Capítulo 7
El informe preliminar de Bedoya llegó por correo a las nueve y diez, y a las diez Eider ya lo había leído tres veces y lo tenía en la cabeza como un rezo.
Reunió al equipo en la sala de reuniones que la Local les había cedido, con el mapa de la comarca en la pared y los vasos de café malo de la máquina que nadie se acababa.
Reguera trajo sillas de más. Estaban Cardeñosa, Quintanilla, Folgueras, el propio Reguera y, por videollamada desde León en la pantalla del portátil, la cara migrañosa del comisario Alesanco, que se había empeñado en asistir y a quien nadie podía decirle que no.
Dejó que calara. Folgueras, que era de reírse hasta en los velatorios, no se rió.
— Dos: la pila. — Señaló a Quintanilla.
— El detector de CO2 del depósito siete apareció apagado — dijo Saray, rápida, ordenada—.
Sin pila dentro. La pila estaba en el bolsillo delantero derecho del pantalón del fallecido.
Consta en el inventario de efectos del levantamiento.
— Miró a la pantalla, a Alesanco—. Un hombre que instaló ese detector precisamente para no morir de gas no se saca la pila y se la guarda en el pantalón antes de bajar solo de noche.
Es un montaje. Alguien apagó la alarma y colocó la pila encima para vender un descuido.
— Y tres — dijo Cardeñosa, y abrió su libreta—.
El libro de bodega. Los remontados del domingo, de puño y letra de Damián, en tinta negra, se cortan a las nueve y cuarenta y cinco de la noche.
Depósito cuatro, Godello. Después hay una sola línea más: depósito siete, control del sombrero, la una menos cuarto de la madrugada, con sus iniciales.
Pero es otra letra. Más lenta, imitada. Y en tinta azul.
— Levantó la vista—. Alguien escribió una entrada falsa para hacer creer que Damián siguió trabajando después de las diez, cuando probablemente ya estaba muerto.
En la pantalla, Alesanco se apretaba el puente de la nariz con dos dedos.
— O sea que tengo un homicidio en una bodega en plena vendimia, con la comarca llena de periodistas del vino y de turistas — dijo—. Cojonudo. ¿La jueza.
— Voy a verla ahora — dijo Eider—. Con esto pido que se abran diligencias por homicidio y secreto de sumario. Cuanto menos se sepa de lo del detector y lo de la letra, mejor. Es lo que nos va a pillar al que lo hizo: solo él sabe que la muerte no fue lo que parece.
— Aristegui. — Alesanco bajó la voz, esa voz de comisario que ha visto caer a demasiados—.
Rápido y limpio. La prensa ya huele. Me han llamado dos del Bierzo esta mañana preguntando por un fallecido en una bodega.
Como salga la palabra homicidio antes de que tengamos a alguien, se nos monta el circo.
— Lo sé.
— No lo sabes hasta que lo tienes encima. — Se frotó la sien—. Tienes seis días antes de que me coman a mí. Que son los que tienes tú antes de que la escena se enfríe. Ala. — Y cortó la videollamada con la delicadeza de siempre.
La pantalla se quedó en negro. Folgueras soltó el aire por la nariz.
— Qué majo, el jefe. Sube la moral él solo.
— Es su forma de decir buenos días. — Eider se acercó a la pizarra que la Local les había prestado y empezó a escribir con rotulador—.
Vamos a ordenarlo. Tenemos un homicidio disfrazado de accidente.
El que lo hizo golpeó a Damián dos veces en la nuca con algo alargado y con relieve, lo dejó boca abajo entre veinte y treinta minutos, lo movió al depósito siete, le apagó el detector y le puso la pila en el bolsillo, y falsificó una línea del libro imitándole la letra.
— Se giró—. ¿Qué me dice todo eso del que lo hizo. En voz alta.
— Que conoce la bodega — dijo Quintanilla—. Sabe de gases, sabe de depósitos, sabe dónde está el detector y cómo se apaga. Sabe qué se anota en el libro y con qué letra. No es alguien de fuera que entró a robar.
