Capítulo 11
El libro de bodega olía a lo que huele una bodega en vendimia: a mosto agrio, a madera húmeda y a una limpieza reciente que no tapaba lo primero.
Eider lo tenía abierto sobre la mesa de catas de la nave nueva, calzado por las esquinas con dos vasos de vino vacíos para que no se cerrara.
Fuera, la despalilladora no había parado ni por respeto.
La uva no espera. Se lo habían dicho ya cuatro veces desde el lunes, como si fuera una disculpa.
— Aquí está el domingo — dijo el técnico del Consejo Regulador, un hombre de manos grandes que pasaba las hojas con la yema mojada en saliva y luego se la limpiaba en el pantalón. Lo habían traído para que tradujera lo que veían. Sin él, aquello eran columnas de números y siglas.
Cardeñosa se inclinó sobre la mesa con la libreta abierta. Reguera, el subinspector de Ponferrada, se quedó de pie, un paso atrás, con los brazos cruzados y esa cara de estar midiendo todavía si el grupo de la capital pisaba fuerte por trabajo o por vicio.
— Léamelo despacio — pidió Eider.
El técnico repasó la página con el índice.
— Esto son los remontados. Cada depósito que está fermentando hay que mojarle el sombrero varias veces al día.
El sombrero es la costra de hollejos que sube arriba, hollejo es la piel de la uva.
Se bombea el mosto de abajo y se riega por encima.
Damián lo apuntaba todo: hora, densidad, temperatura. Era de los cuidadosos.
— Eso ya me lo han dicho — respondió Eider—. Que era de los cuidadosos. Enséñeme la última hora que apuntó.
El hombre siguió la columna hacia abajo.
Los números iban en una letra pequeña, apretada, con muchas prisas, la de quien escribe de pie con guantes de goma y no piensa que nadie va a leerlo nunca.
Densidades bajando, temperaturas controladas.
Depósito cuatro, depósito seis, depósito siete.
La tarde del domingo entera, hora tras hora.
— La última clara, aquí. Depósito cuatro, Godello. Las diez menos cuarto de la noche.
Eider acercó la cara. Las nueve y cuarenta y cinco. Densidad 1015, temperatura veintiséis. La grafía, la misma prisa de siempre, el mismo bolígrafo negro que había ido dejando su rastro por todas las hojas de septiembre.
— ¿Y esto? — Cardeñosa apoyó el dedo dos líneas más abajo, sin tocar el papel.
Debajo del último apunte de las diez menos cuarto había un renglón más. Depósito siete. Control del sombrero. La una menos cuarto. Densidad 1012.
Pero era otra tinta. Azul, no negra. Y era otra letra.
— Esto no lo escribió el mismo — dijo el técnico, y lo dijo antes de que se lo preguntaran, con la seguridad de quien lleva treinta años leyendo cuadernos de bodegueros—.
Fíjense. Arriba va todo rápido, comido, los rabos de las letras sin cerrar.
Y esto de abajo va despacio. Cada letra puesta con cuidado. Redonda. De las de aprender caligrafía.
Eider no dijo nada todavía. Sacó el móvil, encuadró la página con luz rasante y disparó tres veces. Luego apoyó una regla de plástico transparente junto al renglón azul para que la escala saliera en la foto.
— ¿Damián escribía alguna vez con boli azul?
El técnico negó, y luego se corrigió, honesto.
— Yo siempre le vi el negro. Pero eso pregúnteselo a la mujer o al hermano. En una bodega hay bolis por todas partes.
Reguera se descruzó de brazos.
— A ver si nos entendemos. ¿Alguien apuntó a la una menos cuarto de la madrugada que Damián seguía trabajando, cuando a esa hora ya llevaba un rato muerto?
— A ver si nos entendemos — repitió Eider, sin sarcasmo, solo para ordenarse la cabeza—. Alguien quiso que este libro dijera que Damián estaba vivo y de pie a la una menos cuarto. Que bajó él solo a mirar el depósito. Que fue un accidente de un hombre trabajando de noche.
Se quedó mirando el renglón azul. La letra buena. La letra lenta. Le pareció, un segundo, una caligrafía de otra época, de las que ya casi no se ven, de pluma y secante, y apartó la impresión como se aparta un pensamiento que no lleva a ninguna diligencia.
— Documentoscopía — le dijo a Cardeñosa—. El libro entero, con cadena de custodia. Que comparen esa línea con muestra indubitada de Damián y con muestra de todo el que haya tocado papeles de esta casa. Y que daten la tinta si pueden.
———
En el coche, de vuelta a Ponferrada por la carretera vieja, con las viñas cayendo en bancales hacia el Sil, Cardeñosa conducía y Eider iba con el móvil pegado a la ventanilla intentando que le entrara cobertura.
