Depósito Capítulo 6
27%

Capítulo 6

Rubén Cardeñosa había aprendido de su padre, que fue tratante de ganado en Trobajo del Camino, que a la gente del campo hay que dejarla trabajar mientras habla.

Sentada en una silla, con las manos quietas, la gente del campo se cierra.

Con la navaja en la uva, con las manos ocupadas, se abre.

Por eso, cuando llegó a la bodega a mediodía, no citó a nadie a ninguna sala.

Se remangó, cogió una caja vacía y se puso a estorbar amablemente donde faenaba la cuadrilla.

La vendimia no había parado. No podía parar.

La uva del día colgaba madura y no entendía de muertos ni de precintos; había que cortarla, traerla, pesarla y encubarla antes de que el sol la pasara.

Así que mientras la nave nueva seguía cerrada con la cinta de balizamiento —la escena de Damián, intocable hasta que la jueza dijera—, en la era de descarga la cuadrilla vaciaba cajas en la tolva y el mosto empezaba su camino por las mangueras hacia los depósitos que sí se podían usar.

Cardeñosa se fijó primero en el capataz de temporeros. Un tipo fuerte, moreno, de unos treinta y pocos, que dirigía a la cuadrilla en un castellano con acento portugués, cortante pero justo.

— Joaquim, ¿no. — Le tendió la mano—. Cardeñosa, policía. ¿Puedo estorbar un rato.

— Estorbe donde no me tire la uva — dijo Joaquim, y siguió a lo suyo.

Le costó diez minutos y dos preguntas tontas sobre kilos y grados sacarle lo que quería.

Joaquim Meireles, treinta y cuatro, de más allá de la raya, en el Bierzo desde hacía cinco vendimias.

Traía él la cuadrilla, portugueses y algún rumano, y respondía por ellos.

Y sí, había tenido sus más y sus menos con Damián.

— El domingo por la mañana, ¿verdad — dijo Cardeñosa, como quien no quiere la cosa.

Joaquim paró un segundo. Lo miró.

— Se lo han contado.

— Me lo han contado.

— Fue por los jornales. — Volvió a la uva—.

La cuadrilla llevaba tres días echando doce horas y el domingo pedían cobrar las extras aparte, como es de ley.

Damián decía que hablásemos el lunes con Nando, que él del dinero no llevaba.

Yo le dije que del dinero llevaba el que firmaba, y que mi gente el lunes no cortaba una uva si no veía las extras.

— Se encogió de un hombro—. Nos calentamos.

Gritos. Nada más. A la media hora estábamos tomando un vino.

— ¿Un vino.

— Damián no era rencoroso. — Joaquim dejó la caja, y por primera vez algo se le apagó en la cara—.

Era buen patrón. De los que bajan a la viña y cortan contigo.

Discutías con él por la mañana y a mediodía te ofrecía un botellín.

— Movió la cabeza—. El lunes íbamos a arreglar lo de las extras. Y el lunes estaba muerto.

— ¿Dónde estuvo usted el domingo por la noche.

— En la fiesta de Corullón, con toda la cuadrilla.

Es la fiesta del pueblo. — Lo dijo sin inquietarse, señalando con la barbilla hacia el pueblo de la ladera—.

Hay orquesta, pulpo, medio Bierzo lo vio.

Pregunte a quien quiera. Salimos de aquí a las nueve y volvimos al amanecer, que aquí el que vendimia de día y bebe de noche es un artista.

Cardeñosa lo apuntó. Fiesta del pueblo, cuadrilla, verificable. Una bronca por jornales no monta un homicidio con puesta en escena. Pero se apuntaba todo, y ya luego se tachaba.

Se quedó un rato más por la era, ayudando a colocar cajas, dejándose ver, que era su método.

La tolva tragaba uva y la despalilladora la separaba del raspón con un traqueteo constante; el mosto corría por las mangueras y llenaba la nave del olor dulce y espeso de la vendimia, un olor que se pegaba a la ropa y no se iba en dos duchas.

