Capítulo 10
Damián Cándano lleva tres horas con los mismos papeles delante y el estómago cerrado.
Ha empezado por casualidad, o por esa casualidad que uno provoca sin saberlo.
Una llamada del banco, una gestora nueva y demasiado sincera que le pregunta por una transferencia de la sociedad a una cuenta personal que ella no acaba de ver clara, y Damián, que del dinero llevaba poco porque de eso llevaba su hermano, se ha puesto a mirar.
Y ha seguido mirando. Y cuanto más mira, peor.
Están las apuestas. Eso lo pilla enseguida, porque no hay que ser contable para leer una lista de recargas a casas de apuestas a las tres de la mañana.
Su hermano, el que lleva corbata a las ferias y le da la mano a los clientes con las dos manos, lleva meses, quizá años, quemando dinero en el fútbol de madrugada.
Damián siente primero pena. Luego, según pasa las hojas, la pena se le va poniendo otra cosa.
Porque el dinero de las apuestas sale de algún sitio. Y el sitio es la bodega.
Transferencias con conceptos que no significan nada.
Anticipos que no vuelven. Facturas de proveedores que Damián, que conoce a todos sus proveedores por el nombre de pila, no reconoce.
Su hermano lleva sangrando la casa gota a gota mientras los dos se rompían la cabeza con la deuda del padre.
Mientras Damián recortaba de todo, no cambiaba el tractor, se aguantaba el sueldo, Nando metía la mano en la caja para tapar la ruleta.
Damián piensa en las cenas de los domingos en casa de su madre, en las que Nando llegaba tarde, mirando el móvil por debajo de la mesa, con esa risa nerviosa que Damián achacaba al estrés del trabajo.
Piensa en las veces que su hermano le dijo, muy serio, que había que cerrar la venta cuanto antes, que no había tiempo que perder, que el fondo no esperaría.
Todo encaja ahora de otra manera. La prisa no era por salvar la casa.
La prisa era por tapar el pozo antes de que se viera el fondo.
Y él, mientras tanto, dándole vueltas a las cepas de su abuelo.
Y luego están las firmas.
Damián coge el precontrato con el fondo, el que Nando le dijo que había que dejar preparado, y mira su propia rúbrica al pie. La mira mucho rato. Es su firma. Es exactamente su firma. Solo que él no la ha hecho.
Se levanta, sale del despacho de la enotienda y baja a la nave, donde Nando revisa albaranes con esa tranquilidad de hombre que se cree a salvo.
———
— Nando.
Su hermano levanta la vista y sonríe, y la sonrisa se le queda a medias cuando le ve la cara.
— ¿Qué pasa.
Damián deja el precontrato encima de las cajas, entre los dos, con la firma hacia arriba.
— Esto no lo he firmado yo.
Nando mira el papel. Mira a Damián. Y Damián ve pasarle por la cara todas las mentiras posibles, una detrás de otra, mientras su hermano calcula cuál colará. Es lo que más le duele. No el dinero. Esa cara.
— Damián, deja que te explique...
— Has firmado por mí. — No levanta la voz. Le sale peor sin levantarla—. Has imitado mi firma en un precontrato de venta. ¿Sabes lo que es eso, Nando. ¿Sabes lo que es eso.
— Iba a decírtelo. — Nando abre las manos, se acerca—. Estabas de viaje, había que mover la operación, el fondo apretaba, tú siempre con dudas... Lo hice por la casa, joder. Por salvar la casa. Iba a contártelo.
— ¿Y las apuestas. — Damián lo dice bajo—. ¿Eso también lo hacías por la casa. ¿Los miles de euros que le has quitado a la bodega para el fútbol también eran por la casa.
Nando se queda blanco. Abre la boca. No le sale nada.
— Estoy enfermo, Damián. — Le tiembla la voz, y por una vez Damián no sabe si es teatro o es verdad, y sospecha que ni el propio Nando lo sabe—.
Estoy enfermo. No puedo parar. Lo he intentado.
Iba a devolverlo todo con lo del fondo, hasta el último euro, te lo juro por mis hijos.
Con lo que entre de la venta lo tapo todo y nadie se entera y volvemos a empezar.
Solo necesito que salga la venta, Damián. Solo eso. Que salga la venta.
Y ahí está. Ahí lo tiene Damián, delante, con toda la casa colgando de esas palabras. Que salga la venta.
Podría llamar a la policía ahora mismo. Podría echarlo.
Podría hundirlo. Es su derecho, y una parte de él, fría, lo quiere.
Pero es su hermano. Es el crío con el que subía a robar cerezas al huerto del cura.
Es el que le llevó a caballito el día que enterraron a su padre porque a Damián le fallaban las piernas.
