Depósito Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Los signos internos confirmaron la asfixia: congestión visceral generalizada, edema pulmonar, la sangre fluida y oscura de las muertes por anoxia. Un hombre que había dejado de recibir oxígeno y cuyo cuerpo lo había gritado por dentro en cada órgano.

— Que quede claro para el informe — dijo Bedoya, dictando y explicando a la vez—.

Esto es dióxido de carbono, no monóxido.

No es el gas del brasero ni el del tubo de escape.

El monóxido se pega a la sangre y la deja de color cereza, y eso aquí no lo tengo.

Lo de aquí es un gas que echa al oxígeno del sitio y deja al hombre sin nada que respirar.

Muerte por desplazamiento de oxígeno en atmósfera confinada.

— Señaló los pulmones—. La histología me lo confirmará, pero la estampa es de libro. Se quedó sin aire en un sitio sin aire.

— Un sitio sin aire como el fondo de un depósito.

— Como el fondo de un depósito — concedió Bedoya—. O como cualquier otro hueco donde se acumule ese gas. Que en una bodega en vendimia hay más de uno.

Pero fue al llegar a las vías respiratorias cuando Bedoya se paró en seco.

— Aquí hay algo.

Con una pinza extrajo de la tráquea y de los bronquios principales un contenido pastoso, oscuro, de un morado que no era el de la sangre.

— Esto es mosto — dijo—. Aspirado. Está en la vía aérea baja, no solo en la boca. — Lo depositó en un bote—. Este hombre inhaló mosto estando vivo o agónico, con reflejo respiratorio todavía activo. Se le metió zumo de uva en los pulmones antes de morir del todo.

— ¿Y eso qué añade.

— Añade una pregunta. — Bedoya la miró—.

En un depósito de fermentación no hay mosto suelto para meter la cara.

Hay una masa arriba, el sombrero, y líquido debajo, pero para aspirarlo tendría que haber estado con la cara metida en el líquido, y a este lo encontraron tumbado en el fondo seco de un depósito medio vaciado.

— Cogió otro bote—. Voy a tomar muestra del mosto de las vías, y otra del mosto seco de la ropa, la camisa, el cuello.

Y las mando a tipificar. Porque el mosto no es igual en todas partes.

Depende de la variedad de uva. Y si el mosto que este hombre respiró no es el del depósito donde apareció, entonces la pregunta ya no es cómo murió.

— Es dónde — dijo Eider.

— Es dónde. — Bedoya cerró el bote, lo etiquetó con letra pequeña y firme, y se lo tendió al técnico para la cadena de custodia.

Siguió con el examen de las vísceras, metódica, dictando. Al llegar al estómago se detuvo otra vez.

— Estómago prácticamente vacío. — Lo dictó y lo tradujo para Eider—. Restos mínimos, digestión antigua. Este hombre llevaba horas sin comer cuando murió. No había cenado.

— El wasap a la mujer decía eso. Que cenaba luego. — Eider lo apuntó—. Subo a la vieja con Eladio, ceno luego.

— Pues no cenó. — Bedoya lo miró un segundo—.

Le cuadra con la horquilla que le he dado.

Murió esa noche, antes de la cena, poco después de mandar ese mensaje.

Un dato más para el reloj. — Volvió a lo suyo—.

Deme unos días para el laboratorio. La toxicología, la histología, el alcohol en sangre, que quiero descartar que subiera bebido, aunque le adelanto que no me huele a eso.

Y el tipado del mosto, que es el que le va a decir dónde murió de verdad.

Se quitó los guantes, los tiró, y se lavó las manos hasta los codos en el fregadero de acero mientras el técnico empezaba a recomponer el cuerpo. Eider esperó a su lado, en silencio, hasta que Bedoya cerró el grifo con el codo y se secó.

— ¿Cuántas de estas le quedan, doctora. — Eider lo preguntó bajo, sin mirarla, mientras la forense se secaba las manos.

— ¿Autopsias así. — Bedoya no fingió no entender—.

En diciembre lo dejo. Treinta años. — Colgó la toalla—.

Esta es de las que me llevo a casa, si le soy sincera.

Las de niños, ya sabe cuáles son mis especialidades, y las de gente buena.

Y este hombre era gente buena. Se le nota hasta muerto.

— Se apartó de la pila—. Va a ser una de las últimas que firme.

Prefiero que sea una que salga bien. Así que hagan su trabajo, inspectora, y yo hago el mío, y que este pobre no se me quede sin explicar el año que me jubilo.

— No se le va a quedar sin explicar.

— Eso no lo prometa. — Bedoya recogió el maletín—. En treinta años he firmado unos cuantos que siguen sin nombre. No es lo que se ve en la tele. — Por un momento la sequedad se le ablandó un milímetro—. Pero de este tengo ganas. Tráiganme la barra.

— ¿Homicidio — preguntó Eider, aunque ya lo sabía.

Bedoya se tomó su tiempo. Miró el cuerpo de Damián Cándano, el enólogo de cuarenta y seis años que se protegía del gas como nadie y había aparecido muerto por gas en su propia bodega, con dos golpes en la nuca, con las livideces cruzadas de quien ha estado en dos posturas, con los pulmones llenos de un mosto que a lo mejor no era el suyo.

— Le voy a decir dos cosas, y las dos se las voy a firmar cuando tenga el laboratorio. — Colgó la bata—. Una: a ese depósito no bajó por su pie. Lo bajaron. — Cogió el vaso térmico vacío de su café de avena—. Y dos: ese golpe no se lo dio el borde. Se lo dieron a él.