Los temporeros hablaban poco delante del policía, pero entre ellos, y Cardeñosa tenía el oído fino de quien lleva años escuchando lo que no le dicen.

Del señor Damián hablaban con pena de verdad. Del señor Nando, poco y con la boca pequeña. Y de Eladio, con un respeto que era casi cariño.

— El señor Eladio es el alma de esto — le dijo uno de los mayores de la cuadrilla, un rumano que llevaba media vida de vendimia en vendimia—. Cincuenta años en estas viñas. Sabe cada cepa por su nombre. Lo de Damián lo va a matar, al pobre. Los quería como a hijos.

Otra vez lo mismo. Cardeñosa ya había perdido la cuenta de las veces que le habían dicho, sin preguntar, que Eladio quería a Damián como a un hijo. Era verdad, seguramente. Pero un policía viejo desconfía de las cosas que todo el mundo se apresura a repetir.

———

El libro de bodega se lo enseñó una de las trabajadoras de la enotienda, una chica pálida de la conmoción que se agarraba a las tareas para no pensar.

Era un cuaderno grande, de tapas de hule, de los de toda la vida, donde se anotaba a mano lo que las máquinas también registraban aparte: los kilos entrados, los depósitos, las temperaturas, los remontados.

La letra de Damián llenaba las últimas páginas, apretada, de trazo rápido pero legible, con la costumbre del que apunta mil veces las mismas cosas.

Cardeñosa pasó las hojas hacia atrás hasta el domingo.

Leyó los remontados de la jornada: las horas, los depósitos, las temperaturas.

Depósito 4, Godello del Majuelo Vello, remontado a las 16:00, a las 19:30, a las 21:45.

Depósito 7, Mencía, remontado a las 17:00, a las 20:00.

Todo con la misma letra rápida y la misma tinta negra.

Y luego, después de la anotación de las 21:45, había una línea más.

Cardeñosa la miró un buen rato. Sacó las gafas de leer del bolsillo de la camisa, se las puso, y la volvió a mirar.

Depósito 7, control sombrero, 00:45. D.C.

La letra era distinta. Se parecía, tenía la misma inclinación, imitaba el trazo, pero era más lenta, más cuidada, de alguien que dibuja las letras en vez de escribirlas. Y la tinta no era negra. Era azul.

Cardeñosa no era perito calígrafo, y sabía dónde acababa lo suyo y empezaba lo de la Científica.

Pero llevaba dieciocho años leyendo documentos y había aprendido a ver lo que se ve.

Las anotaciones de Damián a lo largo de la jornada tenían el pulso de la costumbre: rápidas, con las letras comidas, la de quien apunta lo mismo mil veces y ya casi no mira el papel.

La línea de la una menos cuarto era otra cosa.

Cada letra puesta con cuidado, con una presión pareja, con los enlaces demasiado limpios.

La letra de alguien que copia. Y el pulso, por debajo del esmero, tenía un temblor fino, de mano no joven.

Además estaba la hora. Los remontados de Damián iban acompasados a la fermentación: cuatro, siete, cuatro, siete, cada pocas horas, como manda el oficio.

La última suya, la del cuatro, a las nueve y cuarenta y cinco.

Y luego, un salto hasta la una menos cuarto, y de golpe una entrada suelta en el siete, sin su pareja en el cuatro, sin continuidad, como una nota metida con calzador para rellenar un hueco.

Un remontado no se hace solo en un depósito y a esa hora, si no lo estás haciendo también en el otro que tienes fermentando.

Le hizo foto. Le hizo foto a la página entera, y a la línea sola, y a las anteriores para comparar. Luego cerró el cuaderno con cuidado, lo metió en una bolsa de pruebas y lo etiquetó. Cadena de custodia. La chica de la enotienda lo miró hacer con los ojos muy abiertos y no preguntó.

Un hombre que remonta el siete a las veinte horas y anota que vuelve a controlarlo a la una menos cuarto de la madrugada.

Con otra letra. Con otra tinta. Cardeñosa no era de conclusiones rápidas; para eso ya estaba la inspectora, que iba tres pasos por delante de todos y encendía un cigarro cuando lo sabía.

