Depósito Capítulo 8
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Capítulo 8

Antes de la videollamada, Quintanilla le había puesto sobre la mesa lo que había sacado de Ébano Wine Estates en una tarde de rastreo.

Un fondo de inversión con sede en Madrid, capital detrás repartido entre un par de sociedades holandesas y un family office de fuera de la Unión, la clase de estructura que se dibuja para que cueste saber de quién es el dinero.

Compraban viñedo viejo en denominaciones de moda, el Bierzo, la Ribeira Sacra, Gredos, y lo reconvertían en marcas de lujo para exportación.

Tenían ya media docena de fincas en la comarca.

Y a Ignacio Sela, su hombre en el terreno, cuarenta y un años, ingeniero agrónomo reconvertido en gestor, con perfil impecable de LinkedIn y ni una mancha.

— Un tiburón con estudios — había resumido Saray—. Ni antecedentes ni deudas ni líos. Le va bien. Quería esa parcela, eso sí; la tenía en tres presentaciones de inversores como la joya del año.

Con eso en la cabeza, Eider abrió la videollamada.

Ignacio Sela apareció en la pantalla del portátil con un fondo de despacho de diseño, cristal y una estantería con botellas puestas de canto como trofeos.

Cuarenta y un años, camisa cara sin corbata, el bronceado uniforme de quien no lo coge en el campo.

Detrás de él, por el ventanal, se veía el skyline de Madrid en la tarde gris.

Eso, al menos, encajaba con lo que decía: que estaba en Madrid y que llevaba días sin moverse de allí.

— Inspectora. — Sela juntó las manos sobre la mesa—. Antes de nada, mi más sentido pésame a la familia Cándano. Damián era... teníamos una relación cordial. Es una tragedia. Cuenten conmigo para lo que necesiten.

— Gracias, señor Sela. — Eider tenía delante el bloc y una lista de preguntas ordenadas de menos a más incómoda—. Cuénteme qué era exactamente esa relación cordial.

— Comercial. — Sela sonrió con profesionalidad—.

Represento a Ébano Wine Estates, un vehículo de inversión especializado en viñedo de alto valor en denominaciones emergentes.

El Bierzo es una de nuestras apuestas. Cepas viejas, minifundio, mucho potencial infraexplotado.

— Hablaba en ese idioma de folleto que Eider había aprendido a traducir con los años—.

Estábamos en conversaciones con Bodega Cándano para la adquisición de una parcela concreta.

— El Majuelo Vello.

Una milésima de sorpresa, enseguida tapada.

— Veo que están al día. Sí. El Majuelo Vello.

— Sela se recostó—. Una joya. Godello y Mencía de pie franco, edades por encima del siglo en algunas cepas.

Para lo que hacemos nosotros, un vino de parcela, de guarda, de exportación, esa parcela es un tesoro.

Se lo digo sin rodeos: pagábamos bien. Muy bien.

Bastante más de lo que vale una parcela así en el mercado local.

— ¿Y qué obtenía la familia.

— Oxígeno. — Sela dejó la palabra en el aire con cierto gusto—.

No es indiscreción, imagino que ya lo saben: Bodega Cándano arrastra una deuda considerable desde el fallecimiento del fundador.

Nuestra operación por el Majuelo les habría permitido sanear, refinanciar el resto y seguir.

Nosotros comprábamos la joya de la corona; ellos salvaban la corona. Un buen trato para todos.

— Menos para el Majuelo.

Sela ladeó la cabeza, sin entender.

— ¿Cómo dice.

— Lo que iban a hacer ustedes con esa parcela. — Eider lo miró desde el otro lado de la pantalla—. Cepas viejas de pie franco, de más de cien años. ¿Las conservaban.

— Ah, no. — Sela lo dijo con la naturalidad del que no ve el problema—.

Se arranca y se replanta. Espaldera, marco ancho, mecanizable, clones certificados de alto rendimiento.

La viña vieja es preciosa para las fotos, inspectora, pero produce cuatro racimos por cepa y no se puede vindimiar a máquina.

Insostenible. Nosotros hacemos números. Se arranca, se replanta y en siete años tienes una finca de primera dando volumen.

— Arrancar cepas de más de cien años.

— Es lo habitual. — Sela se encogió—. La nostalgia no paga nóminas.

Eider apuntó, sin comentar. Cardeñosa, sentado fuera del ángulo de la cámara, levantó una ceja y volvió a bajarla.

— ¿Toda la familia estaba de acuerdo con la venta.

— No sabría decirle. Yo trataba con los hermanos.

— Sela lo pensó—. Fernando, entusiasta. Damián, a regañadientes.

De la mujer de Damián y de la madre no sé; supongo que como en todas las familias, unos más, otros menos.

Pero eso es asunto suyo. A mí me bastaba con las dos firmas de los administradores.

— Sonrió—. Con dos firmas se vende una viña de doscientos años, inspectora.

No hace falta que llore de gusto la abuela.

Eider dejó que esa frase se le posara y no la tocó. Dos firmas. Y una de ellas, según empezaban a saber, ni siquiera era de quien parecía.

— ¿Con quién trataba usted en la bodega. En el día a día de la operación.

