le cayó de la cara.
Se guardó la frase, para sí, y volvió a su rincón con una idea nueva rondándole.
A Eider no se le escapó el pequeño deshielo.
Con los de la casa se trabajaba mejor de aliados que de invasores, y eso lo sabía desde su primer traslado.
Sonó su móvil personal, no el de la sala. En la pantalla, Begoña Otero. Eider dudó un segundo y salió al pasillo a cogerlo, porque a la prensa se la atiende de pie y lejos del equipo.
— Begoña.
— Eider. — La voz de la periodista del Diario de León venía con su cordialidad de siempre, la que no engañaba a ninguna de las dos—.
No te llamo para que me cuentes nada. Te llamo para avisarte.
Ese digital de allí, el que lleva la Barredo, va a publicar mañana que la muerte de la bodega no fue accidente.
Lo tienen medio escrito. Alguien de por ahí abajo les habla.
— ¿Y tú me avisas por mi cara bonita?
— Te aviso porque llevamos cinco años entendiéndonos y porque cuando esto se resuelva prefiero la exclusiva yo que la Barredo. Lo de siempre. — Begoña hizo una pausa—. ¿Hay secreto de sumario?
— Sabes que no te lo puedo decir.
— Ya. Eso es un sí. — La periodista se rio, corta, sin maldad—. Cuídate, Eider. Y cuando puedas soltar algo, acuérdate de quién te avisó.
Colgó. Eider se quedó un momento en el pasillo, con el móvil en la mano y la certeza de que al día siguiente tendría a la comarca entera hablando del caso y a Alesanco llamando cada dos horas. La cuenta atrás no la marcaba solo la vendimia. La marcaba también la portada.
Volvió a entrar y no llegó a sentarse.
———
Fue Quintanilla, que estaba junto a la ventana, la que lo vio primero.
— Inspectora. Ahí abajo.
Eider se acercó. La calle, mojada, con las farolas ya encendidas aunque no fueran las seis. Y aparcando en el hueco de enfrente, con esa maniobra tranquila de quien conoce el sitio, un Audi gris oscuro que ella habría reconocido con los ojos cerrados.
Del coche bajó un hombre alto, con gabardina, que cogió un maletín del asiento del copiloto, se subió el cuello por la llovizna y miró la fachada de la comisaría antes de cruzar.
Hugo Setién. Penalista. Despacho en Ordoño II, León.
Cuarenta y siete años. La persona con la que Eider dormía los martes cuando el mundo la dejaba.
— ¿Ese no es...? — empezó Folgueras, y se calló, porque en el grupo lo sabían todos aunque nadie lo dijera nunca.
— Sí — dijo Eider, sin apartarse de la ventana. Vio a Hugo entrar por la puerta de abajo, vio encenderse la lucecita del portero automático de recepción—. Es Hugo Setién.
— ¿Y qué pinta aquí?
Eider siguió mirando la calle vacía y mojada un segundo más, hasta estar segura de que la voz le iba a salir plana.
— Pinta que la familia Cándano se ha buscado abogado — dijo—. Y que se lo ha buscado bueno.
Cogió su cazadora del respaldo y se la colgó del hombro.
— Seguid con el informe. Bajo yo.