Pero apuntó en su libreta, con su letra de subinspector paciente: quién escribió la línea de las 00:45, y con qué.

———

Fue Eladio quien lo llevó a la nave vieja, y fue Eladio quien, sin querer, le dio la mañana.

El capataz apareció a media faena, con su boina y su chaqueta de pana, y se ofreció a enseñarle la casa al policía de la capital con una humildad que a Cardeñosa le cayó bien de entrada.

Un hombre de sesenta y muchos, seco y fuerte como un sarmiento, con las manos enormes y agrietadas de medio siglo de podar, y unos ojos claros que se le aguaban solos al hablar de Damián.

— Lo crié yo, casi — dijo, mientras cruzaban la era hacia la nave vieja—. A él y a su hermano. Yo ya estaba aquí cuando ellos nacieron. Cincuenta y dos vendimias llevo en estas laderas, rapaz. Cincuenta y dos. — Movió la cabeza—. Y me toca enterrar al pequeño. No hay derecho.

La nave vieja era otra cosa que la nueva.

Mampostería, penumbra, olor a madera vieja y a tierra.

El lagar antiguo, las tinas de piedra en desuso, herramienta colgada de las paredes, y en el centro una prensa vertical de husillo, una máquina de hierro colado del tiempo del abuelo, con su gran tornillo central y su plato, oxidada casi entera, un monumento a cómo se hacía el vino antes.

Cardeñosa la rodeó despacio. Todo en la nave vieja estaba cubierto de la pátina de la vendimia, ese polvillo pegajoso y morado que en estas semanas lo mancha todo, las paredes, el suelo, las manos. Todo menos una cosa.

La barra del husillo. La palanca larga de hierro con la que se hacía girar el tornillo de la prensa, apoyada contra el bastidor.

Estaba limpia. No solo sin la mugre de la vendimia: limpia de verdad, con el metal más claro en los bordes, y de ella salía, débil pero inconfundible en aquel sitio que olía a siglos, un tufillo de lejía.

Lejía. En plena vendimia. En una nave donde no se limpiaba nada.

Cardeñosa no dijo nada. Le hizo una foto con disimulo, con el móvil bajo, mientras fingía interesarse por la prensa.

— Bonita máquina.

— La del abuelo. — Eladio le pasó la mano por el hierro con un cariño de acariciar a un animal—.

Con esto se hacía el vino cuando yo era chaval.

A brazo. Ya no vale, pero Damián no dejaba tirarla.

Decía que era la memoria de la casa. — Sonrió con la boca torcida—.

Le gustaban esas cosas a él. La memoria.

— Eladio — dijo Cardeñosa, sin cambiar el tono, dejando la pregunta caer entre dos comentarios sobre la prensa—. Usted fue el último que lo vio, ¿verdad. El domingo por la noche.

El viejo tardó en contestar. Se quitó la boina, se pasó la mano por la calva y se la volvió a poner.

— Aquí subimos — dijo—. A la vieja. Sobre las diez y pico.

Damián me pidió que subiéramos un momento, que quería hablar.

— Miró la prensa, no a Cardeñosa—. Cosas de la bodega.

De la vendimia, del año. Estuvimos un rato, aquí, de pie, hablando.

Y luego yo me fui para mi casa, que está ahí al lado, cruzando el emparrado, y él se quedó.

— Se le quebró la voz—. Se quedó, y yo me fui a dormir.

Y si me hubiera quedado con él diez minutos más, a lo mejor... — No terminó.

— ¿A qué hora se fue usted.

— No sé. Las once, por ahí. En vendimia uno no mira el reloj, rapaz. — Negó despacio—. Lo dejé vivo. Vivo lo dejé. Y a la mañana me lo encontré en el siete. — Se apretó los ojos con el pulgar y el índice—. No me lo perdono. No me lo voy a perdonar.

