Depósito Capítulo 5
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Capítulo 5

Aurora Bedoya había hecho el trayecto de León a Ponferrada esa mañana con la bici en el maletero de un coche oficial que conducía otro, cosa que la fastidiaba, porque una autopsia se prepara mejor con quince kilómetros de pedales delante y no con hora y media de autovía oyendo la radio de un conductor de la Científica.

Pero al Bierzo no se sube en bicicleta un martes a las siete de la mañana, ni siquiera ella, así que se aguantó, se bebió su café de avena en un vaso térmico y llegó al Instituto de Medicina Legal de Ponferrada de un humor razonable.

Le habían cedido la sala de autopsias grande.

El forense de guardia que había hecho el levantamiento, un chico correcto y algo verde, la puso al día con eficiencia y se quitó de en medio con buen criterio, porque cuando la muerte tiene pinta de homicidio el caso sube al IML y lo lleva quien lo lleva.

En este caso, ella. Una de las últimas grandes, pensó Bedoya sin dramatismo.

En diciembre cumplía los treinta años de servicio y se iba a casa, a su huerto y a su bici, y que los muertos los mirara otro.

La sala del IML de Ponferrada olía a lo que huelen estas salas, a desinfectante y a algo por debajo que el desinfectante no tapa del todo y al que Bedoya había dejado de dar nombre hacía décadas.

Colocó su instrumental con el orden de siempre, la regla milimetrada, las pinzas, los botes numerados, la cámara.

Comprobó la grabadora. Se ató la bata, se puso el gorro, se colocó el peto plástico.

Cada gesto en su sitio. A un cuerpo se llega preparado, o no se llega.

Damián Cándano Balboa esperaba en la mesa de acero, bajo la luz sin sombras, con el cuerpo ya lavado y la etiqueta en el dedo gordo del pie.

Eider Aristegui entró a las nueve y cuarto con bata verde y calzas, en silencio, y se colocó donde siempre se colocaba: a un lado, ni cerca ni lejos, sin estorbar.

De todos los policías que le habían pasado por la sala en treinta años, Aristegui era de los pocos que se callaban y miraban. Bedoya lo agradecía sin decirlo.

— Buenos días, inspectora.

— Doctora.

— ¿Ha desayunado.

— Un café.

— Mal hecho. — Bedoya encendió la grabadora—. Vamos allá.

———

Empezó por fuera, como siempre. La descripción del hábito externo la fue dictando en voz baja, plana, sin una palabra de más: varón, edad aparente acorde con la documentada, cuarenta y seis años, constitución asténica, un metro ochenta y cuatro.

Manos con manchas de pigmento vegetal en dorsos y uñas, compatibles con la manipulación de uva. Nada nuevo. Un enólogo en vendimia.

Se detuvo en la coloración.

— Fíjese aquí. — Señaló el rostro, el cuello, la parte alta del pecho—.

Cianosis marcada. Congestión. Petequias en las conjuntivas.

— Le señaló el ojo, la telilla roja de puntos diminutos—.

Esto es asfíctico. Falta de oxígeno. Compatible con una atmósfera desplazada por dióxido de carbono, sí.

Hasta aquí, lo que le contaron los bomberos.

— Hasta aquí.

— Hasta aquí. — Bedoya rodeó la mesa y, con ayuda del técnico, giró el cuerpo sobre el costado con cuidado profesional, sin brusquedad, respetando lo que quedaba de aquel hombre—. Ahora mire las livideces.

Eider se acercó. En la espalda, en la parte posterior de los muslos, en los hombros, la piel tenía ese color vinoso oscuro de la sangre que se posa por su peso cuando el corazón deja de moverla.

— Las hipostasis se fijan por gravedad — dijo Bedoya—.

La sangre baja a lo que queda abajo. Si un hombre muere y se queda boca arriba, las livideces salen en la espalda.

Si muere boca abajo, salen en la cara y en el pecho.

Es un reloj y una brújula a la vez: me dice cuánto tiempo lleva muerto y en qué postura ha estado.

— ¿Y qué dicen estas.

— Dicen dos posturas. — Bedoya lo señaló con el dedo enguantado—. Tiene livideces posteriores, sí, las de la espalda, que son las que cuadran con cómo lo encontraron, tumbado boca arriba en el fondo del depósito. Pero mírele la cara. Y el pecho. Y el abdomen.

Eider miró. Había también ahí, más tenue, más antigua, otra coloración.

— Livideces anteriores incipientes — dijo Bedoya—.

Fijadas antes. Este hombre estuvo boca abajo un rato después de morir, o de estar agónico, tiempo suficiente para que la sangre empezara a marcar por delante.

Y luego lo pusieron boca arriba. — Apagó un segundo la sensiblería que no tenía—.

A los muertos no se les da la vuelta solos, inspectora.

Alguien lo movió. Y no enseguida. Le calculo entre veinte y treinta minutos boca abajo antes del cambio de postura.

En la sala solo se oía el zumbido del extractor. Eider no dijo nada. Bedoya la conocía lo suficiente para saber que aquel silencio era el de estar encajando piezas.

— ¿La hora de la muerte — dijo Eider al fin.