— El wasap — dijo ella, cuando le entró—. Repíteme la hora.
Cardeñosa se la sabía de memoria. Se sabía de memoria casi todo, era su forma de ser paciente.
— Sonia lo tiene en el teléfono, ya está volcado por la operadora con secreto de sumario pedido a la jueza.
Domingo, veintidós horas quince. De Damián a Sonia.
"Subo un momento a la vieja con Eladio, ceno luego.
" Y ya no volvió a escribir. Ni a ella ni a nadie.
El teléfono de Damián deja de moverse a las diez y media larga y no vuelve a encenderse.
— Las diez menos cuarto apunta el depósito cuatro.
Las diez y cuarto le dice a la mujer que sube a la nave vieja con el capataz.
Diez y media se le apaga el teléfono. Y a la una menos cuarto una mano que no es la suya escribe que estaba vivo y controlando densidades.
— Eider se pasó la lengua por los dientes—.
Alguien conocía el paño. Alguien sabía que, si el libro decía que Damián trabajó hasta tarde, cuadraba lo del accidente.
— ¿Quién apunta en ese libro, aparte de Damián?
— Nadie, según la viuda. Es el cuaderno del enólogo. Su letra en todas las hojas. Su bolígrafo. — Eider giró la cara hacia Cardeñosa—. Su letra en todas las hojas menos en una línea.
Cardeñosa dejó pasar un tractor cargado que venía en dirección contraria, ocupando medio carril, con dos temporeros sentados encima de las cajas.
— Nando — dijo, cuando volvió a acelerar. No lo dijo como una acusación. Lo dijo como quien coloca una pieza en la mesa para verla mejor.
— Nando falsifica la firma de su hermano desde marzo.
— Eider fue contándolo con los dedos sobre la rodilla—.
Nando lleva los papeles, los contratos, la negociación con el fondo.
Nando sabe imitar el trazo de Damián porque lleva medio año haciéndolo en documentos que valen dinero.
Y Nando es, de toda esta casa, el único que esa noche dice que no estaba aquí.
— El que no estaba — murmuró Cardeñosa.
— El que no estaba. — Eider volvió a mirar la foto del renglón azul en la pantalla, ampliándola con dos dedos hasta que la letra se pixeló—.
Si tú matas a tu hermano en su bodega y quieres que parezca un accidente, no basta con dejar el cuerpo en el depósito.
Tienes que rellenar el hueco de la noche.
Tienes que escribir que siguió vivo. Y si sabes imitarle la firma...
No terminó la frase. No hacía falta.
Cardeñosa condujo un rato en silencio, con esa media sonrisa suya de un solo lado que no era de alegría, sino de estar dándole vueltas.
— Hay una cosa que no me gusta — dijo al fin.
— Dime.
— El que falsifica una firma en un contrato tiene delante la firma buena para copiarla.
Está calcando. Pero el que escribió esa línea del libro escribió una frase entera de bodega.
Densidad, control del sombrero, la hora.
Eso no se calca. Eso hay que saberlo. Hay que saber qué se apunta y cómo se apunta en un depósito a la una de la madrugada.
Eider se guardó el móvil en el bolsillo del vaquero.
— Nando lleva la bodega desde hace veinte años. Es el gerente. Sabrá lo que se apunta.
— Sabrá lo que se factura — respondió Cardeñosa—. No es lo mismo.
Fue lo más parecido a una discrepancia que le había oído en toda la semana, y Eider la anotó, porque Cardeñosa no discrepaba por deporte.
Pero la anotó debajo de lo otro, que pesaba más: un hombre que falseaba la firma de su hermano, que le robaba, que negociaba a su espalda la venta de la tierra, y que ahora resultaba ser el único de la familia sin coartada limpia para la noche del domingo.
Entraron en Ponferrada con la luz de la tarde ya baja, dándole al castillo templario ese color de teja mojada que tiene la piedra vieja cuando va a llover. Eider miró el cielo por el parabrisas. Nubes bajas viniendo del oeste, de Galicia, cargadas.
— Va a caer — dijo Cardeñosa.
— Ya. — Eider odiaba conducir de noche con lluvia.
Lo odiaba desde antes de León, desde antes de todo, y no pensaba explicárselo a nadie—.
Mañana quiero a Nando aquí. Citación, no invitación.
Que venga a contarme dónde estaba el domingo por la noche.
Y quiero el informe de documentoscopía antes de sentarlo.
Aparcaron detrás de la comisaría local. Al bajar, Eider se quedó un momento con la mano en la puerta del coche, mirando el renglón azul otra vez en su cabeza.
La letra lenta. La letra buena, de las de aprender con palotes.
