Depósito Capítulo 12
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Capítulo 12

Sonia había recogido la cocina tres veces desde el mediodía. No porque estuviera sucia. Porque las manos necesitaban algo y a ella no le habían enseñado a rezar.

Cuando el Mégane gris subió por el camino, con los faros barriendo la parra de la entrada, lo vio desde la ventana y respiró hondo antes de ir a abrir.

La inspectora y el subinspector, otra vez.

Habían llamado antes, correctos, para decir que subían.

Eso al menos lo hacían. La prensa no llamaba: la prensa aparcaba en la cuneta de la carretera con el teleobjetivo apuntando a la casa, y Sonia había tenido que echar las cortinas del salón. En luto cerrado, que lo estaban.

— Pasen — dijo, y les hizo sitio.

Sabela dormía arriba. La habían traído del hospital el martes, todavía con el puntito de la herida escociéndole, y la niña se pasaba las horas medio adormilada por lo que le habían dado para el dolor, sin preguntar demasiado, o preguntando lo justo para que Sonia tuviera que salir de la habitación a llorar al baño.

Papá está de viaje no le iba a durar mucho. Nueve años no son cinco.

La inspectora se sentó en el sofá y no fue por las ramas.

— Señora Yebra, tengo que hacerle preguntas que le van a parecer feas. Prefiero que me las oiga de mí y no de un periódico.

— Ya nada me parece feo — respondió Sonia. Se sentó enfrente, con las rodillas juntas y las manos encima, y esperó.

Empezaron por el dinero. Siempre empezaban por el dinero, y ella lo entendía, porque el dinero era lo que había ido pudriendo la casa desde dentro mucho antes de que Damián apareciera en aquel depósito.

La deuda del suegro. La bodega que se comía todo lo que daba y pedía más.

Los años en que Damián se levantaba a las cinco y se acostaba a la una y entre medias no había una hora para ella ni para la niña, todo para el vino, para la finca, para el nombre Cándano que pesaba como una losa mojada.

— ¿Su matrimonio pasaba por un buen momento? — preguntó la inspectora.

— Mi matrimonio pasaba por la vendimia — dijo Sonia—. Como los últimos catorce. — Y luego, porque estaba cansada de medir—: No. No pasaba por un buen momento. Hacía años que no. Pero eso no es lo mismo que quererse mal. Nos queríamos como se quiere lo que ya casi no tienes tiempo de mirar.

El subinspector apuntaba en una libreta. La inspectora no apuntaba. La inspectora miraba, y Sonia se dio cuenta de que esa mujer llevaba el interrogatorio con los ojos más que con la boca.

— Hay un seguro de vida — dijo la inspectora, sin adornarlo.

— Lo hay. — Sonia sostuvo la mirada—. Lo firmamos los dos cuando nació Sabela.

Ciento veinte mil euros. Yo soy la beneficiaria.

Damián era el beneficiario si me pasaba a mí.

Se llama tener una hija y una bodega hipotecada, inspectora.

Se llama que si uno de los dos caía, el otro no quería quedarse a deber también el ataúd.

— ¿Sabía usted que existía la cláusula por muerte accidental? Que en caso de accidente laboral la cantidad se dobla.

Ahí Sonia bajó la vista por primera vez. Un segundo. Lo justo.

— Lo sé desde el miércoles — dijo—. Me lo dijo el del banco cuando fui a ver cómo teníamos lo de los pagos.

Me lo soltó con una sonrisa, con la cara del que trae una buena noticia.

— Levantó otra vez la cara—. Doscientos cuarenta mil euros si mi marido murió por accidente en su bodega.

Y usted está aquí, señora, precisamente porque no cree que fuera un accidente.

Así que ya ve. Si alguien montó lo del accidente pensando en el seguro, me hizo un favor envenenado.

Yo no lo quiero. Yo quiero que Sabela sepa que su padre no bajó borracho a un tanque.

Se le quebró un poco la voz en la última palabra, y se calló para que no se le quebrara del todo. No pensaba llorar delante de la policía. Ya habría tiempo.

La inspectora dejó pasar el silencio. No lo llenó. Sonia le agradeció eso sin decírselo.

— Hábleme de la noche del domingo — dijo al fin la mujer.

— Ya se la he contado.

— Cuéntemela otra vez. A las cosas que importan no les pasa nada por contarse dos veces.

Sonia cerró los ojos un instante y volvió a ponerse allí.

Sabela con fiebre desde la comida. El dolor en la tripa que primero parecía empacho y a media tarde ya no.

La llamada al centro de salud, el susto, la carrera a Ponferrada, al Hospital El Bierzo, con la niña doblada en el asiento de atrás.

El wasap a Damián desde Urgencias, no me coge, no me coge, el condenado nunca oía el móvil cuando estaba en la bodega.

La apendicitis. El sí, hay que operar. La firma del consentimiento con la mano temblándole.