— Con cautela. — Bedoya volvió a poner el cuerpo boca arriba, con el técnico—.

Cuando lo encontraron esta mañana el rigor estaba ya bien instaurado y empezando a ceder en la mandíbula.

La temperatura, con lo que registró el forense de guardia en el levantamiento y la del ambiente de la nave, me lleva a una horquilla.

— Dictó unas cifras a la grabadora y luego tradujo—.

Le sitúo la muerte entre las diez de la noche y la una de la madrugada del domingo al lunes.

No le voy a afinar más; una nave con control de temperatura y un cuerpo que igual movieron de sitio me estropea el termómetro. Pero por ahí anda.

— El último wasap fue a las diez y cuarto.

— Entonces cuadra con poco después. — Bedoya no se comprometía más de lo que la ciencia le permitía, nunca—. Le doy la ventana. La hora exacta se la buscan ustedes con los teléfonos y los testigos, que para eso están.

— Sigo — dijo la forense.

———

El cuero cabelludo se lo dejó para el final del examen externo de la cabeza, porque era donde estaba el asunto. Rasuró la zona occipital, la limpió, y con la lupa articulada por delante fue mostrando lo que había.

— Herida contusa en región occipital. Aquí. — Señaló—. El cuero cabelludo tiene una laceración con los bordes deshilachados, no limpios; eso me descarta un arma de filo. Esto es un objeto romo, contundente, con cierta forma. Y ahora viene lo interesante.

Con una regleta milimetrada midió, y fue dictando las cifras a la grabadora antes de traducirlas.

— No hay un golpe. Hay dos. — Levantó la vista hacia Eider por encima de las gafas de aumento—.

Dos impactos, muy próximos, casi superpuestos, pero distinguibles.

Uno principal, con hundimiento y foco de fractura del hueso occipital, con esquirlas hacia dentro.

Y una segunda impronta al lado, más leve, que no llega a fracturar pero deja una marca lineal en el cuero cabelludo y una contusión en la tabla externa.

— ¿Qué significan dos golpes.

— Significan que no se cayó. — Bedoya lo dijo sin énfasis, que era su manera de subrayar—.

Una caída da un impacto. Puede dar dos si rebota, sí, pero entonces los dos focos están en planos distintos, uno arriba y otro abajo, según cómo caiga la cabeza.

Estos dos están en el mismo plano, casi paralelos, a la misma altura.

Eso no lo hace el suelo ni el borde de un depósito.

Eso lo hace un objeto que golpea dos veces, o que golpea una vez con un canto y roza con otro.

Un objeto con forma. Alargado, con una arista y algo cerca de la arista.

Un tubo con un saliente. Una barra con una rosca. Algo así.

— Una barra con una rosca — repitió Eider.

— No me cite todavía en un juzgado, inspectora.

— Bedoya se enderezó, se quitó las gafas de aumento—.

Le digo la forma que me deja la herida. El objeto lo tienen que encontrar ustedes y traérmelo, y yo le digo si encaja o no encaja.

Pero le adelanto una cosa: el borde de acero de un depósito no deja esta marca.

Es demasiado limpio, demasiado regular. Esto tiene un relieve.

— ¿Y la fuerza. — Eider se acercó a mirar la zona rasurada—. ¿Quién puede dar un golpe así.

— No hace falta un gigante, si eso es lo que pregunta.

— Bedoya midió otra vez con la vista—. La cabeza estaba baja, inclinada hacia delante; el golpe entra por detrás y de arriba.

Alguien de pie, con una barra pesada, sobre alguien agachado o encorvado.

La barra hace el trabajo; solo hay que levantarla y dejarla caer con ganas.

Un hombre mayor podría. Una mujer podría.

— Se apartó un mechón con el antebrazo—.

La biomecánica no me da un sospechoso, inspectora.

Me da que la víctima tenía la cabeza gacha y no vio venir el golpe.

Y que quien lo dio estaba de pie a su lado. Alguien en quien no reparaba.

— Alguien en quien no reparaba.

— Eso lo interpreta usted. Yo le doy la postura. — Bedoya volvió a la mesa—. Nadie se agacha a enseñar el suelo a alguien de quien desconfía.

Le examinó las manos con lupa, dedo por dedo, y las uñas. Las tomó en fotos, raspó bajo las uñas para el laboratorio.

— Sin lesiones de defensa — dijo al rato—.

Ni un corte en las palmas, ni un hematoma en los antebrazos, ni una uña rota.

Nada. Este hombre no vio venir el golpe ni se protegió.

— Dejó la mano con cuidado sobre la mesa—.

No hubo pelea, inspectora. No hubo forcejeo.

Estaba de espaldas, o agachado, tranquilo, y alguien le dio por detrás.

Alguien delante de quien un hombre se agacha sin miedo a darle la nuca.

— Miró a Eider por encima de las gafas—.

Le doy la anatomía. El nombre es cosa suya.

———

Abrió. La autopsia interna la hizo con la economía de treinta años, sin una palabra de teatro, y Eider aguantó de pie donde estaba, sin apartar la vista, que era lo mínimo que se le debía a un muerto y lo que Bedoya callaba que respetaba de ella.