— La parte técnica, con Damián. La parte de papeles, con Fernando. — Sela lo dijo con naturalidad—. El enólogo enseñaba las cepas y catábamos; el hermano llevaba los números, los poderes, los plazos. Un reparto lógico. Cada uno a lo suyo.

— ¿Y firmaban los dos. Los documentos.

— Los que hemos ido cerrando, sí, con las dos firmas, como administradores solidarios.

— Sela hizo un gesto vago—. Aunque a Damián muchas veces se los acercaba Fernando ya firmados, decía que su hermano andaba siempre en la viña y que él le adelantaba el papeleo.

Cosas de empresa familiar. — Se detuvo un segundo, y algo pareció ocurrírsele, pero lo dejó pasar—. ¿Por qué lo pregunta.

— Por saber cómo funcionaban. — Eider no le dio nada—. Siga.

Cardeñosa, fuera de cámara, había dejado de fingir que no escuchaba. Le adelantaba el papeleo ya firmado. Lo apuntó de su puño, y Eider supo, sin mirarlo, que lo había apuntado.

———

— Hábleme de la última vez que trató con Damián Cándano — dijo Eider.

Sela se tomó su tiempo, y por primera vez en la conversación pareció escoger de verdad las palabras.

— La semana pasada. El viernes tuvimos una reunión en la bodega, en persona. Subí yo con un compañero del área financiera. — Hizo una pausa—. Fue una reunión rara.

— Rara.

— Rara. — Sela se pasó la mano por la mandíbula—.

Le voy a ser franco, inspectora, porque no quiero que piensen lo que no es.

La operación estaba prácticamente cerrada.

Precio pactado, calendario, todo. Damián iba a firmar.

Y esa semana, de repente, se enfrió. En la reunión del viernes lo noté...

con dudas. No dijo que se echara atrás, pero lo noté raro.

Y el sábado, o el domingo, no recuerdo, me llegó un aviso de que quería sacar el Majuelo Vello de la operación.

Eider no movió un músculo.

— ¿Un aviso.

— Una llamada de su hermano, Fernando, que es con quien yo trataba la parte administrativa.

Me dijo que Damián se estaba planteando retirar la parcela, que no me preocupara, que él lo reconducía.

— Sela hizo un gesto de fastidio contenido—.

A nosotros nos venía fatal, claro. Habíamos comprometido capital, comité de inversión, todo.

Que a última hora el vendedor se ponga sentimental con las cepas de su abuelo es un dolor de cabeza.

Pero le voy a decir una cosa clarísima, para que no haya malentendidos.

— Antes de eso. — Eider lo cortó con suavidad—. Esa reunión del viernes. Cuénteme cómo estaban los dos hermanos. Con detalle.

Sela lo pensó, y se notaba que reconstruía la escena.

— Distintos, como siempre. Damián callado, serio, con ojeras; parecía que no había dormido.

Nos enseñó el Godello del cuatro, catamos, todo muy correcto, pero estaba en otro sitio, con la cabeza lejos.

Fernando, en cambio, encantador, animando la reunión, tirando del carro, tapando los silencios del hermano.

— Sela ladeó la cabeza—. Le seré sincero: a nosotros nos interesaba más el humor de Fernando que el de Damián, porque Fernando quería cerrar sí o sí, se le veía, tenía prisa.

Damián era el que frenaba. Y quien manda en una viña es quien pone la firma técnica, no quien tiene prisa.

— ¿Fernando tenía prisa.

— Mucha. — Sela lo dijo sin darle importancia, sin saber lo que entregaba—.

Me llamaba dos veces por semana. Que cuándo firmábamos, que cerráramos ya, que su hermano acabaría entrando.

Yo lo achacaba a las deudas de la casa. Un hombre agobiado por el banco quiere cobrar cuanto antes.

Es humano. — Volvió a lo suyo—. Pero le decía.

Cuando Damián empezó a echarse atrás, fue Fernando el que se puso nervioso de verdad.

Me llamó el sábado casi suplicando que no me moviera, que él lo arreglaba, que le diera unos días.

— Se encogió—. Pobre. Con lo que pasó luego, unos días era justo lo que no había.

Eider no dijo nada. Cardeñosa, fuera de cámara, escribía sin parar.

— Pero le voy a decir una cosa clarísima, para que no haya malentendidos — retomó Sela, volviendo al guion que se había preparado.

— Dígamela.

— Nosotros queríamos a Damián Cándano vivo y con el bolígrafo en la mano.

— Sela se inclinó hacia la cámara—. Muerto no nos sirve de nada.

Muerto se complica la sucesión, entran herederos, menores, viudas, se paraliza todo, la operación se va al garete o se retrasa años.

A un fondo, inspectora, un vendedor muerto es lo peor que le puede pasar.

Nosotros lo queríamos firmando. Lo que menos me convenía en el mundo era que a ese hombre le pasara algo antes de la escritura.

Era, tuvo que reconocer Eider, un argumento sólido. Frío como una nevera, pero sólido.

— ¿Dónde estaba usted el domingo por la noche, señor Sela.

— En Madrid. — Ni se inmutó—. Cena de empresa el domingo, un compromiso, gente delante. Y el lunes reunión a primera hora, aquí. No he pisado el Bierzo desde el viernes. Le paso los nombres de quien quiera, la tarjeta del restaurante, lo que necesite. No tengo el menor problema.