— Que tuvo tiempo — añadió Cardeñosa—. Media hora largo, por lo menos, entre el golpe, esperar a las livideces, mover el cuerpo y montar la escena. No fue un arrebato de dos minutos y a correr. Se quedó allí. Con calma.
— Y que no quería que pareciera un crimen — dijo Eider—.
Ahí está la firma. No lo escondió, no lo enterró, no lo tiró a un pozo.
Lo dejó a la vista, cuidado, para que lo encontraran y dijeran pobre Damián, qué descuido.
— Golpeó la pizarra con el rotulador—. El que mata para robar quiere que no aparezca.
Este quería que apareciera, pero de otra manera. Quería un accidente con final decente.
Se hizo un silencio corto. Reguera, que hasta entonces había escuchado desde su terreno, carraspeó.
— El arma. Alargada, con relieve, con una arista. — El subinspector local movió la cabeza—. En una bodega vieja de estas hay cien cosas así. Barras, husillos, palancas, las varas de bazuquear, tubos. No van a poder traer todo el hierro del Bierzo a la doctora.
— No. Pero cuando sepamos dónde murió de verdad, sabremos dónde mirar. — Eider miró a Cardeñosa—. Y algo de eso ya has visto tú en la nave vieja, ¿o no.
— Algo he visto. — Cardeñosa no adelantó más. Era hombre de esperar al laboratorio.
———
La jueza Reyes Cañedo, del Juzgado de Instrucción número dos de Ponferrada, era una mujer de unos cincuenta años, menuda, de gafas y de pocas palabras, que escuchó a Eider durante veinte minutos sin interrumpir una sola vez y luego hizo tres preguntas exactas.
— ¿El tipado del mosto lo tendremos cuándo.
— La doctora Bedoya calcula tres o cuatro días, señoría. Está priorizado.
— ¿Hay alguien detenido.
— No. Hay líneas de investigación. Prefiero no detener a ciegas.
— Bien hecho. — Cañedo firmó—. Diligencias por homicidio.
Secreto de sumario, un mes prorrogable. Lo del detector, lo de la letra del libro y lo de las livideces no sale de aquí; quiero controlado quién lo sabe.
— Le devolvió la carpeta—. Y quiero un atestado que se sostenga en juicio, inspectora, no una corazonada con suerte.
En el Bierzo la gente se conoce, y una bodega es una familia.
Cuando señalen a alguien, más vale que sea con pruebas, porque aquí no lo van a perdonar.
— Ese es el plan, señoría.
— ¿Cómo se lleva con la Comisaría de Ponferrada. — Cañedo lo preguntó sin levantar la vista de la firma—. Porque ustedes suben de León, hacen su trabajo y se van, y los de aquí se quedan. No quiero roces de competencias en mi instrucción.
— El subinspector Reguera está en todo. — Eider lo dijo en serio—. Sin él no habríamos ni empezado. Fue quien no cerró el accidente cuando podía haberlo cerrado.
— Ese chico es bueno. — Cañedo lo dijo casi para sí, y por primera vez levantó la vista—. Cuídenmelo. — Volvió al expediente—. Autorizo los mandamientos bancarios que me pide para los Cándano. Y las verificaciones de las coartadas. Lo que necesite para descartar, que descartar es medio trabajo.
— Ese es el plan, señoría.
— Los planes son lo primero que se muere en una instrucción. — Cañedo ya miraba el siguiente expediente—. Manténgame al día. Y por Dios, que no se lo cuenten a la prensa antes que a mí.
———
Fue salir del juzgado y sonarle el móvil. Número que conocía. Begoña Otero, del Diario de León.
— Eider.
— Begoña.
— Un pajarito me dice que el grupo de Homicidios de León lleva dos días en Corullón por un enólogo que apareció en un depósito.
— La voz de Begoña era tranquila, la de quien sabe que tiene algo—.
