Depósito Capítulo 13
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Capítulo 13

A Folgueras le gustaban los sitios donde se trabajaba con las manos. Se le daban bien. En un despacho se sentía disfrazado, pero en una nave con olor a gasoil y a uva pisada estaba en su terreno, y la gente lo notaba y se soltaba.

La cuadrilla se alojaba en un pabellón a las afueras de Cacabelos, una nave de bloques que una empresa de trabajo temporal alquilaba en campaña.

Literas, un par de duchas, una cocina común con dos bombonas y una mesa larga donde a esa hora, entre turno y turno, media docena de temporeros comían un guiso de mediodía adelantado.

Portugueses casi todos, algún rumano, dos de un pueblo de Zamora.

Folgueras entró con la placa colgada por fuera para no engañar a nadie y con la sonrisa por delante para que no le tuvieran miedo.

— Buen provecho — dijo—. Que no vengo a quitarle a nadie los papeles ni el jornal. Vengo a preguntar por el domingo.

Uno de los de Zamora le señaló una silla con la cuchara.

— Tú eres de por aquí — dijo—. Se te nota.

— De Astorga — reconoció Folgueras, sentándose—. Maragato. Ya sé, ya sé, que hablo cantando. Me lo dicen hasta en casa.

Se rieron, y con eso ya tenía media conversación ganada.

Preguntó por el capataz de la cuadrilla y le señalaron a un hombre que fumaba en la puerta, apoyado en el quicio, mirando la lluvia fina que no acababa de irse desde la noche anterior.

Joaquim Meireles. Treinta y cuatro años, fuerte, con las manos moradas de cortar racimo y una desconfianza vieja en la cara, la del que ha tratado con demasiada policía que no venía a ayudarle.

— Contigo quería hablar — le dijo Folgueras, ofreciéndole tabaco aunque él no fumaba, solo por el gesto.

— Ya sé de qué — respondió Joaquim—. De la bronca con el señor Damián. Todos me miran por eso desde el lunes.

— Cuéntamela tú y así no me la cuenta otro peor.

Joaquim tiró la colilla y la pisó.

— Horas — dijo—. La bronca fue por horas y por jornales.

Él quería la uva del majuelo de arriba dentro antes de las lluvias, y yo le dije que mi gente llevaba doce días sin librar y que a ese ritmo se me caían dos con la espalda.

Le pedí que pagara las extras o que metiera más manos.

Se calentó. Me dijo cosas. Yo le dije otras.

— Se encogió de hombros con las palmas hacia arriba—.

En vendimia se grita, señor. Se grita por la mañana y por la tarde se comparte el bocadillo.

Al día siguiente él me trajo un sobre con las extras y me pidió perdón. Damián era así. Duro y luego justo.

— ¿Eso fue cuándo?

— El jueves la bronca. El viernes el sobre. — Joaquim lo miró de frente—. Yo no maté a nadie. Y el domingo por la noche estaba con toda esta gente en la fiesta de Corullón, hasta las tantas, delante de doscientas personas, con la charanga tocando. Pregúntele a quien quiera.

— Se lo voy a preguntar — dijo Folgueras, tranquilo—. No por joderte. Por descartarte. Cuando te descarte, dejo de mirarte y miro a otro. Así funciona esto. Cuanto antes me lo pongas fácil, antes te dejo tranquilo.

Y funcionó, como funcionaba casi siempre cuando uno no trataba a la gente como a ganado.

———

Lo comprobó en una hora. La verbena de Corullón, las fiestas del pueblo que caían ese fin de semana, habían terminado el domingo con orquesta en la plaza.

La cuadrilla entera había bajado en dos furgonetas después de cenar y no había vuelto al pabellón hasta pasadas las tres de la madrugada.

Había fotos. Había vídeos de móvil con la hora incrustada, chavales bailando, Joaquim con una jarra en la mano y un gorro de fiesta que le habían encasquetado.

Había hasta un guardia de seguridad de la orquesta que se acordaba de la cuadrilla porque uno se había puesto pesado con la cantante.

Quintanilla cruzaría los metadatos, pero Folgueras ya lo sabía con el estómago: Joaquim Meireles no había estado en aquella bodega el domingo por la noche. Estaba bailando.

Se acercó de todas formas al pueblo, a Corullón, porque un dato de oídas no valía lo que un dato mirado a la cara.

En el bar de la plaza, donde habían montado la barra de las fiestas, el dueño, un hombre con un delantal manchado de tinto que estaba recogiendo los últimos restos de la verbena, se acordaba perfectamente de la cuadrilla de la vendimia.

— Los portugueses, sí, hombre — dijo, secándose las manos—. Buena gente. Gastaron bien. Estuvieron hasta que recogió la orquesta, y la orquesta recogió tarde, que era el último día. El capataz de ellos, el moreno, hasta me ayudó a bajar unas cajas al final. Un tío cabal.

— ¿Y de la casa de los Cándano bajó alguien a la fiesta? — preguntó Folgueras, como quien no quiere la cosa, poniéndose un vino que el hombre le sirvió sin cobrárselo.

El dueño se lo pensó.

— Damián no, el pobre, en vendimia no baja ni Dios.

Nando tampoco, ese ya no se deja ver por el pueblo, va a lo suyo.

— Chascó la lengua—. Vaya desgracia, oiga, lo de Damián.

Buen chaval. Volvió y levantó aquello cuando podía haberse ido a hacer las Américas con su título.

— Bajó la voz, aunque no había nadie—. Y el que peor lo lleva es Eladio, seguro.