Es un desgraciado enfermo que ha hecho una cosa imperdonable, y es su hermano, y la vendimia no puede parar, y su madre no se merece esto ahora.
— Escúchame bien. — Damián recoge el precontrato, lo dobla, se lo guarda—.
La vendimia no se para. Ni una palabra a nadie, ni a mamá, ni a Sonia, ni a la cuadrilla.
Terminamos de encubar. Y el lunes, cuando pase el fin de semana y estemos despejados, hablamos tú y yo de las firmas.
Los dos solos. Con papeles delante. Y vas a un médico, o a donde haya que ir, porque esto no vuelve a pasar.
— Lo mira—. El lunes, Nando. Tú y yo. De las firmas.
Nando asiente deprisa, agradecido, humillado, con los ojos llenos, y Damián no soporta mirarlo más y se da la vuelta.
Lo del fondo no se lo dice. Que ha decidido retirar el Majuelo, que con eso la venta se le cae a Nando encima, eso no se lo dice todavía. No tiene fuerzas para dos guerras el mismo día.
———
Sube al majuelo con la última luz, porque es donde va cuando no puede con la casa.
El Majuelo Vello lo recibe como siempre, en silencio, con sus cepas viejas negras contra el naranja del cielo y el frío bajando ya del monte.
Y allí está Eladio, cómo no, con el sacho, quitando hierba de junto a la cruz de hierro con esa devoción muda que Damián le conoce de toda la vida y por la que nunca le ha preguntado.
— Rapaz. — El viejo se endereza—. Traes mala cara.
— Días malos, Eladio. Días malos.
Damián se sienta en el ribazo, entre dos cepas, y el viejo se sienta a su lado sin decir nada, que es lo que Damián necesita. Abajo, la bodega, la casa, el pueblo encendiéndose. Todo lo que su padre levantó y él no sabe si va a poder sostener.
— Van a querer esto — dice Damián, señalando la ladera con la barbilla—. El fondo. Quieren el Majuelo. Y con lo que pagan, salvo el resto.
Eladio no dice nada. Mira las cepas. Mira la cruz.
— ¿Y qué vas a hacer — pregunta, muy bajo.
Damián mira también las cepas viejas, una por una, las que este hombre replantó de joven, cuando eran marras, una a una, con sus manos. Piensa en su abuelo. En su padre. En lo que hay enterrado en esta tierra que no aparece en ninguna escritura.
Piensa en Eladio, que no ha faltado un solo día a este majuelo en medio siglo, que sube aquí en invierno con la helada y en agosto con la solana, que le habla a las cepas como quien reza.
Damián no sabe todo lo que ese hombre lleva dentro; nadie lo sabe del todo.
Pero sabe que arrancar estas cepas sería, para Eladio, algo peor que perder un trabajo.
Sería quitarle el único sitio del mundo donde todavía tiene con quién hablar.
Y Damián, que ha discutido de dinero toda la tarde con su hermano, decide en ese instante que hay cosas que no se venden aunque el banco tenga razón. Que hay deudas que no salen en ningún extracto y pesan más.
— No se vende — dice—. Este majuelo no. Lo demás, lo que haga falta, pero de aquí no arrancan una cepa mientras yo viva.
— Se vuelve hacia el viejo, y se lo dice mirándolo a los ojos, porque hay cosas que hay que decirlas así—.
El Majuelo no se toca, Eladio. Te lo juro.
Buscaré el dinero por otro lado. Pero esto se queda como está.
El viejo lo mira un rato largo, con esos ojos claros y acuosos, y luego baja la cabeza y asiente despacio, y a Damián le parece que le tiembla la barbilla, aunque con la poca luz no está seguro.
— Eres bueno, rapaz — dice Eladio, ronco—. Como tu abuelo. — Le pone una mano enorme en la rodilla, y la deja ahí un momento—. Dios te lo pague.
Bajan juntos en la oscuridad, sin hablar, el viejo delante conociendo cada piedra del sendero.
Y así quedan, esa noche de jueves, los dos hombres a los que Damián Cándano acaba de dejar una herida y una deuda.
Uno abajo, en el despacho, acorralado, contando las horas que le quedan hasta que su hermano lo hunda el lunes.
Otro arriba, agradecido, con la promesa como un tesoro y una mano todavía caliente sobre la rodilla del rapaz.
Damián cena con Sonia y con Sabela, que le cuenta no sé qué del colegio y a la que él escucha a medias, con la cabeza en las firmas y en las cepas.
Se acuesta. Duerme mal. Da vueltas pensando en el lunes, en la conversación con su hermano, en el correo que mandará al fondo, en todo lo que va a poner en orden cuando pase el fin de semana.
Le quedan tres días. Y el lunes, ese lunes en el que piensa arreglarlo todo, no va a llegar nunca.