Y otro pajarito, uno del Bierzo, una tal Xela Barredo de un digital de por aquí, anda preguntando lo mismo pero con menos modales.
Así que antes de que ella publique una barbaridad, ¿me cuentas tú una verdad.
Eider se apoyó en la pared de la calle, sacó un cigarro y no lo encendió.
— Te cuento lo que puedo, que es poco. Hay una investigación abierta por la muerte de un hombre en una bodega de Corullón. Nada más. No hay causa establecida, no hay detenidos, no hay nada que publicar sin hacer daño a una familia que está enterrando a alguien.
— Eso ya lo sé yo, Eider. Dame algo.
— Te doy esto: si publicas la palabra homicidio hoy, me jodes la investigación y no te doy nada nunca más. Si esperas, cuando haya algo que contar te llamo yo a ti antes que a nadie. Como siempre.
Silencio al otro lado. Begoña llevaba desde el veinte jugando a esto con ella y sabía cuándo Eider hablaba en serio.
— La Barredo no va a esperar — dijo Begoña.
— La Barredo no tiene lo que tienes tú, que es que yo te coja el teléfono. — Eider por fin encendió el cigarro—. Dame dos días.
— Uno. — Begoña hizo una pausa—. Y una cosa, Eider, de compañera a compañera.
Ten cuidado con esa gente. En un pueblo así, si os equivocáis de persona, no hay marcha atrás.
La señaláis, y aunque luego resulte que no fue, esa familia ya no levanta cabeza en la comarca.
Aquí no se olvida. — Otra pausa—. Y si acertáis, tampoco.
Porque el que lo hizo también es de la casa.
— Lo sé, Begoña.
— Uno — repitió Begoña, y colgó.
Eider se quedó fumando en la calle de Ponferrada, con el castillo templario recortado contra un cielo lavado de lluvia reciente y el rumor del Sil abajo. Xela Barredo. Apuntó el nombre. La prensa comarcal era otra bestia: cercana, rápida, con menos que perder. Habría que vigilarla.
Buscó el digital en el móvil. Lo encontró enseguida: un medio comarcal pequeño, hecho por poca gente, con más ganas que redacción.
Xela Barredo firmaba media portada. Y allí, entre una noticia de la fiesta de Corullón y otra del Consejo Regulador, había ya un titular prudente pero afilado: Investigan la muerte de un conocido enólogo de Corullón en su bodega.
El cuerpo de la noticia no decía gran cosa, todavía; hablaba de un accidente en un depósito, de la conmoción en el pueblo, del prestigio de la familia.
Pero al final, una línea que a Eider le hizo apretar los dientes: Fuentes del entorno aseguran que la presencia de la Policía Judicial de León apunta a que el caso no está tan claro como parece.
Fuentes del entorno. Alguien de la casa, o del pueblo, ya estaba hablando. Y Xela Barredo escuchaba.
— Un día — murmuró Eider, apagando el cigarro contra la suela—. Me ha dado la Otero un día. Y esta ni eso.
———
Por la tarde, de vuelta en la comisaría, Eider dibujó en la pizarra blanca las dos líneas que tenían, porque le gustaba ver las cosas escritas.
— Uno. Fernando Cándano. — Escribió el nombre—.
Mintió. Le pregunté por la noche del domingo y me contó la tarde, y luego aclaró que no volvió a la bodega sin que nadie se lo preguntara.
Tiene deuda, tiene el lío del fondo, y cuando tengamos las finanzas veremos qué esconde. — Subrayó—. Es el que más humo echa.
— Y dos — dijo Cardeñosa desde su silla, pasando su libreta.
— Y dos. El último que estuvo con Damián, según el wasap a Sonia de las diez y cuarto, fue Eladio Sorribas. — Eider escribió el nombre debajo del otro—. Subieron juntos a la nave vieja. Hay que sentarlo a declarar como testigo. Es la última persona que lo vio con vida y el que encontró el cuerpo.