El capataz. Que quería a ese muchacho como a un hijo.

Después de perder al suyo, imagínese. Ese hombre entierra a otro Cándano y se nos muere de pena.

Folgueras bebió el vino y no dijo nada. Otra vez lo mismo.

Otra vez el viejo nombrado con ternura, colocado del lado de las víctimas, del lado de los que sufren, nunca del otro.

En aquella comarca Eladio Sorribas tenía una coartada que no figuraba en ningún atestado y valía más que todas: el cariño de todo el mundo.

— Buen vino — dijo Folgueras, y dejó unas monedas en la barra aunque el hombre no se lo cobrara, por educación maragata.

— De la tierra — respondió el dueño, con orgullo—. Mencía de aquí al lado. ¿A que no ha probado usted nada igual en Astorga?

— En Astorga tenemos el cocido — dijo Folgueras, y se fue con la última palabra, que para un maragato era casi ganar.

Volvió a la puerta del pabellón, donde Joaquim seguía, ahora con un café en un vaso de plástico.

— Ya está — le dijo Folgueras—. Por mí, tú estás fuera. Bailaste, se acabó.

Joaquim aflojó los hombros por primera vez en toda la mañana.

— ¿Y ya me deja en paz?

— Casi. — Folgueras se apoyó a su lado en el quicio, mirando también la lluvia, sin prisa—.

Ya que estás fuera y ya que no te tiembla nada, ayúdame con una cosa.

Tú esa noche bajaste con los demás a la fiesta.

Pero tú eres el capataz, no bebes como los chavales, ¿a que no?

Los capataces siempre están medio de guardia.

Cuéntame la subida de vuelta. De madrugada. Qué viste.

Joaquim bebió del café y se tomó su tiempo. Folgueras no lo metió prisa. Los mejores testimonios salían así, dejando que el otro los pescara de la memoria él solo.

— Subimos las dos furgonetas por la carretera de la bodega, que es la que lleva al pabellón nuestro, hay que pasar por delante de la finca de los Cándano — dijo Joaquim al fin—. Serían las tres, tres y cuarto. Yo iba en la de delante. Y al pasar por el desvío de la casa vi luz.

— ¿Qué clase de luz?

— Arriba, en la nave vieja. La del lagar antiguo, la que ya no se usa para nada.

— Joaquim entornó los ojos, recordando—.

No la luz grande. Una luz que se movía. De esas de la cabeza, de frontal, de las que llevamos nosotros para podar de noche.

Un puntito blanco que iba de un lado a otro por dentro de la nave.

Folgueras no cambió la cara. Por dentro se le puso todo de punta, pero por fuera siguió apoyado en el quicio, como quien habla del tiempo.

— ¿Y no te extrañó?

— ¿A las tres de la mañana en vendimia? — Joaquim casi sonrió—. No, señor. En vendimia esa nave tiene vida a horas raras. Y menos me extrañó porque delante estaba aparcada la furgoneta del señor Eladio. La blanca, la vieja, la que tiene el guardabarros abollado. Esa la conozco yo mejor que la mía.

— ¿La furgoneta de Eladio? ¿Estás seguro?

— Como que me llamo Joaquim. — Lo dijo sin sombra de malicia, más bien con cariño, con el respeto del temporero por el hombre de la casa que le ha enseñado a leer una cepa—.

El señor Eladio en vendimia no duerme. Anda por las viñas de noche, mira las uvas, mira el cielo, huele.

Es de otra época, ese hombre. Yo lo he visto podar a la luna.

Que estuviera su furgoneta arriba a las tres de la mañana, con él dentro de la nave con el frontal, para mí era lo más normal del mundo.

— Dio otro trago al café—. Ese hombre quiere esas viñas más que a su vida. Eso lo sabe cualquiera aquí.

Folgueras bajó la barbilla despacio y no dijo lo que estaba pensando.

Se guardó de decir nada, porque la cara de Joaquim al hablar del viejo era la de todos: la de quien menciona a un abuelo.

Nadie en aquel pabellón, ni en aquella comarca, iba a pensar mal de Eladio Sorribas.

Y sin embargo Folgueras acababa de anotar que la furgoneta del capataz estaba en la nave vieja a las tres de la madrugada del domingo al lunes, con un hombre dentro moviéndose a la luz de un frontal, seis horas después de que Damián Cándano le hubiera escrito a su mujer subo un momento a la vieja con Eladio.

— ¿Se lo has contado a alguien? — preguntó, con toda la naturalidad que pudo.

— ¿El qué? ¿Que el señor Eladio andaba de noche por su viña? — Joaquim se rio de verdad esta vez, corto—. Señor, eso aquí no es noticia. Eso es como decir que el cura anda de día por la iglesia.

— Ya. — Folgueras se separó del quicio y le tendió la mano—. Gracias, Joaquim. Me has ayudado más de lo que crees.

Se la estrechó, y mientras bajaba a por el coche bajo la llovizna, con el barro pegándosele a los zapatos, sacó el móvil y le escribió a Cardeñosa. Tecleó despacio, con dos dedos, porque las palabras le pesaban.

Temporero descartado, coartada de hierro. Pero me da un dato: furgoneta de Eladio en la nave vieja a las 3 h del domingo al lunes, con frontal dentro. Lo cuenta como algo normal. Aquí todos lo cuentan como algo normal.

Se quedó mirando la pantalla antes de darle a enviar. Corullón, allá abajo, con las viñas mojadas cayendo hacia el Sil y el humo de alguna chimenea temprana. Un sitio bonito para no fiarse de nadie.

Le dio a enviar y arrancó.