Capítulo 8 #2
— Se lo agradezco. Se lo vamos a pedir.
— Pídanmelo. — Sela abrió las manos—. Cuanto antes me descarten, antes puedo volver a lo mío, que es intentar salvar esta operación, si es que queda algo que salvar.
— Una última cosa de la operación. Con Damián retirando el Majuelo, la venta se les caía. ¿Presionaron.
— Presionar es una palabra fea, inspectora.
— Sela sonrió—. Insistimos. Recordamos plazos, comité de inversión, capital comprometido.
Le dijimos a Fernando que el fondo esperaba la parcela completa o revisaba el precio de todo a la baja, que es lo que se hace.
— Se encogió—. Pero nosotros no subimos a Corullón con una barra de hierro, si es a eso a lo que quiere llegar.
Nosotros mandamos un correo con abogados.
Es más lento y más eficaz. — Volvió a la displicencia—.
Y le repito: lo queríamos vivo. Un muerto solo nos ha traído retrasos y a ustedes.
— Le tomo la palabra. Le vamos a pedir esa cena, la tarjeta, los nombres. Y los correos de la operación. Todos.
— Los tendrán. — Ni parpadeó—. No tengo nada que esconder. Lo mío es limpio. Aburrido y limpio.
———
Iban a cerrar cuando Eider hizo la pregunta suelta, la que dejaba siempre para el final, cuando el otro ya se creía a salvo y bajaba la guardia.
— Una curiosidad, señor Sela. Ha dicho que Damián se enfrió, que quería retirar el Majuelo. ¿Le dio alguna razón. ¿Por qué justo esa parcela, justo esa semana.
Sela resopló, con la displicencia de quien recuerda un capricho ajeno.
— Razones de esas que no son razones. Sentimentalismos.
— Movió la mano—. Fernando me dijo que Damián se había echado atrás por lo del viejo.
Que no había manera con él por lo del viejo, o algo así.
Yo, la verdad, ni pregunté. En estas operaciones siempre hay un tío que se apega a una parcela por lo que su padre esto y su abuelo lo otro. Ruido. Se gestiona.
Eider mantuvo la cara quieta.
— ¿Por lo del viejo.
— Eso dijo Fernando. — Sela ya recogía papeles, dando por terminada su parte—.
Supongo que se refería al majuelo ese, que le llaman el viejo, el vello, como quieran.
O a algún viejo de esos del pueblo que le comían la cabeza con que no se vendiera.
En estos sitios siempre hay un abuelo que llora por las cepas.
— Sonrió, condescendiente—. Yo hago números, inspectora. La memoria no la valoro; no cotiza.
Se despidió con dos frases de manual y cortó la videollamada. La pantalla se quedó en el logo azul de la comisaría.
Por la ventana de la sala entraba el olor de la tarde de Ponferrada, a lluvia reciente y, muy de fondo, a orujo de las bodegas del extrarradio, ese tufo dulce y alcohólico que en vendimia impregna toda la comarca.
Alguien había traído bocadillos de la gasolinera; llevaban horas ahí, envueltos, sin que nadie les hincara el diente.
Eider cogió uno, lo dejó otra vez. Tenía el estómago cerrado de tanto café y tanto muerto.
Eider se quedó mirando la pantalla apagada un buen rato, dando golpecitos con el boli en el bloc.
— ¿Lo has apuntado — dijo Cardeñosa.
— Lo he apuntado. — Eider subrayó dos palabras en la hoja—. Por lo del viejo. — Levantó la vista—. El vello, el majuelo, dice Sela. El viejo, un abuelo del pueblo que le comía la cabeza. No lo sabe ni él. Lo dijo Nando, y Nando no está para aclarárnoslo hasta que lo sentemos.
— Eso no es lo único que ha soltado — dijo Cardeñosa, repasando sus notas—.
Ha dicho tres cosas que valen su peso en oro, y ninguna se ha dado cuenta de que las decía.
Una: que Fernando le llevaba a Damián los papeles ya firmados, que él le adelantaba el papeleo.
— Levantó un dedo—. Dos: que Fernando tenía muchísima prisa por cerrar, que llamaba dos veces por semana.
— Otro dedo—. Y tres: que el sábado, cuando Damián se echó atrás, Fernando llamó suplicando unos días.
— Bajó la mano—. Un hombre que firma por su hermano, que tiene una prisa que no cuadra con la del resto, y que se pone a suplicar cuando el hermano amenaza con hundir la operación.
Todo eso lo ha contado el del fondo pensando que se descargaba a sí mismo.
— Y se ha descargado a sí mismo. — Eider dejó el boli—. Sela lo quería vivo, eso es verdad, y encima estaba en Madrid. Si la coartada aguanta, el fondo se cae de la lista. — Golpeó la mesa con los nudillos—. Pero cada cosa que dice para salvarse a él, hunde un poco más a Fernando Cándano.
— Verificamos Madrid, entonces — dijo Cardeñosa—. La cena, los testigos, el hotel, las cámaras si hace falta.
— Verificamos Madrid. Un fondo así no manda a su hombre a partirle la cabeza a un vendedor; manda un burofax.
Sela dice la verdad en lo que le conviene, que suele ser lo más difícil de pillar en una mentira.
— Eider se frotó los ojos—. Pero apúntame una cosa por si acaso, que en esto no me fío de las coincidencias limpias: quiero saber si Ébano tenía puesto algún seguro o alguna cláusula por si la operación se caía.
La gente que hace números lo prevé todo. Hasta la mala suerte.
— Lo pido. — Cardeñosa lo apuntó—. Aunque huele a que el fondo es lo que dice ser. Un pez grande y aburrido.
— Los peces grandes y aburridos también muerden. Solo que suelen morder con abogados.
— El majuelo se llama Vello. Vello es viejo en gallego, y aquí hablan medio así. Lo más normal es que Sela lo confundiera y que se refiera a la parcela. — Cardeñosa se rascó la calva incipiente—. Damián retiró la parcela. Punto.
— Lo más normal, sí. — Eider se levantó, se acercó a la ventana.
Fuera anochecía sobre Ponferrada, y en el valle empezaban a encenderse las luces de los pueblos, uno tras otro, subiendo por las laderas hacia las viñas oscuras—.
Pero un hombre, dos días antes de que lo maten, decide de repente sacar de una venta millonaria la única parcela que le va a salvar del banco.
Por sentimentalismo. Por lo del viejo. — Se quedó mirando las luces—.
Quiero saber por lo de qué viejo, exactamente.
Y quiero saber por qué el enólogo más metódico del Bierzo prefirió arruinarse antes que arrancar esas cepas.