Capítulo 4 #2
Demasiado limpio. Ese era el problema. Un accidente es sucio, casual, absurdo. Aquello estaba peinado.
Subió al despachito de la enotienda, donde el móvil de Damián seguía sobre la mesa, tal y como lo había dejado el forense de guardia, señalizado con un testigo numerado.
Un teléfono de gama alta, con la pantalla apagada y la funda gastada de tanto uso.
Quintanilla lo fotografió en su sitio antes de embolsarlo para el vaciado.
Alrededor, el despacho de un hombre ordenado: un panel de temperaturas de los depósitos, carpetas etiquetadas, un calendario de vendimia con anotaciones a lápiz, una foto de una niña pequeña riéndose con un racimo en la mano. Sabela, supuso. La hija.
Se quedó un segundo mirando la foto. No solía. En su trabajo, mirar las fotos de las víctimas era pisar terreno blando, y ella prefería el terreno duro de los datos. Pero la miró, y volvió a lo suyo.
El teléfono en el despacho. La linterna de trabajo, colgada de su clavo, sin usar. Un hombre que sube de noche a la bodega a faenar no deja el móvil arriba ni la linterna en el clavo. Otra pieza que no encajaba en la historia del accidente y encajaba en la otra.
Antes de salir buscó al enólogo del Consejo, que recogía sus cosas junto a la puerta, y le hizo la pregunta que llevaba rondándole desde que había entrado.
— Una cosa técnica. — Señaló el siete—. Los bomberos midieron ese depósito por la mañana y había gas, pero no una barbaridad, con la nave ventilada y la portezuela abierta. Dígame: con esa cantidad, ¿mata a un hombre sano, de pie, que sabe lo que hace.
El enólogo lo pensó, y era de los que piensan antes de hablar, cosa que a Saray le gustó.
— De pie, no fácil. — Movió la mano—. Si estás de pie y notas que te falta el aire, te da tiempo a subir.
Aunque estés dentro, sacas la cabeza por la boca de arriba y respiras.
El gas está abajo. Para matarte de verdad tienes que quedarte abajo.
Caerte, marearte, no poder subir. — La miró—.
O que ya estés en el suelo cuando el gas hace lo suyo.
— ¿O que ya estés en el suelo.
— Eso lo he dicho yo, ¿eh, no ustedes. — El chico sonrió con incomodidad, dándose cuenta de por dónde iba la cosa—. Yo solo digo cómo se muere la gente de esto. En pie no suele ser. En pie da tiempo.
— ¿Y un enólogo experimentado. Uno que conoce estos depósitos mejor que su casa.
— Menos todavía. — El enólogo negó con la cabeza—.
Ese sabe leerse el aire. En cuanto le pica un poco la garganta, sube.
No se queda. La gente que se muere de esto suele ser el temporero nuevo, el visitante, el que no sabe.
Un maestro no se muere así de pie, con la nave abierta.
— Se calló, y algo pareció pesarle de lo que acababa de decir—.
No sé. A lo mejor tuvo un mal día. Pero raro sí es.
Quintanilla se lo agradeció y lo dejó marchar. Otra pieza para la caja. El gas del siete, con la nave abierta, no tumbaba a un enólogo despierto y de pie. Solo remataba a un hombre que ya estaba en el suelo. Y a un hombre en el suelo, en el fondo de un depósito, lo había puesto ahí alguien.
Salió de la nave a respirar. Fuera, la noche del Bierzo era negra y cerrada, con un frío de tierra alta que olía a leña de las primeras chimeneas del pueblo.
Arriba, en la ladera, se veían las siluetas de los majuelos contra un cielo con más estrellas de las que ella veía nunca en Santander.
En algún sitio ladró un perro y otro le contestó.
Se subió la cremallera de la cazadora hasta el cuello.
Sacó el móvil y llamó a la inspectora. Aristegui contestó al primer tono, todavía despierta, en el hotel de Ponferrada.
— Dime, Quintanilla.
— El detector no tenía pila dentro. — Saray miró la nave iluminada a su espalda, la única luz en kilómetros—. La pila estaba en el bolsillo del pantalón del muerto. Bolsillo delantero derecho. Reguera lo tiene en el inventario del levantamiento.
Al otro lado hubo un silencio, y en ese silencio Quintanilla oyó a la inspectora encender un cigarro, la brasa, la primera calada, ese vicio a escondidas que en el grupo todos conocían y nadie mencionaba.
— Repítemelo — dijo Eider.
Se lo repitió. Le contó el compartimento vacío, los contactos limpios, la declaración de los bomberos, la lógica de arriba abajo. Se lo contó ordenado, como un tema, porque sabía que a la inspectora le gustaba así.
Cuando terminó, Eider tardó otra vez en hablar.
— Buen trabajo — dijo—. Precinta la nave. Nadie entra hasta que lo diga la jueza. Mañana Bedoya nos dice qué mató a este hombre de verdad. — Una pausa—. Y Quintanilla. No le cuentes a nadie de la casa lo de la pila. A nadie. Que sigan pensando que investigamos un accidente.
— Una cosa más, inspectora. — Saray miró sus notas—.
El móvil de Damián. No estaba encima del cuerpo.
Apareció en la mesa del despacho de la enotienda.
Un hombre que sube de noche a trabajar a la bodega no deja el móvil en el despacho.
Lo lleva encima, con la linterna, para las fotos de las temperaturas, para todo.
— Hizo una pausa—. Alguien lo dejó ahí. O él no llegó a subir a la nueva por su pie.
— Lo tengo. — La voz de Eider al otro lado se había puesto muy quieta—. Cuando nos den el vaciado del teléfono, quiero saber a qué hora fue el último uso y desde dónde. Descansa algo, Quintanilla. Mañana es martes y esto no ha hecho más que empezar.
— Recibido.
Colgó. Saray Quintanilla se quedó un rato más en la era, entre la nave iluminada y la ladera negra, oyendo el burbujeo de la uva a través de la chapa.
La vendimia no paraba ni por un muerto. La uva del depósito siete seguía trabajando, soltando su gas invisible en la oscuridad, fabricando el vino que Damián Cándano ya no probaría, y en algún bolsillo, en una bolsa de pruebas etiquetada con su nombre, dormía una pila de nueve voltios que alguien había colocado allí con mucho cuidado para contar una mentira.