Cardeñosa carraspeó.
— Hay una cosa del viejo. — Contó lo del capataz, servicial, dándole por hecho que Damián había bajado a mirar el sombrero del siete, cuando nadie había establecido eso—. Me quedé con la mosca. Nadie sabía a qué bajó Damián al depósito, si es que bajó. Y él lo soltó como si lo hubiera visto.
Eider se quedó mirando el nombre de Eladio en la pizarra. Reguera negó con la cabeza antes de que nadie dijera nada.
— Con todo el respeto — dijo el subinspector local—.
A Eladio Sorribas lo conoce medio Corullón.
Cincuenta años en esas viñas. Fue el que sacó del cuerpo, el que dio la alarma, el que ha llorado delante de todos nosotros.
Que dé por hecho que su niño bajó a mirar el sombrero del siete, si es donde lo encontró él mismo con sus manos...
hombre, es lo natural. Lo raro sería que no lo pensara.
— Puede — dijo Cardeñosa, sin discutir. Era paciente.
— Puede — concedió Eider. Borró y volvió a escribir—.
Pero se lo preguntamos igual. A todos se les pregunta.
— Miró las dos líneas—. Mañana: finanzas de Nando, que se ponga Cardeñosa con las cuentas y las firmas.
El fondo Ébano, que averigüe Quintanilla quién es ese Sela y dónde estaba el domingo.
Folgueras, los temporeros y la fiesta del pueblo, a cerrar la coartada de Joaquim.
Y a Eladio Sorribas lo cito yo, como testigo, con buenos modos.
— ¿Y la viuda — preguntó Quintanilla—. Sonia Yebra. Si Damián tenía seguro de vida, ella cobra. Matrimonio con deudas, la mujer beneficiaria... es una línea, guste o no.
— Es una línea. — Eider lo apuntó—. Comprueba el seguro y comprueba el hospital: a qué hora entró en Urgencias, a qué hora operaron a la niña, si se movió de allí en toda la noche.
Sin ensañarnos. Esa mujer estaba con su hija en un quirófano mientras mataban a su marido, y si es verdad, es la coartada más limpia del mundo y la más triste. Pero se comprueba.
— Se comprueba — repitió Quintanilla, y lo anotó.
— Todo se comprueba — dijo Eider—. El que sobre, fuera. El que quede, apretamos.
— ¿Y el entierro. — Folgueras lo preguntó con la delicadeza que gastaba para lo serio, que la tenía—. Porque en un pueblo así, el entierro es pasado mañana como muy tarde. Y va a subir todo el Bierzo. Los tenemos a todos juntos y de negro un par de horas.
— Bien pensado. — Eider lo apuntó—. Vamos todos al entierro. No a molestar. A mirar. Quién llora, quién no, quién se acerca a quién, quién falta. — Cerró el rotulador—. Un entierro cuenta cosas que un interrogatorio calla.
— Con el cuerpo aún en el instituto anatómico, el entierro se retrasa — apuntó Reguera—. Hasta que la doctora libere. Igual no es hasta el jueves o el viernes.
— Mejor. Más días para que alguien se ponga nervioso. — Eider miró el reloj de la pared—. Seis días, ha dicho Alesanco. Cinco ya, casi.
Se quedó un momento mirando la pizarra, los dos nombres, las flechas. Fernando Cándano, que mentía y echaba humo. Eladio Sorribas, el viejo al que quería todo el pueblo y que sabía cosas que no le habían contado.
— Alguien de esta casa mató a Damián Cándano, le apagó su propia alarma, le puso la pila en el bolsillo y le falsificó la letra para que su familia creyera que había sido un descuido — dijo, más para sí que para el equipo—.
Alguien que conoce esa bodega como su casa.
— Tapó el rotulador—. Y de momento, todos nuestros focos apuntan al que tenía deudas.
A nadie se le ha ocurrido mirar al que no tiene nada que ganar.