La madrugada entera en aquel pasillo verde, sola, mirando el teléfono, escribiéndole a un hombre que ya no iba a leerla.

— La operaron a la una y veinte — dijo, y abrió los ojos—.

Tienen el parte. Tienen las cámaras del hospital, tienen a la enfermera, tienen mi firma.

Yo estuve toda la noche a treinta kilómetros de esta casa, con mi hija abierta en un quirófano, llamando a su padre. Compruébenlo. Ya lo habrán comprobado.

— Lo estamos comprobando — dijo la inspectora, y no lo dijo como una amenaza. Lo dijo como quien reconoce que hace su trabajo y no se disculpa por él.

Sonia agradeció que no la mirara con lástima. La lástima la habría roto, y todavía no le tocaba romperse.

Ella llevaba el enoturismo de la bodega.

Las visitas, las catas, los grupos de fin de semana que subían de León o de Madrid a hacerse la foto entre las viñas y comprarse tres botellas y sentirse del campo por un día.

Era la que ponía la cara amable de la casa, la que sonreía y contaba la historia bonita de la Mencía y del abuelo Avelino mientras por dentro llevaba la cuenta de lo que debían.

En catorce años había aprendido a vender un vino con una sonrisa mientras el banco llamaba al fijo de la oficina.

Sabía fingir. Por eso, quizá, la policía la miraba raro: porque una mujer que sabe fingir alegría delante de un grupo de turistas también parece que sabe fingir un duelo.

Y no era eso. El duelo no lo fingía. Lo que fingía, y llevaba años fingiéndolo, era que aquel matrimonio seguía vivo.

Porque Damián se había ido apagando dentro del vino mucho antes de apagarse en el depósito.

Al principio la bodega era el sueño de los dos.

Luego fue el sueño de él. Y al final fue la cosa que se lo comía por dentro, la deuda del padre, la responsabilidad de no ser el Cándano que dejara caer lo que tres generaciones habían levantado.

Sonia lo había visto convertirse en un hombre que dormía cuatro horas, que no reía, que subía a las viñas a solas para no tener que hablar con nadie, ni con ella.

Un buen hombre, agotado. Un buen padre, ausente.

Y ahora, muerto, todos querían saber si ella lo quería.

Como si eso se pudiera contestar con un sí o un no en el sofá de casa, delante de dos policías.

———

Fue al levantarse cuando Sonia lo soltó.

No lo tenía preparado. Salió porque la inspectora, ya de pie, con la cazadora en la mano, se detuvo a mirar una foto que había sobre el aparador.

Damián en la viña, riéndose, con una caja de uva al hombro y a su lado un hombre viejo, enjuto, con boina, que no se reía pero le apoyaba una mano en la espalda.

— Es Eladio — dijo Sonia—. El capataz. Lleva en esta casa desde antes de que naciera Damián. Le tenía a mi marido un cariño de padre. Y mi marido a él.

La inspectora se quedó mirando la foto un momento más de lo que hacía falta.

— Damián subía mucho al Majuelo Vello estos últimos meses — siguió Sonia, y no supo por qué lo decía, salvo que necesitaba decir algo verdadero en aquella casa llena de cosas a medias—.

Al majuelo viejo, el de arriba, el de las cepas de su abuelo.

Subía solo, sin la cuadrilla, muchas tardes.

A hablar con Eladio, decía. Yo le preguntaba de qué hablaban tanto y me decía que de las cepas. De la poda. De cosas de viejos.

— ¿Y usted qué pensaba?

Sonia miró la foto. El viejo de la boina, la mano en la espalda de su marido.

— Que no eran cosas de la poda — dijo—. Damián subía nervioso y bajaba peor.

Volvía de aquel majuelo como quien vuelve de un entierro.

Callado. Se servía un vino y se lo bebía de pie en la cocina, mirando por la ventana hacia arriba, hacia la ladera, sin encender la luz.

Yo le decía Damián, cena. Y él ni me oía.

Se le hizo un nudo, y esta vez no luchó con él.

— La última vez que lo vi así fue el viernes — añadió, más bajo—.

El viernes de la semana pasada. Bajó del majuelo, se sirvió el vino y me dijo una cosa rara.

Me dijo: hay promesas que uno no hizo y le toca pagar igual.

Yo le pregunté qué promesa. Y no me contestó. Cogió y se fue a la nave a encubar.

La inspectora había dejado de mirar la foto. Ahora la miraba a ella.

— ¿Le dijo alguna vez de qué promesa hablaba?

— No. — Sonia negó despacio—. Se murió el domingo y yo todavía no sé de qué promesa hablaba.

— Miró hacia la escalera, hacia el piso donde dormía su hija con un punto en la tripa y un padre de viaje que no iba a volver—.

Pregúntenle a Eladio. Ellos dos lo sabían. Y ahora solo queda uno para contarlo.