Capítulo 9 #2
Se levantó a estirar la espalda y se acercó a la ventana de la sala.
Ponferrada trabajaba abajo, gris y viva a la vez, con el castillo templario a un lado y, más allá, el valle cosido de viñedos que en esas semanas se llenaba de tractores y de gente doblada entre las cepas.
Un remolque cargado de uva subía por la comarcal hacia alguna bodega.
La vendimia no paraba por un muerto, y Cardeñosa, que había crecido entre tratos de ganado, entendía esa terquedad de la tierra: la uva estaba hecha, y la uva hecha no espera a los duelos.
Pensó en Damián Cándano, al que no había conocido vivo y del que llevaba dos días leyendo la letra apretada en un cuaderno.
Un hombre que apuntaba a mano lo que las máquinas ya guardaban, por costumbre, por oficio, por querencia.
Un hombre que no bajaba solo a un depósito y que se había muerto solo en uno.
Y un hermano que le firmaba los papeles a su espalda y le robaba la caja.
Cardeñosa había visto muchas familias por dentro, en su trabajo, y sabía que no había peor sitio para esconder un cuchillo que la mesa de una casa.
———
Buscó a la inspectora. La encontró en el pasillo, con un café de máquina en la mano y el móvil en la otra, terminando una llamada con la residencia de Pamplona por lo de su madre, esas llamadas cortas y tirantes que él fingía no oír.
Le llegó un retazo, el que ella no pudo tapar: sí, ya, mamá, la semana que viene subo, te lo prometo.
Y luego un silencio en el que la inspectora escuchaba algo al otro lado, con la mandíbula apretada, mirando a la pared.
Carmen Etxeberria, setenta y dos años, en una residencia de Iturrama, olvidándose despacio de quién era su hija.
Cardeñosa esperó a que colgara. Nunca preguntaba por eso. Cada uno cargaba lo suyo, y la inspectora cargaba lo suyo callándolo, que era su manera. Eider colgó, se guardó el teléfono, respiró una vez, y la cara le cambió al ver la de Cardeñosa.
— Tienes algo.
— Tengo bastante. — Cardeñosa le tendió la plantilla—.
Fernando Cándano. Ludópata. Apuestas online desde hace más de un año, miles de euros, patrón de perseguir la pérdida.
Para tapar el agujero, lleva meses desviando dinero de la bodega con facturas y transferencias falsas. Eso ya es delito por sí solo.
— Sigue.
— Y hay más. — Cardeñosa pasó a la segunda hoja—.
La Científica confirma que la firma de Damián en dos de los tres documentos clave de la venta al fondo está imitada.
No es suya. Alguien firmó por él para que la operación tirara adelante.
— Levantó la vista—. Y quien tenía los papeles, la deuda que solo esa venta tapaba y las manos en la caja era Fernando.
Eider dejó el café en el alféizar. No dijo nada durante un momento. Cardeñosa la conocía; estaba montando la película entera en la cabeza, la misma que él llevaba montando toda la mañana.
— A ver si lo tengo — dijo Eider despacio—.
Fernando está enganchado a las apuestas y desangrando la bodega.
Su única salida es la venta al fondo. Y su hermano, el domingo, o el viernes, decide cargarse esa venta retirando el Majuelo, que es lo que la hace rentable.
— Cogió el café otra vez, no bebió—. Damián iba a arruinar a Fernando por unas cepas.
Y encima, tarde o temprano, iba a descubrir las firmas falsas. Y a lo mejor ya las había descubierto.
— A lo mejor. — Cardeñosa cerró la carpeta—. Eso explicaría por qué Fernando nos mintió con la noche del domingo sin que se lo preguntáramos.
— Su coartada era de traca — dijo Eider—.
Repartos, una reunión, una cena con un cliente a las nueve o nueve y media.
Todo muy ordenado y nada comprobado. — Se apoyó en la pared—.
Quiero cada minuto de esa noche. La báscula de la cooperativa, si de verdad llevó uva y a qué hora.
El restaurante, la tarjeta, el ticket. El cajero, si sacó dinero.
Todo con hora. Si mintió en la coartada como mintió al aclarar que no volvió a la bodega, se le cae encima.
— ¿Y si no mintió en la coartada.
Eider lo miró. Era la clase de pregunta que hacía Cardeñosa, paciente, incómoda, la que había que hacerse.
— Entonces tenemos a un desgraciado que roba, que falsifica firmas y que nos miente por vergüenza, pero que a lo mejor no mató a su hermano.
— Se encogió—. Por eso se comprueba, Rubén.
Por eso no se detiene a la gente por tener motivo.
Medio Bierzo tenía motivos con Damián Cándano: el hermano por las firmas, el fondo por la parcela, hasta la viuda por el seguro, que ya lo mirará Quintanilla.
Motivo lo tiene mucha gente. Lo que no tiene mucha gente es haber estado allí a las once de la noche con una barra en la mano.
Eider se quedó mirando el pasillo, las baldosas, sin verlas.
— Motivo, tenemos. Uno de libro. — Dio un sorbo por fin, hizo una mueca por el café—.
Mentira sobre la noche, tenemos. Falta ponerlo en la bodega el domingo por la noche, o volarle la coartada, sea la que sea.
— Miró a Cardeñosa—. Cita a Fernando Cándano para mañana.
Formal. Y que venga con su abogado, porque este ya no es un testigo.
— Recogió la carpeta—. Buen trabajo, Rubén. Las cuentas no mienten.
Cardeñosa torció la boca hacia un lado, que era su manera de darle la razón.
Pero mientras la inspectora se alejaba por el pasillo con la carpeta, se quedó con una espina pequeña, la misma de la víspera, la que no encajaba en aquella raya tan recta: la letra de la entrada falsa del libro, la de la una menos cuarto de la madrugada.
Él había visto la firma imitada de la Científica.
Y había visto la línea del libro. Y no era la misma mano.
La firma del fondo era el trazo nervioso de alguien acorralado.
La línea del libro era lenta, vieja, cuidada, de pulso tembloroso pero paciente.
No lo dijo. Todavía no tocaba. Todo apuntaba a Fernando, y él era hombre de esperar a que los papeles hablaran del todo. Pero lo apuntó en su libreta, debajo de la línea del día anterior, y lo subrayó también.
Firma falsa del fondo: mano nerviosa (¿Nando?). Línea falsa del libro: mano vieja, lenta. NO es la misma mano.