Depósito Capítulo 9
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Capítulo 9

A Rubén Cardeñosa le gustaban los papeles.

En el grupo era una broma vieja: mientras los demás pateaban viñas y sentaban a testigos, el subinspector se pasaba las horas muertas delante de una pantalla, cruzando extractos, cotejando fechas, montando líneas de tiempo con la paciencia de quien hace punto de cruz.

Y de esos papeles, cada dos por tres, salía el hilo que lo desmadejaba todo.

La inspectora lo decía siempre: los asesinos mienten, pero las cuentas no.

Se había levantado a las seis en el hotel Bierzo Plaza, había bajado a por el café más malo del mundo y a las siete ya estaba con los mandamientos que la jueza Cañedo había firmado la tarde anterior: información bancaria de la sociedad Bodega Cándano y de sus administradores, movimientos de los últimos dos años.

La documentoscopia de la firma la llevaba en paralelo con la Científica.

El hotel, un tres estrellas de carretera con moqueta de flores y desayuno de sobre, se había convertido en la comisaría paralela del grupo.

En la habitación de al lado dormía Folgueras, que roncaba; enfrente, Quintanilla, que a esas horas ya estaría con los cascos y tres pantallas abiertas.

Cardeñosa echaba de menos su casa de Trobajo, a Marta, a los niños, el ruido de por la mañana.

Pero un caso era un caso, y estos días, con la vendimia de reloj, no había vuelta a León hasta cerrarlo.

Se lo había dicho a Marta por teléfono la noche antes, con la voz baja para no despertar a nadie: unos días más, cariño. Siempre eran unos días más.

A media mañana ya tenía el mapa del desastre.

———

La deuda era real, y era gorda. Eso lo confirmó lo primero.

Bodega Cándano S.L. arrastraba una cadena de préstamos encadenados desde antes de la muerte del fundador: pólizas de crédito renovadas, un préstamo hipotecario sobre la finca, avales personales cruzados de los dos hermanos.

Avelino Cándano, el padre, había ido tapando campañas malas con financiación nueva, la vieja escuela, hasta que la cosa se hizo una bola que a su muerte, en primavera del año pasado, cayó entera sobre los dos hijos.

Números rojos que quitaban el sueño. La venta al fondo, vista así, no era codicia: era la tabla a la que agarrarse para no ahogarse.

Hasta ahí, una empresa familiar española de manual, con más corazón que contabilidad. Nada delictivo. Una desgracia.

Lo otro empezó a asomar cuando Cardeñosa se metió en las cuentas personales de Fernando Cándano.

Había un goteo. Al principio no lo vio; era un hombre paciente, pero también un hombre, y las primeras dos horas solo vio a un tipo con la nómina justa y los gastos justos.

Fue al ordenar los cargos por concepto y hora cuando el patrón saltó a la vista.

Pequeñas cantidades, a horas raras, muchas de madrugada.

Recargas. Ingresos a plataformas con nombres que Cardeñosa conocía de sobra de otros atestados: casas de apuestas deportivas online, alguna de póker, alguna de esas de ruleta con luces.

No eran pequeñas cantidades. Eran pequeñas cantidades muchas veces, que es lo que engaña.

Sumadas a lo largo de los meses, eran una barbaridad.

Miles y miles de euros yéndose en apuestas de fútbol a las tres de la mañana.

Rachas de recargas seguidas, cinco, seis en una noche, el patrón inconfundible del que persigue la pérdida.

Cardeñosa había visto esas noches en muchos extractos. Sabía cómo terminaban.

Y luego, para tapar el agujero de las apuestas, movimientos que no cuadraban entre las cuentas de la sociedad y las de Fernando.

Transferencias con conceptos vagos —anticipo, gastos representación, provisión proveedor— que iban de la bodega a una cuenta personal y no volvían.

Facturas de proveedores que Cardeñosa no lograba casar con ninguna entrega.

Un desvío hormiga, constante, disimulado en el ruido de una empresa que ya de por sí iba mal.

Fernando Cándano llevaba meses, quizá más de un año, sangrando la bodega para alimentar a la máquina.

Cardeñosa lo fue anotando todo, sereno, en su plantilla.

No era su primer ludópata. Le daban pena, casi siempre.

Gente normal que empieza con la porra de la oficina y termina robándole a su madre, cavando un pozo del que juran cada noche que van a salir mañana.

Pero una cosa era la pena y otra el atestado.

Fernando Cándano estaba desfalcando su propia empresa.

Eso ya era delito. Faltaba ver hasta dónde llegaba.

Llamó a Quintanilla, que de rastros digitales sabía más que él, y le pasó los datos de las plataformas. Saray se lo devolvió en una hora, con el detalle que a Cardeñosa se le escapaba.

— El patrón es de manual, Rubén — dijo la oficial—.

Y hay una cosa que te va a interesar. En septiembre tuvo una racha mala de las gordas.