No cuadraba con Nando, y esa era exactamente la clase de detalle que a esas alturas del caso ella misma estaba dispuesta a no mirar de frente, porque el resto apuntaba tan derecho al hermano que detenerse en una caligrafía parecía un lujo.
Cerró la puerta.
— Que suba la del libro a documentoscopía hoy mismo — repitió—. Y que nadie toque esa página.
———
Habían montado la oficina en una sala de reuniones de la comisaría local que olía a moqueta vieja y a café recalentado.
Cuatro mesas juntas, un mapa de la comarca clavado con chinchetas en el corcho, y una pizarra blanca donde Quintanilla había ido dibujando la noche del domingo como una línea de tiempo horizontal, con las horas escritas de su puño, redondas y limpias, muy distintas de la letra apurada de un enólogo con guantes.
— Aquí está el teléfono de Damián — dijo la oficial, dándole a la barra espaciadora del portátil para despertar la pantalla—.
La operadora ha volcado el posicionamiento por antenas.
No es un GPS, es una celda, así que le doy un radio de trescientos metros, pero para lo que queremos vale.
El domingo a las diez y cuarto el móvil está enganchado a la antena que cubre la bodega.
A las diez y treinta y ocho manda el último paquete de datos, una foto que no llegó a subirse.
Y a partir de ahí, nada. Se apaga o se queda sin batería. No vuelve a dar señal.
— ¿La foto? — preguntó Eider, quitándose la cazadora.
— No subió. Se quedó a medias. La operadora dice que pasa cuando el móvil pierde cobertura de golpe o se apaga en mitad del envío. — Quintanilla giró el portátil hacia ella—. Pero la miniatura sí se guardó en el registro. Es esto.
Eider se acercó. La imagen era pequeña, borrosa, tomada con poca luz. Se distinguía el suelo de hormigón de una nave, una bombilla amarilla arriba a la derecha y, en primer plano, la base de algo grande y oscuro, madera o hierro.
— Eso no es la nave nueva — dijo Folgueras desde su mesa, sin levantar la vista del listado que revisaba—. En la nueva el suelo es epoxi gris y hay fluorescentes. Eso es la vieja. La bombilla amarilla, el hormigón viejo. Yo estuve ayer.
— ¿Damián hizo una foto en la nave vieja a las diez y media de la noche y no llegó a mandarla? — Eider se quedó con eso un momento, sin sacarle todavía punta—. ¿Foto de qué?
— No se ve — dijo Quintanilla—. He pedido a la Científica que intenten recuperar el archivo entero, no solo la miniatura. Pero el aparato lo tenemos apagado y con humedad dentro. Estuvo en el bolsillo de un hombre metido en un depósito. No prometo nada.
Eider se irguió y miró la pizarra. Diez menos cuarto, apunte en el libro, letra de Damián.
Diez y cuarto, wasap, sube a la vieja con Eladio.
Diez y media, foto a medias en la nave vieja, y el teléfono muerto.
Y luego, cuatro horas más tarde, en un cuaderno, una mano ajena escribiendo con boli azul que a la una menos cuarto Damián seguía vivo y controlando un depósito de la nave nueva.
— Alguien montó dos relatos distintos — dijo, más para sí que para el equipo—. El del teléfono dice que Damián estaba en la vieja a las diez y media. El del libro dice que estaba en la nueva a la una. Y no pueden ser los dos verdad.
— El del libro es el falso — dijo Cardeñosa, sentándose con un café de máquina en la mano—. Ese lo escribió otro.
— El del libro es el falso — confirmó Eider—.
Y el que lo escribió quería taparnos justo el rato de la nave vieja.
— Se volvió hacia Quintanilla—. La foto de las diez y media, aunque no la recuperemos, ya nos dice una cosa: que a esa hora Damián no estaba en el siete controlando densidades, como quiere hacernos creer el renglón azul.
Estaba en la vieja, con el móvil en la mano.
Folgueras dejó el listado.
— ¿Y quién escribe en un cuaderno de bodega imitando la letra del muerto?
Nadie contestó enseguida. Fuera empezó a oírse la lluvia contra las ventanas, primero suelta, luego seguida.
— El que sabe imitarle la mano — dijo Eider al fin—.
El que lleva desde marzo firmando por él en los contratos del fondo.
— Cogió un rotulador y, en un hueco de la pizarra, escribió un nombre y lo subrayó dos veces.
Fernando Cándano—. Mañana lo quiero sentado ahí enfrente.
Con la citación en la mano y sin su abogado poniéndose farruco.
Se quedó mirando el nombre subrayado.
— Y que documentoscopía se dé prisa con esa página — añadió—. Antes de que empiece a creerme yo sola mi propia historia.