Cardeñosa le dejó su silencio, y lo apuntó todo: subieron a las diez y pico, hablaron, Eladio se fue hacia las once, Damián se quedó. Coincidía con el wasap de las diez y cuarto. Era el relato natural de un hombre roto. No había nada raro en él. Todavía.

Subieron después por la senda, y Eladio le fue leyendo el terreno como quien lee un libro sabido.

Las parcelas, cada una con su nombre, su uva, su edad.

Cardeñosa apuntaba porque era su oficio apuntar, aunque la mayoría no le sirviera de nada, y de vez en cuando algo se le quedaba enganchado.

La parcela de arriba, la buena, la que el viejo nombraba con la voz distinta.

— El Majuelo Vello. — Eladio se paró en el borde, mirando las cepas retorcidas y negras que trepaban por la ladera—.

Godello y Mencía de las viejas, de pie franco, de las que ya no hay.

Ochenta años tienen algunas. Más. — Se quedó callado un momento—.

Aquí se hace el mejor vino de la casa. Y aquí no se toca nada sin permiso mío, que para eso llevo medio siglo cuidándolo.

Las cepas eran troncos gruesos, retorcidos, cada uno con su forma, plantadas sin alambre ni orden, a la antigua, subiendo la ladera de pizarra con los racimos casi pegados a la tierra.

Olía a hoja de parra pisada y a esa pizarra caliente del mediodía, un olor mineral que Cardeñosa no había sentido nunca en las tierras llanas de su Trobajo.

Eladio se agachó, cogió un racimo pequeño de Godello sin cortarlo, apretó un grano entre dos dedos y se llevó el jugo a la boca.

Cató. Miró al cielo, calculó algo que solo él sabía.

— Le falta poco a esta — dijo, para sí—. Dos días. Tres. — Y luego, más bajo—. Este año la vendimio yo, pase lo que pase. Este año todavía.

Cardeñosa vio, entre dos cepas, medio tapada por la hierba, una cruz pequeña de hierro forjado. Negra. No más alta que una rodilla.

— ¿Y eso.

— Un accidente antiguo. — Eladio no la miró—. Un chaval que se mató aquí con un tractor, hace muchos años. Cosas del campo. — Se agachó, arrancó una hierba de junto a la cruz, la tiró—. Yo le mantengo esto limpio. Alguien tiene que.

Bajaron en silencio. Cardeñosa no preguntó más de la cruz; ya lo cruzaría luego con el registro civil si hacía falta, que para cruces de datos ya estaba él. Al llegar abajo, junto a la nave nueva precintada, Eladio se paró a mirar la cinta de balizamiento con una pena vieja.

— Ahí lo encontré — dijo, muy bajo—. En el siete. — Negó despacio—. Se ve que bajó de noche a mirar el sombrero del siete, el pobre, y se quedó. El gas. Con lo cuidadoso que era. — Se le humedecieron los ojos—. Le dije mil veces que no bajara solo. Mil veces se lo dije.

Cardeñosa le dio el pésame otra vez, se despidió con un apretón de aquella mano enorme y agrietada, y se fue hacia el coche.

No fue hasta que se sentó al volante, y sacó la libreta para pasar a limpio la mañana, cuando la frase se le quedó cruzada en la cabeza como una espina fina.

Bajó a mirar el sombrero del siete.

Cardeñosa hojeó hacia atrás sus propias notas. La anotación falsa del libro: depósito 7, control sombrero, 00:45. Y ahora el viejo, sin que nadie le hubiera contado nada, dando por hecho que Damián había bajado de noche a mirar precisamente el sombrero del siete.

Nadie había dicho eso. Nadie sabía a qué había bajado Damián al depósito, ni siquiera si había bajado por su pie.

La propia forense dudaba de que hubiera bajado por su pie.

Y el capataz, servicial, apenado, con los ojos llenos de agua por el chaval que había criado, acababa de contárselo como si lo hubiera visto.

Cardeñosa se quedó quieto un momento, con el boli en el aire. Luego, con su letra paciente, escribió una línea y la subrayó dos veces.

Eladio dice: bajó a mirar el sombrero del 7. ¿Cómo lo sabe?