Una noche, la del doce al trece, perdió en unas horas más que en meses.

Un descalabro. Y a partir de ahí, las recargas se disparan y los conceptos raros de la bodega también.

— Hizo una pausa—. Se metió en un pozo profundo justo el mes que su hermano empezó a echarse atrás con la venta. Los dos relojes corriendo a la vez.

Cardeñosa lo apuntó y lo subrayó. La cronología era fea de puro redonda.

En septiembre, Fernando cava su agujero más hondo.

En septiembre, Damián decide retirar el Majuelo y hundir la única operación que podía taparlo.

Y el domingo veintisiete, Damián amenaza con sentarse el lunes a hablar de las firmas falsas.

Cada raya llevaba al mismo sitio, y Cardeñosa desconfiaba de las rayas que llevan todas al mismo sitio con tanta docilidad; la experiencia le decía que la realidad casi nunca era tan ordenada.

Pero ahí estaban los números, y los números no mentían.

———

Llegaba más lejos.

La documentoscopia se lo confirmó a mediodía, en una llamada de la perita de la Científica, una compañera meticulosa con la que Cardeñosa había trabajado otras veces.

— Rubén, tengo lo de las firmas — dijo—. Y hay tela.

Le habían pasado tres documentos de la negociación con Ébano Wine Estates: un precontrato, un poder y una carta de intenciones, todos con la firma de Damián Cándano Balboa como administrador solidario.

Y les habían dado, para cotejo, firmas indubitadas de Damián: su DNI, su carné de conducir, contratos antiguos, el propio libro de bodega.

— La de los documentos del fondo no es suya — dijo la perita—.

O al menos, dos de las tres no lo son. Presión distinta, arranque distinto, temblor en los enlaces que en la firma auténtica no está.

Está imitada. Y bien imitada, ojo, por alguien que la tenía muy vista, pero imitada.

Te lo firmo en el informe pericial. Alguien firmó por Damián Cándano en la operación con el fondo.

Cardeñosa se quedó un momento con el boli parado sobre el papel.

— ¿Puedes decir quién.

— Quién no. Yo digo que no es Damián. El quién lo ponéis vosotros. — Una pausa—. Pero te digo una cosa por experiencia: el que falsifica una firma suele ser el que tiene acceso a los papeles y las manos en la caja.

— Una cosa más. — Cardeñosa buscó su foto del libro de bodega—. Te he mandado también una página de un cuaderno, la del domingo. Hay una línea, la de la una menos cuarto, que creo que no la escribió Damián. Otra letra imitando la suya. ¿La has mirado.

— La he empezado. Y ojo con eso, Rubén, porque no me cuadra.

— La perita bajó el tono, la de alguien que se toma en serio lo que dice—.

La firma falsa de los documentos y la línea del cuaderno no me parecen, a primera vista, la misma mano.

La firma tiene un trazo nervioso, rápido, de alguien de mediana edad con pulso firme.

La línea del cuaderno es lenta, muy cuidada, con un temblor de base que no es nervios, es edad.

Yo diría, así en preliminar y sin firmarte nada todavía, que la línea del cuaderno la escribió una persona mayor. Bastante mayor.

— ¿Mayor.

— Preliminar, Rubén. No me cites. Necesito más muestra y tiempo. — La perita no se mojaba antes de tiempo, nunca—. Pero son dos manos distintas. La de la firma y la del cuaderno no son la misma persona. De eso sí me voy fiando.

Cardeñosa se lo apuntó, con su letra paciente, y no dijo lo que pensaba, porque todavía no tocaba. Dos manos. Una para las firmas del fondo. Otra, vieja, para la línea del libro. Y todo el peso del caso empujando hacia un solo hombre de cincuenta y un años que no tenía nada de viejo.

El que tenía acceso a los papeles y las manos en la caja era Fernando.

El hermano comercial y administrativo. El que llevaba el despacho, las ventas, los clientes, el que trataba con Sela la parte de papeleo.

El que tenía una deuda de apuestas que se comía viva y estaba desviando dinero de la bodega para alimentarla.

Cardeñosa juntó las dos cosas en su plantilla, una debajo de la otra, y las miró un rato largo.

Fernando Cándano tenía un agujero secreto que solo la venta al fondo podía tapar. Y Fernando Cándano estaba firmando por su hermano en esa venta, imitando su rúbrica, para que la operación siguiera adelante.

Y su hermano, dos días antes de morir, había decidido de repente retirar de esa venta la parcela más valiosa.

El Majuelo Vello. La joya. La que hacía que los números del fondo cuadraran.

Damián estaba a punto de hundir, con su sentimentalismo por las cepas de su abuelo, la única operación que podía salvar a Fernando del abismo.

Cardeñosa no era hombre de saltos. Pero hasta un hombre paciente ve una raya recta cuando la tiene delante.